
Las gafas torcidas
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Me desperté con las gafas torcidas y la televisión prendida. Sentí un par de manos suaves quitándomelas. Vi una sonrisa de niño zambulléndose en la cobija de plumas de ganso – regalo del hermano – muy bien tendida, en la sábana de ochocientos hilos, digna receptora de la cobija huterita. Me asomé por la ventana que parece un cuadro con un atardecer; que él mismo mandó pintar de rojos y naranjas. Oí maullar a un gato negro, que llegó sin ser invitado e hizo reír mucho a los invitados, también escuché los roedores que no encuentran por dónde meterse al techo de teja de barro. Mientras tanto sentí a Celes y Mona – dos hermosos caballos criollos – cuando esperaban ansiosos panela y zanahoria. Titán y Kira me saltaron encima olfateando las galletas en los bolsillos de la chaqueta. Cogimos moras silvestres a manotadas y muchos sombreros fueron puestos todos los días, porque el sol a esa altura pega muy duro y más si no hay pelo que proteja la cabeza. Hermanos alegres que juegan ajedrez, las jotas, leen, toman whisky y montan a caballo, muchos sobrinos, hijos y nietos. Reyes de reyes, Doña Ana que no conocí pero aun así me gané su cariño y me está enseñando a dibujar un bosque en carboncillo. Regué la frambuesa que finalmente como que pegó, los cartuchos, el romero, la albahaca y las veraneras también rocié.
Ahora las gafas se quedan puestas torcidas y amanecen en el piso.
La exposición “Materia Sagrada” (Art House Co &El Azulejo de San Felipe) y en particular la obra de Óscar Posada, me remonta a Klee traducido a volumen y metal. Una de sus obras, inspirada en la palma del viajero y acompañada del gesto que hizo con sus manos -mientras nos contaba cómo, cuando su mamá había visto el modelo de la flor que él hizo en papel, la reconoció de inmediato- me atrapó a tal punto que quise oler la escultura de metal. Otra de sus obras-no tenía ficha técnica- se llamaba Rosa y Jacinto (si no me equivoco) me llevó a una escena en un parque público: Jacinto coge una rosa, le quita las espinas y se la da a su prometida diciéndole: Una rosa para otra Rosa. Sus obras se acercan a la vida y lo orgánico aunque su material es frío y predominan las líneas rectas.
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En estos días he visto unas entrevistas en You Tube de Mark Laita, un fotógrafo de Chicago. Cinematográficamente son increíbles y la mayoría de los personajes son profundamente conmovedores. El canal se llama Soft White Underbelly y verlo es como dejarse salpicar de la vida de otros. Puede ser crudo por las cosas tan personales que le cuentan a Mark, pero para mí ha sido como asomarme a una ventana de humanidad y respeto por otros muy diversos. Me hizo pensar en la película italiana “Fabricante de estrellas” de 1995, dirigida por Giuseppe Tornatore, donde los habitantes de Sicilia (rodada en Matera) fueron engañados por un que dizque “Director” enviado de Roma, quien los seducía para dejarse filmar y contar sus historias; con la promesa de hacerlos famosos a cambio de verdades y 1500 liras. Los personajes maravillosamente reales, espontáneos y hermosos desnudaban su humanidad ante el lente y sus ojos se pintaban de brillo ilusión, delatándose frágiles en un mundo árido y necesitado de magia. ¡Qué cosa tan impresionante!
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Me siento en la escalera frente a la puerta de la casa, me hipnotiza una mancha oscura en la veta de la madera del piso, ya me puse los zapatos para salir, aunque afuera llovizna y el cielo está gris estoy casi lista para salir a dar una vuelta. Hoy decido irme por otro lado. El parque junto al caño baja hasta la autopista y generalmente está lleno de gente corriendo -no se huyendo de quien- señores grandes con perros chiquitos, mamás jóvenes con nanas y coches de catálogo. Yo camino a veces despacio, otras no tanto. Voy grabando notas de audio para acordarme de cosas que me llaman la atención y puedo usar en mis relatos, y tomo agua, todo el día tomo agua. Generalmente mi caminata termina en un café. Conozco todos los de la zona y tengo mis favoritos, aunque también me gusta conocer nuevos sitios. Ahí me quedo un rato a veces corto, otras largo. Y de vuelta me voy por otro lado para cambiar. ¡Qué cosa con esa fijación que tengo de andar cambiando todo! Casi todo: la ubicación de los muebles de la sala, los fondos de pantalla, las fotos de perfil, los aretes y anillos que me pongo todos los días, el orden de las cosas en la nevera y en mi cabeza. Sí; esas cosas que les llaman manías, y sí debo aceptarlas como mías, no las heredé, son mías mías.
Acerca del autor
Ana Maria Cadena Silva
Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.
2 comentarios






Gran texto.Me gusta ese tono cercano del primer párrafo y el último
Mauricio, me da gusto que te hayas involucrado en la conversa ;) esa es la idea. Gracias por tu generoso comentario.