Listas de cosas por tachar | Ana María Cadena Silva

Listas de cosas por tachar

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Listas tachadas en papelitos reciclados escritos con tintas de distintos colores en una letra demasiado relajada. Tanto; que solo se entienden unos minutos después de haber sido escritos. Luego parecen códigos secretos con tinta invisible que se autodestruirán una vez se hayan intentado leerse. El papel de las listas se va desgastando, adelgazando y parece un pétalo caído. No se botan todavía, pues hay cosas sin tachar. Deseos manifiestos de proyectos, viajes, algo que se quiere comprar aunque no se necesite – como una máquina para hacer chocolate – libros por leer, películas y obras de teatro por ver y un par de conciertos ya tachados en la lista. De 3 listas se puede pasar a una. A medida que se van tachando cosas, se pueden resumir en una nueva lista que tendrá lo que falta aún por hacer. 

Se queda corta: todos los días le falta ver el mar hasta que lo vea, pues Bogotá tiene muchas cosas pero mar no. Bueno…mar de carros si tiene, mar de gente subiendo y bajando del transmilenio como olas en horas pico…pero mar lo que se dice mar…no tiene ni tendrá (y no es culpa del presidente por si acaso). También le falta ver el amanecer hasta que va y lo ve, se sienta a verlo o lo ve mientras va caminando por el campo mientras sucede y a veces toma fotos. 

A veces sale a la calle y ve perros y si la dejan sus paseadores los acaricia (entonces así puede chulear de la lista: acariciar un animal) otras ve bebés y les pregunta a sus papás si les puede sonreír y si le dan el chance les toca los dedos -minúsculamente perfectos, siempre sorprende lo perfectos que son las manos y los pies de un bebé – a veces ve murales impactantes, también ve personas en indigencia, perdidas en soliloquios continuos con sus realidades bañadas en mugre, olores a desechos humanos, hambre dolor y confusión. Ve muchas cosas mientras camina y por eso le gusta salir a caminar, a veces con rumbo, otras sin. Pero siempre tiene una casa a dónde volver y piensa en los soliloquios desde el andén con estos fríos que están haciendo en Bogotá ¡Y sí que los piensa caray! De hecho hay un hombre que se instala muy ordenada y limpiamente, debajo del puente de la 116 antes de subir las escaleras del costado norte que desembocan en la clínica. Usa varios plásticos transparentes de cobija impermeable y rompe vientos, sus bolsas de basura de almohadas y nunca deja rastro de él cuando recoge su estación. Deja todo limpio, nadie adivinaría que el pernoctó ahí. Y luego regresa para meterse en su bunker plástico, se tapa todo todo, no se sabe ni cómo respira, es casi como si estuviera preparando todo, para el día en que deje de respirar; entonces solo tendrán que levantar la bolsa, cargarlo y llevárselo a una fosa común…supongo que eso hacen con los habitantes de calle… Nadie ni siquiera lo tendría que tocar, si así prefieren. ¿Será que tiene alguna enfermedad que él cree es contagiosa? ¿Será el mal del Soliloquio plástico? A veces se le ve sentado, y es como si mirara y hablara con sus manos que mueve suavemente casi como un director de orquesta. Un día lo saludó y él tomó su tiempo para no responderle. Al menos se dio cuenta que alguien le hablaba. ¿Cuál será su historia, cuales sus listas por hacer, tendrá pendientes, cómo habrá llegado a hacer su casa en el piso debajo de un puente antes de subir las escaleras que dan a la clínica? Es un misterio y él  no lo dice con morbo del que quiere conocer las tristezas de otro para luego decir ¡Qué pesar o qué lástima! Lo hace imaginando sus dolores, sus angustias sus miedos, más como un actor que busca comprender a otro ser humano que vive en condiciones extremas, esa es más su curiosidad, así es sí.    

*** 

Queda espacio para la risa. Me río acordándome de las escenas de Present Laughter, obra de teatro inglesa, escrita por Noël Coward y dirigida por Mathew Warchus, que vi grabada en diferido desde el Old Vic; y me sorprendo de las maravillas del Teatro, la capacidad de decir tanto de una forma tan sutil y con tanta altura –si se puede decir así sin ofender a los bajitos- de burlarse de todo, criticar mucho, sintiéndolo profundamente, yendo al fondo de las cosas. La capacidad histriónica de Andrew Scott es infinita, es como si exprimiera cada rincón de su cuerpo al máximo para darle al personaje lo que necesita a cada instante. Ver esta producción desde una cómoda sala de cine, fue un deleite total. No creí que uno podía reírse tanto en 3 horas. ¡Maravillosa experiencia! Y repetí con Frankestein, dirigida por Danny Boyle (conocido director de Trainspotting y Slumdog millionaire) quien llevó a escena en el 2011 la obra de Mary Shelley de una manera orgánica, visceral y magistralmente impactante. Ver a Benedict Cumberbatch en escena es un viaje a lo impensable pero humanamente posible, un homenaje al oficio del actor y al Teatro mismo. Es la demostración de todo lo que un gran actor puede hacer con su cuerpo y su mente conectados y un llamado a nosotros; artistas en general, para morirse un poco en cada obra, dejándolo todo en escena. Gracias a artistas como Cumberbatch el oficio cobra vigencia y nos hace entender que las grandes obras de arte nunca pasan de moda, por el contrario -como los vinos- se enriquecen con el tiempo, se robustecen ofreciendo placeres infinitos. Gracias a los artistas por existir y seguir creando y creyendo en la humanidad. Sin duda alguna es la mejor versión de Frankestein que he visto. ¿Ustedes ya la vieron? ¿Qué opinan?

Acerca del autor

Ana Maria Cadena Silva
AMCadena@razonpublica.com.co | + posts

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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