
¡Ahí están pintadas!
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- Olympe: 230 años después de mi degollamiento en la Place de la Concorde, morí al servicio de los derechos de las mujeres y ¡ahí están pintadas! ¿Dónde están, que se hicieron? ¿Fueron transformadas en demoníacas, decrépitas y monstruosas, dejaron de ser humanas para convertirse en mitad animales mitad mujeres? ¡Ahí están, ya las vi: desfiguradas, famélicas, violentas, agresivas, sanguinolentas, devoradoras, vampiras y fantasmagóricas! ¡Por mí por todas! ¡Ya pueden salir de sus escondites!
Buscando me encontré con estos personajes: Leonarda Chanchulli (1930) quien hirvió a sus vecinos que sacrificó y los convirtió en jabones, Mary Ann Cotton y Lizie Borden (1892) ambas inspiraron macabras canciones de cuna, María I de Inglaterra conocida como Blody Mary o la condesa sangrienta (1553), inspirada al parecer en Elizabeth Bathory y ahora, les pregunto a ustedes: ¿Estas monstruosas féminas engendros de la humanidad, qué nos dicen hoy día?
Pienso en personajes que han sido caracterizados de manera magistral como Blanca por Teresa Gutiérrez, la mamá de Eliseo el protagonista en Satanás, inspirada en la tragedia de Pozetto. Esta madre dura, fría, crítica, indolente y a la vez sobre protectora, evoca complejos ampliamente estudiados por la psicología (Edipo y Electra) que cuestionan eso del instinto maternal.
Claire Underwood (representada por Robin Wright) la protagonista de la serie “House of cards” con su astucia y habilidad maquiavélica, nos seduce y nos lleva al odio, al hastío mismo; al rechazo.
Ahí están pintadas las musas, las diosas y las brujas en obras de pintores como Goya, El Bosco y Brueghel (yo incluiría a Arcimboldo entre los pintores brujescos). En sus obras se encuentran representaciones visuales de brujas que rayan con lo aterrador, esperpéntico y rimbombante. Mujeres, que al parecer más que tener poderes, los han perdido, como si el hecho de saber cosas, intuirlas y expresarlas, las hubiera convertido en seres repugnantes poseídos por la fealdad, que inspiran pesar y asco, conduciéndolas a la caldera o hasta la horca misma.
Me deleito con las representaciones que encuentro en pintoras como Remedios Varo, quien parece tener la vocería de un aquelarre y llevarla al conjuro supremo que impone la fantasía sobre el espectador que contempla su obra. Como un hechizo se expande la onda pictórica desde el lienzo y tal como pasa en la película “La rosa púrpura del Cairo” los personajes salen del lienzo y nos seducen con su magia, nos empapan, nos invaden la vida con su propia realidad, se entrometen en nuestros pensamientos, nos hacen preguntas y nos dejan distintos a como nos encontraron antes de estimularnos.
Sí; eso hacen estos personajes que se dejan observar, contemplar, oír y sentir donde quiera que se encuentren. Como atrapados en Cajas de Pandora o Caballos de Troya, salen desbocados a nuestro encuentro apenas nosotros como espectadores, nos permitimos ser vulnerados por su humanidad, su honestidad, su esencia. Saltan y caen donde menos lo imaginamos, nos tocan fibras que ni siquiera reconocemos -pues se han escondido en nuestro inconsciente- tan bien se ocultan que ni se dejan ver en los más profundos sueños. Y ocurre en ese instante, en que nos conectamos a través de un personaje externo con nuestros sentimientos y emociones, como quien se mira en el agua y se reconoce aunque distinto; así nos identificamos con creaciones plasmadas en obras de arte.
Al ver actrices como Meryl Streep en la película El diablo se viste de Prada, Emma Stone como Cruella de Vil o Miranda Richardson en Blanca Nieves, me pregunto: ¿Qué de mí reconozco en esas brujas? Esta pesquisa se las dejo a ustedes también.
Ahí estamos pintadas, en cuerpos humanos frágiles y corruptibles, enfermizos y postrados como el de la Khalo y eternos como Gala en las obras de Dalí. Delicados y puros como la Venus de Botichelli, robustos y cálidos como las damas de Rubens, delgados y filudos como las mujeres del Greco y Modigliani. Hermosos, cándidos y tiernos como Marie Clementine Valadon (quien fue modelo y artista) musa de Degas, Renoir y Toulousse Lautrec.
Enanas acondroplásicas inmortalizadas por Velázquez, las sirvientas iluminadas en medio de la cotidianeidad doméstica de Vermeer, madres, hijas, hermanas, sobrinas, tías, amigas, amantes y esposas todas representadas, pintadas, inmortalizadas en lienzos, mármol, celuloide o “vivitas y coliando” de carne y hueso encendiendo escenarios.
En las tragedias -griegas o romanas, humanas todas por igual- las diosas, las musas, las emperatrices, las esclavas, las monjas, las heroínas, las guerreras y las víctimas. Las damas, las fieras, las mojigatas, las prostitutas, las beatas, las damas de hierro y las de azúcar; todas han sido objeto de contemplación y de estudio, adoración y odio, indiferencia y envidia…todas sin falta: ¡ahí están pintadas!
¿Dónde está nuestra mujer biónica o maravilla? ¿Qué significa ser en el cuerpo que se habita? ¿Dónde está la espinaca de la Olivia de hoy? ¿Será Alexa o Barbie la heroína de nuestros tiempos? ¿Cómo nos vemos representadas?
Acerca del autor
Ana Maria Cadena Silva
Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.
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