Los pies fríos y blancos se pasean por el pasto fresco, ni duro ni blando - Razón Pública
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Los pies fríos y blancos se pasean por el pasto fresco, ni duro ni blando

Escrito por Ana Maria Cadena Silva

Wiñaypacha me impresionó. Una fiesta de paisajes, personajes auténticos mensajes sencillos básicos y profundos. La vida contenida en una caja de fósforos. Se van acabando y la vida se vuelve peligrosa, al filo del fin. El viaje se acorta y los días se vuelven eternos. La lluvia, el frio, la montaña abruman. La vida en aislamiento de una pareja y su vejez.

El espacio se modifica (al menos su percepción) en tanto el tiempo para recorrerlo aumenta o se reduce. La distancia entre dos puntos, es más lejana si la forma de desplazarnos es lenta. Es decir si pensamos en viajar a pie, el espacio que hay entre dos puntos parece enorme, si se usa la bicicleta el espacio parecerá encogerse y si se toma un avión, la distancia deja de percibirse como una circunstancia, un reto a resolver. Una vez resuelta la distancia, surge una nueva incógnita. La manera en que este nuevo espacio nos acogerá, sus personajes, sus dinámicas, sus aromas, sus sabores.

No sobra decirlo, regresó el invierno (eso pensé). Así el paisaje sabanero varía; a veces como metidos entre un cuadro del Maestro Ariza y sus tonos “neblinos” y otras veces somos parte de un escenario de Grau en tonos de calor que agotan.

El misterio de las medias que se pierden en la lavadora o las prendas en las sábanas, y la libreta para notas junto a la cama. Cuando se despierta con el sueño vívido, a flor de piel, las imágenes parecen claras, están vivas y completas de sentido. Unas horas después, las notas sirven de guía para la descripción de las impresiones (eso creo al menos).

El día está gris como es tradición en los días festivos de semana santa. Los santos lloran sobre los monumentos, pero este año no es así. Yo piso cada letra con dificultad. Las ideas no ruedan, el agua tampoco. Apenas si hay un esboso de lluvia, pero pasa rápidamente. No se alcanza a sacar el paraguas ni el impermeable.

Regreso a Bogotá y los cables desordenados me saludan. Esta esquina, mi esquina, la esquina que veo en silencio. El ocio es alimento para la palabra. Quiero ignorar tanto para ser sorprendida, como un niño que comienza a descubrir el mundo y lo nombra a su manera. Oigo voces de guerra y me pregunto si alguna vez se callarán.

Quizás mi cabeza se desocupó y tengo que comenzar de cero a alimentarla. La belleza parece lejana y pasa junto a mí. La vida pasa entre las horas, y yo como viendo pasar el tren me quedo inmóvil en el paradero.

Después de la semana viene el sábado y luego el domingo. Llegó un momento en que los días ya no tienen nombre, las horas no tienen final y los meses se saltan unos a otros. El año perdió sus dígitos y todo después de la Pandemia tiene otro ritmo. Quizás un ritmo más interno determinado por nuestro ser profundo y no tanto por el hacer continuo. Los insectos perdieron sus escondites y el ser humano también. Nos enfrentamos a los que nos preocupaba, nos aterraba nos paralizaba de nosotros mismos, nos vimos acorralados entre los límites del espacio físico, lo cual nos obligó a volar mentalmente. Quienes lo hicimos pudimos sobrevivir, otros se quedaron atrapados en sus mentes. Aquellos que se soltaron encontraron en el confinamiento el divertimento mental. Como una monja en su clausura, un preso en su condena, un vicioso en su paraíso.

Disfruto del silencio que se cuela entre los espacios blancos de la página y sé que si puedo pasar sin tanto dolor el tiempo del silencio y la nada, puedo hacer cualquier cosa. Como quien descubre el hielo o que el agua no solo moja sino que empapa.

Llueve al fin.

Se acorta el tiempo para escribir. Gran responsabilidad tener algo que escribir que valga la pena leer. Es el temor y reto cada vez que inicio un nuevo texto.

La música parece adormecer nuestra razón y solamente oímos lo que nos mece. Al parecer yo estoy siendo, me extraño, casi puedo sentir la nada, un gran vacío, un espacio entre palabra y palabra. Sin sentido, lo que veo me ve y yo me siento transparente. La vida me atraviesa. Siento calor de repente y puedo ver cómo me rodea y la piel se recalienta. Luego me deja y quedo fría, pues el sudor me ha enfriado. Igual en la noche que en el día. No deseo conversar, las palabras no se me acercan. No pienso nada o muy poco.

Es hora de almuerzo y los empleados se acercan a la cafetería. Hacen fila y alistan bandejas. Por otro lado las mesas se alistan, las dejan limpias. Veo un joven con su gorro de panadero y tapabocas. No sé si está feliz o aburrido, pero por su forma de caminar, creo que se siente satisfecho del pan del día.

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