Guerra y arte | Ana Maria | Fundación Razón Pública 2023
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Guerra y arte

Escrito por Ana Maria Cadena Silva

Si se imagina un cuadrilátero vital con dos personajes: en una esquina “el guerra” y en la otra “la arte” (los artículos los puse así a propósito) podríamos estar presenciando un imponente round donde “la vida” es la entrenadora de ambos contrincantes y “la humanidad”… la patrocinadora del espectáculo.

Algunos miramos la guerra, mientras que otros sin opción la viven: son en ella, están en ella, hacen en ella. Yo la miro desde la ventana, ajena pero al mismo tiempo soy causa, evidencia y producto.

Un habitante de calle camina por el andén de una calle de Bogotá, cubierto en mugre de meses se acerca a una terraza de un restaurante. Saluda a uno de los comensales, lo toma desprevenido, pues está comiendo sentado en la terraza. El comensal le dice que no tiene efectivo, sobre la mesa está su teléfono celular y billetera. El transeúnte insiste en pedirle plata, el comensal le dice: tengo algo en monedas —esculcando su bolsillo— las saca y se las da en la mano (ésta se asoma al final de un vidrio que separa la terraza del andén). De esta manera, ni el habitante de calle ha vivido la experiencia de estar comiendo confortablemente en el restaurante de la terraza, ni el comensal ha vivido la experiencia de estar caminando por el andén cubierto en mugre de meses, con hambre, síndrome de abstinencia, frío y rabia.  Si uno de ellos fuera a escribir una columna de opinión sobre el otro y su realidad, no podría. Simplemente no conoce ni ha vivido la experiencia del otro. Tendría que disponerse para entrar en el mundo del otro y compartir su experiencia, que aunque solo fuera aquella de un visitante, un extranjero en la vida del otro, podría acercarse y permitirle sentir un poco —y solo un poco— como vive el otro. En este momento se aventuraría a escribir algo.

No es mi caso, no voy a inscribirme en una experiencia de guerra, aunque de cierta forma nací inmersa en ella sin pedirlo o habiéndolo pedido. En 1972, año en que nací: 56.000 soldados gringos habían muerto en Vietnam, el UPAC se quiebra, cae la reforma agraria, nace el Teatro Libre de Bogotá, Gustavo Álvarez Gardeazábal escribe Cóndores no entierran todos los días y  Antonio Cervantes (Kid Pambelé) en Ciudad de Panamá ganó por Colombia, el título mundial de boxeo el 8 de Octubre (después de 8 intentos fallidos) entre muchas otras cosas que sucedieron en nuestro país y el mundo (sin hablar de lo que ocurrió en el Universo y las Galaxias).

Mirando noticias pensé: ¿Cuál es hoy mi posición como artista frente a la guerra? Esta guerra y las otras, las que conviven con la vida junto a todos mientras la historia se construye y se destruye a balazos, se desangra en heridas y golpes que quedan tatuados en la piel y memoria.

Si los artistas somos el reflejo de una época, en la esfera pública el arte se ve como una evidencia. Una denuncia como lo hizo Picasso en El Güernica, o La noche estrellada de Van Gogh, donde se ve una guerra pero interna. Se ve una oscuridad titilante y se siente un vacío intermitente, hay destellos de alegría que encandelillan, creando una soledad insolente, que atraviesa nuestros huesos dejándolos helados a los pies de esa noche, inmortalizada en un lienzo enmarcado y colgado en el MOMA.

Los robos, atracos, asesinatos, secuestros que ocurren a diario en otras calles o en la esquina, me llevan a la orilla del temor. Como en una guarida, sin asomar la nariz, presa de mi propia levedad y pesadez, a la vez me recojo y trato de escribir, temo no poderlo hacer. Aun así me aventuro.

La guerra siempre existe en algún lugar, es imposible luchar desde todos los lugares, solo se lucha y se escribe desde un cuerpo, desde donde se vive, como se vive.  Para el artista, muchas veces el campo de batalla es su propia mente y ésta; es a la vez cárcel y paraíso. Se libra una lucha interna entre el ego que quiere alimentarse —habla, opina y argumenta— y el ser, que busca solo dejarse llevar por la vida, vivir. Tiene lugar la guerra vital y el artista vive y es asesinado por la vida. En cada obra se muere dejando todo ahí, y renace en su siguiente creación.

Mal haría al hablar o escribir sobre la guerra, no la he vivido de cerca. Hablo y escribo sobre lo que mi piel conoce. Solo así, puedo abrirme y dejar que ustedes me hurguen. ¿Lectores, han vivido la guerra en carne propia?

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