
Herencias
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Se midió el chaleco, le quedó bien, al subir la cremallera se trancó. Con un poco de cera se arregla. Mañana estrenaría el chaleco. Los sombreros esperan ser usados, apilados en el closet uno sobre otro.
La sala de velación estaba vacía. Muy limpia, todo brillaba, no olía a nada, al fondo se oía una música Nueva Era. Sobre el ataúd (estándar, nos explicaron…por lo que el cuerpo se iba a cremar) un folleto de oración y una camándula de plástico verde menta. No había coronas de flores ni grupos de gente bien vestida con sastres negros o tonos de gris, gafas oscuras y zapatos bien embetunados, agrupadas bajo la frase de: no nos veíamos desde el colegio o esta otra: solo nos encontramos en los entierros… nada de eso. Éramos dos en la sala y como si nos diera pena despertar a la tía -quien murió- hablábamos pasito.
Sofía la administradora de la sala nos ofreció tinto y la conversación giró en torno a la Tanotología: el arte de morir y todo lo que conlleva. Salió en la conversación “Okuribito” – traducida como Violines en el cielo – una película japonesa de 2008, dirigida por Yōjiro Takita, alrededor del tema de la preparación de los cuerpos una vez muertos. La escena del rito del agua, en la que se pasa un trapo húmedo por el rostro y se explica que de esta manera se borra el rostro de la persona que murió, como si quisiéramos preservar una imagen incorruptible e inmortal de la misma, me llamó mucho la atención. De alguna manera en el acto del bautizo, el ser es reconocido, su vida es exaltada, en el rito de la película, se despide la vida misma, al difuminar el rostro que es una huella visual de la persona que murió.
La sala vacía nos hizo pensar en el sentido de nuestra propia vida, lo que dejamos en otros o lo que no… quién y el porqué nos recordará u olvidará. Muchas preguntas pasaron por mi cabeza. Al mirar la cinta negra con el nombre de la tía en letras doradas y ver cómo el chófer la ponía en la parte de atrás de la carroza fúnebre, tuve claro que ese sería su último trayecto en el cuerpo. Luego ya su cuerpo dejaría de ser para convertirse en tizones y sería transportado en un cofre de madera hacia una sala fría o liberado a la orilla de un lago.
La muerte de otros nos enfrenta a la propia. La vida pasa entre café y café. En qué momento se crecieron los que fueron niños…ha de ser mientras nosotros entramos a la adultez y envejecemos. Todo cambia, la materia que fuimos ya no es, ni será la misma.
Lo que no está dicho en una novela, y debe decirse en la televisión, esas líneas que conectan a los personajes, esos espacios cuyas descripciones no se leen sino se perciben, esto está presente en la serie de 100 años de soledad, y nos lleva a ver y meternos en el universo creado sin llegar a convertirse peligrosamente en imágenes con globos de texto. El narrador parece sobrar a veces y le quita fuerza al conflicto, lo poetiza. Por instantes -especialmente cuando se oye la voz narrando- la imagen pasa a un segundo lugar, tal vez porque es imposible olvidar la novela que hay detrás. Lo que puedo decir, es que ver la serie me ha impulsado a leer la obra maestra de nuevo. Claro que la leí en el colegio, pero soy otra lectora y el libro se anidará de manera diferente en mí, sin duda alguna.
Es cierto que el tiempo nos permite ver las cosas de otra manera, a veces me desconozco cuando no me veo opinando con urgencia de lo que conozco, como si me fuera por raticos y pudiera solo ser, y estar ahí como una piedra. Me engancho poco en las conversaciones grupales y no hablo mucho. Quizás me estoy transformando en una piedra e iré a parar a un río. El río con su caudal fuerte me arrastrará y desmoronará, hasta quedar convertida en nada reconocible y ya, así será. El tiempo lo dirá, y no sirve mucho pensar en eso y mucho menos escribirlo.
El sonido de una mosca atrapada de este lado del vidrio, me hace pensar… ¿Cuánto más puede durar la mosca perdida en un entorno que desconoce? Se oye pasar un avión y la nevera haciendo hielo. Me puedo oír masticando y pasando un trago de agua. ¿Me preguntó si en este trayecto de la vida, puedo solo ser -incluso a veces dudo si soy siquiera- será posible esto? Es al mismo tiempo una sensación de levedad y de pesadez, como cuando cae una gota de agua, depende del material de la superficie en la que cae, se oye fuerte o suave -aún siendo la misma gota- desafiando los extremos simultáneamente.
Truena y los pájaros se refugian, mientras se hace hora de coger camino. El agua escurre por las hojas y chorrea la tierra.
Se acabó el año otra vez y empezará hasta que se le acabe a uno su tiempo.
Acerca del autor
Ana Maria Cadena Silva
Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.
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