No se puede vivir sin flores | Ana Maria Cadena Silva

No se puede vivir sin flores

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Flores las del jardín, las que compro en una esquina para hacer el florero, las de la mata que sembré y miro todos los días a ver si sale una nueva flor, las que están pintadas en un cuadro, las que miro en el protector de pantalla o las de la blusa que tengo puesta. Siempre flores para celebrar la vida, la luz y el color.

Las muletas en el altillo, hacen pensar en otro momento en el que se necesitaron. Fueron indispensables y ahora como muchos otros objetos fueron a parar al altillo (por bien que les haya ido). Nadie las mira, son corridas para abrir espacio cuando se bajan las maletas o se suben, para más nada. Quedan ahí como tantas cosas…por si acaso se vuelven a necesitar… ¡Con lo caras que están y alquilarlas todavía cuesta más! Así se llena una casa de objetos que nunca más se vuelven a usar, y solo se es consciente de ellos cuando hay que desocupar el espacio, bien sea porque se vende, arrienda o alguien se muere. Los objetos acumulados como evidencias de una personalidad saliente o ya afuera de un cuerpo, terminan en un camión de reciclaje al que hay que pagarle para que se los lleve.

Esas colecciones hacen parte de la construcción del “yo” y cuando éste pierde su memoria, o se deja de ser ese “yo” todos esos objetos parecen inútiles pues carecen de significado alguno para otros.

Al ver la película: La Memoria infinita (dirigida por Maite Alberdi en 2023) pienso en lo paradójico que es la construcción de una identidad y lo esencial del ser. Lo que queda de uno cuando el “yo” nos abandona, con sus recuerdos, sus imaginarios, sus posturas. El terror de no saber con quién se está, de no reconocer dónde se levanta, de no comprender nada. Pasamos toda la vida construyendo ese “yo” lo que opina, lo que cree, lo que piensa; como lo hizo Augusto Góngora y bien lo muestra Paulina Urrutia en este hermoso documental, que vale la pena ver y llorar de amor. Conmoverse profundamente con el dolor de la verdad de la vida más allá de las ideas, en el diario vivir y morir lento de algunos. Como si fueran dejando poco a poco su vestido, su identidad, sus posturas. Como si nos fueran abandonando de a poquitos.

Truena y no llueve. No se suelta la ira o mejor; la tristeza de las nubes. Resuena y asusta pero no revienta aún. En la sequía se teme y ahora ese temor se ahoga en ríos sin fondo de agua lluvia. Los extremos del universo y su impacto en la estabilidad de la humanidad. Lo que me lleva a pensar en el impacto de la bomba atómica en su momento y ahora el de la Inteligencia artificial en la sociedad que hemos construido.

La inteligencia artificial, nos enfrenta a la esencia del ser. El saber, lo tienen las máquinas, el hombre las ha alimentado de conocimiento y potencia, más no son por si mismas. La esencia del ser reducida al producto, sin importar el cómo se hizo. Quien no produce o produjo, no existe o meramente sobrevive marginado del sistema productivo. Esta realidad es inevitable, la inteligencia artificial como una especie artificial con códigos de operación abiertos, está aquí para quedarse. Max Tegmark hace referencia al término Homosapiens de Carl Von Lynne, y añade que ahora ya no somos los más listos, sino que el hecho de ser sensibles es lo que nos hace diferentes, el habla del Homocentiens como nuestra nueva especie humana.

El caucho parece renacer de sus ramas, estas vuelven y se entierran, como si se confundieran o se encontraran más a gusto bajo tierra. La raíz se mezcla con las ramas. Quizás esta sea una metáfora para hablar del hombre y sus creaciones. Los artificios terminan siendo pilares del ser, en un principio solo son vistos como herramientas o extensiones, pero cada vez adquieren más elementos del ser, hasta que lo que pueden hacer se confunde con lo que el ser haría. El ser se acostumbra a todo, se adapta o desaparece como especie.

Entonces resuena el arte para paliar la vida y sus avatares, se hace más necesario que nunca, más vital e indispensable. Para salirnos de lo promedio, sorprendernos, cuestionarnos, dudar, equivocarnos y volver a empezar, para ser humanos, para sentir.

Lo jamás visto (no como lo experimentan quienes tienen Alzhéimer) se verá, como lo han dicho filósofos, científicos y ya hemos visto en comics y en películas de ciencia ficción. Pienso en los Supersónicos -originalmente llamados The Jetsons en 1962 – con sus carros voladores y sistemas de comunicación, en películas como Blade Runner, basada en el libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? escrito en 1968, en el filme 1984 , inspirada en la novela que lleva su mismo nombre del año 1947 y en Metrópolis de 1927; donde temas como los sistemas de vigilancia usados para control social, la especie artificial que supera al humano quedando libre, al parecer sin control y la obsesión por prolongar la vida a costa de todo, se ven reflejados y están vigentes hoy día más que nunca.

El panorama actual es el de una novela distópica que no solo vivimos, sino observamos en vivo y en directo, en la cual compartimos protagonismo con una nueva especie artificial.

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Ana Maria Cadena Silva

Escrito por:

Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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