Del nacionalismo escocés a la ambigüedad europea - Razón Pública
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Del nacionalismo escocés a la ambigüedad europea

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Carlos PatiñoAunque haya ganado el “no” en el referendo por la independencia de Escocia, el nacionalismo vuelve a recorrer Europa como un fantasma que se creía superado. ¿Qué consecuencias puede traer esta nueva “primavera de las naciones”?

Carlos Alberto Patiño Villa*

Un debate por el nacionalismo 

El referendo celebrado en Escocia este jueves 18 de septiembre sorprendió a muchos por la radicalidad y el entusiasmo con que los partidarios de cada una de las dos opciones se enfrentaron en un debate que para muchos parecía salido de los más profundos recuerdos del romanticismo del siglo XIX, cuando el nacionalismo estaba en su esplendor.

La sorpresa que causaron la existencia y vivacidad del nacionalismo escocés tiene otra cara: la del debate que durante varios años protagonizaron dos intelectuales ingleses – Eric Hobsbawm y Adrian Hastings. Aunque el primero de ellos fue más conocido mundialmente, esto no demerita las posiciones y los argumentos del segundo.

Hobsbawm hizo diferentes afirmaciones tendientes a demostrar que el nacionalismo era una invención moderna, donde los Estados capitalistas jugaron un papel fundamental pues buscaron inducir la movilización social a partir de rasgos colectivos identitarios, que en últimas redundaban en acrecentar el poder del Estado.

El nacionalismo escocés demostró estar tan vivo como cualquier nacionalismo militante del siglo XIX.

Hobsbwam presentó estas afirmaciones, junto a las genealogías que hace sobre el nacionalismo como una corriente política de gran impacto en la conformación de las sociedades occidentales contemporáneas, en su libro Naciones y nacionalismos desde 1780.

A estas afirmaciones se dirigieron las críticas de Hastings, presentadas en su libro La construcción de las nacionalidades. Etnicidad, religión y nacionalismo.

Uno de los aspectos más importantes del debate citado, y que concentró gran parte de las críticas de Hastings en otros trabajos e intervenciones públicas, fue la siguiente afirmación de Hobsbawm: “Como he sugerido, “nación” y “nacionalismo” ya no son términos apropiados para describir, y mucho menos para analizar, las entidades políticas que se califican de tales, o siquiera los sentimientos que en otro tiempo se describían con ellos”.

Esta sentencia tiene varias implicaciones, sobre todo si tenemos en cuenta que es producto de un trabajo publicado por primera vez en inglés en 1990. Dos de las implicaciones más importantes son: primero, que el nacionalismo ya no tendría la capacidad de generar grandes movilizaciones o grandes cambios políticos, y por tanto estaría por fuera de cualquier consideración fuerte de poder político.

Segundo, que el nacionalismo no solo no amenazaría a los Estados actualmente existentes, sino que iría desapareciendo en la medida en que desaparecieran los Estados nacionales.

Parlamento Europeo en Bruselas, Bélgica.
Parlamento Europeo en Bruselas, Bélgica.
Foto: Xaf

Vivito y votando

Sin embargo, el nacionalismo escocés demostró estar tan vivo como cualquier nacionalismo militante del siglo XIX, e incluso en algunos de los discursos más radicales para legitimar la obtención de la independencia se presentó al nacionalismo como una fuerza profundamente revolucionaria.

Pero el asunto escocés no se quedó dentro del Reino Unido (ahora “re-unido”, como lo han llamado diferentes periódicos y analistas tanto británicos como extranjeros) y se demostró que una Europa nacionalista se sentía esperanzada en la muy posible victoria de la campaña del “sí” a la independencia escocesa.

Dicho de otro modo, lo que parecía una acción política local era en realidad una señal de cambios profundos para toda Europa que podrían desarticular muchos de los grandes Estados surgidos en los últimos siglos.

Esta situación fue tan patente que los comisarios europeos, empezando por el presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, no tenían claridad sobre qué implicaría la aparición de un Estado como Escocia en contra de los intereses de Londres.

No se tenía claro si el nuevo gobierno que apareciera en Edimburgo debería realizar un trámite de adhesión a la Unión Europea dentro de los trámites previstos para aquellos Estados no miembros, compartiendo turno de espera junto a Turquía, o si – como sugirieron varios entusiastas proclives a las aspiraciones independentistas- todo sería cuestión de  simple voluntad política.

La ruta que hubiera marcado un resultado positivo en el referendo escocés hubiera sido la apertura inmediata de una temporada de nacionalismos, viejos y nuevos, imaginados y/o justificados, con historia escrita o por escribir, y con ello se abriría un cambio estratégico profundo dentro de los Estados europeos, algo que algunos consideraban descartado, o cuando menos solo factible a la vuelta de otro siglo.

Europa en vilo

De esta forma, junto a la posible transformación estratégica de los Estados europeos, el nacionalismo ha puesto en evidencia otro asunto: la ambigüedad que desde su aparición ha supuesto la Unión Europea.

Esta Unión se debate entre ser un “club de Estados” (expresión muy usada en las últimas tres semanas), un supra-Estado que reúne condiciones excepcionales de gobierno y dirección sobre Europa (una opción que quedó temporalmente fuera de consideración desde el momento que se descartó tener una constitución europea), o una entidad débil en medio de Estados con poderes y capacidades disímiles, lo que ha conducido, como ha mostrado la crisis económica de 2008, a que los Estados más fuertes impongan su voluntad política, sus programas económicos y sus necesidades geoestratégicas.

Lo que parecía una acción política local era en realidad una señal de cambios profundos para toda Europa que podrían desarticular muchos de los grandes Estados surgidos en los últimos siglos.

El nacionalismo, como el suscitado y exacerbado por Escocia, ha rehabilitado uno de los viejos fantasmas europeos, que incluso recuerda las revoluciones del año 1848: la existencia de sociedades compuestas por identidades nacionalistas fuertes que se oponen a los Estados a los que se supone que pertenecen.

Un ejemplo de esto es el nacionalismo que arraiga y se expresa en Cataluña, cuyo parlamento aprobó el 19 de septiembre, luego de conocerse los resultados de Escocia y en medio de un fervor nacionalista sin precedentes, una ley para celebrar un referendo independentista.

La Unión Europea es un gigante con pies de nacionalistas, pequeños o grandes, que puede tambalearse si los grandes Estados equivocan sus apuestas estratégicas.

Sin embargo, el triunfo de la campaña de la opción por el “no” a la independencia, para continuar dentro del espacio europeo no significa el cierre de los procesos independentistas, y por el contrario supone que la Unión Europea ha quedado tocada, quizá gravemente, y el futuro se verá signado por un retorno sin límites de los nacionalismos, muy al contrario de lo que intuía Hobsbawm.

Este retorno produce aprietos ya vividos por países como España, donde muchos intelectuales consideraban que podría llegar a presentarse una disolución del país, quizá en un escenario remoto, que ahora parece una posibilidad real.

En este escenario no solo se sitúan los catalanes, prestos a pedir mayor implicación política de los ciudadanos para obtener un Estado que, a diferencia de Escocia, nunca tuvieron, sino también otros movimientos nacionalistas como el protagonizado por los vascos separatistas.

Ciudadanos escoceses a favor de la independencia de Escocia en la ciudad de Glasgow con una pancarta que dice vote yes
Ciudadanos escoceses a favor de la independencia
de Escocia en la ciudad de Glasgow.
Foto: Gerard Ferry

Nuevos Estados

Un hecho interesante en este sentido es que se está produciendo un reacomodamiento geopolítico de los Estados, que es en sí mismo una innovación con respecto a las vías clásicas de su conformación, y que casi siempre ha involucrado un uso directo de mecanismos de coerción.

En este sentido puede afirmarse que los nacionalismos que luchan por obtener su propio Estado a través de las vías democráticas se afirman y se asientan sobre la seguridad tanto económica como jurídica y militar que les garantiza estar dentro de la Unión Europea.

De otra parte es necesario afirmar que lo que sucede con los nacionalismos europeos, cuya puerta, para bien o para mal, han abierto los escoceses, permite ver con claridad que los Estados contemporáneos no tienen garantizada su estabilidad política ni su integridad social ni territorial.

Sin embargo, es importante destacar que han existido dos vías diferentes para gestionar los requerimientos, y una es la que acaba de marcar Escocia.

La otra es la que marcó Yugoslavia, en medio de una terrible guerra de secesión, que dio lugar a la aparición de más de cinco Estados pequeños, que en la práctica tienen el valor de estar ubicados en las zonas de choque geopolítico de grandes países, y que se han convertido en esenciales a la hora de las acciones geopolíticas de Rusia.

Además de cumplir las promesas a sus ciudadanos, el dilema que deben enfrentar los nacionalismos exitosos es aprender a competir en un mundo multipolar en donde la comprensión de sus discursos es cada vez más limitada por parte de los grandes Estados que ven en ellos una amenaza a su estabilidad.

Las buenas condiciones de las que gozan actualmente los nacionalismos europeos son excepcionales, de difícil mantenimiento, y no son gratuitas. De todas maneras los actuales movimientos nacionalistas deberán pasar otras pruebas, como aquellas referidas a su capacidad de tolerancia con los grupos divergentes dentro de su nación.

Dejan mucho que pensar aquellos movimientos nacionalistas que llegan al poder en regiones autónomas pero no soportan a los inmigrantes, ya sean sudacas o africanos, y se escudan en políticas que presentan como ajenas, pero que en realidad son la medida de su propia acción.

 

* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia

 

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Carlos Alberto Patiño
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