Turquía: entre la sombra del Atatürk y el regreso del Islam - Razón Pública

Turquía: entre la sombra del Atatürk y el regreso del Islam

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Las protestas revelan un malestar profundo: el choque entre un gobierno que busca la islamización y una sociedad moderna y laica que se opone; pero Estados Unidos y la Unión Europea no pueden permitir más inestabilidad en la región.

Carlos Alberto Patiño Villa*

Atatürk sigue vivo

A las manifestaciones masivas que han sacudido a Turquía a lo largo de la última semana les precede una larga y compleja historia, determinada por la trayectoria de la república y el siempre tentador camino del islam político, truncado por el proyecto modernizador liderado por Mustafá Kemal Atatürk a inicios del siglo XX.

Un fotógrafo de la agencia Reuters capturó la imagen clave: una manifestante ondea la bandera de Turquía con la imagen estampada, visible y nada tímida de Atatürk en su más famosa pose pública. No se trata, pues, de una abstracción intelectual.

La disputa política se articula, entonces, sobre un trasfondo trascendental para las sociedades musulmanas, que afecta cada vez más a Occidente: la lucha entre una sociedad laica y secular y un gobierno islamista, que poco a poco toma control de las instituciones islamizándolas.

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Foto: Eser Karadağ 

Geografía, división y modernidad

 Las manifestaciones recientes adquieren, además, un relieve sin igual por tres razones geopolíticas claves:

1. Turquía está ubicada a un paso de Europa, a uno de Medio Oriente y a uno de Asia Central. Esta condición geográfica ha convertido a Turquía en factor estabilizador para  un número importante de Estados y sociedades. Pero también en es un Estado clave para determinar el cambio político, la movilidad de fronteras y la contención de poderes internacionales grandes y medianos.

Gracias a esta ventaja geopolítica, Turquía logró construir un gran imperio — el  Imperio Otomano — entre el siglo XIV y principios del XX. También, sacando provecho de esta ventaja, los gobernantes de Ankara supieron jugar su carta como competidor estratégico en el contexto de la Guerra Fría.  Turquía sigue proyectando su influencia regional en el siglo XXI.

2. Turquía es una sociedad dividida, entre europea y asiática, cuya población es mayoritariamente musulmana, pero no árabe. A la vez, alberga una compleja composición de diferentes grupos étnicos, con diferentes tradiciones musulmanas, una importante minoría cristiana, básicamente ortodoxa, y otra importante minoría kurda, que reclama un Estado y un territorio propios.

Turquía lleva más de cuatro décadas esperando ser aceptada como miembro de pleno derecho de la Unión Europea, una petición de ingreso que se ha convertido en casi un imperativo, siempre obstaculizada por diferentes países, especialmente Francia.

La disputa política se articula, entonces, sobre un trasfondo trascendental para las sociedades musulmanas, que afecta cada vez más a Occidente: la lucha entre una sociedad laica y secular y un gobierno islamista, que poco a poco toma control de las instituciones islamizándolas.

La modernización emprendida por Atatürk estimuló el surgimiento de una élite ilustrada: los intelectuales y los científicos turcos han contribuido a crear una sociedad musulmana cercana a los ideales de la Ilustración, con una tradición de debate público y abierto, en donde los valores claves de la república se convirtieron en una sello obligatorio de las instituciones: un Estado moderno, laico y secular.

3. La Turquía contemporánea está construida desde esta perspectiva —  una sociedad que se precia de ser laica y secular — en medio de un mundo musulmán que pretende mantener el predominio público de la sharía, la ley coránica.

Sin embargo, esta laicidad fue producto del proyecto político de una élite militar ilustrada, por lo menos en términos generales, que bajo el liderazgo de Atatürk logró echar a los aliados invasores de Anatolia durante la Primera Guerra Mundial, enterró el califato en 1924, introdujo el alfabeto de caracteres occidentales y abrió universidades y centros de instrucción científica y tecnológica, como corolario del ingreso a la modernidad.

Desde esta perspectiva, buena parte de los militares turcos contemporáneos se sienten herederos — quizá con algo de perspicacia — de los antiguos guerreros fundadores del Imperio Otomano, pero esta vez bajo la forma de una república moderna.

Sin embargo, estas tres características han sido un desafío real para los grupos políticos que se han sentido damnificados y excluidos políticamente, desde la fundación de la república en 1923.

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Foto: Eser Karadağ 

Islamismo moderado,  pero imparable

Durante las últimas décadas, tales expresiones políticas se han encarnado en el Partido de la Justicia y el Desarrollo, y en especial, en los dos primeros políticos islamistas que desde 2002 detentan el poder: Recep Tayyip Erdogan y Abdulá Gül.

De los dos, el más conocido es Erdogan — quien ha ocupado el cargo de Primer Ministro desde marzo de 2003 hasta el día de hoy — y quien poco a poco ha ido introduciendo una agenda islamizante en el interior de la sociedad turca: un éxito rotundo para los grupos más conservadores.  

Uno de los cambios básicos ha sido el control sobre el poder militar — siguiendo un modelo que en algunos rasgos se parece a lo realizado por Zia Ul-Haq en Pakistán después de 1977 — al ir nombrando a militares de tendencia islamista, algo impensable en el ejército turco hace veinte años.

Esto quedó ratificado al negar el ascenso y proceder a la consecuente destitución de tres generales en marzo de 2010 acusados e investigados por una posible trama golpista en 2003 contra el entonces naciente gobierno islamista.

Erdogan también ha asumido controles sobre la vida cotidiana que tienden a crear un entorno islamista y diferencian a Turquía de las sociedades occidentales: introducción de la penalización para el aborto, prohibición de las muestras públicas de afecto, prohibición de la venta de bebidas alcohólicas que puedan ser consumidas en público, y otras medidas más  como reglamentar el color del labial que pueden usar las azafatas…

Turquía está ubicada a un paso de Europa, a uno de Medio Oriente y a uno de Asia Central. Esta condición geográfica ha convertido a Turquía en factor estabilizador para  un número importante de Estados y sociedades.

Giro en política exterior

En política internacional los devaneos islamistas de Erdogan no han sido pocos ni de poca monta. Uno de los casos más famosos fue cuando en 2003 el parlamento y el gobierno turcos —  encabezado por Gül y a la espera de que Erdogan asumiera el poder — negaron el paso a tropas de Estados Unidos con destino a la guerra en Irak, algo paradójico toda vez que Turquía y su ejército son miembros básicos e indiscutibles de la OTAN.

De otra parte, resulta evidente que Turquía ha cultivado una relación amistosa con Irán —  enemigo jurado de Estados Unidos — mediante intercambios económicos y de inteligencia indispensables para la seguridad regional.

Otro giro espectacular de Turquía fue pasar de tener una relación privilegiada con Israel a una crisis en 2010 — que terminó en suspensión diplomática y llamado de embajadores a consultas — tras el asalto de la armada israelí a una flotilla humanitaria que se dirigía a la franja de Gaza, bajo gobierno del Hamás desde 2006.

Durante la mal llamada Primavera Árabe, Turquía ha tenido un papel destacado como observador y como animador de nuevos gobiernos y de cambios estructurales. Esto fue claro en el apoyo que Erdogan en persona brindó al naciente gobierno egipcio de los Hermanos Musulmanes, bajo el liderazgo político de Mohamed Morsi desde 2012.

Este liderazgo ha continuado bajo la modalidad de presión militar directa sobre el gobierno sirio de Bashar Al-Assad desde las fronteras, llevando en varias ocasiones al borde de una confrontación internacional, lo que quedó en evidencia con el derribo de un avión turco de vigilancia en junio de 2012.  Desde ese momento ha sido frecuente el intercambio de fuego de artillería ligera en las fronteras, que ha afectado básicamente a pequeños pueblos.

Pero el conflicto de Siria ha destapados viejos problemas e inestabilidades regionales: Rusia se ha ido involucrando cada vez más profundamente, lo que hace que Turquía deba mirar de nuevo con algo de respeto a la Unión Europea y en todo caso busque mantener buenas relaciones con Estados Unidos, lo que dio un mayor peso estratégico al discurso de Barack Obama en Ankara, en abril de 2009.

Evitar la polarización

Al comprender este complejo panorama, resulta evidente que el movimiento de protestas que se inició contra la decisión gubernamental de construir un centro comercial en medio de un parque de Estambul no es una simple movilización colectiva: se ha venido incubando un profundo malestar social en contra de la islamización gradual y de la transformación institucional.

El premio Nobel de literatura turco Orhan Pamuk ha advertido en innumerables ocasiones en contra de una imagen bucólica occidental: creer que los turcos esperan pasivamente a ser islamizados sin más, como si fuera su aspiración.

Sin embargo, la Unión Europea, la OTAN y Estados Unidos no pueden permitir que caiga el gobierno de Erdogan, pues la inestabilidad de la vecina Siria no permitiría garantizar una transición política estable y democrática.

Por el contrario, abriría una mayor competencia por la redefinición del Medio Oriente y del Asia Central, a la vez que otorgaría una victoria geopolítica inmerecida a Irán y una clara ventana de oportunidad a Rusia. A la vez Israel se quedaría sin un aliado clave, sobre todo después del restablecimiento pleno de relaciones diplomáticas, desde comienzos de este año.

Sin embargo, el mayor peligro que representa la crisis en Turquía para el mundo occidental consiste en que el brote de descontento actual se transforme en una profunda polarización: ideales religiosos contra ideales laicos y seculares. Lo cual tendría una profunda repercusión en las comunidades musulmanas establecidas en Europa.

* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia.

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Carlos Alberto Patiño

*Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia.

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