
La paz imperial para Ucrania: entre la lucha regional y el riesgo global
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Sorprende la Casa Blanca pretenda negociar el conflicto en Ucrania sin tener claro que lo que allí suceda tendrá impacto directo en otros conflictos como el de Venezuela, y las pretensiones de expansión de Estados Unidos sobre territorios como Canadá, Groenlandia e incluso el canal de Panamá.
El día 21 de noviembre, a partir de la revelación que hizo el medio de comunicación Axios, el gobierno norteamericano dio a conocer un plan para impulsar un proceso de paz para Ucrania, inspirado en lo que unos meses antes se impuso en el conflicto entre el Estado de Israel y el grupo islamista Hamas, para la zona de Gaza, aunque el gobierno de Trump afirmó que era la paz definitiva para el problema palestino. El plan para Ucrania revelado el día citado tenía 28 puntos, en los que en términos generales se castigaba a Kiev como si fuese el Estado agresor en el conflicto, y a pesar de que en general los puntos establecidos son los mismos que Rusia ha reclamado como sus puntos de partida, o mínimos, el gobierno de Trump hizo énfasis en que este era un plan nuevo, y que por tanto daba un ultimátum de una semana (hasta el 27 de noviembre) a Volodimir Zelenski, presidente de Ucrania, para que aceptara o declinara, con las correspondientes consecuencias.
El domingo 23 de noviembre Marco Rubio se reunió con la delegación ucraniana, encabezada por el recientemente destituido Andrii Yermak, para replantear los puntos centrales de plan presentado por la Casa Blanca, y negociado específicamente por el empresario Steve Witkoff, reconvertido en diplomático, en unas largas conversaciones con uno de los principales asesores tanto de Vladimir Putin, presidente de la Federación de Rusia, como de Serguei Lavrov, su canciller. Rubio, al parecer, se encargó de reformular el plan que de entrada fue rechazado tanto por el gobierno de Ucrania como por los gobiernos europeos, pues unos y otros no solo habían sido excluidos de la negociación, sino que eran objeto de obligaciones, acciones y responsabilidades no consultadas, impuestas en las conversaciones ruso-estadounidenses.
Durante la noche del día 25 de noviembre, el medio de comunicación estadounidense Bloomberg publicó la transcripción de una conversación entre Witkoff y Yuri Ushakov, el valorado estratega y asesor ruso, que dejaba al descubierto cómo el plan de la Casa Blanca en realidad era producto de un texto, cuando menos, concertado con el Kremlin, lo que de entrada explica por qué el plan está claramente escorado a favor de los reclamos de Moscú y da tratamiento de agresor al país víctima del crimen de agresión internacional sin justificación válida.
Pero más allá de estos puntos de análisis, el problema que plantea la guerra de Ucrania, desde el objetivo de proponer una solución que sea duradera y estable, tiene dos perspectivas diferentes, pues en el plano directo está la guerra sobre el territorio que gobierna Kiev, pero esta dimensión del conflicto no es escindible de sus repercusiones globales, que están a la espera de qué sucede tanto militar como diplomáticamente entre el Kremlin y Kiev, para entender cómo se modifican las condiciones internacionales de la guerra, las redefiniciones de fronteras y la transformación de las reglas del orden internacional.
Un punto central en este planteamiento es que el plan de paz impulsado por la Casa Blanca es, necesariamente, una acción de carácter imperial, por tres razones: primera, es una negociación en la que el gobierno de Trump asume como interlocutor válido principal al de Rusia, encabezado por Vladimir Putin. Segundo, es un plan orientado a dar tratamiento de capitulación al país agredido, y premia el uso de la fuerza y la defensa militar de las esferas de influencia de las grandes potencias. Y tercero, decide, establece e impone obligaciones a terceros países, en este caso los miembros de la Unión Europea y de la OTAN -como si Estados Unidos fuera uno aparte de esta organización-, sin consultarlos previamente, y peor aún sin tener en cuenta sus consideraciones, decisiones y valoración de capacidades.
El plan para Ucrania
El plan de 28 puntos, según los documentos conocidos públicamente, contiene diferentes aspectos de difícil, si es que no de imposible, aceptación por parte de Kiev si pretende seguir siendo un Estado soberano, entre los cuales se pueden destacar directamente cinco: Primero, Subraya, de nuevo, la sesión de territorios ansiados, y algunos parcialmente tomados por la fuerza militar por parte de Rusia, entre los que se encuentran Donetsk y Lugansk, en la región de Donbás, además de Zaporiyia y Jersón, junto con la península de Crimea, tomada en 2014. Segundo, establece un límite en las capacidades militares futuras del Estado ucraniano, con tal de evitar que estas se organicen con la posibilidad de ofrecer resistencia a las fuerzas militares de Rusia, por lo que se impone tanto un límite máximo al número de miembros en las Fuerzas Armadas como al tipo de armamentos que pueden utilizar. Tercero, impone condiciones de cambio de gobierno inmediato a Ucrania, basado en el no reconocimiento al gobierno encabezado por Zelenski –y es necesario señalar aquí que Trump cree que se debe explotar al máximo la crisis política del gobierno de Kiev, por las acusaciones de corrupción, para obligarlo a firmar un acuerdo claramente de capitulación-, junto con el compromiso de que las partes no realizarán denuncias ni impulsaran investigaciones sobre los crímenes de guerra cometidos por las fuerzas en combate, algo que favorece evidentemente las posiciones rusas. Cuarto, establece un tutelaje directo sobre las posibilidades que tiene Ucrania para tomar decisiones en su política internacional, al prohibirle ingresar en la OTAN. Pero aquí el documento, de manera insólita, impone a los miembros de esta organización límites al tipo de decisiones que pueden tomar, al impulsar que se comprometerán a nunca recibir como miembro de esta a Ucrania. Quinto, el documento hace referencias vagas a lo que Estados Unidos llama garantías de seguridad, y de entrada se otorga a sí mismo compensaciones económicas por tales garantías, además de otorgarse, de antemano, participación en las ganancias que surjan de los proyectos de reconstrucción. Se debe indicar que el documento del 21 de noviembre pasa por encima del fracaso de las garantías de seguridad que Estados Unidos ofreció a Kiev en el memorándum de Budapest de 1994, por el cual se obligaba a Ucrania a entregar el arsenal y las capacidades nucleares de uso militar que había heredado de la implosionada Unión Soviética.
La respuesta a este documento, hasta cuando este artículo se escribe, no se conoce sino a través de las declaraciones realizadas tanto por Marco Rubio como por los miembros del equipo ucraniano, y del presidente Zelenski, al tiempo que ampliaron las reacciones contra el documento del 21 de noviembre tanto Emanuel Macron, presidente de Francia, como el canciller Friedrich Merz de Alemania, además de otros gobiernos europeos, especialmente los de Polonia, Lituania, Letonia y Estonia. Sin embargo, por las reacciones presentadas por Putin durante el jueves 27 de septiembre, es obvio que el nuevo plan da tratamiento a Ucrania de país agredido y no de agresor, y rebaja las expectativas de victoria de la Federación de Rusia. De hecho, Putin ha dejado claro que considera que no hay un plan de paz, y que por tanto la guerra debe continuar.

Los riesgos globales
La guerra en Ucrania sobrepasa la dimensión local, e incluso la regional, y se ha convertido en un detonador global de conflictos, que se mueven unos y otros en un entramado complejo, pero interdependiente y activo (esto lo explico en el libro de reciente aparición La Guerra Global Invisible. Ucrania, el mundo y el retorno de los imperios, Crítica, 2025, y por tanto no repetiré en extenso los diversos argumentos que sostienen esta perspectiva). La peculiaridad consiste en que cuando Rusia fue a la invasión contra Ucrania en 2022, a la que le antecedía la toma de Crimea en 2014, lo hizo respaldada con una alianza internacional compuesta en dos niveles, uno directo y uno más laxo. En el directo se encuentran Bielorrusia, China, Corea del Norte e Irán. Los cinco, junto con otra docena de Estados, no comparten, en todo o en partes sustanciales, el orden internacional existente y que se construyó al final de la Segunda Guerra Mundial, y que tenía como respaldo a Estados Unidos y sus aliados occidentales.
Este respaldo a Rusia explica que, para países como Corea del Norte y China, el resultado de la guerra, tanto militar como diplomático y de equilibrio internacional, es clave para redefinir asuntos como la reunificación de Corea, la suerte de Taiwán, el reacomodo de poderes y esferas de influencia en Asia Pacífico, lo que involucra a Corea del Sur, Japón, Indonesia, Filipinas, Australia, Nueva Zelanda y otros Estados más. En el caso de Medio Oriente, esta alianza perdió su presencia con la derrota estratégica que ha tenido Irán en su confrontación con Israel, derivada de los actos terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023, y que tiene en la caída de Bashar Al Assad, en diciembre de 2024, una derrota geopolítica clave. Y en este contexto África es un escenario activo, en donde Moscú ha ido teniendo un posicionamiento clave y central, al tiempo que ha expulsado a Francia, e incluso a Estados Unidos, de muchos países en los que hacían presencia desde hace décadas.
Pero el escenario europeo es realmente el más inmediato al resultado de la guerra, y es allí en donde el reacomodo de Rusia en su proceso de reimperialización, que conlleva la modificación de fronteras, la “recuperación” de territorios, y otros objetivos maximalistas, sea mucho más que un discurso amenazante, como constantemente lo recuerdan los gobiernos de Finlandia, Suecia, Polonia, los países del Báltico y la mayoría de aquellos que estuvieron controlados por la URSS durante el período de la Guerra Fría. Esto explica que Ucrania ha realizado su defensa apoyada por los miembros de la Unión Europea/OTAN, junto con el respaldo de países como Japón, Australia, Corea del Sur y otros treinta Estados más, en una guerra que para Kiev es de liberación nacional.
Dicho lo anterior, sorprende que el documento de los 28 puntos del 21 de noviembre, y que en general la Casa Blanca, pretenda negociar el conflicto en Ucrania sin tener claro que lo que allí suceda tendrá impacto directo en otros conflictos, entre los que hay que incluir, en estas semanas, a Venezuela, y las pretensiones de expansión de Estados Unidos sobre territorios como Canadá, Groenlandia e incluso el canal de Panamá.
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Acerca del autor
Carlos Alberto Patiño
*Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia.
1 comentarios






Interesante
Es lamentable que no se establezca respeto por los estados . solamente los imperios (de uno u otro lado del espectro político). Decidan las cosas
sin tener presente los estados débiles