El Estado Islámico: un producto de la política de Estados Unidos - Razón Pública
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El Estado Islámico: un producto de la política de Estados Unidos

Escrito por Gabriel Clavijo
multitud de gente ondenado banderas

multitud de gente ondenado banderas

Gabriel Clavijo Una mirada clara y refrescante al otro lado de la historia, a lo que vive y siente el mundo árabe, para entender con más facilidad esta guerra prolongada y lo que pasará mientras Estados Unidos insista en su lectura errónea sobre esas sociedades.

Gabriel Clavijo*

¿Por qué el odio?

Después del 11 de septiembre de 2001, cuando el mundo se estremeció ante las imágenes de la humillación que un grupo hasta entonces desconocido le había propinado a Estados Unidos,  se repitió insistentemente una pregunta entre los medios y los ciudadanos de ese país: ¿por qué nos odian los musulmanes?

La “guerra contra el terrorismo”, o sea la guerra contra los fundamentalistas que odiaban a la democracia, el capitalismo y las libertades de Occidente.

Esta pregunta, que puede parecer muy simple, dio pie a un debate que hasta ese momento no se había dado en el país del norte.  Hubo declaraciones encendidas e incendiarias de funcionarios que culpaban del odio a la irracionalidad de los extremistas o a su ingratitud hacia las políticas de “desarrollo y progreso” económico que Estados Unidos llevó a Oriente Medio como una manera de sacar del atraso y traer la democracia y libertades a sociedades oprimidas bajo el yugo de una religión prohibitiva y aplastante.

La respuesta de Estados Unidos al ataque del 11 de septiembre fue establecer un nuevo orden internacional para afrontar  la “guerra contra el terrorismo”, o sea la guerra contra los fundamentalistas que odiaban a la democracia, el capitalismo y las libertades de Occidente.

Pero este mensaje, que parece tan directo y de fácil aceptación, tiene un trasfondo y unas repercusiones mucho más complejas de las que muestran los medios de comunicación masiva.

Abu Bakr al-Baghdadi, Califa del autoproclamado Estado Islámico ISIS.
Abu Bakr al-Baghdadi, Califa del autoproclamado
Estado Islámico ISIS.
Foto: Wikipedia

Descontento extendido

El movimiento Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL),  más conocido como ISIS por sus siglas en inglés, es una nueva expresión del descontento atávico del mundo musulmán frente a Occidente.

En efecto. Todos los líderes del mundo musulmán, en su mayoría corruptos y dictatoriales, han sabido identificar el descontento de las mayorías frente a lo que perciben como la invasión, colonización y explotación de sus recursos petroleros por parte de Estados Unidos.

Así lo han hecho los jefes de los grupos terroristas como Rashid Al – Baghdadi, Osama Bin Laden y, posteriormente Abu Musab Al – Zarqaui, quien lo reemplazó en la dirección de Al Qaeda. También lo hicieron dirigentes laicos como Saddam Hussein, o religiosos como el Ayatollah Khomeini antes que él. Y esta es la visión generalizada en el mundo árabe, donde la inmensa mayoría no se inclina por posiciones extremistas.

Tales descontentos se han traducido en un antiamericanismo que no se alimenta solo del  odio ciego de una minoría fundamentalista que se sustenta en conceptos religiosos como la Yihad (Guerra santa), sino además en el sentimiento generalizado de indignación ante la política exterior de Estados Unidos.

De la primavera árabe al Estado Islámico

Durante los últimos años y en respuesta a las crecientes presiones internas, el gobierno de Obama se había centrado más en asuntos domésticos, especialmente la reforma a la salud y la redefinición de la política migratoria, y había dejado de lado la atención al Medio Oriente, exceptuando la presencia militar en Irak.

Pero el panorama cambió después de la Primavera Árabe, sucedida entre 2010 y 2013, cuando los regímenes antiguos, en su mayoría pro-americanos, sufrieron una serie de golpes que llevaron a sus caídas.

En algunos casos estos cambios de gobierno se dieron pacíficamente y por medio de multitudinarias marchas ciudadanas, como en Túnez o Egipto, pero en otros se ha presentado resistencia por parte de los gobiernos existentes, situación que ha degenerado en guerras civiles como las de Libia y Siria.

Es aquí donde empieza a cambiar el panorama para Estados Unidos, ya que Siria se encuentra ubicada en un lugar estratégico para mantener el poder regional norteamericano y limita con el Mar Mediterráneo, Turquía, Irak, Jordania, Israel y Líbano.

Además es un paso obligado entre Oriente Medio y Europa, y disfruta de atractivas reservas económicos. De hecho se ha previsto construir un gaseoducto que lleve las enormes reservas descubiertas en Irán a través de Irak y Siria. Pero el asunto no es solo el gas natural, sino el control completo del Oriente Medio.

Desde hace años, cuando apoyó a la dinastía y dictadura de la familia real Saud en Arabia Saudita, Estados Unidos promocionó el wahabismo, que no es más que una línea ultra-ortodoxa en la interpretación del Islam, apostó por un extremismo islámico que aseguraba que la forma más conservadora de esta religión fuera la base política de las sociedades de estos países.

Y la contraparte de este apoyo era el sometimiento de la región a los intereses económicos occidentales, centrados principalmente en la explotación petrolera.

Los movimientos republicanos de emancipación civil, que desembocaron en la Primavera Árabe, han dado pie a una serie de cambios en los países de la región, donde mucha de la  efervescencia ha pasado a manos de grupos inclinados hacia las interpretaciones más conservadoras del Islam. Por esa vía han surgido los gobiernos ortodoxos y ultraconservadores que ahora se oponen, paradójicamente, a los intereses y el poder regional de Estados Unidos.

Justamente entre estos se encuentra el movimiento ISIS, que le ha declarado la guerra a Estados Unidos con acciones de alto impacto mediático, con ejecuciones públicas difundidas a través de las redes y los medios de comunicación masivos.

La guerra que viene

La reacción del gobierno de Obama no se ha hecho esperar. En días recientes anunció una persecución militar de tipo “search and destroy”, no solamente para mantener y defender los intereses y valores democráticos o como respuesta a las ejecuciones públicas, sino como una estrategia para mantener el poder regional y asegurar los inmensos recursos petroleros que están en juego.

A esta situación hay que sumar la creciente influencia que Rusia está ejerciendo en la región y los planes del gobierno de  Putin para restaurar el esplendor de la gran “Madre Rusia”.

Estos esfuerzos se orientan claramente a recuperar la influencia y el diálogo con regiones de importancia estratégica para cristalizar estos planes, entre las que se encuentran las tradicionalmente pertenecientes al acervo ruso como el Cáucaso, Chechenia y las regiones petroleras del próximo Oriente, especialmente Afganistán, Irán e Irak.

Las nuevas situaciones  regionales y mundiales no pueden ser enfrentadas única y exclusivamente con medios económicos o militares.

Las actuaciones de los últimos días del Estado Islámico han recordado a Estados Unidos que su papel en un mundo multipolar y con nuevos actores que buscan protagonismo, o tratan de recuperarlo, tiene grandes retos por delante y que las nuevas situaciones  regionales y mundiales no pueden ser enfrentadas única y exclusivamente con medios económicos o militares.

Las respuestas rápidas y fáciles, como las planteadas por el presidente Obama en su más reciente pronunciamiento público (atacar con el uso desproporcionado de la fuerza, como ya hicieron en la invasión a Irak y en la persecución a Al Qaeda) pueden ser satisfactorias desde el punto de vista de la opinión pública norteamericana y sus aliados, pero a largo plazo llevarán a más radicalización, mayores niveles de violencia y un aumento generalizado del antiamericanismo en la sociedad musulmana.

Y de aquí surgirán nuevos movimientos, cada más radicales, más violentos y con mayor capacidad destructiva.

Las torres gemelas con humo durante los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, Estados Unidos.
Las torres gemelas durante los atentados del 11 de
septiembre en Nueva York, Estados Unidos.
Foto: Marc AuMarc

Lo que se debería hacer

Para combatir estos grupos hay que entender que el origen del antiamericanismo no es el “choque de civilizaciones”, como lo expresó Samuel P. Huntington, sino el coloniaje económico y la intromisión de Estados Unidos a través de los sistemas gubernamentales de estos países.

En Medio Oriente la población está bajo gobiernos que no representan sus intereses, y se siente excluida y abandonada por sus propios gobernantes, que atienden ante todo a los intereses de Estados Unidos.

Cuando Estados Unidos reconozca la importancia de la conexión de los pueblos con sus gobiernos y la importancia de que ellos trabajen para la satisfacción de las necesidades urgentes que viven sus sociedades, posiblemente la radicalización y los niveles de violencia bajarían y la imagen norteamericana mejoraría ostensiblemente en la región.

Por eso surge una pregunta: ¿cuán dispuestos están Occidente y Estados Unidos a dejar que las sociedades de Oriente Medio encuentren ellas mismas, sin ayudas, sin intervenciones y sin “buenas intenciones” de otros, su propio norte y su propia forma de gobierno, acorde con su historia, con sus expectativas y, sobre todo, con su religión?

 

* Magister en estudios políticos y relaciones internacionales, DELA Estudios Latinoamericanos en IHEAL (Institut de Hautes Etudes de l'Amérique Latine) – Université Paris 3, docente del Politécnico Grancolombiano.

 

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