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¿Por qué fracasó el último encuentro entre Trump y Kim?

Escrito por Carlos Alberto Patiño
el arte de la diplomacia

el arte de la diplomacia

Carlos patinoLa cumbre para acabar una amenaza de guerra nuclear no produjo resultados. ¿Cómo explicar este fracaso y qué lección le deja al mundo entero?

 Carlos Alberto Patiño*

El arte de la diplomacia

Donald Trump impuso su peculiar estilo de ‘diplomacia directa’ desde que llegó a la presidencia de Estados Unidos en enero de 2017.

Pero episodios como la llamada guerra comercial con China, la caravana “invasora” de los migrantes centroamericanos o las convulsas relaciones con la Unión Europea han puesto en evidencia las múltiples limitaciones de ese estilo. Estos y otros acontecimientos dejaron claro que la diplomacia es mucho más que tomar té, y que la inteligencia estratégica de un país no se puede equiparar con la intuición de un comerciante en relación con los negocios.

Sin lugar a duda, el revés más notorio de Trump fue su último encuentro con el primer ministro de Corea del Norte que tuvo lugar en Hanói, la capital de Vietnam. Se esperaba que esta cumbre durara dos días (27 y 28 de febrero) y que los dos mandatarios negociarían sobre la desnuclearización de la península coreana, sobre el levantamiento de embargos por parte de Estados Unidos, sobre la autorización de inversiones occidentales y sobre ayudas económicas y humanitarias.

Pero el encuentro concluyó antes de lo esperado y sin ningún resultado. Esto se debió a que el gobierno de Trump había supuesto erróneamente que podía presionar de forma personal y directa a Kim sin importar que los equipos de cada gobierno estuvieran negociando de forma paralela.

La bomba como seguro

Planta nuclear

Foto: Wikimedia Commons
Planta nuclear en Corea del Norte.

De manera realmente inverosímil, Trump pasó por alto que para Corea del Norte las armas nucleares representan una garantía de invulnerabilidad o un blindaje frente a cualquier amenaza exterior. Estas armas impiden que otras naciones tomen represalias en situaciones como la del 27 de marzo de 2010, cuando Pyongyang hundió un buque con más de cien marineros de la armada de Corea del Sur, aliado incondicional de Estados Unidos.

Corea del Norte comenzó su programa de nuclearización con la compra masiva de planos e informaciones científicas, que al parecer fueron puestos en circulación en el mercado negro del espionaje por Abul Qadir Khan, quien habría accedido a la información clasificada europea sobre armas nucleares mientras era embajador de Paquistán ante la OTAN.

La diplomacia es mucho más que tomar té, y la inteligencia estratégica de un país no se puede equiparar con la intuición de un comerciante en relación con los negocios.

Según los cuerpos de inteligencia europeos, esta compra de información permitió que Corea del Norte empezara sus pruebas nucleares, de modo que en 1994 pudo pactar con Estados Unidos la suspensión de su programa nuclear a cambio de suministros energéticos y ayuda alimentaria. También con eso pudo anunciar su retiro del Tratado de No Proliferación Nuclear en 2003: algunos analistas aseguran que el derrocamiento de Saddam Hussein en este mismo año hizo que el régimen de Corea se refugiara del todo en la idea de la nuclearización como única garantía de supervivencia.

Le recomendamos: Quién puede-y quiere- parar a Corea del Norte.

Un poco de historia

Reunión Kim Jong y Donald Trump

Foto: Flickr
La reunión terminó antes de lo esperado.

Es importante recordar que Corea del Norte es producto de la resistencia contra la ocupación japonesa de la península coreana que tuvo lugar entre 1910 y 1945.

En esa época Japón era quizás el país más importante del Asía-Pacífico, pues había derrotado definitivamente a China en la guerra de 1894 y parecía haber conquistado la península.

Pero en 1932 el abuelo del actual primer ministro, Kim II-sung, quien se vio obligado a migrar con sus padres de Manchuria a Pyongyang por la ocupación, organizó una guerrilla antijaponesa. Como ocurrió en Filipinas y otros territorios ocupados por los nipones, la aparición de esta guerrilla hizo que los ocupantes desplegaran una estrategia contrainsurgente para ganar el apoyo de los residentes en los países conquistados.

Para eso el gobierno de Tokio creó la “Esfera de Co-prosperidad de la Gran Asia Oriental” como supuesta expresión de un bloque de naciones libres de la influencia europea, que en efecto sirvió para justificar la ocupación. Así mismo Japón adelantó una acción militar y política sustentada en las llamadas “ley de las ramas y las hojas” y “ley de las raíces”. Estas leyes eran tácticas de contrainsurgencia consistentes en eliminar los nexos políticos y los apoyos logísticos y operativos a las guerrillas por parte de las comunidades campesinas, llegando incluso al extremo de reubicar las comunidades en otros territorios.

La política contrainsurgente fue tan efectiva que obligó a Kim II-sung y a varios dirigentes de su guerrilla a huir a Siberia, que en ese momento hacía parte de la Unión Soviética. Allí los fugitivos se integraron dentro de los ejércitos soviéticos y establecieron relaciones cercanas con varios líderes comunistas. Fue así como crearon un ejército de liberación nacional dirigido contra los japoneses. Pero después de Hiroshima y Nagasaki y de la rendición del imperio japonés, el ejército norcoreano estaba listo para enfrentar a los norteamericanos y al régimen surcoreano encabezado por Syngman Rhee desde Seúl.

Trump pasó por alto que para Corea del Norte las armas nucleares representan una garantía de invulnerabilidad o un blindaje frente a cualquier amenaza. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, Kim ya lideraba un Estado comunista en el norte de la península, y con la guerra de Corea logró establecerlo finalmente. En ese sentido podría decirse que esta guerra fue una estrategia de Stalin, el mayor aliado de Kim —así hubiera implicado que Corea del Norte tuviera que enfrentar una acción militar conjunta de la ONU y que las tropas chinas estuvieran a punto de encontrarse con las norteamericanas en el río Yalu—.

La guerra de Corea concluyó con el armisticio de 1953, y tras la muerte de Stalin la URSS se distanció del nuevo régimen comunista. Pero no lo abandonó completamente y la República Popular China le dio su respaldo, pues entendió que se trataba de un territorio estratégico para mantener a Estados Unidos lejos de sus fronteras.

La caída de la URSS y el fin de la Guerra Fría hicieron que Corea del Norte perdiera el valor que había tenido hasta entonces y la amenaza a su gobierno se hizo evidente, pues rápidamente Corea del Sur —apoyada por Estados Unidos— puso en marcha un proceso de presión política y diplomática para lograr la reunificación. Fue entonces cuando Corea del Norte vislumbró la posibilidad de las armas nucleares como garantía de su propia existencia independiente.

Puede leer: Trump, la seguridad de Estados Unidos y Venezuela.

Una lección global

A la luz de los hechos descritos, resultaba cuando menos ingenuo suponer que Corea del Norte se desharía de sus instalaciones y armas nucleares simplemente porque el presidente de Estados Unidos cree que la diplomacia y las fuerzas militares funcionan como un negocio de finca raíz.

La cumbre de Hanoi dejó claro que el régimen norcoreano quiere aprovechar las oportunidades que le dé Trump, pero no a costa de poner en riesgo la continuidad de su gobierno, lo que dificultará aún más la reunificación deseada por Corea del Sur.

Más allá de las aspiraciones de los dos mandatarios involucrados, Hanoi nos deja una lección global: las relaciones internacionales y más específicamente las interestatales exigen conocimientos profundos de diplomacia y no solo candor y buenas intenciones.

* Profesor y director del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional.

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