
El Escudo de las Américas y el Plan Patriota 2.0: oportunidad estratégica o subordinación encubierta
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Colombia necesita construir su fuerza propia —en capacidad operacional, inteligencia autónoma y marcos institucionales que protejan su soberanía en la cooperación— como la única forma de relacionarse con Washington que no derive en ser un socio que obtiene resultados militares reales pagando un precio de autonomía que tarda décadas en recuperar.
En menos de un mes transcurrido entre la segunda vuelta del 21 de junio y la fecha de este artículo, el gobierno electo de Abelardo de la Espriella ha producido más movimientos de política exterior que el gobierno Petro en muchos de sus cuatrimestres. La velocidad tiene una lógica: cuatro años de deterioro acumulado en la relación con Washington, la exclusión del Grupo Egmont, la ruptura del intercambio de inteligencia con la CIA y la DEA, y el vaciamiento institucional de la fuerza pública no se corrigen con declaraciones. Se corrigen con hechos verificables. Lo que ha ocurrido en las últimas semanas son exactamente esos hechos. La pregunta es si su acumulación constituye una estrategia coherente o el comienzo de una dependencia que Colombia ya conoce y cuyo costo también conoce.
La gira de Washington: lo que se hizo y lo que significa
El vicepresidente electo, José Manuel Restrepo, encabezó una delegación que incluyó a los ministros designados de Defensa, Relaciones Exteriores y Comercio, con agenda en el Departamento de Estado con Marco Rubio, el Tesoro con Scott Bessent, Energía con Chris Wright, Comercio con Howard Lutnick, el Banco Mundial, el Eximbank, la DFC, el Congreso, el Council of the Americas y Google. No es una visita de cortesía: es una hoja de ruta bilateral que cubre simultáneamente seguridad, comercio, inversión y energía. Rubio —que durante el gobierno Petro usó la lista Clinton y las amenazas de sanciones como herramientas de presión— calificó el encuentro como “buena reunión” y publicó la fotografía en su cuenta de X. Ese cambio de tono no es gratuito ni automático: tiene precio, y ese precio se llama Plan Patriota 2.0.
El Plan Patriota 2.0: ¿nueva arquitectura o dependencia conocida?
El general (r) Jorge Mora, ministro de Defensa designado, reveló los detalles del plan el 21 de julio de 2026 tras reunirse con Joseph Humire, subsecretario adjunto de Guerra para Asuntos de Seguridad de las Américas, en el Pentágono. Según el documento de trabajo, el plan incluye inteligencia; vigilancia; reconocimiento; protección de infraestructura crítica; interdicción aérea, marítima y fluvial; comunicaciones interoperables; investigación criminal transnacional, y transferencia de tecnología. El objetivo que Mora formuló es “recuperar capacidades, derrotar las amenazas narcoterroristas, fortalecer la autoridad legítima del Estado y contribuir a la estabilidad regional”.
El diagnóstico es correcto: el vaciamiento de las capacidades militares durante el gobierno Petro —ochenta generales retirados, más de $428.000 millones recortados al presupuesto de la fuerza pública, la DNI politizada e infiltrada— dejó el Estado colombiano en su condición operacional más comprometida en décadas. Recuperar esas capacidades no es opción: es urgencia de supervivencia institucional.
Lo que merece análisis cuidadoso no es el objetivo sino la arquitectura. El Plan Colombia del gobierno Pastrana-Clinton y el Plan Patriota del gobierno Uribe produjeron resultados militares reales —la capacidad de combate de las FARC fue reducida de forma drástica entre 2002 y 2010—, pero también produjeron efectos documentados: desplazamiento masivo, presencia de asesores militares estadounidenses en operaciones con alcance sobre decisiones soberanas colombianas. Expertos ya señalaron que el nuevo plan “debe tener una hoja de ruta definida en temas de presupuesto, metas, coordinación con las Fuerzas Militares y la Policía, así como con las entidades de justicia y agencias de seguridad”. La cooperación sin marcos institucionales propios produce dependencia, no capacidad autónoma.
Medellín como capital del Escudo de las Américas: señal y riesgo
De la Espriella declaró que Medellín sería la capital del Escudo de las Américas para Colombia, y junto al Plan Patriota 2.0 se anunció la creación de un “Centro Regional de Entrenamiento contra el Narcotráfico y las Amenazas Transnacionales”. La elección responde a razones operacionales concretas: Medellín es el escenario donde la cooperación entre la Policía Metropolitana y agencias estadounidenses tiene antecedentes documentados, y el alcalde Federico Gutiérrez ha construido uno de los modelos más citados de seguridad urbana en América Latina.
Desde la perspectiva de la política exterior, sin embargo, convertir a Colombia en nodo regional de una arquitectura de seguridad hemisférica cuya gobernanza no define Bogotá sino Washington es una decisión de alto impacto estratégico. El Escudo de las Américas ya demostró, con la declaración sobre las protestas en Bolivia del 5 de junio de 2026, que puede utilizarse para intervenir en la política interna de sus miembros. Ser sede regional de esa coalición implica asumir un nivel de exposición que exige negociación activa de los términos, no solo adhesión entusiasta.

El general Mora y la dimensión institucional
El nombramiento de Mora fue celebrado en Washington: “Nos alegra”, respondió el Departamento de Estado. La reacción no sorprende: Mora fue uno de los generales que el gobierno Petro retiró en el proceso de vaciamiento de la cúpula castrense. Su regreso como ministro es una señal de reversión institucional que Washington puede leer con precisión. A diferencia de un ministro político, Mora conoce las capacidades reales de la fuerza pública y lo que requiere para reconstituirse. Eso hace más probable que el Plan Patriota 2.0 tenga sustancia operacional real. Pero también hace más probable que su lógica sea la de un militar —recuperar capacidades, derrotar amenazas, controlar territorios— antes que la de un estadista que gestiona simultáneamente los dilemas de soberanía, las relaciones con Brasil y Venezuela, y el posicionamiento de Colombia en el sistema internacional más complejo desde la posguerra.
La pregunta que no puede eludirse
En tres semanas, el nuevo gobierno anunció: adhesión al Escudo de las Américas, reunión de alto nivel con seis secretarios del gabinete de Trump, nombramiento de Mora, visita al Pentágono, Plan Patriota 2.0 con ocho componentes, Medellín como capital regional del Escudo y creación del Centro Regional de Entrenamiento. Es más cooperación bilateral anunciada en tres semanas que en cuatro años de gobierno Petro. El ritmo responde a una necesidad real: Colombia necesita reconstruir la confianza con Washington, y los aliados occidentales no restituirán el intercambio de inteligencia sin señales verificables de cambio institucional. En ese sentido, la velocidad es correcta.
La pregunta es si esa velocidad deja espacio para la negociación de los términos. El Plan Patriota 2.0, tal como fue anunciado, no especifica los límites de la presencia de asesores estadounidenses en operaciones colombianas, los mecanismos de supervisión parlamentaria de los acuerdos, ni las cláusulas que protejan la soberanía colombiana en las decisiones tácticas. La distinción entre cooperación y satelización no es filosófica: es histórica y documentada. El Plan Colombia produjo entre cuatrocientos y ochocientos asesores militares estadounidenses en territorio colombiano, restricciones operacionales acordadas en Washington sin debate parlamentario colombiano y condicionamientos presupuestales que afectaron la autonomía del Ministerio de Defensa durante casi una década. Colombia obtuvo capacidades reales, también cedió márgenes reales de decisión soberana. El Plan Patriota 2.0 puede reproducir ese patrón, amplificado ahora por la escala regional del Escudo de las Américas y por la Doctrina Donroe, que declaró que Washington no requiere el derecho internacional para actuar en el hemisferio.
La cooperación con Estados Unidos es necesaria e inevitable. La subordinación no lo es. La diferencia entre las dos se decide en los detalles de los acuerdos, no en la velocidad de las fotografías. Como formuló el primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos: “No estamos confiando solo en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fuerza”. Colombia necesita construir esa fuerza propia —en capacidad operacional, inteligencia autónoma y marcos institucionales que protejan su soberanía en la cooperación— como la única forma de relacionarse con Washington que no derive en repetir lo que ya vivió: un socio que obtiene resultados militares reales pagando un precio de autonomía que tarda décadas en recuperar.
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Acerca del autor
Carlos Alberto Patiño
*Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia.
3 comentarios





Lo primero es saber como este desgobierno petro, tiro por laborda unos avances que permitian «ciertos niveles de seguridad interior», porque la soberania no es el problema fundamental del pais. Salvo Francia, ni.gun otro pais europeo puede hablar de «soberania» en los terminos aqui expuestos.
Carlos Alberto «olvido» convenientemente un detallito, entre otros: los falsos positivos y el paramilitarismo. Siempre ha sido así. Jugar al pantano.
El profesor Carlos Patiño, es un analista estratégico y excepcional en temas de seguridad. No da soluciones para mañana por la mañana, pues no es un político. su función es clara y brillante … quitarle el sueño a los lectores.