
Mi 26 de septiembre de 2016
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Coincidieron en esa fecha la firma del Acuerdo final para la terminación del conflicto armado y la sentencia de la Corte Constitucional que ratifica que las procesiones de Semana Santa y el Festival de música religiosa de Popayán son Patrimonio Cultural de la Nación.
Presento excusas por el hecho de que este sea un artículo escrito en “Yo Mayor”, lo cual es intencional. Pues de lo que se trata es, precisamente, de compartir mis vivencias en la fecha que aparece en el título, día en que ocurrieron dos sucesos que marcaron un hito en las vueltas que hasta este momento le he dado al Sol.
Muchas cosas le agradezco a la Vida, entre otras, por ejemplo, haber estado vivo y en mis quince a todo lo largo del Proyecto Apolo que el 20 de julio de 1969 condujo a tres seres humanos hasta la superficie de la Luna. Como lo relato detalladamente en el texto “De la Tierra a la Luna”, seguí minuciosamente todo ese proyecto -en vivo y en directo- a través de la Voz de América y de Radio Sutatenza.
También le agradezco a la Vida el haber podido ser testigo-activo de otros procesos, como el que culminó con la expedición de la nueva Constitución colombiana el 4 de julio de 1991. Y del que condujo a que el 26 de septiembre de 2016 se firmara en Cartagena el que se denominó “Acuerdo Final para la terminación del conflicto armado y la construcción de una paz estable y duradera” entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las FARC-EP. No olvido que Humberto de la Calle ejerció el oficio de partera para facilitar el alumbramiento de ambos procesos.
Vino luego el decepcionante resultado del plebiscito en el cual, por un estrecho margen, “ganó” el NO (50,2% de los votos vs. 49,7% por el SÍ), lo cual condujo a una serie de “ajustes” que llevaron a la firma de una nueva versión del Acuerdo en Bogotá el 24 de noviembre en el Teatro Colón. Pero por la razón que cuento ahora, sigo conservando como fecha crucial para mí el 26 de septiembre de 2016.
No viene al caso discutir ahora el sinuoso -y en tantos aspectos dramático- curso que ha tenido hasta ahora la implementación del proceso del cual forma parte el “Acuerdo Final”, pero recordemos, sí, que dos cabezas muy representativas del Centro Democrático manifestaron en su momento que el propósito de ese partido era “volver trizas ese maldito papel”. Y cuando retomaron el poder cumplieron esa promesa a cabalidad.¹
Pero volvamos al 26 de septiembre de 2016. Justamente para esa fecha la Corte Constitucional convocó a una Sala Plena en Bogotá para estudiar una acción pública de inconstitucionalidad interpuesta contra el artículo 4º de la Ley 891 de 2004 “por la cual se declara Patrimonio Cultural Nacional las Procesiones de Semana Santa y el Festival de Música Religiosa de Popayán […]” por considerar, en términos generales, que esa norma violaba el principio constitucional según el cual Colombia es un Estado laico, debido a lo cual no se pueden establecer privilegios especiales en favor de ninguna religión en particular.
Me imaginé en su momento -y tiempo después un exmagistrado me lo confirmó- que esa Sala Plena había sido un pretexto de la Corte Constitucional para no viajar ese día a Cartagena y no quedar inhabilitada en caso de que posteriormente llegara a ser demandado ese Acuerdo Final.
A mí me hicieron el honor de convocarme para que en quince minutos expusiera mi opinión al respecto. Seguramente lo hicieron porque se enteraron de que por allá en 1988 yo había tenido una discusión con el entonces arzobispo de Popayán, que prohibió la participación de la Iglesia en las procesiones por considerar que eran “paganas”. Y yo, que en ese momento era director del SENA en Cauca, salí a defenderlas precisamente con la convicción de que efectivamente eran paganas, lo cual para mí constituye la forma más profunda de religiosidad.
Esto lo relato en el artículo titulado “De por qué la Luna llena también sale a alumbrar en las procesiones de Popayán”, en el cual expongo que el paganismo, cuya etimología proviene del latín paganus o pagus, es quizás el más profundo sentimiento de comunicación con lo sagrado que se puede alcanzar.
Como ese 26 de septiembre de 2016 nos encontrábamos -como el resto del mundo- en los días más cercanos al equinoccio (que al igual que este año, tuvo lugar exactamente el 22), insté a la presidenta de la Corte y a los demás magistrados presentes a que al llegar en la mañana a la plaza de Bolívar se fijaran en que el Sol estaba saliendo exactamente por el oriente y al salir en la tarde, en que se estaba ocultando exactamente por el occidente. Esto mismo sucede en los días alrededor del equinoccio de marzo (Aequinoctium: los días del año cuando las horas diurnas duran lo mismo que las nocturnas.).
Y es que, como es bien sabido, el inicio de la Semana Santa se establece así: el primer domingo después de la primera Luna llena que le sigue al equinoccio de marzo es domingo de Resurrección. O sea que el domingo anterior es domingo de Ramos. Por esa razón, como lo dice el artículo citado, “La Luna llena siempre sale a alumbrar en las procesiones de Popayán”.
El caso es que mis argumentos paganos resultaron convincentes para quienes votaron a favor de la norma demandada. Así lo indica la Sentencia C-567/16, que negó que fuera inconstitucional y en la cual se toma nota así de mi argumentación:
“Luego de exponer la relación histórica de las grandes festividades nacionales y mundiales con su origen religioso, tales como las celebraciones de Halloween, San Pacho en Quibdó (Nariño), las “Balsadas de Guapi” en Cauca, la Navidad, el Festival de Blancos y Negros en Pasto (Nariño) y la realización de los grandes carnavales como preparatorios de la época católica de la cuaresma (por ejemplo los de Barranquilla y Río de Janeiro), el profesor Wilches se opuso a las pretensiones de la demanda por considerar que las procesiones realizadas con ocasión de la Semana Santa en Popayán no obedecen de ninguna manera a un interés exclusivamente religioso, sino, por el contrario, a una tradición cultural, en tanto manifestaciones populares y producto de “un comportamiento emergente”. Como explicación de lo anterior, señaló que las celebraciones payanesas deben ser vistas más que como una forma de adoración confesional, como una muestra de la importancia del mito en la vida humana, entendido éste como el “cimiento que da sentido a la existencia y que va más allá del contenido confesional”, tal como lo desarrolló el teórico Thomas Mann. Asimismo, el profesor Gustavo invitó a entender estas manifestaciones como una muestra religiosa, pero no en el sentido clerical, sino en el sentido estrictamente etimológico, según el cual “religión” se relaciona con “religar”, o “reconectarse con el significado sagrado del cosmos”. Asimismo, indicó que no es posible establecer una relación rígida entre las procesiones de Popayán y la Iglesia católica, pues históricamente también ha habido oposición de la segunda respecto de las primeras. A manera de ejemplo, el académico relató cómo para el año 1988 el arzobispo de entonces prohibió la participación de su iglesia en estos eventos, por ser consideradas un rito pagano. Además, sostuvo que la Corte no debe acceder a la declaratoria de inexequibilidad de la disposición acusada, pues sería incorrecto establecer una separación tajante entre lo público y lo colectivo, y de esta manera impedir que el Estado se vincule con la unidad de sus gentes, lo cual iría en contravía de la nueva gobernabilidad, orientada hacia la construcción de identidad. Finalmente, expuso que si se admitiera la tesis de la inconstitucionalidad, no sólo tendría que propenderse por la supresión del apoyo estatal a las procesiones de Semana Santa, sino también al de los festejos navideños (evitando espectáculos de pólvora e iluminaciones), a la par que se tendrían que eliminar las estrofas del Himno nacional que hacen referencia de algún modo a elementos religiosos”.
En fin: tanto frente a este tema como al logro de la paz, hoy podemos afirmar que “la procesión va por dentro”.
¹Invito a ver la entrevista al expresidente Juan Manuel Santos. Estoy totalmente de acuerdo con lo que él manifiesta ahí.


Una alineación interesante el día 23 de agosto de 2016, cuando las delegaciones del Gobierno y de las FARC anunciaron desde La Habana que se habían puesto de acuerdo en todos los puntos que después se convertirían en el Acuerdo Final firmado el 26 de septiembre
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Acerca del autor
Gustavo Wilches-Chaux
*Cofundador de Razón Pública
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