
Una vacuna contra la pandemia de odios que invade a la humanidad
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Existen cada vez más investigaciones que demuestran el impacto que tienen la observación y la convivencia con la naturaleza sobre la salud mental.
No es necesario acudir a ejemplos concretos para comprobar que, tras comenzar a gestarse desde hace más de dos décadas, hoy una pandemia de odio invade a la humanidad. Desde que existe nuestra especie humana ha existido el odio (ninguna otra especie es capaz de odiar), pero esa condición de pandemia de carácter fractal, o sea: que abarca desde la escala planetaria hasta la local, pasando por todas las escalas intermedias (la continental, la regional, la nacional, la departamental… hasta la personal) ha adquirido ese carácter debido a la existencia de esas redes de comunicación que nos conectan a una gran parte de los más de 8.250 millones de humanos que formamos parte de la población mundial.
Las redes: bendición y maldición
Datos recientes de la Unión Internacional de Comunicaciones indican que cerca de 5.500 millones de seres humanos están conectados a la red, lo cual es una maravilla y por eso celebramos cada vez que en Colombia una zona rural antes aislada, y en particular las niñas y niños de sus escuelas, logra acceder a internet.
Y por eso también agradecemos a la tecnología todas las posibilidades que nos ofrece la internet a quienes tenemos la posibilidad de conectarnos “en tiempo real” con interlocutores que algunas veces están situados en el extremo opuesto de la Tierra, e incluso de recibir esas fotos maravillosas que nos envían desde el espacio exterior sondas como el Telescopio Hubble o el Observatorio Espacial James Webb.
Pero eso mismo que por un lado constituye una bendición tecnológica, por otro lado,
las redes sociales —que a veces tienden a ser redes antisociales— se han convertido en los principales vectores de esos mortales virus de odio que hoy están poniendo en peligro la existencia misma de la humanidad.
Cuando quienes tienen al alcance de sus manos los botones con los cuales se pueden activar armas nucleares, o armas convencionales capaces de generar la destrucción de territorios enteros y el sufrimiento de miles de seres humanos, se dedican a intercambiar y a difundir por el ciberespacio mensajes virtuales cargados de odio real, incitan a millones de odiadores profesionales (“haters” en inglés) a ejercer su función envenenadora. Lo cual constituye también un arma letal.
No se trata, por supuesto, de que en el escenario de las redes sociales (como en cualquier otro escenario) no se puedan exponer ideas, generar debates con un adversario, e incluso protestar y formular denuncias contra conductas actual o potencialmente criminales, lo cual no solo es un derecho, sino que es una obligación.
Pero cuando el insulto desplaza el argumento (en el caso de que exista un argumento, lo cual no siempre sucede), un trino o un mensaje difundido a través de cualquier otra red o medio de comunicación convierte esa plataforma en vectora de los virus de odio. Evidentemente el propósito de quienes ponen a circular estos mensajes no es convencer al adversario —o por lo menos hacerlo reflexionar—, sino exacerbar el conflicto y trancar la puerta hacia cualquier conciliación. Parecería como que los campeones del odio miden su éxito por el número de aliados actuales o potenciales que logran convertir en enemigos mortales.
Suele suceder que quienes a dolorem o a cambio de una remuneración se dedican a través de sus cuentas a multiplicar esos virus de odio, ni siquiera los leen porque no les interesa el contenido. O si los leen, no lo entienden.
A esto hace referencia el concepto de “analfabetismo funcional” de quienes teóricamente saben leer y escribir, pero son incapaces de entender lo que leen.
A veces el tsunami de odio no se desata por razones ideológicas, sino porque alguien se ofende porque otra persona comparte una foto o un video sin advertir que es producto de la Inteligencia Artificial. Y entonces exponentes de la brutalidad humana, de múltiples nacionalidades e idiomas, comienzan a insultar.

Los virus de vida: la vacuna emocional
Es de aquí de donde surge la propuesta de que reconozcamos, aprovechemos y nos convirtamos en vectores de esos virus de la vida que pueden hacer el efecto de vacunas contra la pandemia de odio en sus distintos niveles, desde el planetario hasta el local e individual. Don Algoritmo y muchas de las personas con quienes nos encontramos en las redes sociales —y particularmente en Twitter (X), que es en la que tengo más actividad virtual— me hacen llegar fotografías, videos o enlaces con ejemplos de esas estrategias con que se expresa La Berraquera de la Vida en contra de todas las evidencias aniquiladoras. (En inglés The Brave Stubborrness of Life o La Valiente Terquedad de la Vida). Esa es una manera eficaz de recargar la Batería de la Esperanza, que hoy en día se descarga con tanta facilidad.
Existen cada vez más investigaciones que demuestran el impacto que tienen la observación y la convivencia con la naturaleza sobre la salud mental. Por ejemplo, Por qué los pájaros y sus cantos son buenos para nuestra salud mental, cuyo autor, el neurocientífico Richard Sima, afirma que
La investigación ha demostrado consistentemente que un mayor contacto e interacción con la naturaleza se asocia con una mejor salud corporal y cerebral. Las aves parecen ser una fuente específica de estos beneficios curativos. Están en casi todas partes y proporcionan una forma de conectarnos con la naturaleza. E incluso si están escondidos en los árboles o en la maleza, aún podemos deleitarnos con sus canciones (Nota GW-Ch: mejor hubieran usado la palabra bueneza).
“Lo especial de los cantos de los pájaros es que, incluso si las personas viven en entornos muy urbanos y no tienen mucho contacto con la naturaleza, vinculan los cantos de los pájaros con entornos naturales vitales e intactos”, dijo Emil Stobbe, estudiante graduado de neurociencia ambiental en el Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano y autor de uno de los estudios”.
Y así como ese, existen estudios que demuestran que, por ejemplo, pacientes hospitalizados en salas con vista hacia paisajes naturales tienden a tener un tiempo de recuperación mucho más breve que los que yacen encerrados entre cuatro paredes.
Esto, que es válido para los paisajes diurnos, también lo es para los paisajes nocturnos:
- De qué manera los cielos oscuros benefician la salud mental. A medida que crece la popularidad de los santuarios de cielos oscuros, los científicos revelan más beneficios de la oscuridad, desde la reparación del ADN hasta la mejora de la salud mental.
- Espacios verdes: un recurso para la salud mental. Los problemas de salud mental son una causa importante de enfermedad y discapacidad en todo el mundo. […] Por ello, existe una necesidad emergente de intervenciones para proteger y promover la salud mental. Un creciente cuerpo de investigación muestra que los espacios verdes podrían desempeñar un papel importante en este aspecto, ya que se ha demostrado que la exposición a la naturaleza proporciona beneficios significativos para la salud mental.
Lo viví a lo largo del primer año de la pandemia del covid 19 cuando me dediqué a hacerle seguimiento a la “Mecánica Celeste”, en recorridos diarios por el suelo y el cielo. Lo del suelo es muy importante y permanentemente insisto en la importancia de que reconozcamos y valoremos la riqueza de los micro paisajes biodiversos que existen aun en zonas urbanas y que, por estar siempre ahí, los dejamos de admirar y de vivir.
En ese mismo espíritu, en la facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia, conjuntamente con el Laboratorio de Análisis Espacial LINAE, adelantamos un proyecto titulado “Control de la contaminación lumínica como estrategia para fortalecer la resiliencia de los territorios urbanos y rurales y para contribuir a la Paz Total entre los seres humanos y con la Naturaleza”. Esto en el marco del reconocimiento de que la Socioastronomía es una ciencia social y humana.
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Acerca del autor
Gustavo Wilches-Chaux
*Cofundador de Razón Pública
1 comentarios




Reciban en Razón Pública un cordial saludo, extendido a su columnista Gustavo Wilches Ch.
Me queda dando vueltas la apreciación de la tecnología, que lleva a cabo Gustavo W, en tanto: (parafraseándolo a él un poco), «la tecnología es muy buena para contactarnos con personas al otro lado del mundo….(y en otro aparte G.W. señala), pero la tecnología es muy mala o terrible, si opera para difundir el odio»
Creo, que como ejemplo, la Naturaleza-Vida real, no, nunca, ha necesitado de nada-ningún protagonismo, conexión virtual, u otra prótesis de la tecnolatría, para llevar a cabo muy justamente, todas las formas de Vida, mismas de la que dependemos de fondo.
Selvas, Aire, Agua, Tierra, todas ellas reales, no requieren redes virtuales para validarse, es más, por eones la Naturaleza se ha protegido a sí misma, en silencio, casi en anonimato. Pero claro, eso humilde no lo tolera el yo-soy, pues solo protagonismo es lo que exige el yo-soy racional soberbio.
Insisto en que curiosamente, la tecnología actual, derivada del rentable consorcio racionalismo-ciencia, no es interpelada como tal, a pesar de que sus operaciones de aislamiento, simulando conectividad, solo han fortalecido la apatía del yo-soy.
Sí, la tecnología sofisticada y experta, es en sí misma un acto de odio exacto y negación (tal vez el mayor) contra la Vida real.
Y ya que G. W, apunta lo atómico, como un elemento irresponsablemente manejado con odio en las redes, por los propietarios de esas armas, cabe equiparar la tecnología actual, ungida-científica, con otra arma, una que explota en cada yo-soy, intóxicando la Vida justa.
O; ¿cúal ha sido la parte potencialmente bondadosa de «Little boy/Fat man»?
No nos engañemos más: estamos gravemente intoxicados de exactitud, lo cual nos impide obrar sensible y justamente, junto a la Naturaleza.
Salud. B.E.