Patrimonio Cultural Vivo: raíces que pueden iluminarnos para salir de la crisis - Razón Pública
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Patrimonio Cultural Vivo: raíces que pueden iluminarnos para salir de la crisis

Escrito por Gustavo Wilches-Chaux
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Para enfrentar la crisis hay que reconocer los saberes de las comunidades étnicas y entablar diálogos entre distintas cosmovisiones y saberes interculturales. Aquí verá por qué.

Gustavo Wilches-Chaux*

Época de crisis

En tiempos de vendavales alborotados como los que recorren en estos días el país, los árboles que mejor resisten son aquellos que se sacuden con flexibilidad, pero que no se dejan arrancar por tener sus raíces profundamente enclavadas en el suelo.

Esto vale también para esos árboles que somos los seres humanos y para ese bosque del cual formamos parte: la comunidad… Eso, claro, cuando esta existe y no cuando nos reducimos a un conglomerado de individuos desconectados, sin sentido de pertenencia, ni de solidaridad, ni de propósito común, ni de identidad.

Esos vendavales son el resultado de múltiples tormentas entrelazadas entre sí: la crisis climática, cuyos efectos aparecen cada vez con más frecuencia y con mayor intensidad; la pandemia, que sigue dejando un reguero de muerte y de dolor entre la humanidad (el 7 de mayo Colombia fue el quinto país con más muertos por la COVID-19 en 24 horas); el colapso de los modelos de desarrollo y de los sistemas económicos y políticos predominantes, cuyas vulnerabilidades quedan al descubierto a medida que demuestran su incapacidad para enfrentar ágil y oportunamente los desafíos de este cambio de era; la crisis de gobernabilidad, que hoy alcanza un pico en Colombia y que se traduce en una casi absoluta impotencia de las instituciones para lograr que contradicciones de todo tipo y cada día más profundas puedan gestionarse con efectividad. Y sobre todo, con respeto a los Derechos Humanos y dentro de lo que la Constitución define como “Estado Social de Derecho”.

Foto: Cortesía Gustavo Wilches - Serranía La Macuira, La Guajira.

Cada una de esas tormentas entrelazadas contribuye a aumentar la turbulencia y el poder de las otras tres… y de las que afloran en las intersecciones de las demás.

La cultura humana, de la cual forman parte la ciencia y la tecnología modernas, el arte, la filosofía y todas las demás expresiones de esa huella profunda que deja el paso de la especie por el planeta (y el paso del planeta por los seres humanos) por supuesto que aportan muchos de los conocimientos y herramientas para imaginar y responder a esta complicadísima e inédita crisis global.

Pero las respuestas convencionales a las cuales hoy suele acudirse no son suficientes para superar los efectos tan traumáticos de estos vendavales que nadie puede saber cuándo se aplacarán.

Necesitamos, entonces, explorar mucho más esa complicada maraña de raíces que nutren y sostienen el bosque colectivo y el árbol individual.

Esas raíces, unas más profundas que otras, están ahí, y les damos el nombre de patrimonio cultural vivo. Cada vez es más claro que suelen estar estrechamente trenzadas con el llamado patrimonio natural y que esa distinción entre “patrimonio material” y “patrimonio inmaterial” resulta tan arbitraria como la distinción entre cuerpo y espíritu, o entre hardware y software mientras escribo estas notas en esa parte de mí que en este momento es mi computador personal.

La complejidad multidimensional de esta crisis de la cual somos espectadores y protagonistas, y afectados e impulsores a la vez, hace que los llamados “diálogos de saberes” (cuyo prerrequisito son los “diálogos de ignorancias”) dejen de ser una posibilidad y se conviertan en una necesidad: en una ineluctabilidad.

Las respuestas convencionales a las cuales hoy suele acudirse no son suficientes para superar los efectos tan traumáticos de estos vendavales

A continuación, hago una rápida —y muy incompleta— enumeración de los campos donde los saberes ancestrales que forman parte del patrimonio cultural vivo de Colombia, cómo pueden contribuir a diseñar y poner en práctica estrategias para responder adecuadamente a este vendaval de tormentas entrelazadas, en diálogo con el llamado saber académico y “occidental”.

Saberes ancestrales

El primero es el campo de la gestión del agua y del clima, en el cual las comunidades directa o indirectamente descendientes de la cultura Zenú de la región Caribe son reconocidas como grandes maestras; como también lo fue la cultura Muisca en la que hoy conocemos como la Sabana y en el territorio sobre el cual hoy existe la Bogotá urbana y rural.

Las culturas de La Mojana —la capital anfibia de Colombia—, las del Bajo Sinú y muchas de la región Pacífica, de la Orinoquia y la Amazonia, también desarrollaron estrategias para convivir con el agua. Según el inventario de humedales que realizó el Instituto Humboldt y que aparece en los dos tomos de la obra Colombia Anfibia, el 26 % del territorio colombiano (30.781.149 hectáreas) está formado por humedales; de ellos dependen la estabilidad y la seguridad hidroclimática de las regiones donde están y también del resto del país. La de la región Andina, por ejemplo, depende directamente de los ecosistemas de la Orinoquia de los cuales forman parte 14.725.346 hectáreas (sí, no leyeron mal: casi 15 millones de hectáreas de humedales), y de los de la Amazonia con 6.240.455 hectáreas de humedales.

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en asocio con el Fondo de Adaptación, el Ministerio de Ambiente, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), el Instituto Humboldt, el Departamento Nacional de Planeación (DNP) y las autoridades municipales y comunidades de 11 municipios de La Mojana, adelanta en esa zona el proyecto “Mojana: clima y vida”, del cual seguramente surgen muchos aprendizajes que ojalá contribuyan a conjurar la cantidad de amenazas que se ciernen sobre los ecosistemas, los cuerpos de agua, sus cambios, los líderes y las comunidades mojaneras.

Por iniciativa de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), en ese proceso participa también la Universidad Autónoma Indígena Intercultural (UAII) que impulsa el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), el cual adelanta un programa de formación de “profesionales en revitalización de la Madre Tierra”.

Entre la lista de hechos esperanzadores que se producen en Colombia y a los cuales debemos echar mano en estos picos de incertidumbre está el reconocimiento que hizo el Consejo de Patrimonio Cultural de Colombia de que la pesca artesanal en el Río Magdalena —y por supuesto las comunidades que la practican— hace parte del Patrimonio Cultural de la Nación, a raíz de una postulación adelantada por la Fundación Alma conjuntamente con las organizaciones que encarnan esos saberes y que les otorgan la condición de Patrimonio Vivo.

Ese reconocimiento deberá hacerse también a la manera como los Wayuu manejan las escasas aguas superficiales y las más abundantes subterráneas; a los saberes con que los otsü —los chamanes de esa cultura— logran ubicar esas aguas a través de los sueños; y a la comprensión de las razones por las cuales la Serranía de La Macuira tiene carácter sagrado para esa comunidad.

El espacio apenas me alcanza para reiterar en este listado la manera como los sabedores tradicionales de muchas comunidades étnicas, como los The’ Wala de la comunidad Nasa, logran controlar el clima, sobre lo cual escribí en 2012 un artículo, aquí en Razón Pública, que invito a releer ahora cuando adquiere nueva vigencia.

En ese momento nos hizo acreedores al título de “charlatanes” otorgado por un personaje muy importante de la intelectualidad, la economía y la política colombiana, a quienes invitamos con respeto a que se reconozca la importancia de esos saberes y capacidades que, no porque no los entendamos desde el positivismo occidental, dejan de ser válidos y hoy cada vez más necesarios.

Todo lo anterior es extensivo a los saberes de las comunidades étnicas de todas las regiones de Colombia, en materia de esas plantas que son la base de la llamada “medicina ancestral”, cuyo carácter ritual-medicinal conforma una unidad y que podrían acercarnos a la soberanía farmacológica. Como es bien sabido, la mayoría de esas plantas hoy están satanizadas y son candidatas a glifosato por el uso perverso que el narcotráfico está haciendo de ellas. Desde ese aspecto, el proyecto de ley que pretende promover los usos lícitos de los productos procedentes de la coca constituye una defensa del patrimonio cultural.

Para cerrar por ahora, invito a este conversatorio sobre Patrimonio Cultural y Cambio Climático con las profesoras Diana Carvajal y Paula Matiz y con el profesor José Luis Socarrás, de la Facultad de Estudios del Patrimonio Cultural de la Universidad Externado de Colombia, en el cual tuve oportunidad de participar.

Continuará…

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