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Diálogo de saberes y control del clima

Escrito por Gustavo Wilches-Chaux
gustavo wilches

gustavo wilchesUna mirada alternativa al caso del “chamán”. ¿Es posible un diálogo de saberes, sin la arrogancia propia de la “cultura occidental”? El conocimiento ancestral en la práctica es necesario para el control del territorio por parte de sus comunidades.

Gustavo Wilches-Chaux *

¿Choque de cosmovisiones?

Como bien dice el profesor William Duica en un artículo sobre este mismo tema que aparece hoy en Razón Pública, es difícil aportar algo nuevo en relación con el escándalo que ocasionó la contratación de un “chamán” con recursos distritales, con el objeto de impedir que lloviera el día de la clausura del Mundial de Fútbol Sub-20, en agosto del año pasado.

Sin embargo, encuentro algunos ángulos que vale la pena profundizar un poco más, pues del choque de cosmovisiones que subyace a este episodio, que podría considerarse como un hecho meramente anecdótico, pueden derivarse consecuencias importantes y con efectos concretos y de largo plazo para la viabilidad de este país como nación multiétnica y pluricultural: que algún día sea posible que distintos actores y sectores sociales, a pesar de nuestras diferencias, podamos convivir y ejercer control sobre el territorio en verdadera paz.

No tengo el honor de conocer personalmente a Jorge Elías González, pero desde hace por lo menos dos décadas había oído sobre la existencia de este campesino tolimense, poseedor de conocimientos y habilidades de eficacia comprobada para modificar el clima, o más precisamente el tiempo (meteorológicamente hablando) en el lugar determinado en donde requirieran sus trabajos.

En marzo de 2010 John Jairo Saldarriaga publicó en su blog de El Colombiano una interesante reseña sobre el personaje que por estos días viene ocupando la atención del país y que los medios han apodado “el chamán”.

Por el tono utilizado me atrevo a pensar que la mayoría de los medios y sus detractores no lo llaman así por respeto — tal como se refieren a esos sabedores populares y tradicionales autores reconocidos como James G. Frazer (citado por Duica y autor de varias obras referenciales sobre el tema) o Richard Evans Shultes y Albert Hofmann, coautores del clásico “Plantas de los Dioses” — sino porque la palabra “chamán” se acerca en su sonoridad a “charlatán”.

De haber sido mujer, con toda seguridad la habrían calificado o descalificado como “bruja” y habrían pretendido conducirla a la hoguera del desprestigio e incluso del Código Penal, como han querido hacerlo con el campesino y con las funcionarias que lo contrataron en Bogotá. La palabra “bruja” ha sido utilizada durante centurias para justificar el exterminio de mujeres que han osado desafiar la hegemonía y la ¨racionalidad” de los hombres en la sociedad.

A este respecto, el influyente economista e ingeniero Alejandro Gaviria Uribe, (después de escrito este artículo apareció en ese periódico  la columna titulada “Charlatanes”, del citado señor) decano de Economía de la Universidad de los Andes y forjador de opinión desde la cátedra y desde El Espectador, dedicó algunos mensajes al tema en su cuenta de Twitter:

“Ya empezó la defensa intelectual del chamán. Espero columna de William Ospina.” (En este tweet de Enero 16 me hace además el honor de remitir expresamente a mi cuenta de Twitter @wilcheschaux)

“¿Cómo certifican su experiencia los chamanes? ¿Exigen plumas los términos de referencia?” Enero 16

“A mí me parece más grave la defensa pública de la charlatanería y la superchería que los famosos 4 millones de pesos.” Enero 17

“Quienes critican la ciencia occidental por twitter deberían mantenerse fieles a sus principios y difundir sus diatribas con mensajes de humo”. Enero 18

El 17 de Enero un señor Constantino Villegas, también en Twitter, utiliza términos más crudos para expresar la misma posición intelectual:

¿Me van a decir que un viejo güevón con unas piedras y unas granputas cuerdas puede hacer llover? ¿No les da pena creer en tanta maricada?”

Pese a las diferencias de estilo, el mensaje implícito y explícito de ambos (y de otros muchos) es el mismo: exclusión mediante la burla, la descalificación y la violencia verbal, de todo aquel que se atreva a pensar o a actuar por fuera del marco de referencia y de la “racionalidad” que ellos profesan y encarnan.

Clima y control territorial

El afán por tratar de controlar el clima (repito: el tiempo) es tan antiguo como la humanidad. Para no ir muy lejos, mencionemos no más los experimentos realizados a mediados del siglo pasado por el meteorólogo Vincent Schaefer, el Premio Nobel Irving Langmuir y el químico Bernard Vonnegut (hermano del escritor Kurt Vonnegut, quien también se integró al equipo). Trabajando para los laboratorios de General Electric, determinaron que “sembrando” las nubes con cristales de yoduro de plata y con hielo seco (CO2) era posible hacer llover.

El reconocimiento del potencial estratégico de ese descubrimiento y de sus aplicaciones bélicas condujo a que en 1947 General Electric transfiriera todo el “archivo” al gobierno de los Estados Unidos junto con los científicos, quienes continuaron explorando posibles mecanismos para intervenir sobre el tiempo atmosférico.

En 1976 la Asamblea General de Naciones Unidas adoptó la llamada Convención ENMOD “sobre la prohibición de utilizar técnicas de modificación ambiental con fines militares u otros fines hostiles”, que comprende expresamente “todas las técnicas que tienen por objeto alterar -mediante la manipulación deliberada de los procesos naturales- la dinámica, la composición o estructura de la Tierra, incluida su biótica, su litosfera, su hidrosfera y su atmósfera, o del espacio ultraterrestre.”

A pesar de esto, existen preocupación mundial por la posibilidad de que por ejemplo programas como HAARP (por sus siglas en inglés: High Frequency Active Auroral Research Program o Programa de Investigación Aurora Activa de Alta Frecuencia) del gobierno de Estados Unidos, apunten específicamente a utilizar varios factores climáticos como armas de guerra.

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Los chinos, por su parte, desde la Revolución Cultural, montaron y hoy mantienen un numeroso ejército de “bombardeadores de nubes”, inspirado y dirigido directamente por Mao, quien pregonaba insistentemente la importancia de convertir el clima en un aliado de la revolución. La “siembra de nubes” se practica hoy de manera habitual –con resultados variables- en vastas zonas de la China afectadas por la sequía, y en vísperas de los Juegos Olímpicos de 2008 aparentemente se utilizó “diatomita”, una sustancia capaz de reducir la humedad de las nubes, para evitar que lloviera durante el acto de inauguración. Lo cierto es que, tal y como sucedió en Bogotá con el trabajo del “chamán”, en medio de una fuerte temporada de lluvia las nubes se corrieron y en el momento preciso cuando se necesitaba que no lloviera… efectivamente no llovió.

Diálogo de saberes y de ignorancias

El gran desastre causado por un terremoto de regular magnitud en Tierradentro, cañón del río Páez, en 1994, se explica en gran medida porque el movimiento sísmico coincidió con un momento cuando todas las montañas estaban totalmente saturadas de agua y los suelos de las mismas fueron incapaces de resistir el sacudón.

Lo cierto es que materialmente desaparecieron 40 mil hectáreas de suelo, todas las quebradas y ríos de la región de Tierradentro colapsaron y generaron una avalancha que en algunos lugares alcanzó 70 metros de altura y que cobró la vida de cerca de 1.200 personas.

Como todos los puentes fueron arrasados por las crecientes y todas las carreteras quedaron interrumpidas, la única manera de entrar a la zona de desastre era mediante helicópteros, pero los aguaceros permanentes y la espesa capa de nubes de tormenta que mantenía cubierto el cañón, impedían el acceso de las máquinas voladoras.

Fue entonces cuando desde el Sistema Nacional para la Atención y Prevención de Desastres y la recién creada Corporación Nasa Kiwe, resolvimos acudir a los the’ wala o “médicos tradicionales” (los chamanes de los indígenas Nasa), para que por medio de rituales incomprensibles para nosotros desde nuestra racionalidad “occidental”, corrieran las nubes y los helicópteros pudieran entrar. Representantes de las autoridades indígenas formaban parte del Consejo Directivo de la Corporación

Sí, para eso fue preciso que las naves aéreas de la Policía y del Ejército Nacional, o las contratadas por el Ministerio del Interior, transportaran a los the’ wala hasta el páramo para recolectar plantas rituales que, junto con la coca, les permitían realizar su trabajo ancestral. El hecho es que las nubes “se abrían” durante el tiempo necesario para que los helicópteros entraran y volvieran a salir.

Este episodio ilustra apenas una de las muchas veces cuando entidades del Estado, incluyendo instituciones científicas como el antiguo Instituto Colombiano de Geología y Minería (INGEOMINAS) establecieron verdaderos diálogos de saberes con los the’ wala y con otros miembros de la comunidad, para construir conjuntamente un conocimiento que tuviera sentido para ambas partes, pero que sobre todo afianzara el control de la comunidad sobre su territorio (y sobre los nuevos territorios a donde tuvieron que trasladarse cerca de 9.000 personas).

Ese diálogo de saberes ha continuado — no sin contradicciones ni tensiones — desde entonces y permitió, por ejemplo, que como consecuencia de una avalancha en 2008, de magnitud similar a la de 1994, pero originada esta vez por una erupción del volcán Nevado Huila, no murieran 1.200 personas como en la ocasión anterior, sino solamente diez.

Posteriormente he tenido oportunidad de enterarme de la manera como los amautas del altiplano andino boliviano manejan el clima/tiempo; de los bioindicadores que utilizan esas y otras culturas ancestrales para leer e interpretar las señales del clima, y del impacto del cambio climático 01-imagen-wilches-10 sobre esos mismos bioindicadores, como también de la importancia de reconocer, valorar, fortalecer y complementar el conocimiento científico ancestral a través de los diálogos de saberes y de su prerrequisito indispensable: los diálogos de ignorancias.

Solamente cuando los poseedores de una determinada cosmovisión y de unos determinados conocimientos son capaces de reconocer la magnitud de su ignorancia con apertura de mente y humildad, pueden determinar el valor real de sus saberes y aprovechar al máximo el conocimiento de los  demás. La ciencia académica y la ciencia ancestral-tradicional tienen mucho que aprender cada una de la otra. Sin fortalecimiento y valoración del conocimiento propio, no puede existir verdadero control territorial.
El control efectivo que una comunidad pueda ejercer sobre su territorio está ligado al reconocimiento y a la práctica de sus saberes tradicionales, entre otros aquellos relacionados con el clima, con el manejo ambiental y con la producción. Perder la identidad equivale a perder el territorio.

 * Especialista en gestión del riesgo y gestión ambiental, "ex alumno del terremoto de Popayán (1983) y el de Tierradentro(1994), con un postgrado en el del Eje Cafetero (1999)". Fue director del SENA del Cauca, de la Corporación Ecofondo y de la Corporación NASA KIWE, autor de más de 20 libros y consultor nacional e internacional sobre la materia, entre ellos: “Ese océano de aire en que vivimos”, publicado por el PNUD.

twitter1-1 @wilcheschaux

 

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