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Vivienda: autoconstrucción, sujetos sociales y transformación de su realidad

Escrito por Gustavo Wilches-Chaux
gustavo wilches

gustavo wilchesHace treinta años un terremoto destruyó gran parte de Popayán. Cuando hoy se habla de entregar vivienda gratis, este testigo de la reconstrucción nos recuerda que no se debe regalar sino colaborar con las comunidades para que se fortalezcan de manera integral.

Gustavo Wilches

Terremoto y cambio institucional

Posiblemente no había transcurrido todavía una semana desde el terremoto que semidestruyó a Popayán el 31 de marzo de 1983, cuando muchas familias de los barrios populares comenzaron, con sus propias manos, a levantar sus albergues y a reparar o a reconstruir sus viviendas caídas.

En el SENA del Cauca no solamente nos dimos cuenta de esa voluntad colectiva de no dejarse derrotar por la adversidad, sino de que la gente era capaz de resolver por sí misma un problema que el Estado era incapaz de solucionar en ese momento, por múltiples razones.

El SENA también es Estado y si bien allá carecíamos de conocimientos específicos en construcción — y en particular de lo que hoy se llama “sismo–resistencia” — sí habíamos acumulado más de dos décadas de experiencia en desarrollo comunitario y en formación profesional.

Gustavo_Wilches_Popayan

Convertimos el SENA en una nueva institución, diseñada a la medida de los desafíos de la crisis.

Foto: panoramio.com

Decidimos entonces que nuestra posibilidad y nuestra responsabilidad eran acompañar a las comunidades afectadas por el terremoto, para que si ellas mismas iban a reconstruir sus viviendas, lo hicieran bien.

Comenzamos entonces a aprender sobre construcción. En varias regionales del país, el SENA ya poseía los conocimientos de los que carecíamos en Popayán y en Bogotá ya existía el Centro Nacional de la Construcción.

Vino a asesorarnos Fred Cuny — el inolvidable director de INTERTECT, una firma especializada en prevención de desastres contratada por la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID) — quien se enteró de nuestro proyecto por intermedio del ingeniero Augusto Espinoza Silva, uno de los pioneros de la ingeniería sísmica en Colombia.

La propia sede del SENA en Popayán también se había caído y solicitamos a la Dirección General, en cabeza entonces de Alberto Galeano Ramírez, que nos autorizara para suspender la vigencia del manual de funciones de la institución mientras retornaba la normalidad a Popayán… no sabíamos cuándo.

Nos convertimos entonces en una nueva institución, diseñada a la medida de los desafíos de la crisis. Allí se elaboraron al parecer las primeras cartillas sobre construcción sismo-resistente para vivienda popular que se hicieron en el país. El Código Colombiano de Construcciones Sismo–resistentes se expidió un año después a partir, entre otras fuentes, de lo mucho que aprendieron los ingenieros colombianos tras el sismo de Popayán.

Valiosa experiencia

Me permito transcribir unos apartes del discurso que pronuncié con ocasión del Foro Mundial Provention, celebrado en Panamá en abril 2008, donde quedaron registradas algunas reflexiones sobre esta experiencia:

“…A medida que acompañábamos a hombres y a mujeres de los sectores populares en su empeño de construir o reconstruir sus viviendas y de descubrir nuevos nichos ocupacionales, fuimos dilucidando algunas claves de lo que, posteriormente, nos ha permitido realizar algunos aportes a la construcción de una ‘filosofía de los desastres’.

…“Así por ejemplo, nos dimos cuenta de que si bien en un principio, la reconstrucción de las casas físicas constituía el objetivo principal de todo ese proceso en el cual estábamos empeñados, tanto para nosotros como institución pública, como para las comunidades directamente afectadas, al final esa casa reconstruida se convertía exclusivamente en un subproducto útil del proceso, pero el resultado principal era la transformación humana, individual y colectiva, de quienes estábamos formando parte del mismo: la madre cabeza de familia que nunca antes había pegado un ladrillo y que se daba cuenta de que era capaz de construir su propia casa y ayudar a construir la de sus vecinos; la comunidad que descubría, en sí misma, un potencial que a lo mejor ni siquiera había sospechado; la entidad del gobierno y sus funcionarios, que comenzábamos a entender qué significaba realmente aquello de la “participación comunitaria”… y que disfrutábamos de la oportunidad excepcional de desmontar y rearmar totalmente una institución pública, para colocarla al servicio de un proceso atrevido y hasta entonces inédito.”

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…“Entendimos, entonces, que la autoconstrucción era una forma de alquimia, ese arte en el cual, mientras el alquimista manipula en el crisol metales como el plomo y el mercurio con el fin de convertirlos en oro, se produce en él mismo una transformación tan importante, que al final el oro pasa a ser solamente un subproducto del proceso (que a lo mejor le ayuda a pagar algunas de las deudas contraídas durante el mismo), pero “la Gran Obra” es realmente esa transformación espiritual humana. Las mutaciones que experimentaban los metales en el crisol se convertían, entonces, en metáforas de las que hacían del alquimista un ser humano “superior” a ese que era él mismo al comenzar el proceso”.

Por supuesto en el SENA del Cauca no nos inventamos la autoconstrucción. En muchas comunidades de América Latina, incluida Colombia, las comunidades habían acudido y siguen acudiendo a ella como estrategia solidaria para resolver sus necesidades de vivienda, algunas veces con el apoyo del Estado, la mayoría ellas solas o con el acompañamiento de ONGs.

Nosotros simplemente recogimos y seguramente contribuimos a enriquecer esa estrategia que nos permitió apoyar a más de tres mil familias del Cauca, cuyo fortalecimiento como sujetos sociales era tan importante o más que el derecho a acceder a un techo integralmente adecuado.

Construir su vivienda para transformar su realidad

He tenido presente esa experiencia desde cuando el gobierno anunció su decisión de proveer de vivienda “gratuita” a cien mil familias colombianas. Estoy seguro de que si al menos un porcentaje de esas viviendas se llevaran a cabo mediante autoconstrucción, o por lo menos a través de una autogestión real y eficaz, se podrían alimentar simultáneamente muchos pájaros con la misma guayaba:

Gustavo_Wilches_enfoque

 

Porque si la casa se convierte de veras en un subproducto necesario y útil de la autoconstrucción, el principal resultado del proceso es el fortalecimiento de los sujetos sociales e institucionales que participan en él, junto con otros beneficios derivados como los siguientes:

  • La capacitación de la gente en oficios que les garantizan ingresos durante la autoconstrucción y que les servirán después;
  • la consolidación de procesos organizativos;
  • la generación y el fortalecimiento de alianzas entre el Estado, las organizaciones de base, el sector privado, las universidades, las agencias internacionales y otras organizaciones sociales que quieran contribuir al proceso;
  • y por supuesto, los aprendizajes que de allí se derivan y que resultan necesarios y valiosos para la construcción de territorios integralmente seguros, capaces de afrontar sin traumatismos los múltiples desafíos que deberán enfrentar tanto el país como el mundo actual.

Quien descubre que es capaz de tomar decisiones acertadas sobre su futura vivienda y de construir con sus propias manos una casa adecuada, descubre también su capacidad para transformar la realidad.

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Los aprendizajes que de allí se derivan resultan necesarios y valiosos para la construcción de territorios integralmente seguros.   Foto: avp.org.co

En Colombia y en otros lugares del mundo ha quedado plenamente demostrado que el sobrecosto de una vivienda popular sismo–resistente —o sea, capaz de aguantar los embates de los terremotos y de resistir los efectos de otras amenazas, como un huracán —es de apenas un 10 por ciento más.

En contra de la autoconstrucción se suele blandir el argumento de que las comunidades de base carecen de la necesaria especialización para construir una casa adecuada, pero se olvida a qué estrato pertenecen los obreros que construyen los grandes rascacielos y que lo hacen muy bien, con la capacitación y la dirección adecuadas. Si pueden levantar grandes torres ¿por qué no van a poder construir sus propias viviendas, si el Estado les proporciona terrenos seguros y acompañamiento adecuado?

Ojalá el Estado y en general la sociedad colombiana aprovechen el “pretexto” de la vivienda gratis para otorgar pleno sentido, práctico y eficaz, a ese principio fundamental consagrado en el artículo primero de la Constitución Política, según el cual Colombia es una república participativa.

La participación no puede seguir siendo una mera frase de cajón. Como decía en un artículo anterior para Razón Públicael país sí tiene con qué.

* Especialista en gestión del riesgo y gestión ambiental, "ex alumno del terremoto de Popayán (1983) y el de Tierradentro (1994), con un postgrado en el del Eje Cafetero (1999)". Fue director del SENA del Cauca, de la Corporación Ecofondo y de la Corporación NASA KIWE, autor de más de 20 libros y consultor nacional e internacional sobre la materia.

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1 Comentario

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Luis Martínez junio 2, 2020 - 8:08 pm

Exquisito artículo, deja una gran lección sobre el desarrollo y fortalecimiento de las capacidades y la importancia de la gobernanza del riesgo mediante un lenguaje sencillo.
Una gran lección para quienes trabajamos en la gestión del riesgo de desastres mediante la participación comunitaria

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