Minas antipersonal y cambio climático: una alerta obligada - Razón Pública
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Minas antipersonal y cambio climático: una alerta obligada

Escrito por Gustavo Wilches-Chaux
Mina antipersona.

Mina antipersona.

Gustavo WilchesA raíz del acuerdo entre el gobierno y las FARC, este análisis técnico y esta crónica viva permiten entender mejor la dimensión de esa tragedia territorial y humanitaria.   

Gustavo Wilches-Chaux*

Práctica degradadora 

En términos del Derecho Internacional Humanitario (DIH), uno de los indicadores más objetivos de degradación de un conflicto armado es la proliferación de minas antipersonal, más conocidas entre nosotros como “minas quiebrapatas”.

Estas minas infringen directamente tres principios básicos del DIH:

  • la obligación de distinguir entre población civil y combatientes;
  • la proporcionalidad entre el objetivo militar que se persigue y el daño colateral que puede causarse, y
  • la prohibición de causar  sufrimiento innecesario, particularmente cuando este se prolonga en el territorio y en el tiempo más allá de los efectos inmediatos del ataque.
Distinguimos claramente entre evento, amenaza, vulnerabilidad, riesgo y desastre.

El DIH establece las reglas mínimas que deberían respetarse en ejercicio de la guerra: es una tentativa paradójica pero necesaria –y para algunos, vana- de humanizar la barbarie, a partir del reconocimiento realista de que la especie humana no ha logrado encontrar formas pacíficas de tramitar muchos conflictos. Ser acude entonces a la destrucción del adversario… y de paso de quien tenga la desgracia de andar por ahí.

Delegados internacionales visitan zona de desminado en Cocorná, Antioquia.
Delegados internacionales visitan zona de desminado en Cocorná, Antioquia.
Foto: Dirección Contra Minas 

Acuerdo y eufemismos

El acuerdo entre el gobierno y las FARC  para emprender la difícil tarea de desminar el territorio colombiano es un paso importante en el proceso que esperamos nos conduzca a la  paz. Un paso, por supuesto, lleno de riesgos, como todos los que se dan en un camino minado. Paradójico pero realista, como todo lo relacionado con el DIH.

En el lenguaje cuidadoso que se maneja internacional y nacionalmente en la lucha contra las minas antipersonal (MAP), las municiones sin explotar (MUSE) y los artefactos explosivos improvisados (AEI), se utilizan términos técnicos y a menudo eufemísticos. Así por ejemplo, se denomina “accidente” a “un acontecimiento indeseado causado por minas antipersonal o municiones sin explotar que causa daño físico y/o psicológico a una o más personas.”

La palabra “accidente” oculta la intención expresa de causar daño por parte de quien siembra una mina, como también la de quien diseña un artefacto cuyo objetivo no es matar sino mutilar y discapacitar. Se supone que lidiar con un discapacitado significa una carga mayor para el adversario que tenerse que deshacer de un cadáver.

En este caso, como en todos los que implican deterioro ambiental, normalmente es alguna mujer de la familia (madre, esposa, hija, hermana) quien debe hacerse cargo de cuidar a quien resulta mutilado.

Pero mi intención aquí no es explorar ni criticar las razones o sinrazones del glosario y de los tecnicismos, sino llamar la atención sobre las consecuencias cotidianas de este flagelo,  que suelen pasar inadvertidas para los habitantes de las ciudades. Es importante que nos pongamos en los zapatos de quienes deben convivir diariamente con estos artefactos.

Amenaza, vulnerabilidad, riesgo y desastre

Quienes nos dedicamos a la  llamada “gestión del riesgo” insistimos en la necesidad de distinguir entre un evento -manifestación de la Naturaleza,  que puede ocasionar  un desastre (como un terremoto, una erupción volcánica o un huracán), y los efectos traumáticos que ese evento puede tener sobre un territorio vulnerable, o sea, incapaz de convivir con tales efectos. Por eso distinguimos claramente entre evento, amenaza, vulnerabilidad, riesgo y desastre.

En el caso de las MAP, MUSE y AEI pienso, por el contrario, que el mero hecho de que el territorio esté sembrado con estos artefactos, constituye al mismo tiempo una amenaza, una vulnerabilidad, un riesgo y un desastre, aun sin necesidad de que ocurra un “accidente”.

Desde que leí en El Tiempo un reportaje sobre lo que significa la presencia de minas antipersonal para la comunidad de Samaniego (Nariño), me convencí de que el hecho de que los padres, madres, maestros y maestras tengan que repetirles diariamente a los niños las muchas precauciones que han de tomar camino de la escuela para evitar el contacto con  esos artefactos, ya constituye un desastre, una prueba de que fallaron el Estado de Derecho y las instituciones responsables de proteger a la población, y un riesgo grave para las generaciones actuales y futuras.

Las minas antipersonal convierten al territorio en víctima del conflicto y en amenaza para las comunidades que forman parte de él, para sus ecosistemas y para sus soportes vitales, incluidos los animales que comparten con los seres humanos la vida cotidiana.

Reutilizo aquí un párrafo de otro escrito: pongámonos en la situación de un niño cuya madre –a quien identifica como territorio de identidad y de seguridad- se enferma gravemente o por alguna razón se convierte en amenaza para él. El niño es expulsado del territorio de la certeza para sumergirse en el de la incertidumbre y la inseguridad. Lo que antes era sinónimo de protección, se convierte en algo de lo que hay que huir pero que no se quiere abandonar.

Las MAP, MUSE y AEI convierten en desplazadas in situ a las familias que logran permanecer en el territorio o que por distintas razones no puedan tomar la decisión de escapar.

Víctimas de minas antipersona en el Día Internacional para la sensibilización sobre las minas antipersona.
Víctimas de minas antipersona en el Día Internacional para la sensibilización sobre
las minas antipersona.
Foto: Policía Nacional de los Colombianos

Entre el paz-conflicto y el cambio climático

Los efectos del cambio climático comienzan a manifestarse en territorios conta-minados, que al mismo tiempo serán los principales escenarios de llamado postconflicto – al cual prefiero yo llamar el paz-conflicto, para subrayar que la esperada firma de la paz nos impone el desafío de enfrentar una gran variedad conflictos complejos, conocidos unos, otros inéditos o inesperados-.

Hace varios años, en una visita a la frontera entre Honduras y Nicaragua, supe de las dificultades que implicaba la asistencia a las comunidades afectadas por el huracán Mitch en 1998, debido a que el territorio se encontraba minado a raíz de la guerra civil centroamericana que había concluido muchos años atrás.    

Allá me enteré con sorpresa de que el huracán había redistribuido las minas en el territorio es decir, que como consecuencia de los vientos, inundaciones y deslizamientos, zonas que hasta ese entonces se consideraban libres de minas, habían resultado conta-minadas (me es  difícil entender cómo un huracán logra mover las minas sin que exploten, pero recuerdo también que en muchas guerras las minas son sembradas en el suelo desde aviones.)

Las MAP, MUSE y AEI convierten en desplazadas in situ a las familias que logran permanecer en el territorio.

En Colombia también se han registrado casos donde deslizamientos desencadenados por  lluvias intensas han arrastrado minas antipersonal. No hace mucho supimos, por ejemplo, que los bomberos no habían podido ingresar a apagar un incendio forestal en el Catatumbo, porque el terreno se encontraba minado. Sé de algunas veredas en el Cauca donde la guerrilla ha minado los charcos y pozos para evitar que el ejército se abastezca de agua. En todos estos casos, claro, las principales afectadas son las comunidades locales.

Con antecedentes como los anteriores: ¿Qué va a pasar cuando el agua y los suelos fértiles se vuelvan más escasos como consecuencia del cambio climático? ¿Será que algunos actores acuden a las minas antipersonal para evitar que comunidades de otros territorios lleguen a disputarles sus recursos vitales? ¿Hasta dónde habrá calado en Colombia esta nefasta “cultura” de las minas antipersonal como forma de ejercer territorialidad?

Internet está lleno de tutoriales para fabricar minas caseras de bajo costo, como son la gran mayoría de las que contaminan los campos colombianos, y alguna de la gente que sabe fabricarlas ofrecerá sus servicios al mejor postor.

La intensificación de los efectos del cambio climático adquiere entonces nuevas dimensiones cuando se manifiestan en territorios donde existen MAP, MUSE o AEI. Por ejemplo: en muchos de los parques nacionales naturales y áreas donde se protegen ecosistemas estratégicos, existen minas antipersonal, no pocas veces ligadas a cultivos de uso ilícito.   Quienes tienen la tarea de cuidar y mantener dichas zonas, deben moverse en medio de campos minados. Esta es y seguirá siendo una dificultad adicional para la adaptación al cambio climático basada en conservar los ecosistemas de los cuales depende nuestra resiliencia climática.

El desafío

La tarea no será fácil ni rápida, aun cuando exista voluntad de todas las partes para liberar el territorio de estos artefactos infames que destruyen las vidas de muchas familias colombianas.

En algunas regiones de Camboya es tal la cantidad de minas antipersonal y tanta la dificultad para removerlas, que los pobladores se han visto obligados a crear “corredores seguros” para que la gente pueda circular en medio de los campos minados. Ojalá en ninguna parte de Colombia tengamos que llegar a una “solución” similar.

A raíz de la campaña para que un día del año nos remanguemos el pantalón para protestar simbólicamente contra las MAP, mi hija que se dedica al diseño de modas me hacía caer en cuenta de que los pantalones no tienen manga sino bota. En consecuencia lo que tenemos que hacer es rebotarnos contra las minas antipersonal. Estamos en mora.

Apoyemos en todo cuanto se posible este acuerdo entre gobierno y guerrilla para que de verdad logren liberar el camino hacia la paz del mayor número posible de minas. Y para que se reconozca que el territorio no es sólo un espacio físico inerte sino otra víctima del conflicto que también debe ser reconocida y reparada.
 

* Especialista en gestión del riesgo y gestión ambiental, "ex alumno del terremoto de Popayán (1983) y el de Tierradentro(1994), con un postgrado en el del Eje Cafetero (1999)". Fue director del SENA del Cauca, de la Corporación Ecofondo y de la Corporación NASA KIWE, autor de más de 20 libros y consultor nacional e internacional sobre la materia, entre ellos: “Ese océano de aire en que vivimos”, publicado por el PNUD.

twitter1-1@wilcheschaux

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