Ser campeón en Colombia: triunfar a pesar de todo - Razón Pública

Ser campeón en Colombia: triunfar a pesar de todo

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Colombia no tiene una política de apoyo sostenido a su deporte. Por eso cada triunfo ocasional es la victoria de “uno de los nuestros” contra la pobreza, no la victoria de la patria que reclaman los medios y el gobierno. A qué se debe entonces la cosecha reciente?

David Quitián*

En la patria de Pambelé

“Él nos hizo cambiar el verbo casitriunfamos por el de ganamos: ese es el verdadero regalo de Pambelé al país”. Eso escribió Alberto Salcedo Ramos en su biografía del primer rey del boxeo de Colombia.

Antes del Kid Pambelé hubo otros dos campeones mundiales nacidos en nuestro suelo: el equipo nacional de beisbol de 1947 y Martín Emilio “Cochise” Rodríguez en 1971; pero hasta hoy nadie ha superado el récord de Pambelé. Antonio Cervantes sostuvo su corona durante ocho años en 18 defensas de título mundial.

Pambelé desafió la historia patria al atreverse a triunfar sin ser flor de un día. ¿Qué tienen en común él y otros deportistas como Cochise, Lucho Herrera, Asprilla, Catherine Ibargüen, Nairo Quintana o Pablo Armero? Su origen humilde y la maduración de su carrera sin programas de apoyo estatal.

Esa baja frecuencia histórica de podios y medallas contribuye a la heroización de nuestros atletas: ellos no solo vencen adversarios, sino también sus propias condiciones de pobreza.

En Colombia no ha habido una política consistente para la formación de atletas, como tampoco  una estrategia gubernamental para dar cumplimiento a las normas jurídicas que ordenan la provisión de deporte y recreación.

Promover el deporte es una obligación del Estado prevista en la Constitución de 1991, cuyo artículo 52 declara “que este “forma parte de la educación y constituye gasto público social”; no obstante, los esfuerzos por cumplir este mandato han sido tibios y mediados por la euforia resultante de las victorias ocasionales.

Ser invitados por el presidente al palacio presidencial, condecorados con la Cruz de Boyacá por el Congreso de la República y recibir una casa son los premios establecidos por la tradición colombiana para recompensar los éxitos en competencias internacionales.

Con Pambelé se inauguró esa política clientelista. Misael Pastrana aprovechó los nocauts del monarca de las 140 libras para tomarse fotos al lado del ganador del cinturón de la AMB a cambio de cumplir un viejo anhelo de San Basilio de Palenque: tener acueducto y energía eléctrica.

Estos ejemplos ilustran una conducta colombiana: el espíritu reactivo y la improvisación. Solo se reacciona ante estímulos extremos, llámense tragedias de guerra o desastres naturales. También ante ejemplos conmovedores como ver al “Jardinerito de Fusagasugá” derrotando en su propio terreno “al temible Laurent Fignon”, o a María Isabel Urrutia llegando sin invitación a Sídney para levantar más que 135 kilos.


James Rodríguez, jugador de la selección Colombia.
Foto: Calcio Streaming

Campeones pese a todo

Ese electrocardiograma, en donde el aparato estatal y la emoción de la sociedad oscilan, como las planimetrías de etapas de montaña del Tour de Francia, según haya triunfos o derrotas, definen el carácter nacional.

Ante los descorches de champaña de Juan Pablo Montoya en la F1 nos volvimos expertos de ocasión del automovilismo, y frente a los birdies del ‘Spiderman’ Camilo Villegas en el PGA Tour intentamos hablar de golf, sin que se nos trabara la lengua. Estos dos casos de deportes elitistas y sin tradición en Colombia hablan de la debilidad institucional (reflejada en lo sociocultural) del deporte entre nosotros.

Una triste explicación de la euforia colectiva ante los éxitos deportivos – sin importar lo exótica o distante que sea la disciplina en que se consiguió- radica en que la cosecha de nuestro deporte en grandes ligas es tan magra que debemos celebrar con exceso cada triunfo que llegue.

Esa baja frecuencia histórica de podios y medallas contribuye a la heroización de nuestros atletas: ellos no solo vencen adversarios, sino también sus propias condiciones de pobreza y dificultades para entrenarse, adquirir equipamientos para su preparación, competir e incluso para viajar a las pruebas.

De la debilidad institucional solo se puede escapar con talento, esfuerzo e inventiva. Por increíble que parezca, muchos deportistas lo son para huir de la pobreza o del desempleo: son descubiertos silvestres e ingresan a los escasísimos programas de apoyo al deporte de alta competencia.

Algunos de ellos han llegado a la cumbre porque no les quedaba otra alternativa:

  • Rigoberto Urán, el estupendo ciclista antioqueño que hoy es líder del equipo Omega de Bélgica, quedó huérfano en su niñez por el asesinato de su padre a manos de paramilitares y vendía chance sobre su bicicleta.
  • La reina del salto triple, Catherine Ibargüen, se refugió en el atletismo para saltar sobre los violentos de Urabá y sobre la pobreza de su natal Apartadó.
  • Willington Ortíz hace décadas, después Leider Preciado y ahora Pablito Armero, salieron del pueblo de pescadores de Tumaco porque cazatalentos deslumbrados por su habilidad se atrevieron a llevarlos a equipos de Cali. 
  • Algo similar ocurrió con Nairo Quintana: él rompe los pelotones de las carreras de Europa porque pedalea desde bebé. Montar bicicleta en las veredas de Boyacá hace parte del genoma cultural de los campesinos de esa región. Con ellos se hace cierta la expresión: “es lo que produce la tierrita”.

¿Qué queremos decir con estos casos? Primero, que no son ejemplos aislados: que aquí la excepción es norma. Que ellos fueron campeones a pesar de todo. Luchando contra lo inimaginable. Como no existe una política seria en esa materia, todavía se producen campeones por generación espontánea. 


Rigoberto Urán en el Giro d’Italia. 
Foto: Sean Rowe

Héroes por la superación

Pero, ¿qué tan espontáneas son las expresiones populares de júbilo por conquistas deportivas? Sin duda, la fabricación mediática juega un papel preponderante, con un ingrediente que agiganta  esas noticias: la superación deportiva, económica y cultural de “los nuestros”.

Eso los convierte en legítimos héroes vía mímesis: alguien de los nuestros lo logró, venció a todo el mundo y regresa a casa, de modo que se justifica sacar el carro de bomberos, igual que la maicena y la embriaguez.

El deporte produce estupendas historias para periodismo y literatura, y el colombiano las genera aún más estereotipadas. Esto no niega que sean ciertas: la base del deporte del país es población pobre y afrodescendiente.

Los tres deportes nacionales – ciclismo, boxeo y fútbol- son de extracción humilde. Hijos de hacendados, empresarios o congresistas jamás se romperían el alma sobre un cuadrilátero o dejarían su piel en 21 etapas de seis horas sobre un caballito de acero.

Para la muestra un botón: la Selección de fútbol solo tiene dos jugadores provenientes de la clase media: James y Falcao. La historia de los demás sigue el libreto que demanda el cliché: fueron pobres, no terminaron sus estudios y provienen de regiones y barrios olvidados por la gestión del Estado.

El secreto del éxito

Samuel Martínez, un académico mexicano, dice que Floyd Mayweather (el mejor boxeador de hoy) basa su excelencia en la ciencia y tecnología que tiene detrás de él: un sofisticado software le mide sus golpes al saco y debe darle 10.000 por sesión. Como en la película Rocky IV, que mostraba a un gigantón ruso, solo le contabilizan los impactos que tengan cierta potencia.

¿Cuántos en nuestro país pueden gozar de ese respaldo científico? Por eso Estados Unidos y las otras nueve economías mayores del planeta son, al mismo tiempo, el top ten en el ranking deportivo.  

Eso los convierte en legítimos héroes vía mímesis: alguien de los nuestros lo logró, venció a todo el mundo y regresa a casa.

Desde el advenimiento de la televisión en colores, e deporte adquirió un estatus político: otorga prestigio a las naciones. Su politización fue en ascenso. Por ejemplo, Simoni Lahud, una antropóloga brasilera, dice que el fútbol es “institución cero”: le presta su legitimidad a cualquier régimen, sirve para ideologías disímiles es funcional para todas.

Lo mismo aplica para todos los deportes. Por eso todos los presidentes, gobernadores y alcaldes se hacen retratar con los todavía sudorosos campeones. Por eso Juan Manuel Santos ha sustentado sus mensajes de Estado en los últimos años con la metáfora del fútbol.

¿A qué debemos la reciente explosión de triunfos? A que el deporte colombiano se ha integrado más con la economía mundial. El mercado ha hecho su papel y equipos internacionales de gran renombre descubrieron nuestra cantera.

Así, jugadores igual de talentosos que los argentinos y brasileros, pero menos costosos (los colombianos) empezaron a ser fichados y probaron su valía. En virtud de la globalización, la adaptación cada vez costó menos, por eso ya los nuestros pueden actuar, jugar y rodar en Estados Unidos y Europa sin los contratiempos de entonces. La corronchada y la “tierrita jala” ya pueden enfrentarse con más elementos cosmopolitas.

Además, las élites económicas han hecho su propio hallazgo: patrocinar es buena inversión. Por ejemplo, la cervecera que auspicia a la Selección encontró en ella una mina de oro.

Pero la pregunta sigue siendo: ¿cuándo el establecimiento político ideará y, sobre todo, materializará un accionar serio sobre el deporte?

Este interrogante remite a otra vieja discusión: ¿qué tan importantes son las medallas y los triunfos? ¿No son ellos una cortina de humo para ocultar verdaderos problemas? ¿No es el deporte en sí mismo excluyente y antidemocrático al favorecer sólo a los talentosos?  ¿No se lleva él la mejor tajada presupuestal quitándole dinero y energía al “deporte para todos” y a la recreación que sí es verdaderamente masiva y más útil para la salud pública?

Estas cuestiones son pertinentes a propósito de la ola de furor nacionalista que vivimos. Por ahora yo arriesgo una respuesta: si el prestigio nacional contribuye al orgullo patrio y a propiciar un clima político favorable, por ejemplo, a los diálogos de paz, es bienvenido.

Solo que esto reforzaría la idea del deporte-instrumento donde jamás habrá una organización seria, en tanto los ganadores sin la pimienta de la dificultad no dan los provechos electorales que dan los campeones al estilo Pambelé.    

  

* Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional radicado en Rio de Janeiro, donde hace un doctorado en antropología en la Universidad Federal Fluminense, profesor de la UNAD de Colombia y miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). ​

@quitiman

   

Acerca del autor

David Quitián
davidquitian@razonpublica.org.co | + posts

*Sociólogo y Doctor en Antropología. Investigador junior Minciencias. Profesor investigador Unillanos y Fundación Universitaria Compensar.

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*Sociólogo y Doctor en Antropología. Investigador junior Minciencias. Profesor investigador Unillanos y Fundación Universitaria Compensar.

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