Del ‘Zipa’ Forero a Nairo: el ciclismo como metáfora nacional - Razón Pública
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Del ‘Zipa’ Forero a Nairo: el ciclismo como metáfora nacional

Escrito por David Quitián
El ciclista Nairo Quintana en su bicicleta con gafas y casco

El ciclista Nairo Quintana en su bicicleta con gafas y casco

​​¿Por qué el ciclismo se ha instalado con tanta fuerza en la idiosincrasia colombiana y por qué le ha dado tantos campeones al país? Aquí, una explicación de por qué el caballito de acero es parte fundamental de nuestra identidad. 

David Quitián*

Prueba de titanes

Difícil no conmoverse con la imagen: su cuerpo salió por los aires dando un giro de 180 grados que solo frenó el pavimento que hizo jirones su uniforme. La bicicleta se destruyó y cuando los de su equipo llegaron para auxiliarlo, Nairo Quintana se volteó y quedó inmóvil.

El narrador de Señal Colombia clamó por la ayuda de Dios, mientras nuestra mente se devolvía 29 años para recordar otra caída: la de “Lucho” Herrera en el Tour de Francia de 1985. Esa vez el “Jardinerito de Fusagasugá” pudo pararse y con su cara bañada en sangre pasó primero en la raya de sentencia de la etapa Autrans – Saint Étienne.

Ambas escenas condensan el espíritu del ciclismo: dolor, esfuerzo, riesgo y drama. El deporte de bielas y tubulares jamás permite que lo sigamos sin estremecernos: cada vez que algún ciclista levanta los brazos en señal de triunfo no dejamos de aplaudirlo por la convicción de que su actuación tiene rasgos de heroísmo.

En eso el ciclismo se diferencia de casi todos los deportes: pocos mortales pueden resistir la violencia de 21 días devorando kilómetros en jornadas de hasta seis horas. Menos aún si la mitad de esas fracciones imponen el desafío de subidas de infarto, vientos lacerantes y temperaturas inhumanas.

Ni siquiera todos los practicantes profesionales de esa disciplina pueden soportar pruebas de tres semanas, y solo la crema de la élite afronta el reto anual en las tres grandes del mundo: el Giro de Italia, el Tour de Francia y la Vuelta a España.


El ciclista Martín Emilio Ramírez “Cochise”.
Foto: Ministerio de Educación

Colombia, país de ciclistas

En las tres competencias Colombia tiene historia. Nuestro país fabrica campeones de la bicicleta desde antes de los gloriosos años ochenta, década que nos dejó el recuerdo de nombres como Patrocinio Jiménez, Alfonso Flórez, “Condorito” Corredor, “Tomatico” Agudelo, “Rafico” Acevedo, Martin Ramírez, Samuel Cabrera, “Pacho” Rodríguez y esa dupla que se resiste a borrarse del corazón: Luis Herrera y Fabio Parra.

Antes del inolvidable Tour de 1984 ya teníamos figuras de talla internacional: El ‘Zipa’ Forero y Ramón Hoyos fueron los amos y señores en la década de 1950, y ganaron cuanta carrera se programara en América Latina.

Después aparecería otro grande: Martin Emilio Rodríguez, el primer campeón mundial profesional que tuvimos. Él fue recordman de la hora en 1970 y medalla de oro de los 4.000 metros persecución individual en 1971. Este pedalista antioqueño tiene otro mérito: junto al portero Efraín “Caimán” Sánchez fueron los compatriotas pioneros en fichar con clubes del exterior. “Cochise” Rodríguez militó en el Bianchi-Campagnolo, fue compañero del histórico Felice Gimoni y ganó dos etapas en los Giros de 1973 y 1975.

¿Por qué la cicla entrega tantas satisfacciones deportivas a Colombia? La respuesta debe buscarse en la idiosincrasia, no nacional, sino regional: la bici tiene pasaporte andino, montañoso, por eso Boyacá, Antioquia y Cundinamarca, en ese orden, son los departamentos más pródigos en ases del pedal.

En estas zonas del país, la “burra” (como cariñosamente se le dice a la bicicleta) es más que un medio de transporte: es un miembro de la familia, hace parte de la impronta individual. Los padres la entregan a sus hijos no como regalo navideño, sino como herramienta para la vida. Ser dueño de una es como tener nombre, sacar tarjeta de identidad o recibir la primera comunión.

Un vehículo que cambió el paisaje

Para la cultura rural colombiana, especialmente de la región andina, ese sencillo y versátil aparato de locomoción forma parte de su inventario identitario. Es difícil imaginar los pueblos, caseríos y veredas de la sabana cundiboyacense, del viejo Caldas y de buena parte de suelo antioqueño, sin personas pedaleando por trochas, caminos y calles.

Cada vez que algún ciclista levanta los brazos en señal de triunfo no dejamos de aplaudirlo por la convicción de que su actuación tiene rasgos de heroísmo.

La bicicleta hace parte del paisaje de esas zonas, donde constantemente se ven ciclistas llevando y trayendo razones, cargando atados de cebolla, cajas de mercado, bebés en el travesaño del marco, mascotas que suben y bajan con el movimiento de las piernas y hasta ramos de flores como los que entregaba Lucho Herrera en su trabajo.

Niños, jóvenes, adultos y ancianos se entrenan para balancear equilibradamente sus cuerpos, a golpe de pedal, casi al mismo tiempo que aprenden a caminar. Montar en bici es un escenario fundamental de socialización. Para ellos, es mucho más importante que aprender a bailar y eso es mucho decir en la cultura colombiana.

La bicicleta nos lleva a la escuela, como fue el caso de Nairo; nos sirve para salvar del hambre a nuestros hermanos, como aconteció con Rigoberto Urán; es útil para conseguir empleo, como pasó con “Cochise” (que atendió un clasificado de “se busca mensajero con cicla”); y hasta sirve para encontrar el amor, como le ocurrió a Santiago Botero.

El ciclismo, para decirlo sin rodeos, le ha servido a un porcentaje significativo de la población nacional, para salir de sus pueblos, comunicarse, ganarse la vida y tener una visibilidad con el deporte que jamás hubieran obtenido por otras vías.

Los números no mienten: solo el boxeo le disputa la supremacía de títulos. Otra coincidencia con el deporte de las narices chatas es su mapa cultural: ambos tienen potencial en regiones específicas de la geografía nacional. El boxeo es de costa y el ciclismo de montaña.


El ciclista Santiago Botero.
​Foto: Michael M.

Un país que se hizo en bicicleta

Así el tejo haya sido declarado “deporte nacional” de Colombia por el Congreso de la República (en una decisión más formal que de beneficio real), la bicicleta como práctica y como símbolo de identidad tiene poderosos elementos metonímicos.

Para la muestra un botón: más fuerte que el remoquete de “cafeteros” para los futbolistas colombianos es el de “escarabajos” de nuestros ciclistas en el concierto internacional. Decir Colombia en ciclismo es como decir Brasil en fútbol. Decir montaña en ciclismo equivale a expresar “ojo con los colombianos”.

Ciclista colombiano que se respete sube bien. Es escalador. Trepa sin dificultad. No es gratis que las camisetas de montaña de carreras del exterior parezcan escrituradas para los nuestros.

¿Cuál es la razón? El mito del país de geografía inaccesible (de una cordillera unificada que explota en el sur y se trifurca en tres caprichosos ramales) se hace realidad cuando debes recorrerlo sobre una cross<, una turismera, una de ciclo-montañismo o una cicla profesional de cambios.

Imagen de lo nacional en el exterior que recrea la metáfora de nuestra sociedad: un pueblo de alma rural, así se haya urbanizado en su infraestructura; una nación que se negó a construir un ferrocarril decente y prefirió la enjalma de la mula, el ritmo cansino de la tractomula y la simpleza bucólica de la bicicleta.

Un país que se integró, se interconectó, gracias al prodigio de esta última, pues las etapas de las primeras Vueltas a Colombia pavimentaron en el imaginario nacional las trochas existentes entre pueblos, ciudades intermedias y capitales departamentales.

Ese fue otro milagro de nuestros campeones del manubrio y el pedal: cimentaron la idea de nación, de un solo pueblo, una sociedad, entonces poco consolidada. Con la Vuelta a Colombia (que hace poco cerró su edición No. 64) el nombre de “Colombia” empezó a tener más sentido para las mayorías campesinas de mediados del siglo pasado.

Con el ciclismo se desarrolló otro relato potente de la patria: la radio. La tecnología para transmitir las incidencias de las carreras en las que triunfaban el “Pajarito” Buitrago o Cristóbal Pérez impulsó la compra de equipos, la sofisticación de las emisoras y el ingenio de técnicos, productores y periodistas.

Los triunfos que vienen

La bici tiene pasaporte andino, montañoso, por eso Boyacá, Antioquia y Cundinamarca, en ese orden, son los departamentos más pródigos en ases del pedal.

Pero no solo se tiene prestigio en la ruta; también en la pista y en el BMX, donde las mujeres mandan con ventaja: María Luisa Calle y Mariana Pajón son dos figuras excluyentes por su palmarés y excelencia. Resultados que se evidencian en el ranquin de la Unión Ciclística Internacional (UCI) donde los deportistas colombianos no salen de los 10 primeros.

Por eso no es de extrañar que los triunfos sigan llegando, y que ahora le disputemos de tú a tú los lideratos y trofeos de campeones a europeos, norteamericanos, rusos y australianos. Estamos en la élite porque se dio la estupenda mixtura entre talento, cultura y, ahora, gruesos patrocinios.

Actualmente los nuestros son líderes de escuadras internacionales, con toda la ciencia y tecnología a su disposición. Ya los tiempos de la panela en la espalda son cosas del pasado.

Preparémonos para la suculenta cosecha que viene. Senda marcada por los primeros escaladores, por los equipos Varta, Café de Colombia, Manzana Postobón y por la imagen más potente de lo que significa el ciclismo para la patria: ver al presidente Virgilio Barco, en el balcón del Palacio de Nariño, vistiendo la camiseta de campeón que “Luchito” acababa de ganar en la Vuelta a España de 1987.

 

* Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional radicado en Rio de Janeiro, donde hace un doctorado en antropología en la Universidad Federal Fluminense, profesor de la UNAD de Colombia y miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). 

@quitiman

 

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