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Deporte y negocio en Colombia

Escrito por David Quitián

​De elemento civilizador a orgullo de las naciones, el deporte hoy por hoy se ha convertido en un negocio como pocos en el mundo. ¿Cuál ha sido su historia en Colombia, y cómo estamos en obtener ingresos que permitan fortalecer y democratizar nuestros deportes?

David Quitián*

Un negocio mundial

Como negocio, el deporte es lo más cercano a la perfección. Lo tiene todo: clientes cautivos, popularidad, renovación de estímulos por temporadas, compatibilidad con viejas y nuevas tecnologías, favor gubernamental y accesibilidad universal.

Es tan buen negocio que él mismo es metáfora de cómo hacer negocios: por ejemplo, del deporte surgió la expresión coaching que indica acompañar, instruir y entrenar para crear u optimizar empresas.

Las cifras del deporte quitan el aliento: según reporte de Naciones Unidas del año 2010, el deporte representa el 3 por ciento de la economía global y equivale al 1,5 por ciento de la economía de la Unión Europea.

Según reporte de Naciones Unidas del año 2010, el deporte representa el 3 por ciento de la economía global.

La Consultora Deloitte ubica al fútbol como la economía número 17 del planeta con un Producto Interno Bruto (PIB) de 500 mil millones de dólares: esto es 13 veces el PIB del Ecuador, cuatro veces el chileno, y casi dos veces y media el de Colombia y Argentina. Solo 25 países del mundo producen anualmente una renta mayor que este deporte. 

Estos números muestran lo irrefutable: el deporte como negocio supo adaptarse al modelo económico hegemónico, capitalizando las bondades de su propia naturaleza – ser un espectáculo de masas en la primavera de la sociedad de espectáculo-.

Antonio “Kid” Pambelé cuando obtuvo el título como campeón mundial.
Antonio “Kid” Pambelé cuando obtuvo el título
como campeón mundial.
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango

¿Y en Colombia?

Pero ¿acontece lo mismo en Colombia? A priori podemos contestar que no: tal como pasa con la macroeconomía nacional, la política y la cultura, nuestro país ha volteado sus espaldas al exterior y ha concentrado su mirada en el interior, particularmente en el ombligo andino.

Este aislamiento nos ha blindado contra los efectos globales de la economía y ha producido imaginarios como el de “ser la economía más estable de América Latina”, cuando podría decirse que hasta los TLC fue la más encerrada. Este “ethos nacional” tuvo una consecuencia inmediata: el poco intercambio de experiencias, ciencia y tecnología con el exterior.

Así se forjó un campo deportivo que en un principio (inicios del siglo XX) obedeció al discurso civilizador e higienista proveniente de Inglaterra. Era el sport (deporte) el que atendía el pregón de mejorar la raza y combatir el atraso cultural, como todo un corpus retórico y práctico rotulado como modernidad, cuyo objetivo mayor era consolidar un Estado-Nación.

Poco a poco esa estrategia modernizante, eugenésica y de distinción de clase (en los términos de Pierre Bourdieu) fue diluyéndose con la popularización de prácticas deportivas como el fútbol, el ciclismo y el atletismo, amén de otras de arraigo idiosincrático e histórico como el tejo. También con la integración entre ciudades y regiones con eventos como los Juegos Nacionales, iniciados en Cali en 1928. 

Con la masificación y aparición de entidades que promovían el deporte – clubes deportivos como el Polo (1896) y el Country (1917), y de leyes que expresamente lo regulaban como la “Ley 80 sobre educación física y deportes” de 1925 – el deporte emprendió un tránsito entre el amateurismo y el profesionalismo.

  • El primero defendía el espíritu caballeresco, noble, de sus practicantes: los sportsman que competían “por deporte”, es decir, sin esperar siempre la victoria y sin buscar réditos económicos.
  • El profesionalismo en cambio obedecía a un mundo más urbano e industrializado, a una cosmogonía de esfuerzo-costo-beneficio, como un trabajo remunerado donde el atleta era asimilable a un obrero u operario asalariado.  

Esa tensión empezó a aliviarse con el amateurismo marrón que sirvió como bisagra para fundir   el lirismo con la lógica de mercado. Este fue el antecedente inmediato de la época de mayor esplendor del balompié criollo: El Dorado (1949- 1954).

Durante aquel lustro se produjo una copiosa migración de futbolistas extranjeros que vinieron a jugar en los equipos fundadores del rentado profesional. Fueron tantos, que los colombianos eran los suplentes y se dio el caso, pionero en el mundo y antes de la era de la globalización, de que los 11 titulares fueran de nacionalidades dieferentes. 

La paga de ellos era jugosa. Las fuentes salariales eran privadas (empresarios y comerciantes) y el aporte del Estado se expresaba en construcción de estadios y en la logística y seguridad de los eventos deportivos.

Hubo colonias de futbolistas internacionales por ciudades: en Bogotá y Medellín se concentraron  los argentinos; en Cali, los peruanos; en Barranquilla, los brasileros; en Pereira, los paraguayos; y en Cúcuta, los uruguayos.

Integrantes del equipo Polo Club en 1912.
Integrantes del equipo Polo Club en 1912.
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango

Mal balance

No obstante, El Dorado fue un hecho excepcional y la consolidación del deporte en general y del fútbol en particular como un modelo económico sostenible marchó al mismo ritmo del país: los clubes futboleros pervirtieron el modelo inglés y se convirtieron en feudos familiares que después serían seducidos por narcotraficantes y paramilitares.

Los demás deportes, exceptuando el ciclismo que encontró en la fuerza idiosincrática una potencia particular, apenas si existieron en el alto rendimiento.

El atletismo, dada la simpleza de su aparataje y por ser una práctica individual (dato importante que describe nuestra sociedad a la que le cuesta trabajar en equipo) tuvo éxitos notables en la región con nombres como los de Álvaro Mejía, Domingo Tibaduiza o Víctor Mora, que triunfaron en pruebas regionales y en la prestigiosa Maratón de San Silvestre.

Por su origen el deporte inicialmente estuvo vinculado con la educación (física) y por ello fue regentado por el Ministerio de Educación, pero a partir de 1997 su regulación pasó a la cartera ministerial de Cultura.

De igual manera, en 1991 fue consagrado como un derecho ciudadano cuya oferta estatal se entiende como “gasto social” (Artículo 52 de la Constitución). Por esa razón, es obligación del Estado fomentar su práctica y financiar planes, programas y proyectos, encabezados por el Departamento Administrativo del Deporte, la Recreación, la Actividad Física y el Aprovechamiento del Tiempo Libre (COLDEPORTES), así como por los institutos departamentales y municipales.

Esa oferta pública no alcanza a asegurar un “deporte para todos”, pero garantiza lo mínimo: educación física en la escuela y programas de recreación y deporte para el grueso de la población.

La pretensión de la política pública en la materia (Ley 181 de 1995) es propiciar un acceso democrático al sistema del deporte; y, en la práctica, su enfoque ha sido dirigido a poblaciones vulnerables.

Las fallas y la relativa ineficacia del sistema se deben a un cáncer persistente: la corrupción que afecta con sevicia el presupuesto de cultura y deporte en las entidades locales y departamentales.

En el deporte de élite la estrategia colombiana ha fusionado el patrocinio público con el privado. El torneo profesional de fútbol durante mucho tiempo fue auspiciado por una empresa de cigarrillos (Mustang) y ahora por una industria de refrescos (Postobón).

Así mismo, la Selección Colombia desde los años 1990 tiene como primer patrocinador a la principal cervecera del país (Bavaria-Águila). Una rápida revisión de los anunciantes de las camisetas de los equipos de fútbol local (en el pasado y hoy) mostrará la presencia de tabacaleras y licoreras: empresas públicas departamentales que (promoviendo el deporte con la renta de sustancias estimulantes) pecan, rezan y empatan. 

Con el ciclismo pasa lo mismo. En nuestro recuerdo están registrados los triunfos de los escarabajos en montañas europeas con dos equipos, uno privado y otro público: el Pilas Varta y el Café de Colombia.

El boxeo ha sido más marginal: el ‘Kid’ Pambelé y el “Happy” Lora más que apoyo obtuvieron premios del Estado (y concesiones de cuño clientelista como la llegada de agua y luz eléctrica al Palenque de San Basilio, pueblo de Pambelé, que llevó el presidente Misael Pastrana). 

Hacia el futuro

Podemos concluir que en el último tiempo ha habido una mayor integración con el campo del deporte planetario (que hace que nuestros deportistas se adapten mejor a las exigencias internacionales), lo que ha hecho que expertos extranjeros vengan al país y que compatriotas se estén formando y aprendan de experiencias del exterior.

Y a esto se ha sumado el propio desarrollo nacional con el surgimiento de programas de Administración Deportiva y de Deporte y Negocios en universidades del país.

Los clubes futboleros pervirtieron el modelo inglés y se convirtieron en feudos familiares que después serían seducidos por narcotraficantes y paramilitares.

Sin embargo, la gerencia de nuestro deporte todavía obedece al principio de aparición espontánea de campeones y estímulo a los trofeos y medallas: solo tienen casa los que suben al podio.

El marketing como saber experto apenas está arrancando y poco a poco se dejan atrás el empirismo como táctica y la improvisación como estrategia. Los casos de la gerencia de Atlético Nacional y de Seguros La Equidad hablan de avances en la materia. Así mismo, la destacada administración de certámenes de talla mundial (como el Mundial FIFA Sub 20 en 2011 y los World Games de Cali del 2013) muestra que el talento se está mezclando con la preparación. 

No obstante, siguen existiendo ejemplos que recuerdan la política de ensayo/error, como se ve en la reciente decisión de la Dirección Mayor del Fútbol Colombiano (DIMAYOR) de ampliar a 20 el número de equipos de primera división. Esta iniciativa busca remediar un error mediante otro error: repartir la torta de beneficios con más bocas, después de hacer todo lo posible por enmagrecer la calidad del espectáculo irrespetando los derechos laborales de los futbolistas.
 

* Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional radicado en Rio de Janeiro, donde hace un doctorado en antropología en la Universidad Federal Fluminense, profesor de la UNAD de Colombia y miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). 

@quitiman

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