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Colombia en Brasil: cuando la ilusión fue posible

Escrito por David Quitián
David Quitian

David Quitián

Por qué esta vez “sí se pudo” lucir en el Mundial a diferencia de otras ocasiones? Un análisis histórico, sociológico y deportivo del buen desempeño de la Selección Colombia en Brasil. 

David Quitián*

jugador de fútbol recibiendo el balón

Otro tipo de equipo

Lloraba James, y David Luiz acudió a consolarlo, mientras pedía al público que lo aplaudiera. Era un gesto espontáneo. Un reconocimiento. La escena es similar a la ocurrida 16 años atrás: Farid Mondragón no pudo contenerse por la eliminación y recibió el abrazo solidario de Seaman, portero del equipo inglés.

A pesar de lo semejante de las situaciones, el contexto es diametralmente opuesto: esa Selección de Francia 98 encarnaba el final de un ciclo y no despertaba el entusiasmo de sus antecesoras (en las Copas de 1990 y 1994).

La campaña del actual equipo nacional (sumando eliminatorias y desempeño en el Mundial) es inédita. Superó lo actuado en las cuatros participaciones previas y es más importante que el triunfo en la Copa América de 2001.

Pero la campaña del actual equipo nacional (sumando eliminatorias y desempeño en el Mundial) es inédita. Superó lo actuado en las cuatros participaciones previas y es más importante que el triunfo en la Copa América de 2001.

Colombia se clasificó a la Copa Brasil 2014 antes del cierre clasificatorio de la Conmebol y lo hizo encaramada en una mística que sedujo al pueblo colombiano, y Falcao fue el ícono del cariño popular prodigado a este grupo que recuperó la confianza que en su momento tuvo el proceso Maturana.

Las bondades de ese grupo marcaban un contraste con sus predecesores: nunca protagonizaron un escándalo, rendían en sus clubes de origen, en los que eran ejemplos de profesionalismo y, por ser “nativos del fútbol globalizado”, entendían del carisma del deportista y eran simpáticos con la prensa y los aficionados.

Recreando el concepto de Deporte y clase social de Pierre Bourdieu, estos futbolistas expresaron el habitus (el talante) y los valores de su procedencia socioeconómica: la clase media.

Esa razón es decisiva. La llamada (hasta antes de este Mundial) “la mejor selección de todos los tiempos” era de extracción popular. Higuita, Rincón, Valderrama, el ‘Tren’ y Asprilla no terminaron la secundaria y sus testimonios de cómo se iniciaron deportivamente se resumen en la frase “a pesar de”.

De esa legendaria generación, solo el ‘Tino’ y Adolfo Valencia triunfaron en Europa, pues  adaptarse a otra cultura se hace más difícil si no se cuenta con el capital simbólico necesario. No es determinismo cultural, es una realidad concreta: la base de jugadores de las Copas Mundo de Italia 90 y USA 94 fue Atlético Nacional, complementado con otros futbolistas que actuaban en el rentado profesional del país y marginalmente en Argentina y Brasil.

El Director Técnico, José Pékerman.
El Director Técnico, José Pékerman.
Foto: Sir Frederik Golden

No es gratuito que haya dos temporadas exitosas de una telenovela que recrea la vida de miembros de esa camada de jugadores: el sueño realizado del niño pobre es material codiciado por los melodramas latinoamericanos.

En contraste, el conjunto que logró llegar al quinto partido de esta vigésima Copa de la Fifa es “europeo”: “El tigre” (antes de lesionarse), James, Cuadrado, Jackson, Bacca, Ramos, Quintero, Aguilar, Guarín, Sánchez, Yepes, Zapata, Armero, Zúñiga, Ospina actúan en ligas del viejo continente.

Han levantado los trofeos de esas ligas y de torneos prestigiosos como la UEFA. Ya resultaron goleadores y reconocidos por la prensa especializada como “mejores contrataciones de la temporada” o “jugadores más rendidores del campeonato”.

Sin embargo, la transición no fue apenas en el origen socioeconómico de los atletas del balón (que habla tanto de la futbolización de la sociedad y de la consiguiente sofisticación en la profesionalización del oficio), tampoco es apenas el carácter internacional. También se expresa en la intregralidad de la actuación de estos deportistas.  

Además de sus notables acciones dentro del campo, los futbolistas colombianos ya son embajadores de UNICEF, modelos de televisión, protagonistas de campañas de salud, hablan en otras lenguas, muestran estabilidad en sus hogares; son “buenos muchachos”. Ejemplos a seguir.

Por supuesto, esos estilos de vida y sus narrativas son socialmente construidos y funcionales al éxito dentro del campo del fútbol como negocio y objeto de entretenimiento. Escenario difícil de imaginar con los nuestros en el pasado.

Los que abrieron el camino

Es interesante ver como esta Selección resulta sumamente atractiva en la apuesta atlética que exhibe en la cancha y los relatos que genera. La habilidad de Falcao, James, Cuadrado y Ospina no es superior a la de Asprilla, Valderrama, Rincón y Óscar Córdoba, pero las narrativas que dan cuenta de sus desempeños individuales y colectivos son diferentes.

Los de los noventa son pioneros. Abrieron el camino. Como dice el periodista Antonio Casale: “sacaron el machete”. Por tanto sus historias son fundacionales y empiezan con la frase “fue el primero que…”. Ese discurso remite al heroísmo prometeico, al complejo de Adán y cifra su encanto en la hazaña del origen.

El máximo logro es la gesta de iniciación: ellos transitaron el primer trecho y enseñaron el camino a sus descendientes. Lo obtenido por la generación de oro que va desde la alborada del Mundial Juvenil en la Unión Soviética, 1985 (dirigida por Marroquín) hasta el ocaso de Francia 98, cuando Hernán Darío Gómez le recibió la posta a Francisco Maturana, y se sintetiza en la mudanza del “faltaron cinco centavitos para el peso” al “sí se puede”.  

Esos discursos reflejaban una cualificación de nuestro fútbol expresados en el aumento de colombianos actuando en el exterior, en la implementación de tecnologías del entrenamiento en los equipos nacionales (abandonando el criollismo y la inocencia que creía en futbolistas por generación espontánea o silvestres) y en dos consecuencias de ello que a su vez son causa de la etiqueta que ya nomina al balompié de Colombia y que era exclusivo del fútbol brasilero y rioplatense: el sello de origen sudamericano.

Esas dos consecuencias-causas son los títulos alcanzados por clubes del país en lizas internacionales (Libertadores del 89 y 2004) y las destacadas actuaciones en mundiales prejuveniles y juveniles (procesos de Reinaldo Rueda y Eduardo Lara) y de la Selección de mayores (terceros en Copas América de 1987, 1993, 1995 y título del 2001).

No cabe duda de que el doble premio al ‘Pibe’ como mejor de América (años 1987 y 1993) (según el diario El País de Montevideo) reflejaba el ingreso a las élites regionales del fútbol ubicadas en el cono sur del continente, y que el Atlético Nacional rompiera el hechizo de vencer en la Libertadores, el que Asprilla triunfara en Italia e Inglaterra, el “Tren” en Alemania y Valderrama en Norteamérica abrieron las puertas.

Ellos, en la retórica periodística apropiada por las audiencias, “refundaron nuestro fútbol” y “nos invitaron a creer”. 

David Luiz de Brazil enfrentado a Gonzalo Jara de Chile el pasado 28 de junio en el estadio Minerao, Belo Horizonte.
David Luiz de Brazil enfrentado a Gonzalo Jara de
Chile el pasado 28 de junio en el estadio Minerao,
Belo Horizonte.
Foto: Joao Bourbon

La selección de Pékerman

Cierto es que los resultados condicionan ambientes y definen derroteros. En la filosofía pambeleana, contraria a la de Maturana, “ganar es mejor que perder”. Esa lógica, la del vencer, que en el imaginario internacional ha hecho célebre a los argentinos es la que define el trasegar de José Néstor Pekerman como director técnico de inferiores en Argentina (con títulos mundiales a bordo) y ahora al frente de la Selección Colombia.

No es gratuito que sea un oriundo de ese país el que esté en el banquillo del equipo nacional. Nuestro fútbol hunde sus raíces en esa patria y ya habíamos tenido un antecedente memorable de un “gaucho” dirigiendo la tricolor: el ‘Narigón’ Bilardo. Este adiestrador de apellido de superhéroe y semblante obispal logró proyectar la idea de ser el anciano de la tribu consiguiendo el favor popular y el respeto de la prensa.

Excepcionalmente, algunos periodistas de gran audiencia criticaron el proceso del argentino, pero los resultados positivos eclipsaron cualquier posibilidad de descrédito.

Pekerman jugó en Colombia y se retiró actuando para el Medellín, además tiene una hija nacida aquí, lo que contrarresta las posibles resistencias chovinistas hacia un extranjero. Él logró conformar un equipo, un conjunto armonioso que progresivamente fue consolidándose.

Sus partidos en la eliminatoria convencieron y fueron dejando atrás las consignas del “jugamos como nunca y perdimos como siempre” y “mucho toque- toque y de aquello nada” que habían vuelto al escenario público. Además, encontró un aliado inmejorable: Falcao, que fue ídolo y símbolo del equipo.

Eso y la clasificación épica en Barranquilla, ante Chile (la igualada 3 a 3 después de ir abajo) rubricaron una narrativa de equipo de calidad y se agregó a la narrativa el elemento de coraje (berraquera) que era la deuda en el reclamo histórico a los>nuestros

Excepcionalmente, algunos periodistas de gran audiencia criticaron el proceso del argentino, pero los resultados positivos eclipsaron cualquier posibilidad de descrédito.​

Con ese aire en la camiseta Colombia llegó a Brasil, con un regreso pomposo a un Mundial por la ubicación selecta en el escalafón de la FIFA que le dio el beneficio de ser cabeza de grupo. Esos ingredientes posibilitaron la ilusión nacional y convirtieron a la Selección en un sucedáneo de la patria, propiciando la exitosa falacia de ser “un solo pueblo” en tiempos de Copa.

Ser primeros en fase de grupos, derrotar a Uruguay en el Maracaná (cobrando en el imaginario popular “una venganza”), llegar al anhelado quinto partido (superando el cuarto juego de Italia 90), ganar cuatro juegos en línea con suficiencia deportiva, hacer 12 puntos de 12 posibles hasta octavos de final (solo igualados por Holanda), tener al mejor jugador de la primera fase y que este dispute dos nominaciones: goleador del torneo y figura del mismo, son cosas que, como dice un célebre comercial, el dinero no puede pagar.

Y ser vencidos por el equipo que representa el sistema dentro de la organización global del balompié no es perder. O lo es pero no en la categoría de “resignación” que etiquetó nuestras decepciones en el pasado. Salir con un 2 a 1 en contra es deportivamente decoroso.

Además, perder apretando al rival, que es el dueño de casa y con la tribuna en contra es un hito en la historia de nuestro fútbol. Es el “sí se puede” potenciado. Este grupo invita a soñar con actuaciones memorables, dada su juventud y el nivel que tienen.

 

* Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional radicado en Rio de Janeiro, donde hace un doctorado en antropología en la Universidad Federal Fluminense, profesor de la UNAD de Colombia y miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). 

twitter@quitiman

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