El Mundial, la FIFA y los espejismos de la nación - Razón Pública

El Mundial, la FIFA y los espejismos de la nación

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…y Colombia en cuartos de final. Cuando el concepto de nación parece estar en crisis ante una posmodernidad globalizada, el Mundial de Fútbol es uno de los pocos espacios donde el amor por la patria no parece un anacronismo.

Por David Quitián*

Viejo himno en nuevos odres

Es estremecedor.

Por obsoleto que parezca, por manoseado que haya sido, por más que se critique su existencia como un mecanismo de la Modernidad para “inventarse” los Estados nacionales, el cántico colectivo del himno nacional es una experiencia que conmueve si se hace en el escenario de un Mundial de fútbol.

Las Copas del Mundo de la FIFA son escenarios singulares donde la patria todavía tiene cabida.

En otros contextos su eficacia es prácticamente nula: por ejemplo, en Colombia se hizo obligatoria su repetición en la radio tres veces al día, lo que sumado a su presencia en actos públicos contribuyó a saturarnos de esa manera de exaltar la nación,  al tiempo que otras estrategias para traer y magnificar “lo nacional”, como la publicidad, tienen más éxito que la composición musical de Oreste Síndici con letra de Rafael Núñez.


Hinchas de la selección Colombia en el Mundial de
Fútbol Brasil 2014.
Foto: David Leonardo Quitián.

Naciones, clubes  y fútbol

Pero las Copas del Mundo de la FIFA son escenarios singulares donde la patria todavía tiene cabida.

Y no solo las patrias. También la geopolítica propia del modernismo, pues el orbe se divide en regiones donde lo deportivo se sintoniza con lo político (con excepción de América, tenemos una confederación por cada continente) reproduciendo asimetrías como la que entrega 13 cupos a Europa y solo cuatro al África, aunque la UEFA y la CAF, federaciones respectivas de uno y otro continente, tienen los mismos 54 países afiliados.

Los cuatro cupos y medio (con el repechaje) dados a la Conmebol (que rige en Sudamérica) es una honrosa excepción: es el único ámbito donde la periferia equipara al centro. El arraigo popular, el peso del fútbol en las identidades nacionales y la intensa competencia entre los equipos  de Argentina, Brasil y Uruguay (principalmente), que se especializaron en producir jugadores para nutrir las ligas del viejo continente, contribuyeron en la idea de que el campo mundial del fútbol era el circuito Europa-Sudamérica.

Por esa razón la Copa Intercontinental de Clubes solo la disputaban los campeones de la Libertadores y de la Champions. También por eso los primeros 16 mundiales no salieron de estas dos regiones, y de las 20 Copas FIFA solo dos se hicieron en suelo diferente (Corea/Japón en 2002 y Sudáfrica en 2010).  

Tal singularidad remite a un estado de excepción, pues se suspende el modelo de clubes que – sin contar un puñado de equipos como el Athleticde Bilbao y el Sankt Pauli– pasó de la génesis nobiliaria de la diáspora inglesa y de la representatividad local a la  competencia internacional regida por el mercado.

Ese modelo de clubes se recrea y se reinventa en las selecciones nacionales que surgieron después de ellos. En la práctica, una selección y un club son la misma cosa. Su base material es igual: equipos de futbolistas que disputan un título en nombre de una institución, llámese Real Madrid o España.

Es por tanto en el plano simbólico donde se da una diferencia que puede ser nominal y/o concreta, dependiendo del enfoque que uno adopte. ¿Qué distingue a un club de un equipo nacional? Si nos atenemos al concepto de nación de Benedict Anderson, nada.

Así como existe la nación paraguaya, también existe la de Cerro Porteño; incluso en países de menos tradición futbolística las narrativas de la prensa asociaban el club con la patria en frases como “la Liga de Quito es Ecuador en la Copa Libertadores…”.

No obstante, lo nominal refiere a una entidad anterior a los clubes y de jerarquía superior, dándose el caso de que los dos ámbitos no riñan y más bien se traslapen: los clubes de Sudamérica llamados “Nacional” (en Colombia, Ecuador, Paraguay, Uruguay) encarnaron intereses de representación y preservación de esa “comunidad imaginada” que se lama “la nación”.

En los campeonatos, los clubes se asimilan a países y entre los hinchas en este Mundial de Brasil es frecuente identificar, por sus camisetas, a seguidores de los equipos de ligas nacionales alentando a sus selecciones.

Lo metonímico está presente, entonces, tanto en el club como en las selecciones: ambos representan vicariamente un todo, solo que los equipos nacionales han logrado preservar (al menos en el nivel retórico) la falacia del amateurismo: los que visten la casaca con los colores de la bandera no cobran.

Literalmente, como acontecía con la guerra, lo hacen “por amor a la patria”. Esa fantasía económica despierta patrioterismos y chovinismos: se iconiza la nación, se empodera el símbolo y se recuperan los arcaísmos maquillados como folclor estereotipado.

Cada país desfila disfrazado por la gradas de los estadios y acude entusiasta al toque de trompetas que invitan a tararear con júbilo la canción fundacional: la oda que pomposamente describe las gestas heroicas de los padres de la patria y nos unifica en la gloria de una independencia o una batalla honrosa.


Estadio Arena Pantanal en Cuiabá, durante el partido
entre Colombia y Japón.
Foto: David Leonardo Quitián.

Fantasías en torno al fútbol

Esa potente carga simbólica hace metástasis con otra metáfora exitosa: la del fútbol como correlato del trabajo en equipo y la de las selecciones deportivas como ejércitos que enarbolan la defensa del pendón nacional y todo lo que él aglutina bajo su égida.    

Además del encanto lirico del aficionado, del que no cobra sueldo por el sacrificio, el otro elemento que contribuye a exacerbar los nacionalismos en las Copas Mundo es la mítica que ha fabricado: capitalizan el espíritu sacramental y cíclico que inauguraron los Juegos Olímpicos, con la repetición de la fórmula de “celebrarse” cada cuatro años.

Esto estimula la incertidumbre que es seductora para las grandes audiencias: no existe certeza de si la selección clasificará para el siguiente Mundial y de si un jugador podrá llegar en nivel (sin lesiones) o de si podrá repetir mundiales.

De hecho, para que un país pueda considerarse “serio” y un futbolista anhele ingresar al panteón de los inmortales deben ganar una Copa: el último que la debía era España, y las cobranzas a Messi llevaban esa letanía que recordaba “lo que sí logró Maradona”.

Finalmente, otra fantasía que solventa con suficiencia los apasionamientos nacionales cada cuatro años en los mundiales es la democracia, o cómo ella se narra.

La FIFA adoptó el statu quo del campo político y, mediante la apropiación de las retóricas de patria, actuadas con eficacia por los futbolistas en los mundiales, consiguió sustituirlo. La FIFA robó el objeto más clásico del estamento político: su majestad representativa, y lo suplantó con tal eficiencia que ya la adhesión a esa federación internacional de fútbol define la vida institucional de las naciones.

No ser de la FIFA o no clasificar a las Copas es algo parecido a la nada. Ahora es la ONU la que parece un segundo validador jurídico de la existencia de las naciones. Zúrich por encima de Nueva York.   

Esa falacia democrática se expresa en métodos como las elecciones de dignatarios nacionales, regionales y mundiales de este ente federado. Además del concurso (validado con votos) de las sedes que rotan la realización de la Copa, bajo la premisa inclusiva de darle participación a cada una de las confederaciones asentadas en los cinco continentes.

Pero la verdad es que esa igualdad abstracta, pregonada por la democracia y reificada con éxito en los mundiales, tampoco se cumple en el fútbol donde la pelota sí se mancha: la historia sigue demostrando que cada una de los comicios por la jefatura de la FIFA o de sufragios para elegir sede reproduce clientelismos aristocráticos e incluye componendas mafiosas.   

Todas estas razones ilustran sobre esa suerte de fundamentalismo episódico, escenificado en el mes que se realiza este torneo futbolero. Período que admite que el anacronismo de la patria flamee con vigencia de estación. Lapso temporario que da licencia para el exhibicionismo vernáculo, bucólico; para el regreso a lo telúrico que potencia esencialismos y entroniza con armonía narrativa el cliché y los estereotipos.

Por eso los granitos de café, las pelucas del Pibe, los sombreros ‘vueltiaos’, los ponchos y los colores amarillo, azul y rojo tiñéndolo todo sin pudor delante de las cámaras. La nación desfila por la televisión donde es sobreactuada. La patria se recrea en clave de fútbol y su parodia se inscribe en pentagrama de oda y qué mejor para ello que el himno nacional.

 

* Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional radicado en Rio de Janeiro, donde hace un doctorado en antropología en la Universidad Federal Fluminense, profesor de la UNAD de Colombia y miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). 

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Escrito por:

David Quitián

*Sociólogo y Doctor en Antropología. Investigador junior Minciencias. Profesor investigador Unillanos y Fundación Universitaria Compensar.

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