La geopolítica en 2017: populismo e incertidumbre - Razón Pública
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La geopolítica en 2017: populismo e incertidumbre

Escrito por Walter Arévalo

Voto, eje principal en el sistema democrático.

Walter ArévaloEn el año que empieza se sentirán las consecuencias de las decisiones que en 2016 los electores de varios países tomaron no pocas veces manipulados a punta de desinformación. ¿Qué se debe temer y qué no en este año de incertidumbres?

Walter Arévalo R.*

¿Ahora qué sigue?

El intento de hacer previsiones para 2017 me hace pensar una reciente conferencia del filósofo esloveno Slavoj Žižek cuando dijo que el final de la –con razón, celebrada- película V de venganza evocaba perfectamente la realidad política actual de incertidumbre.

Este filme termina con una turba iracunda de activistas que desbordan las barricadas policiales e ingresan por las malas al Parlamento del Reino Unido, mientras las instituciones de gobierno explotan al son de las bombas y el tremor de la Obertura 1812 de Tchaikovsky, justo antes de que la pantalla se ponga negra y se acabe la película. “Y después, ¿qué haremos?” se pregunta el filósofo. “Nadie se sentó a escribir el guion de V de venganza parte 2”.

El comentario de Žižek es atinado porque precisamente después de tanta movilización y tanta indignación, tantas críticas al modelo y tanta supuesta “democracia digital”, finalmente se han sacrificado las instituciones y no hay plan de futuro. En el mundo han ganado los “indignados” de diverso tipo, pero no hay claridad para el día después. Esta es la sensación con la que recibimos 2017.

Democracias sin consenso y populismos sin objeto

Manifestaciones luego del triunfo del NO en el plebiscito.
Manifestaciones luego del triunfo del NO en el plebiscito.  
Foto: Facebook Juan Manuel Santos

Decisiones políticas como el plebiscito colombiano, la salida del Reino Unido de la Unión Europea o la victoria de Donald Trump en Estados Unidos demostraron que la idea de la tecnificación de la democracia y la apertura de internet como constructor de consensos no era más que una falacia. Si las redes sociales han cambiado en algo a estas instancias de decisión política fue para hacerlas presa fácil del populismo, de la manipulación mediática y de ideas peligrosas que se transmiten por internet más fácilmente que los discursos conciliadores.

Difícilmente internet hará de un día para otro de todos los ciudadanos votantes educados y razonables (esta es una tarea de larga duración de la educación formal, cívica y política). Pero sí puede avivar explosivamente en ellos extremismos nacionalistas, hacerlos victimas fáciles del engaño y de la falsa sensación del empoderamiento del indignado, a quien se le invita a destruir las instituciones que siente que no lo representan, pero que nunca es invitado a construir el modelo que sigue.

Un artículo reciente del Foro Económico Mundial analizó cómo incluso las estructuras algorítmicas de las redes sociales, al “personalizar” nuestros perfiles y las páginas deseadas basándose en nuestras predilecciones, lejos de invitarnos a un ágora digital donde encontremos las visiones divergentes de los demás y podamos entenderlas, nos pone frente a contenidos que son afines a nuestras predilecciones y posturas ideológicas. Esto fortalece la sensación típica del “activista” que siente estar siempre en lo cierto, tener la única verdad y ser incontrovertible, lo que lo motiva a actuar anulando cualquier reparo proveniente de otra esquina política.

Un ejemplo de ello fue el Brexit, o salida del Reino Unido de la Unión Europea. Apenas unos días después los votantes ya padecían las consecuencias e incluso sentían remordimiento por su decisión, que en muchos casos fue manipulada o estuvo mal informada. También Colombia tendrá que lidiar este año con la implementación de los acuerdos con las FARC enfrentando una fragmentación política enardecida por usos inescrupulosos de las redes sociales que hacen difícil presentarle a la comunidad internacional el proceso de paz como uno nacional, más que uno gubernamental.

Muchos de los fenómenos geopolíticos que se verán en 2017 son justamente la consecuencia de esta “democracia post-factual”, un concepto que se ha usado para definir (pero también para justificar) esta ola de movimientos de indignación ciudadana frente a las estructuras de poder establecidas. El peligro radica en que estos movimientos han sido cooptados por populismos que sustentan sus campañas en ilusiones alejadas de la realidad, con narrativas políticas oportunistas que llevan con mentiras a los votantes a preferir los extremismos por encima del análisis de las consecuencias de “quemar las naves” o echar proyectos políticos por la borda.

Las elecciones claves de Europa

En este contexto se aproximan por lo menos tres elecciones de impacto regional en Europa (Holanda, Francia y Alemania), que afectarán la balanza de poder en la Unión Europea en materias tan sensibles como la migración y la intervención en Medio Oriente. Los resultados de estas elecciones, sumados al triunfo de Trump y a las aún desconocidas consecuencias en materias civiles del Brexit, pueden llevarnos a una época de menos derechos y libertades, más extremismo político y radicalización, o al temido fin del “orden mundial liberal”.

  • En marzo se esperan elecciones generales en Holanda, donde el Partij voor de Vrijheid (Partido por la Libertad), nacionalista y de derecha, ha ganado fuerza en sus posturas contra la asistencia a los migrantes.
  • En Francia, las elecciones de abril auguran una victoria del popular-nacionalista Front National, que de la mano de Marine Le Pen propone la expansión del social conservatismo y una política de tolerancia cero frente a la crisis migratoria.
  • Por último, en Alemania habrá elecciones parlamentarias en octubre, y aunque es improbable que el partido de Angela Merkel sufra una debacle, los lamentables actos terroristas recientes han favorecido las llamas del nacionalismo representado por Alternative für Deutschland, partido que se ha declarado abiertamente antieuropeo y anti-islámico.

Trump: man of the fear

Inciertos por el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Inciertos por el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump. 
Foto: Wikimedia Commons

El grueso de la prensa extranjera le ha dedicado ríos de tinta al temor que despierta un presidente como Donald Trump, capaz de entrar en guerra con cualquier potencia extranjera, desatar un conflicto económico con China o crear una nueva cortina de hierro con Rusia.

Sin embargo, el verdadero temor que debe producir Trump no es su presencia en el escenario internacional. Su agenda, por más racista y descabellada que suene, es en gran parte nacional: desmontar las restricciones ambientales a las empresas, fortalecer las barreras migratorias, reducir la regulación federal a los empresarios, refaccionar la infraestructura de transporte, cancelar el Obamacare, etc. Además, la economía norteamericana, a pesar de las escenas mediáticas de Trump, no es viable sin su relación de abastecimiento con la economía china, de modo que las sanciones financieras prometidas por Trump son más populismo que una verdadera política exterior.

Lo que debe asustar es la ausencia de Estados Unidos y de su poder decisivo en los foros multilaterales. Es más peligroso un Estados Unidos desinteresado por la ONU, lejano de la OTAN, con ninguna vocación de intervención geopolítica en zonas de conflicto, sin una postura proactiva en el Medio Oriente, por fuera de las rondas multilaterales de comercio o ausente del Trans Pacific Partnership, que ese caricaturesco Estado Unidos guerrerista que muchos imaginan.

Junto con el aislacionismo de Trump, las fracturas internas de la Unión Europea, la transición en la ONU tras la llegada del nuevo secretario general António Guterres y el estancamiento de los procesos de integración en América Latina y África, el nuevo año anuncia la posibilidad de la ausencia de una gobernanza global institucionalizada.

Rusia, la potencia

Los radicalismos políticos venideros, los efectos del Brexit y la llegada de Trump acabarán por favorecer a una Rusia que estaba pagando tangencialmente el precio de su expansionismo guerrerista en Ucrania al tener que enfrentarse a una alianza “occidental” en su contra.

En 2017, ni Europa ni América estarán en posición de oponerse a una Rusia económicamente fortalecida, que ante la falta de fuerza de las cancillerías occidentales se ha proyectado no solo en lo militar sino en lo diplomático, y que podría empezar a asumir no solo el papel de contradictor regional de Europa sino de súper-poder.

Rusia, como lo señalaba el Washington Post (un diario pocas veces condescendiente con el Kremlin), entra a 2017 con una victoria geopolítica en Siria con el cese al fuego y con una victoria moral frente a Barack Obama al haberse negado a realizar retaliación alguna frente a las medidas norteamericanas contra los diplomáticos rusos por las acusaciones de intervención en las pasadas elecciones estadounidenses. Al parecer, son los rusos los que enseñarán diplomacia de ahora en adelante.

 

* Abogado, politólogo, especialista en Derecho Constitucional, LLM (Master of Laws) in International Law (Summa Cum Laude) y research assistant en Stetson College of Law. Profesor de las Universidades del Rosario, El Bosque y Javeriana. Director de la Red Latinoamericana de Revistas de Derecho Internacional.

 

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