Nicolás Maduro: “ganaremos a las buenas o a las malas”
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Nicolás Maduro: “ganaremos a las buenas o a las malas”

Escrito por Ronal Rodríguez

Aunque Maduro intente nuevas formas de chantajear a la población, el apoyo popular se le está agotando. Acorralado por la impopularidad, podría dar el paso definitivo hacia la dictadura.

Ronal F. Rodríguez*

Urnas ganadas, legitimidad perdida

El régimen de Nicolás Maduro sabe que no puede enfrentar a María Corina Machado, o a ningún opositor real en las urnas; la derrota es inminente, incluso en un escenario de elecciones poco competitivas.

El chavismo hace años perdió el apoyo popular, y las tácticas de extorsión electoral de la era Maduro no garantizan un resultado medianamente presentable.

Ni los puntos rojos ni el carné de la patria ni los bonos contra la guerra económica: la incapacidad del madurismo para chantajear y reprimir a la población le dificultan celebrar unas elecciones con las que pueda fingir legitimidad.

De Chávez a Maduro (1998-2018)

El madurismo de hoy dista mucho del chavismo de los primeros años, que alegaba un gran apoyo y usaba los certámenes electorales como herramienta de movilización, disfrazando sus pretensiones autoritarias en su “gran apoyo electoral”.

En las elecciones presidenciales de 1998, Chávez se alzó por primera vez con una victoria del 56 %, contra el 39 % de Henrique Salas Römer; la abstención fue del 36 %.

En el referendo de 1999 para convocar una asamblea constituyente —la gran promesa de Chávez—, el oficialismo logró una victoria en la primera pregunta del 87 % y en la segunda pregunta del 81 %; sin embargo, la abstención fue del 62 % —una de las más altas en la historia de Venezuela—.

En el referendo de aprobación de la nueva Constitución en 1999, el “Sí” ganó con el 54 %, y la abstención disminuyó al 30 %.

Los primeros años cerraron con las elecciones de reafirmación presidencial del 2000, después del cambio constitucional: Chávez ganó con el 59 %, contra el 37 % de Francisco Arias Cárdenas; pero nuevamente subió la abstención: llegó al 43 %.

Aun así, y después del descalabro del gobierno interino, el pueblo venezolano parece hoy más convencido que nunca de que la salida es electoral. Independientemente de si son elecciones competitivas, transparentes, justas o con acompañamiento internacional, el pueblo venezolano está presionando para que haya elecciones.

Estas son altas votaciones en favor del comandante Chávez; pero, igualmente, una alta abstención, lo que agravó la crisis del sistema político venezolano.

Se supone que los números de Nicolás Maduro son incluso mejores que los de Chávez: supuestamente, Maduro ganó con el 67 % contra Henri Falcón, quien solo logró el 20 % de los votos en 2018; este certamen se caracterizó por una abstención del 53 %.

Maduro superó el 62 % que logró en 2006 el comandante Chávez; sin embargo, la mayor votación por el “presidente obrero” —como se hace llamar Maduro— ha sido de 7.587.579 votos, cuando casi pierde —con apenas el 50,61 %— contra Henrique Capriles en 2013. Está lejos de los 8.191.132 votos por el comandante en 2012, cuando ganó con el 55 % de los votos contra el mismo Capriles.

Foto: Facebook: María Corina Machado - A diferencia de los pasados liderazgos, María Corina Machado considera que no se puede rescatar nada del chavismo.

La farsa electoral del autoritarismo

Desde la llegada de Nicolás Maduro a la cabeza del oficialismo, el apoyo popular se ha ido difuminando. Sus once años en el poder se caracterizan por el ascenso y consolidación de un modelo dictatorial que vació de contenido los certámenes electorales.

En las elecciones locales de finales del 2013 chantajeó con el famoso “dakazo”: rematando electrodomésticos de línea blanca (neveras, estufas y aires acondicionados), compró el apoyo electoral en una campaña; pero perdió importantes bastiones como la Alcaldía Metropolitana de Caracas.

Ante esta derrota, el oficialismo creó la figura del “protector”: un funcionario designado por el presidente a quien asignaron el presupuesto y funciones del alcalde metropolitano, con lo que usurparon el poder real que había ganado electoralmente la oposición.

El chavismo perdió la Asamblea Nacional en las elecciones de 2015. En consecuencia, sumaron todas las estrategias posibles para desconocer que el poder legislativo había quedado en manos de la oposición: desde la inhabilitación y las querellas judiciales en tribunales menores contra la elección de diferentes asambleístas —para desbaratar la mayoría calificada que conquistó la oposición— hasta la creación de la Asamblea Nacional Constituyente de 2017 —que, para muchos, pasó de un modelo de “autoritarismo competitivo” a la “dictadura” en Venezuela—.

En las locales de finales de 2017, se exigió que las nuevas autoridades locales se juramentaran ante la Asamblea Nacional Constituyente. Se desconoció la elección de quienes no lo hicieron —como el gobernador electo por el estado Zulia, Juan Pablo Guanipa—. Otros perdieron su autoridad aunque se sometieran a la juramentación ante la Asamblea Nacional Constituyente de Maduro: por ejemplo, Laidy Gómez Flórez —gobernadora del Táchira— tuvo a Freddy Bernal como “protector”, que saqueó el presupuesto y las funciones de la gobernación.

En la elección presidencial de 2018, Maduro se impuso por un supuesto amplio margen; pero todo fue tan arbitrario y tan poco transparente que muchos países —entre ellos Colombia— no reconocieron la reelección de Maduro como legítima: una elección anticipada, con todo el aparato estatal al servicio del candidato del oficialismo; pocas garantías para la oposición; sin un verdadero acompañamiento internacional, más allá de los aliados del régimen, que gozaron del turismo revolucionario a cambio de rimbombantes declaraciones para tratar de disfrazar de legítimas unas elecciones que se caracterizaron por su turbiedad.

Pero Henri Falcón —el contendor de Maduro— sí representaba a un pequeño sector de la oposición que, a pesar de las adversidades, seguía apostándole a una salida electoral de la crisis política e institucional en la que el chavismo-madurismo había hundido a Venezuela. Es decir que, aunque las elecciones no eran competitivas ni transparentes y aunque no contaban con un acompañamiento internacional calificado, seguían apostando por una salida electoral.

Con los certámenes electorales de 2023, el régimen de Maduro sabe que no puede exponerse ni siquiera a un escenario parecido al de 2018. Las elecciones primarias de la oposición sorprendieron al chavismo: creía a la oposición dividida y menguada, y que nunca se decantaría por apoyar a una figura radical y de derecha como la de María Corina Machado. A pesar de que el régimen venezolano siempre ha calificado la oposición como de derecha, la verdad es que a lo largo de estos 25 años el liderazgo opositor siempre ha estado en manos de la centroizquierda.

Oposición radical y desesperación populista

María Corina Machado es una mujer de filosofía y principios conservadores, liberal en materia económica y radicalmente antichavista: para ella no hay posibilidad de negociar una salida para los esbirros del madurismo más allá de la cárcel. Y, a diferencia de los pasados liderazgos opositores, para ella no hay nada que rescatar del chavismo, ni siquiera la Constitución de 1999.

El apoyo de los 2.253.825 votos a favor de Machado —que superan los 1.923.524 votos que logró Henrique Capriles en 2012— es un mensaje muy claro para el oficialismo: hoy la población que se identifica como opositora considera que el cuarto de siglo de la Revolución Bolivariana fue un fracaso.

El 3 de diciembre, el chavismo intentó movilizar a la nación con la disputa con Guyana por el Esequibo: un tema que mueve las fibras del pueblo, a quienes les han enseñado desde el colegio que Venezuela fue víctima de los intereses territoriales de las grandes potencias que, amangualados con sus vecinos Guyana, pero también Colombia, despojaron de sus derechos a la tierra de Bolívar. Una lectura patriotera, hinchada de nacionalismo y uno de los pocos temas que logra unir a todos los venezolanos.

Ni los puntos rojos ni el carné de la patria ni los bonos contra la guerra económica: la incapacidad del madurismo para chantajear y reprimir a la población le dificultan celebrar unas elecciones con las que pueda fingir legitimidad.

Usufructuando el argumento nacionalista, el chavismo buscaba movilizar al pueblo venezolano, lo cual no sucedió. El oficialismo argumenta que participaron más de 10 millones, pero la mentira se cae por su peso. Ni usando un asunto extremadamente sensible para los venezolanos, el chavismo logró movilizar al pueblo o a sus bases, y lo saben.

Entre la dictadura y el retorno de la institucionalidad

En los últimos años, el grupo de Maduro ha tratado de quitarle valor, sentido y poder a la participación electoral: han hecho trampa, intimidado, desconocido resultados, inhabilitado candidatos, proscrito y suplantado partidos.

Aun así, y después del descalabro del gobierno interino, el pueblo venezolano parece hoy más convencido que nunca de que la salida es electoral. Independientemente de si son elecciones competitivas, transparentes, justas o con acompañamiento internacional, el pueblo venezolano está presionando para que haya elecciones.

El régimen tiene la obligación de celebrar dichas elecciones presidenciales, y le es muy difícil obviarlas. Las posibilidades para el régimen son limitadas: es difícil que los llamados “opositores alacranes” sean creíbles en un certamen electoral; en especial, a los gobiernos vecinos como Colombia y Brasil se les dificultaría justificar o avalar un estropicio de esa dimensión, aunque puedan simpatizar con el chavismo.

Tampoco se puede arriesgar a repetir la fórmula de las presidenciales de 2018, y no tiene la capacidad de extorsionar a la población como en las elecciones de Asamblea Nacional de 2020: es muy poco lo que puede ofrecer a cambio del voto. Pero un régimen acorralado, sin posibilidad para legitimarse electoralmente, puede dar el paso definitivo en dirección a la consolidación como dictadura.

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