La geopolítica en 2016: entre el cambio, el terrorismo y la decadencia - Razón Pública
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La geopolítica en 2016: entre el cambio, el terrorismo y la decadencia

Escrito por Walter Arévalo
Botes encallados en el desaparecido mar de Aral.

Botes encallados en el desaparecido mar de Aral.

Walter ArevaloUna mirada a los procesos antes que a los eventos, para mejor entender los papeles cambiantes y tensiones latentes en el ajedrez de la política mundial.  

Walter Arévalo R.*

¿Predecir o entender?

A comienzos de año suelen abundar los “informes especiales” que bajo títulos proféticos y en los diversos medios de comunicación, predicen el “futuro del mundo”, de la bolsa, de ISIS, del euro o de cualquier otra cosa.

Pero ni las relaciones internacionales ni el periodismo deben reducirse a ciencias de la predicción: predecir por predecir es olvidarnos de entender. La frase “profetas del pasado”, que tantas veces se ha usado para burlarse de historiadores, sociólogos, antropólogos y demás analistas, nos recuerda la clave del quehacer geopolítico, del informador y del estudiante: aprender del pasado es la mejor manera de entender el futuro.

Una de las mejores maneras de hacer esto es observar el sistema internacional, no a través de sus grandes resultados finales, sino en escenarios más complejos, menos lineales y con lógicas menos obvias que la causalidad. Estos son sus momentos, prolongados y paulatinos, de cambio.

No hace más de 5 años, dictando la clase de análisis político internacional, repasábamos accidentes geográficos con los estudiantes y entre ellos era inevitable memorizar el Mar Aral, alinderado al norte por Kazajistán y Uzbekistán al sur, constituyendo lo que era el cuarto lago más grande del mundo. Hoy, tan solo 1825 días después, 68.000 km² de mar no existen más: solo un gran vacío con barcos encallados: los mapas recientes de la región hablan del desierto de Aral.

Si la geopolítica fuera para predecir cosas, la tarea de quienes se dedican a ella hubiera sido sorprendernos con un artículo que predijera que todo un mar dejaría de existir el próximo año.

Pero para muchos, otros sucesos relacionados con este paulatino atardecer fueron más evidentes e importantes, los proyectos de ingeniería y agricultura soviética en Daria, las hambrunas de Asia central, la hegemonía soviética en la zona en lo extractivo pero su ausencia en esfuerzos de gobernanza, el increíble proyecto ruso de reversar los ríos Syr Darya y Amu Darya, la caída del muro, los anuncios de Glasnost y Perestroika: Todos vieron los highlights, los titulares, pero pocos los concatenaron en un proceso de cambio, que con raíces en los 80, acabaría con la unión soviética (otro gran suceso que no correspondía predecir) en los noventas y con el mar Aral, apenas este año. Los más grandes cambios suelen sernos imperceptibles.  

Desde esta reivindicación de los procesos paulatinos y de su importancia para la historia y para la geopolítica, evitando afanes inmediatistas de grandes respuestas y predicciones, quisiera presentar aquí algunos escenarios que veremos en 2016, cuando sin duda muchos procesos en curso se irán consolidando o tomarán nuevas velocidades.

El candidato a la Presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump.
El candidato a la Presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump.
Foto: Marc Nozell

La decadencia de Occidente

Este es el título de la obra fundamental de Oswald Spengler, quien en 1918 advertía sobre los pecados del eurocentrismo y sobre sus costos geopolíticos: Occidente siempre se consideró en la cima y confundió la historia del mundo con la suya propia.

La geopolítica de 2016 se parece mucho a la de Spengler: hoy también vemos la necesidad de desaprender la falsa superioridad europea sobre todos los fenómenos del sistema internacional y de comprender a fondo la naturaleza de otras civilizaciones que, aunque la amenazan, también coexisten con ella.

Este año brillará por la ausencia de liderazgo de las grandes potencias en materia de política exterior. Ya nadie aparece como el líder unipolar del mundo. De hecho, esta es una tarea indeseable para muchos.

Europa

Para los europeístas, la Unión Europea ha construido su propia mordaza, de la cual debe liberarse en 2016 sin que esto la lleve a desaparecer. El modelo de la UE se construyó, como se dijo en su momento, para “desactivar la geopolítica” (entendida como la lucha por factores geográficos, políticos y de poder entre sus miembros) dentro del espacio europeo. Paradójicamente, hoy las más grandes amenazas a su sistema son de esta naturaleza.

Un enemigo extraterritorial, irregular y cambiante como es ISIS, ha arrastrado a la UE de nuevo a las luchas geopolíticas, a decidir estrategias, batallas, invasiones, políticas exteriores conjuntas y a resolver crisis migratorias.

El pecado de la UE fue pensar que regular y sincronizar lo interno resolvería lo externo. Pero el mundo más allá del Mediterráneo no da espera y el futuro de la UE dependerá en ultimas de cómo sus líderes logren reconstruir un acuerdo de unidad para neutralizar las amenazas a sus valores compartidos sin a la vez destruirlos con afrentas a la libertad, los derechos civiles, la apertura política y la aparente paz cultural que habían conquistado.

Si bien uno de los miedos en el futuro es la radicalización de Europa y que esta, sumida en la xenofobia, destruya las garantías de sus propios derechos, otro peligro es la normalización y banalización de la crisis.

Para muchos, ISIS, más que una amenaza al modo de vida europeo, a la pax democrática o a la seguridad nacional, se ha convertido en un elemento diario más de los cálculos de la bolsa, un maniqueísmo adicional para la política interna o una excelente carta para hacer oposición política.

Perder de vista la gravedad de la amenaza histórica y humanitaria que significa ISIS implicaría la victoria del mismo, al profundizar la desnaturalización de los supuestos valores occidentales, que deben descansar en el humanismo y no en una búsqueda vacía de la comodidad dentro de las propias fronteras.

La resistencia de Europa a intervenir en el exterior terminará en millones de refugiados tocando las puertas de Viena, como ocurrió en el Asedio Otomano de 1529. El peor enemigo de Europa no es Oriente sino su propio ego.

La lección rusa y la bomba H

Justo cuando Europa y Estados Unidos parecían renunciar a la geopolítica de la fuerza y China se convertía en solo una amenaza económica dejando atrás la sombra de la bestia militar maoísta, más allá de los Urales se ha reforzado el concepto de realpolitik y la política de la fuerza ha vuelto a estar en la mesa.

La paradójica lección de Putin para Occidente es que -pese a los intentos de convertir al mundo en uno de monedas y no de banderas- el nacionalismo militarista no ha dejado de existir en el sistema internacional. Las decisiones rusas en escenarios como Ucrania, Siria y Turquía, aunque sean discutibles desde el punto de vista moral, son un balde de agua fría para el letargo de Europa en materia militar, de defensa y, sobre todo, de multilateralismo al abordar el Medio Oriente.

Quien parece haber tomado buena nota de este mensaje peligro es Kim Jong-un, pues sin obstar un ejército obsoleto (incluso por los estándares de la Guerra Fría) tiene el poder de inducir grandes cambios en el sudeste asiático al cambiar la conducta de sus vecinos con una bomba de hidrógeno en la mano.

Por su parte, ISIS ha sufrido un profundo repliegue desde los ataques en Paris, gracias a la ofensiva directa contra su poder militar. 2016 será el año de poner en evidencia que para vencerlo no basta la victoria militar sino la lucha urgente contra sus causas sociales y su poder sobre la población civil en la región. En este asunto se necesita más de la cooperación y la reconstrucción que de nuevos bombardeos.

Norteamérica

Hace poco la revista Time señalaba cómo el presidente Obama, en recientes cumbres como la de Asia Pacifico, pasaba más tiempo con empresarios que con líderes mundiales. El artículo decía, a grandes rasgos, que “en el G-7 y el G-20 no hay con quién hablar, y poco o nada se logra”.

El desgaste de su modelo de “policía del mundo” es evidente y los problemas internos en Estados Unidos son tantos y diversos que consumirán casi toda la atención del próximo gobernante. Si bien la campaña presidencial parece estar centrada en la política exterior, este es un mero efecto reflejo de los discursos internos.

Donald Trump habla mal del mundo entero – desde ISIS y China hasta del gobierno de Angela Merkel- para conquistar a sus propios electores y para dar señales de ese republicanismo que solo funciona fronteras adentro, cuando debería estar hablando bien de sus propios ciudadanos para atraer la atención del mundo.

Es difícil que Estados Unidos salga a salvar el mundo de ISIS o de la crisis financiera cuando debe resolver su propia crisis migratoria, la decadente situación de los derechos civiles y de los abusos policiales, el racismo subyacente de sus instituciones, la fragmentación demográfica del país, y el terrorismo doméstico del extremismo blanco y de distintos bloques separatistas.

Homenaje a las víctimas de los ataques terroristas del 13 de noviembre de 2015 en París.
El Ministro de Hacienda Mauricio cárdenas y el Gerente General del Banco de la
República José Darío Uribe.
Foto: Ministerio de Hacienda 

¿Ningunasur?

En América del Sur son evidentes los cambios de modelo político que empiezan a concretarse. De Mauricio Macri en Argentina a la Asamblea Nacional Venezolana se ve el cansancio acumulado por los modelos kirchnerista y chavista, que fueron pretenciosos, irresponsables, manipulativamente “sociales” y despilfarradores.

Hay que esperar para ver la profundidad de estos cambios y si estas “nuevas derechas” pueden sobrevivir a su propio éxito, pues después de vencer al enemigo en las urnas todavía les queda lo más difícil: gobernar bien.

Estos cambios implican también el reto de reestructurar la integración latinoamericana. Espacios como UNASUR o el ALBA parecen contenedores vacíos que solo respondían a un fallido populismo continental. Suramérica verá este año si su futuro está en reforzar la OEA, apostarle a los nuevos foros subregionales, o entregarse a grupos globales donde cada uno protege lo suyo, como el Trans-Pacific Partnership, la Pacific Alliance o la OCDE.

Los conflictos colombianos

Por último, y a pesar de lo incomprendida que es la justicia internacional en Colombia, hay que repetir una frase impopular: todavía tenemos el lujo de que nuestras diferencias geopolíticas se resuelvan en cortes internacionales y no con bombardeos.

Espacios como UNASUR o el ALBA parecen contenedores vacíos que solo respondían a un fallido populismo continental.

Colombia este año espera dos decisiones importantes sobre competencia en el doble litigio con Nicaragua. El argumento que Nicaragua ha esgrimido en audiencias preliminares sobre la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia es sólido, y nuestra lloriqueada salida del Pacto de Bogotá podría no salvarnos de que la CIJ estudie el caso.

Nuestra renuencia a cumplir un fallo que (aunque todos creen fue en contra nuestra) nos dio el 65 por ciento del mar Caribe, nos garantizó la propiedad del archipiélago y nos definió la frontera con Nicaragua, podría ser nuestra propia condena en la demanda de incumplimiento, que en el peor de los casos nos traería responsabilidad internacional y sanciones.

Sin embargo, la defensa colombiana frente a la demanda de más espacios marítimos más allá de las 200 millas es fuerte y nos ampara la cosa juzgada, una de las pocas cosas en política internacional que se opone al cambio.

 

* Abogado, politólogo, especialista en Derecho Constitucional, LLM (Master of Laws) in international law (Summa Cum Laude) y Research Assistant en Stetson College of Law. Profesor-investigador de la U. del Rosario. Profesor de Derecho Constitucional, U. El Bosque. Catedrático de Derecho Internacional. U Javeriana. @walterarevalo

 

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