La reelección de Evo Morales y la democracia en América - Razón Pública
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La reelección de Evo Morales y la democracia en América

Escrito por Walter Arévalo

Evo entre una multitud

Walter Arévalo ​¿Es mala –o buena- la reelección? ¿O esto depende del número de períodos? ¿O de si el reelegido es de derecha o de izquierda? Una respuesta sugestiva desde las teorías clásicas de la democracia –que además tiene implicaciones para Colombia-.

Walter Arévalo R.*

El caso boliviano

La reciente reelección de Evo Morales como presidente de Bolivia reaviva los debates sobre la calidad de las democracias latinoamericanas, pues todo proceso de reelección suele llevar a un debate sobre los valores republicanos, la efectividad de los gobernantes, la necesidad de  plazos más largos para las grandes reformas sociales y la eficacia, o incluso la sobrevivencia, del sistema de pesos y contrapesos.

El caso boliviano resulta interesante al menos por dos razones:

· La negativa de Morales a establecer la reelección indefinida, como los hicieron sus más cercanos aliados en la región – Venezuela y Nicaragua-, y

· Que a diferencia de los anteriormente países, y para mortificación de los críticos de las reelecciones, su país va cada vez mejor, tanto en materia económica como en la inclusión social de su entorno plurinacional.

Palacio de Congresos, donde funciona la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia.
Palacio de Congresos, donde funciona la Asamblea
Legislativa Plurinacional de Bolivia.
Foto: Wikimedia Commons

Despotismo suave

En 1840, en pleno florecimiento de las revoluciones liberales y como producto de la visita de Alexis de Tocqueville a Estados Unidos, su Democracy in America (considerado el libro fundacional y fundamental del republicanismo en el Nuevo Mundo) advertía que el presidencialismo, es decir, la inflación del poder del primer mandatario dentro de una democracia, sería el rasgo más distintivo de las Repúblicas americanas al norte y al sur del Rio Grande.

También decía que su legitimidad como Repúblicas dependería de la efectividad de los pesos y contrapesos y, sobre todo, de la existencia de los dos elementos esenciales que distinguían a los presidentes de los viejos monarcas: la alternancia en el poder y la limitación temporal del período presidencial.

A la inexistencia, desviación o evasión de este principio-mandato, tal vez el más importante del pensamiento decimonónico sobre los regímenes presidenciales, Alexis de Tocqueville le llamó despotismo suave (soft despotism), y no precisamente por ser menos duro o peligroso que el que él consideraba clásico despotismo monárquico.

La razón de este nombre es la manera velada y solapada de un hipotético presidente perpetuado para hacerse a todos los poderes y minar las libertades y el equilibrio con las otras ramas del poder público. Al respecto decía Tocqueville:

“Después de haber tomado alternativamente entre sus poderosas manos a cada individuo y de haberlo formado a su antojo, el soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera y cubre su superficie de un enjambre de leyes complicadas, minuciosas y uniformes, a través de las cuales los espíritus más especiales y las almas más vigorosas no pueden abrirse paso y adelantarse a la muchedumbre.

El despotismo suave no destruye las voluntades, pero las ablanda, las dirige y las somete; raras ves obliga a obrar, pero se opone incesantemente a que se obre; no destruye, pero impide crear; no tiraniza, pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce a cada nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobernante”.

Un viejo debate

Sobre este tema es oportuno recordar las enseñanzas que nos ofrecen los pensadores del republicanismo,  y en especial las de los ensayos que Alexander Hamilton, James Madison, John Jay y otros defensores de la Constitución de Filadelfia reunieron bajo el título The Federalist Papers (conocidos también como El Federalista).

Para mortificación de los críticos de las reelecciones, su país va cada vez mejor, tanto en materia económica como en la inclusión social de su entorno plurinacional.

La conclusión de aquel debate fue admitir la reelección inmediata, la inutilidad de una segunda reelección, y el peligro de la reelección indefinida. Al admitir un tercer período o-peor, al admitir la reelección indefinida, las virtudes de la continuidad en el gobierno se convierten en sus vicios.

Pero entre las ventajas de la reelección inmediata se cuentan:

– La oportunidad del pueblo soberano para premiar la gestión del mandatario y darle continuidad con un segundo y final período,

– La existencia de plazos razonables para ejecutar grandes políticas,

– El aprovechamiento de la experiencia acumulada por el presidente,

– El fortalecimiento de las agencias a su cargo,

– La estabilidad en los cargos de la Rama Ejecutiva.

Entre los vicios de la reelección indefinida, que a su vez son dificultades que se manifiestan cuando se intenta modificar el sistema para admitir la reelección inmediata, se registran los problemas que muchos de los países latinoamericanos han vivido recientemente:

– Grave afectación del sistema de partidos,

– Concentración del poder en un solo individuo,

– Personalización de las instituciones y las políticas públicas,

– Ausencia de controles

– Complicaciones o ilegalidades en el nombramiento de otras autoridades,

– Corrupción y reducción de las libertades individuales y del dialogo de los ciudadanos con el gobierno.

Alexis de Tocqueville.
Alexis de Tocqueville.
Foto: Wikimedia Commons

La democracia en América Latina

Latinoamérica, que en su esencia albergaba la romántica idea del caudillo, algunas veces emancipador, otras veces opresor de las disidencias, durante las últimas décadas ha presenciado un nuevo cambio de tercio entre las dictaduras y las experiencias democráticas enriquecedoras e iluminadas por el multipartidismo. Sin perder de vista todas las relatividades que surgen de la discusión sobre si el reelecto es de izquierda o de derecha, si se reelige por la eterna y clásica promesa “de todo lo bueno que viene en el futuro”, “del mejor mañana”, si se reelige por buscar la paz o por consolidar un nuevo modelo económico, si se reelige como gran caudillo de los pueblos ancestrales, tradicionalmente desestimados o como adalid de la unidad nacional, el continente no puede ser ajeno al debate sobre la reelección.

Actualmente, las vertientes más radicales de procesos tanto de derecha como de izquierda han sembrado en América el ideario del reeleccionismo, desde el más personalizado e indefinido (como el venezolano o el nicaragüense), hasta manifestaciones más laxas, en otras orillas ideológicas pero con los mismos medios, como las intentonas reeleccionistas de Bachelet, Rousseff y Santos.

Ante esta situación surgen varios interrogantes: ¿es posible decir que dos períodos están bien y tres mal? ¿La reelección de izquierda es ineficaz y autoritaria y la de derecha no?

En el caso boliviano, paradójicamente y sin perder de vista las citadas críticas al reeleccionismo, cabe decir que la reelección de Evo Morales y la reciente reforma constitucional podrían verse como un paso adelante en representatividad democrática, pues el nuevo sistema es un cambio respecto del antiguo modelo boliviano, donde en ausencia de las mayorías necesarias, la “segunda vuelta” era decidida no por el pueblo, sino por el Congreso Nacional.

Esto evidentemente favorecía a los estamentos tradicionales y maniataba al electorado, y mucho más tratándose de los pueblos indígenas u originarios. Por eso, la reelección puede favorecer el proceso de inclusión política en ese país, siempre que se mantenga el modelo de reelección inmediata con pesos y contrapesos y se impida que esta se vuelva indefinida como en otros contextos de la misma orientación ideológica en el continente.

 

* Abogado, politólogo, especialista en Derecho Constitucional, LLM (Master of Laws) en International Law (Summa Cum Laude) y research assistant en Stetson College of Law, profesor-investigador de la Universidades del Rosario, El Bosque y Javeriana.

@walterarevalo

 

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