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¿Bye bye Washington?

Escrito por Juan Tokatlian

Juan TokatlianEn un mundo marcado por la declinación relativa de Occidente y un nuevo florecimiento de Oriente, una combinación de recursos, circunstancias y voluntad parece alentar a América del Sur en un sendero de eventual disminución de su proverbial dependencia de Estados Unidos. Estamos en un momento novedoso y creativo en la región, dice el profesor de la Universidad de San Andrés (Buenos Aires, Argentina), Juan Gabriel Tokatlián, quien sostiene que hoy, paradójicamente, Estados Unidos necesita más de la región que esta de Washington.

Juan Tokatlian

Probablemente asistimos a una coyuntura infrecuente en las relaciones interamericanas: pocas veces se han presentado tantas condiciones concurrentes para reducir la subordinación respecto a Estados Unidos y ampliar la autonomía de Sudamérica en los asuntos mundiales. Una serie de tendencias estructurales y fenómenos contingentes parecen facilitar un proceso que puede culminar en un sereno alejamiento de Washington, en el avance de vínculos hemisféricos más equilibrados y en un mayor poder negociador de la región en la política internacional. La oportunidad está presente; su buen o mal uso depende, en mayor grado, de los países de América del Sur. Más que preocuparnos por no estar en el radar de atención de Estados Unidos sería provechoso entender qué opciones nos brinda esa situación así como las transformaciones que vienen operándose en el mundo y la región.

En el marco global más amplio, el epicentro del sistema se mueve cada vez menos gradualmente hacia el Pacífico con un creciente peso de los países de Asia. La demografía, la economía y la geopolítica se van concentrando, simultáneamente, en esa porción del mundo. El ascenso pacífico de China, una India convertida en potencia emergente, el resurgimiento de una Rusia asertiva, la gravitación de naciones como Japón e Indonesia, y la importante dinámica económica de los países del sudeste asiático se produce en medio de una notable desorientación estratégica de la Unión Europea y en el marco de los fracasos de la política de primacía de Estados Unidos. Lo anterior ha contribuido a una declinación relativa de Occidente y a un nuevo florecimiento de Oriente. Si el multipolarismo desplaza al unipolarismo en términos de la distribución de poder en el mundo ello obedecerá, en buena medida, al tipo y alcance del ejercicio del poder en el continente asiático. Si existe un área de enorme potencial comercial, financiero, tecnológico y hasta militar para Suramérica, ante el desacople gradual de Europa y el ambiguo desdén de Estados Unidos, es Asia.

Paralelamente, una combinación de recursos, circunstancias y voluntad parece alentar a América del Sur en un sendero de eventual disminución de su proverbial dependencia de Estados Unidos. Por un lado, la región ingresa al siglo XXI como una superpotencia ambiental –dada su espléndida biodiversidad–, una potencia en materia de alimentos –por la variedad, cantidad y calidad de sus bienes primarios– y un poder influyente en el campo energético –al caudal de hidrocarburos que se ubican en los países andinos se suma ahora la riqueza petrolera de Brasil, la gran capacidad del Cono Sur en cuanto a bio-combustibles y el reciente acuerdo nuclear entre Brasilia y Buenos Aires–. La posibilidad que brinda el apetito internacional de los productos de la región, los altos precios de las mercancías que se disponen en el área, la relativa (en comparación con otras regiones) condición de estabilidad para su producción y abastecimiento, convierten a América del Sur en un protagonista potencialmente relevante de la economía política actual.

Por otro lado, la desatención de Estados Unidos a la región después del 11 de septiembre de 2001, su pérdida de credibilidad desde la invasión de Irak y su mal manejo económico en los últimos años le han brindado a la región un margen de acción inusitado. Los cambios en el área responden a un proceso de democratización que, en cierta forma, es el resultado de los estímulos a la democracia que supo ofrecer Estados Unidos hace algunos lustros. El denominado "giro a la izquierda" en Sudamérica es la consecuencia natural de un movimiento democratizador que en su momento contó con el apoyo decisivo de Estados Unidos. La revalorización del Estado a lo ancho y largo de Sudamérica es el producto de los costos generados por un mercado des-regulado que había tenido su símbolo en el llamado Consenso de Washington: su agotamiento es visible en toda la región por igual. El ensayo de medidas socio-económicas heterodoxas no ha podido ser cuestionado por una Casa Blanca incapaz de ordenar económicamente su propio país.

La obsesión de Washington con Medio Oriente y Asia Central y su desprestigio internacional y hemisférico han tenido una manifestación especial en América del Sur: hay una inusual proliferación de iniciativas concebidas sin la participación de Estados Unidos. No se trata de propuestas alternativas limitadas y contradictorias como la
idea del ALBA propiciada por Caracas para hacer frente al fracasado ALCA que no se concretó, como se había estipulado, en 2005. Se trata de ideas más abarcadoras y cruciales que no rompen con lo existente pero aspiran a una nueva arquitectura institucional en el área. Por ejemplo, el establecimiento de una instancia de interlocución política amplia más allá de la OEA y con la sola presencia de Latinoamérica y el Caribe; la creación del Banco del Sur y el robustecimiento de la
CAF ante la sensación de parálisis o manipulación de entidades como el BID, el FMI y el Banco Mundial; y la propuesta brasileña de fundar un Consejo Sudamericano de Defensa ante la esterilidad de la Junta Interamericana de Defensa que opera en Washington. El solo hecho de que estas iniciativas se hayan planteado y algunas de ellas estén avanzando indican que estamos ante un momento novedoso y creativo en la región—algo que Estados Unidos no sólo no puede impedir sino que quizás, en el largo plazo, resulte funcional a su principal interés de estabilidad en el área.

Todo lo anterior se produce en un contexto en el que sobresalen múltiples mandatarios con vocación transformadora y países con visión estratégica. Casi todos los hombres y mujeres al comando de los ejecutivos en América del Sur poseen un perfil orientado por el cambio, independiente de la mirada ideológica particular de cada uno. Coexisten en paz en el área un poder emergente de proyección global –Brasil–; poderes regionales con nuevas ambiciones de despliegue –Argentina y Venezuela–; poderes medios con palancas de influencia –Colombia y Perú–; poderes pequeños muy gravitantes –Chile–; y "estados tapones" que desean incrementar su voz en la región –Bolivia, Paraguay, Ecuador y Uruguay–. Algunos presidentes, como Lula, muestran el talante de liderazgo de su nación; otros, como Chávez, introducen permanentemente
nuevas iniciativas, algunas disruptivas, otras interesantes. La mayoría muestra un particular interés por los asuntos internacionales y, con modelos diferentes, buscan diversificar y mejorar sus relaciones exteriores. Esta conjunción de voluntades podría allanar el camino para aprovechar las oportunidades que ofrecen el escenario global y el continental.

Por último, Estados Unidos paradójicamente necesita hoy más de Latinoamérica que ésta de Washington: la importancia del electorado "hispano" crece; los temas como el narcotráfico, la migración y el medio ambiente que nos entrelazan en el continente no se pueden resolver seriamente con políticas punitivas y agresivas; la energía procedente del área sigue siendo la más segura; desde la región no hay amenazas provenientes del terrorismo transnacional de alcance global ni de actores con armas de destrucción masiva; etc. Aunque parezca exagerado en el futuro será Washington el que deba ajustar mejor sus políticas hacia la región: no hacerlo incrementará la propensión en la región a desoír sus prescripciones y deslegitimar sus acciones.

Hoy Sudamérica no necesita tanto de Estados Unidos como en otros momentos de su historia. No se trata de desconocer el peso global, bilateral y unilateral de Washington; se trata de entender que se presenta una coyuntura propicia para que nuestros lazos sean menos asimétricos y nuestro horizonte vital sea el mundo y no
solamente Estados Unidos. Pero para que ello ocurra se deben dar dos condiciones indispensables: la capacidad del área de asumir y resolver los graves problemas regionales existentes (en particular, los distintos asuntos que sacuden al arco andino) y la preservación democrática de la casa en orden (en especial, a favor del pluralismo y la institucionalización).

Colombia es parte esencial de Sudamérica. Pero en esta hora crucial ¿cómo se auto-define el país? ¿Cuál es el aporte de una perspectiva alternativa a la vigente en materia de política exterior? ¿Cómo se genera un consenso renovado en política internacional? Allí hay uno de los mayores retos de Colombia en el comienzo del siglo XXI.

 

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