De sobremesa: Los gritos de Andrés Arias
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De sobremesa: Los gritos de Andrés Arias

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Con diez cuentos, Arias nos presenta un elenco de diez voces marginales y olvidadas que se interconectan para hacer una novela abierta con viñetas que gravitan en torno a la figura del dictador. Arias propone una reflexión acerca de cómo los grandes hechos de la historia son producidos por eventos íntimos e inclusive patéticos de personajes sometidos a presiones y pasiones muy particulares.

He leído Los gritos, de Andrés Arias, de un tirón y con inmenso gusto. De un tema tan duro, sin sacrificar el rigor, Arias ha hecho una lectura amena que es al tiempo un juicio a la historia y un homenaje a la literatura. Su musa es la dictadura de Rojas Pinilla. Su género, el cuento. Su metodología —vaya palabra tan fea—, mezclar historia con ficción. Sus preguntas producto de las tres decisiones anteriores: ¿De qué manera la ficción hace la historia y nos puede ayudar a recordarla? Las dictaduras tienden a narrarse a sí mismas desde la épica. Lo hacen para justificarse y defenderse. Arias, de manera republicana, lo hace desde el cuento. De las dictaduras solo quedan, como escombros, destrozos de su paso por el mundo, anécdotas, cuentos, voces desperdigadas como joyas arrojadas que chispean destellos de memoria entre el lodazal del olvido.

A través del cuento, Arias ha pulido voces —marginales, olvidadas, en su momento centrales— para contar este período no desde la épica, sino desde la historia familiar, sentimental, íntima. No son, de manera condescendiente, voces “populares” para hacer una historia “desde abajo”. Si hubiera que inventar una definición operativa para Los gritos, sería “historia lateral”. ¿Una historia lateral? Sí, de la mano de Arias, entramos a la dictadura no solo por la puerta principal del archivo, sino por la ventana del humor, del sexo, del escándalo, de la censura, del chisme, de la violencia. Solo por todos estos lados se puede ver al poder en todas sus facetas.  

Son diez cuentos. Con ellos Arias nos presenta un elenco de diez voces marginales y olvidadas. Todas se interconectan haciendo del libro una novela abierta hecha por viñetas que gravitan en torno a la figura del dictador. Diría, más bien, la desfigura de Rojas. Lo digo porque el dictador emerge de ella como un collage de impresiones de cada una de esas voces. Es un general admirado, un sátiro, un gigante, un canalla, un inocentón, un padre castigador, un esposo consentido, un asesino. Y, claro, un autócrata. La voz del jefe supremo solo aparece al final, en el último cuento, que es una entrevista transcrita. La del general es una voz hosca y malhablada que insulta a los políticos tradicionales. Nos habla desde la semiprisión a la que fue sometido en el edificio de Sendas, en Bogotá, mientras se le hacía un juicio en el Congreso. De manera clave, en una serie de cuentos que ocurren sobre todo en espacios cerrados, esa voz es circular: es acusada y es acusadora. Esa circularidad no atrapa al personaje Rojas en el lugar común —la dictablanda— sino que lo conecta con toda la clase política colombiana. Por el libro desfilan silencios –como sombras poderosas, pero de reparto— con nombres como Lleras, Laureano Gómez, Urdaneta Arbeláez. 

Foto: Wikimedia Commons

Las voces que le dan forma a Rojas vienen de todos los lugares: de Palacio, de una pequeña casa en Melgar, de la Biblioteca Nacional. Está la voz de Emma Tarazana, amante del yernísimo, la voz del sastre que fue el mayordomo de Rojas, la voz de la Capitana, la voz de Gunter Hinz (un asesor nazi del general), Sol Piedad de Olarte (la esposa de un general), un “expresidente” (de los cinco que compusieron la Junta después de la renuncia de Rojas), entre otras voces menores de un momento grande, por lo trascendental, de la historia de Colombia. Son “pobres diablos” que hicieron (vivieron y en algunos casos sufrieron) propio infierno de la dictadura que crearon. Por el camino estas voces iluminan a otras y estas a otras voces olvidadas —recuerdo con fascinación al humorista Campitos— en una concatenación de reflejos (y reflexiones) sobre el poder del humor, del sexo y la ficción para hacer y deshacer un régimen. 

Pero hay otras voces, otros personajes, más próximos a nosotros. Son personajes que no vivieron la dictadura, pero la investigaron, la están investigando o tienen recuerdos familiares atados a ellas: el propio Andrés Arias, Gabriela Arciniegas o Alberto Donadío. La historia de la dictadura de Rojas pasa de generación en generación. Hoy vive licuada en los jugos alcalinos del TikTok y de Twitter —que en cuestión de tres minutos abaratan la historia—, pero también en este libro de Arias. En contra de Tik Tok, Arias se representa como un investigador-narrador-escritor que reconstruye este período a gran costo personal y emocional para él y para su familia. 

Arias, me parece, no pretende hacer historiografía con Los gritos. Para eso están Donadío, Galvis y Serpa Erazo, a quienes el autor cita o transforma en personajes. Por el contrario, propone una reflexión más grande acerca de cómo los “grandes hechos de la historia” —la materia de la historiografía— son producidos por eventos íntimos e inclusive patéticos de personajes de carne y hueso sometidos a presiones y pasiones muy particulares. Por Los gritos desfilan los momentos más conocidos de la dictadura —la masacre de los estudiantes, el abucheo de la capitana en la Plaza de Toros, el exilio y el juicio a Rojas—, pero todos (con excepción tal vez de “La Plaza”, un cuento memorable) pasan fuera de foco. El lente de Arias está en otra parte, a ras de suelo, en la intimidad de una familia o de una relación sentimental. Está en un joven gay a quien fuerzan a presenciar la respuesta de Rojas al abucheo de su hija, la venganza improvisada de un padre vengativo en medio de la protesta de los estudiantes, la épica menor de un sastre que busca que Rojas le cumpla su promesa de darle una casa, etc. En esas intersecciones entre la Historia y la historia se muestra la normalidad en medio de lo que nos han enseñado que debe ser extraordinario: una dictadura. Aquí esa supuesta anomalía se nos revela, gracias a la literatura de Arias, como un efecto ordinario de las pasiones cotidianas de los humanos. 

Rojas Pinilla no fue un evento extraordinario. No fue un monstruo. Fue un sistema y una oportunidad para políticos y ciudadanos de a pie. En ese sistema se fusionaron, buscando intereses individuales, desesperadas pasiones humanas. Y, por eso, Rojas se puede repetir. 

Como un antídoto contra la idealización de este período, pero sobre todo como una celebración de lo que la ficción puede hacer con y a favor de la historia, recomiendo esta joya de la literatura colombiana actual.

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Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
felipemartinez@razonpublica.org.co | + posts

*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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