De sobremesa: La zona de la máquina - Razón Pública

De sobremesa: La zona de la máquina

Compartir:

La zona de la máquina es un ensayo corto que trenza de manera hábil, rigurosa y hospitalaria tres temas que parecían distantes: la historia de la tecnología, el ajedrez y la espiritualidad.

Entre gozosos y ansiosos, vivimos inmersos en el alud de plataformas y redes sociales. Como investigador he descargado cientos de PDF de obras de Google Books o de HathiTrust. La mayoría permanece guardada en carpetas que pronto olvido. Como ciudadano de a pie, trato de pasear por ese jardín —rápidamente trocado en selva inhóspita— de periódicos políticos, substacks, portales y blogs. La oferta aluvional pronto apaga mi capacidad de asombro. Consumo también videos en Instagram y quedo, tras hundirme en el scroll infinito, con una sensación de fascinación y ahogo que me licúa los minutos en segundos. El algoritmo solo me suelta del cuello tras haberme atracado del oro del tiempo para luego revenderme mi imagen —y una ficción de mis deseos o miedos— a través de productos de Amazon.  

Estoy seguro de que estas sensaciones contrapuestas no les son ajenas a quienes leen estas páginas. Es más, a este artículo pudieron haber llegado por la ratonera de un scroll. Para ponerle distancia, pausa, historia y sosiego llega La zona de la máquina: sobre la atención y la distracción en tiempos de redes sociales (Ariel, 2026), el primer libro del analista político e intelectual público Carlos Cortés Castillo. Es un libro que muchos esperábamos. La zona es un ensayo corto que trenza de manera hábil, rigurosa y hospitalaria tres temas que parecían distantes: la historia de la tecnología, el ajedrez y la espiritualidad. Producto de esas conexiones aparecen hallazgos brillantes que le sirven al lector, por una parte, para revaluar su relación con las redes sociales y, por otra, para bajarles, por vía del pensamiento crítico, la ansiedad a los debates que nimban con el tinte del apocalipsis el presente y el futuro del consumo y la producción de información. Me detengo en algunas de estas conexiones.

Ajedrez y máquinas

La zona nos invita a considerar en el ajedrez —juego milenario, repositorio de metáforas, espejo de la política— como un lugar en el que jugamos para ganar la atención. Y perdemos cuando se nos esfuma la atención (evento que coincide, dice Cortés, con el momento en que decimos “estoy poniendo atención”). Pero el ajedrez, para Cortés, un ajedrecista pertinaz y autocrítico, también es el “cuarto de máquinas” a través del cual Occidente pensó la máquina, desde la imprenta hasta el computador. Desde El Turco, un robot sospechoso que jugaba partidas contra humanos, antecedente de Deep Blue y de la IA, pasando por el tragamonedas de los casinos hasta el computador, el ajedrez es un tablero para que el ensayista de La zona nos muestre cómo nosotros, los humanos, alimentamos a nuestro contrincante, la máquina, de información monetizable, al venderle, sin saberlo, nuestros pensamientos, miedos, alegrías, gustos y opiniones. Ese largo etcétera de información es el que la máquina –y su rostro cambiante, monstruoso, oligopólico, de compañías como Meta o Amazon– les vende a diferentes plataformas. Allí hay un gran hallazgo del libro: sabíamos que todo está a la venta, pero no sabíamos que el tiempo —y su nuez dorada, la atención— es lo que se mina de manera más extractiva. Cuando estamos en la “zona de la máquina” —atenazados por el algoritmo, abismados en el scroll, “zombificados” por chorro de microvideos— es que nos están extrayendo la mayor cantidad de información para revenderla. No hay nada gratis. Nosotros somos el producto. 

Tecnología e historia

Con una mirada histórica, La zona nos da un sopapo para librarnos de nuestro narcisismo. Esto que estamos viviendo —nuestra atención como el nuevo pozo de petróleo— no es nuevo. Desde antes inclusive del libro, pasando por el telégrafo, el teléfono, la radio, la computadora hasta el celular, ya se libraba una lucha por nuestra atención. A cada una de esas tecnologías le correspondió su propio romance, uno que osciló entre la utopía que dibujaba un horizonte llano de intercomunicación hasta llegar a una distopía en que el sistema termina apropiado por unos pocos que se lucraban, atrincherándose en el espejismo de la gratuidad, para hacer de nuestro cerebro el verdadero commodity. Para todas estas tecnologías hubo, nos dice Cortés, un momento en que fueron pensadas como parques públicos, y otro momento, posterior, en que fueron reconvertidas en centros comerciales.

Lo importante de La zona, sin embargo, es que el ensayista no se monta sobre un púlpito para declarar el fin de la inteligencia humana y su derrota frente a las máquinas, ni tampoco para vendernos el agua bendita de las redes sociales como las salvadoras de la sociedad civil en contra de la tiranía. Por el contrario, apunta a que este es un juego largo —lo llama “juego medio” siguiendo una terminología del ajedrez, como en las otras partes del libro— cuya verdadera tesitura es política. La historia de la tecnología que nos ha traído hasta este momento es una historia profundamente política y, por ello, sujeta a cambios y redireccionamientos productos de luchas entre humanos. Al final del ensayo, en un acápite convenientemente titulado “Jaque… ¿mate?”, propone ideas para repensar el futuro de las redes sociales y las plataformas y así pensar un manera más justa y libre de ofrecer nuestra atención y alimentar nuestras relaciones humanas. Somos, nos dice, lo que pensamos. Y debemos recuperar la atención para poder ser críticos con nosotros mismos. Pensar, como en ajedrez, es pensar contra uno mismo.

Atención y espiritualidad

En La zona, Cortés le saca punta a una bibliografía actual sobre el nacimiento, el auge y el desengaño con las redes sociales. A esas voces globales, Cortés añade la suya para aclimatar estos debates e historias al caso latinoamericano y, en particular, al colombiano. De la lectura del libro el lector sale con mejores herramientas para pensar el cambio en la categoría de intelectual en un ecosistema en donde hay influencers y streamers —muchos de ellos reconvertidos en políticos a sueldo— que compiten por moldear las opiniones de un gran público con un déficit de atención creciente. “La atención es un bien transable”, nos dice Cortés. Por ello su llamado a ponerle atención a la atención —pensar su historia, sus oportunidades, sus fracasos— es también una manera de pensarla desde un ángulo que alinea el computador con la historia de la espiritualidad. Cortés cita, entre otras, a escritoras como Simone Weil para pensar la atención como un rezo, como el gran acto de generosidad a través del cual nos hacemos humanos constantemente. El libro se pregunta cómo no quemar el puente de la atención en el mundo de los fuegos pirotécnicos que son esos videos instantáneos, invasores de nuestros cerebros con el colorido olvido del gancho inmediato.

Nadie es una isla, dice el poeta, pero hay algunas desde las cuales el archipiélago se ve mejor. La zona de la máquina nos abre el espacio para pensar, críticamente, acerca de las historias de la atención y su lugar en un presente en el que las redes sociales son difícilmente eludibles. La zona no maldice el asedio que vive nuestra atención —Cortés no se hace profeta del desastre, lo cual siempre es fácil—, sino que nos muestra cómo funciona el sistema, la máquina, para que podamos ver la zona, salirnos de ella (o por lo menos entrar sabiendo lo que nos ocurrirá) y ser menos presas del extractivismo mental en el que, con frecuencia, caemos incautos. 

Le recomendamos: El fútbol todavía habla romance

Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
felipemartinez@razonpublica.org.co |  + posts

*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

1 comentarios

Felipe Martínez Pinzón

Escrito por:

Felipe Martínez Pinzón

*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

Comentarios de “De sobremesa: La zona de la máquina

  1. Me gustó más la parte de la atención y la espiritualidad y el darme cuenta de que el ajedrez consiste en pensar contra uno mismo. El resto está tan lleno de nombres y autores que quedé loco. Je je.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

Arte y Cultura

La COP 16: el evento que ‘ambientalizó’ a los alcaldes

Arte y Cultura

Alejandro Gaviria versus Gustavo Petro

Arte y Cultura

Las cuitas de Carlota

Arte y Cultura

La estatua de Sofía Vergara: glorificación y engaño

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.