De sobremesa: Silva en la FilBo De Sobremesa hoy
Foto: Feria Internacional del Libro de Bogotá P.C.

De sobremesa: Silva en la FilBo De Sobremesa hoy

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Por ser un diario leído retrospectivamente, De sobremesa es un lugar para detenernos, críticamente, ante el maremágnum de la experiencia de estar solos en un mundo que nos vende nuestra imagen deseada constantemente, nos pone la nariguera con un algoritmo, nos enceguece con el constante pantallazo.

De sobremesa, la única novela de José Asunción Silva, cuyo título homenajea esta columna, cumple cien años. Cien años que amenazan con pasar inadvertidos. Una ausencia que rechina a pesar de algunos eventos —demasiado pocos— en la FilBo de este año. Es cierto: la historia editorial de la novela no contribuye a que podamos darle un certificado de nacimiento tajante. Silva perdió en un naufragio el manuscrito original de la novela, junto con otros textos, al volver de su legación en Caracas en 1895. Tuvo que reescribirla —algunos dicen de memoria, en un poeta que la tenía prodigiosa— y la dejó terminada para el año de su suicidio, 1896. Quedó inédita por casi veinte años, pero salió por pedazos en periódicos desde 1898. En 1915 salieron fragmentos más largos por intermedio de su amigo Emilio Cuervo Márquez en la Revista Moderna. El público solo la conoció completa en 1925. Tenemos, entonces, una novela perdida, ahogada, rescatada, reescrita, luego despedazada y, por último, completa solo treinta años después de ser terminada. Su azarosa historia editorial, que Camilo Hoyos reconstruye minuciosamente en el prólogo a la edición de Relecturas de la novela, no ayudó a asirla a su momento. Pero ¿a qué clásico acogota el año de su primera publicación? Como todos los clásicos, De sobremesa es de su tiempo, pero también no cesa de dialogar con cada momento en el que lo leemos.

Cuando salió entera la crítica la desconoció como improvisada, amorfa, el apresurado intento de un buen poeta que no sabía escribir novelas, pero que, paradójicamente, había escrito una iluminadora autobiografía que explicaba su suicidio. Se confundió a su personaje con el poeta y con ello se generó la leyenda del Silva maldito que lastra su imagen hasta hoy. El año 1925 no sintió hermanarse la novela consigo a pesar de que tenía todo para sentirla su siamés. Cuando el poeta la terminó, la novela dialogaba con el “lujo de la Bogotá de hoy, de las emisiones clandestinas, del Petit Panamá y de los veintiséis millones de papel moneda”, tal como como el propio Silva habló de su momento en crónicas como “El paraguas del padre León”. La novela también podía hablar de 1925, pero, a diferencia de La vorágine, del año anterior, desde el costado de los préstamos y las importaciones, de “la prosperidad a debe” y de los espejismos de riqueza permanente que dejó la indemnización de Estados Unidos por 25 millones tras la pérdida de Panamá. Ericka Beckman escribió sobre el trastorno bipolar de Fernández como la metáfora de los cíclicos de auge y quiebra de la economía agroexportadora latinoamericana. Algo que Silva, como importador, conocía y que sus paisanos de 1925, como nosotros, no cesamos de sufrir.

Foto: Biblored

¿Cómo nos reflejamos hoy en el espejo de De sobremesa? En ella están, como lo estuvieron en 1896 y 1925, las reflexiones de una juventud lúcida puesta hoy a pensar y confrontarse con su entorno más estrangulador: el consumo vacío de cosas y experiencias, la falta de atención prolongada, el narcisismo adicto a las redes sociales, los problemas de salud mental a la que esto puede conllevar, etc. Pero, también su envés: las formas originales y productivas de procesar ese alud informativo, ese banquete en el que todo se mezcla, revuelto en los ácidos de ese gran estómago cultural, como lo llamó Aníbal González, que fue Silva, un paladar ácido para procesar el sobreestímulo libresco, científico, sensitivo.

Como novela iniciática, De sobremesa nos muestra lo que es devorarse un mundo de lecturas y, con exquisitez, escribir acerca de las causas y efectos de esa hambre. Es la novela de un escritor que no cumplía treinta años y en donde ya hay decenas de referencias a la cultura nacional, latinoamericana y europea, que no son la mera impostación de una cultura de vitrina, sino la profunda reflexión —de maneras oscuras, a través de la parodia y el sarcasmo— sobre temas centrales de ese momento y de este: el poder, la salud mental, la moda, el préstamo cultural, Latinoamérica y Europa puestas en espejos cóncavos, la guerra, y, desde luego, y sobre todo, la literatura. Baldomero Sanín Cano alabó la “virtud imitativa” de Silva. El poeta podía citar hasta personificar, como diría Sylvia Molloy, las voces más prestigiosas de su tiempo (y las menos) para distanciarse y burlarse de ellas. En la imitación paródica, tan fina, que confunde, como lo querían los decadentes, arte con naturaleza y por esa vía criticar los valores imperantes de sus sociedades, nos hace conscientes de qué es el cosmopolitismo, qué es la cultura nacional (o la novela nacional) y con qué materiales se aderezan, cocinan y comen ambas.

Foto: Wikimedia Commons

Tomen los lectores una copia de De sobremesa y lean la entrada del 10 de marzo del diario de José Fernández. En esa entrada él fantasea —sí, lo escribe como un delirio— lo que es una pesadilla para Silva: una operación militar para refundar a Colombia. El plan es traer inmigrantes europeos, hacer un genocidio de indígenas antes, reemplazar la naturaleza colombiana y sobre toda esa destrucción hacer del país un “risueño home” en el que los recién llegados no reconozcan la diferencia entre Europa y América. La voz que hace ese plan —una voz de un decadente cuyo cuerpo se “regenera” en un picacho frío de Suiza— muestra, como lo dijo María del Pilar Melgarejo, el momento de “delirio no asumido” de los civilizadores, es decir, de los regeneradores contemporáneos al poeta. La voz enervada de Fernández es la voz que sigue sonando, para nuestro país, desde F. J. Caldas, luego en los hermanos Samper, luego en Laureano Gómez, luego el general Rojas y así. Y en el mundo, esa voz que imposta Silva es reconocible en los cacócratas actuales, quienes cada vez de manera más preocupante sangran los ijares del poder desde el norte hasta el sur de América.

He aquí uno de los gestos más modernos de Silva: en De sobremesa se pone la máscara del autócrata —sus Gotas amargas son voces que parodian todas las angustias de su momento, y de este— para desenmascarar los deseos de exterminio, de sujeción o de liberación que hay detrás de él. Hay que pensar, como dice Aníbal González, que el lenguaje es una casa —y la literatura su estudio. Al darnos cuenta de esto, podemos pensar de qué materiales está hecha esa casa para poder caminarla, dormir en ella, soñar con ella, rehacerla, preservarla o ampliarla. Por eso las múltiples voces de Fernández, esas voces histéricas, melancólicas, paródicas, que toma y trae de su biblioteca “europea y americana”—Isaacs, pero también Huysmans, Maupassant, pero también Carlos Cuervo Márquez— las cita o las personifica para que también nosotros nos extrañemos del alud de información, le pongamos mediación, filtro, pensamiento, literatura de por medio. Y así podamos distinguir las máscaras de las caras. O ver las caras como máscaras. Ángel Rama nos invita a ver el mejor modernismo como aquel que muestra a los poetas como maestros del atuendo, aquellos que se enmascaran de civilizador europeo, en un carnaval de discursos franceses o alemanes, para traducir estas culturas, con el fin de reflexionar sobre la particularidad americana. Para Silva la literatura es el cedazo por el que se pasa, para poder beberla, la catarata de horrores de la Historia, o, para mejor beberla, las bellezas de las que está hecha la vida.

Por último —y esto es casi una provocación silviana—, me parece que hay algo de parodia del influencer en Fernández, aquel que transmite su privada vida pública como un producto en constante proceso. Fernández les exhibe su intimidad a sus amigos, leyéndoles un diario que no lo es, porque lo comparte también con nosotros, los lectores. Como los satines y sedas del inicio de la novela, la escena de lectura es un velo que muestra para esconder y, por esa vía, para deformar. Fernández nos da acceso a su vida más íntima y por esa vía también nos desconcierta y nos pierde en el exceso de nombres, de lugares, de comidas, de drogas, de libros, de fechas que hay en cada entrada de su diario. Desde el principio, sin embargo, y aquí el influencer es también el crítico de medios, la novela es una invitación a la lectura en voz alta, reposada y en compañía, una lectura para evaluar lo que fue escrito al calor del momento. Algo muy diferente al scrolling. Por ser un diario leído retrospectivamente, De sobremesa es un lugar para detenernos, críticamente, ante el maremágnum de la experiencia de estar solos en un mundo que nos vende nuestra imagen deseada constantemente, nos pone la nariguera con un algoritmo, nos enceguece con el constante pantallazo.

Foto: Instituto Caro y Cuervo

Al margen. Nunca había visto la FilBo tan llena. Es esperanzador ver a tanta gente entre libros. Para beneplácito de los lectores, el Instituto Caro y Cuervo ha sacado una edición de De sobremesa con prólogo de Luz Marina Rivas. Viene a buen precio y muy bien curada. Para celebrarlo se presentará en un evento el próximo 8 de mayo en el marco de la FilBo. La Biblioteca Nacional estará haciendo un evento en el que varios  investigadores estaremos conversando de Silva, también en la FilBo, para celebrar la importancia de la novela en su centenario. Esta conversación estará disponible en el Podcast Paredro de Camilo Hoyos. Camilo ha hecho de su Podcast la casa de Silva y en particular de esta novela. Sé que hay proyectos fascinantes en camino. No hablo de ellos para no deshacer el conjuro. El autor del Nocturno, por traernos tanta luz, lo merece. Tanto como el país y sus lectores.

Resaca: Invito a los lectores a visitar la editorial independiente Zaíno en el Pabellón 17, stand de la Diligencia. Tienen novedades. Entre ellas, una edición bilingüe de Antigua luz del sol, de Stephen Watts, a cargo de Santiago Ospina Celis. Se leen allí versos como estos: “el lenguaje más allá del lenguaje/que en su lenguaje la poesía aún importa/que la poesía es la forma de la expresión cultural primera y más profunda para el amor, la tristeza, la enfermedad, la guerra”. Hablando de poesía, está en la feria Andrea Cote y, con Visor, su último poemario Querida Beth (ganador del premio Casa de América). Es un libro sobre la inmigración de los colombianos a Estados Unidos. Un tema, una realidad, una experiencia lingüística de la que poco se habla. Y Cote, como siempre, lo hace con la contundencia arrolladora a la que nos tiene acostumbrados.

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Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
felipemartinez@razonpublica.org.co | + posts

*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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