
De sobremesa: Aquella guerra eterna
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Celebro la aparición de este libro y su audaz propuesta por darnos un fresco de una guerra compleja a través de una prosa ágil, rápida, tumultuosa, como lo fue este primer conflicto moderno, el más letal y traumático de nuestra historia republicana.
Los artículos que he escrito hace algunos años en Razón Pública, bajo el título De sobremesa, son notas al vuelo que rondan las mil palabras. El título es un homenaje a las entradas omnívoras del Diario de José Fernández, el protagonista de la novela epónima de J. A. Silva. Son meras impresiones de un lector entusiasta acerca de los más recientes sucesos en letras y artes colombianas. Al escribirlas quiero darles rienda suelta a mis primeras impresiones de lector incauto cautivado por la lectura. Quiero, sobre todo, hacerles eco a obras que me parece no deben pasar inadvertidas en un mercado magro asediado por la economía de la atención de las redes sociales y por los rigores que la economía de mercado pone sobre las editoriales.
Una historia completa y necesaria
El más reciente de los libros que me han devuelto a los placeres de la lectura sin reloj es Aquella guerra eterna: una historia completa de la Guerra de los Mil Días, de Luis Guillermo Vélez Cabrera. Su tema es uno que me ha llamado hace años la atención tanto por tradición familiar como por interés académico. Mi bisabuelo Alejandro Pinzón murió en Palonegro y algunas coplas sobre la guerra han llegado a mí por tradición oral de la familia. Siempre he querido escribir un libro sobre los poetas de esa guerra, sobre Max Grillo y Julio Flórez; sobre Adolfo León-Gómez y Barba Jacob, y sobre ese poeta macabro, desconocido, Claudio de Alas, quien fue soldado de Avelino Rosas y escribió un poema terrorífico e inolvidable que se llama “Los ahorcados” sobre su experiencia de niño soldado en el Llano.
Aquella guerra eterna fue publicado hace unos meses por Rey Naranjo Editores. Habituado a los bellos libros de esta editorial, este me impactó doblemente por su propuesta editorial y por la apuesta ágil de su prosa. El lector que lo sostenga en las manos tiene la impresión de cargar una de esas obras historiográficas que son de curso corriente en el mundo anglosajón. Los mejores libros de este estilo combinan la difusión con el rigor historiográfico, están construidos sobre cuidadas fuentes bibliográficas y tienen la legítima aspiración de influir en la conversación política en curso. Hacen todo esto cabalgando sobre una prosa rápida y un público lector inagotable, sobre todo para obras sobre la guerra civil de Estados Unidos. Pues este libro hace todo esto. Y con creces.
Este grueso tomo en rústica de casi seiscientas páginas es, como objeto, reflejo de lo que hace como narración: es largo pero ligero. El libro está decorado por una hermosa portada con dos gallos de pelea que se miran desafiantes a la distancia. Es un claro guiño a las masculinidades en pugna en la guerra y al mundo garcíamarquiano que nutre, con la verdad de la buena ficción, nuestra idea de la Guerra de los Mil Días. Con atractivas propuestas editoriales como esta, Rey Naranjo nos ha maravillado a muchos al traer a los lectores temas históricos, haciéndolos atractivos, como En surcos de colores y Delirantes. Al libro de Vélez Cabrera lo acompañan mapas, fotografías y caricaturas de la época salidas de varios archivos, públicos y privados, bogotanos y regionales. Algunas son imágenes clásicas de la Guerra de los Mil Días —el promontorio de calaveras de Palonegro—, otras refrescan el portafolio visual de la guerra. Por ejemplo, una rara fotografía de los generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera posando juntos con vestido de fatiga o una reproducción de las fortificaciones rebeldes en el centro de Cúcuta. Como lector, me habría gustado que Vélez Cabrera les sacara más partido a estas imágenes, como lo hace con las de Uribe Uribe y Herrera, ofreciendo alguna lectura sobre ellas.
Un cartógrafo del conflicto y sus protagonistas
Aquella guerra eterna abrevia las distancias entre el público académico y aquel otro más amplio, habituado a la lectura de obras de no ficción. Como un cartógrafo del conflicto, el autor hace una reconstrucción minuciosa del vasto teatro de la guerra, uno que se derramó sobre nuestros países limítrofes, incluido, entonces, Nicaragua. Se detiene en el rosario de “batallas y batallitas”, como decía Alfredo Iriarte, que prácticamente cubrieron todo el territorio nacional (excepto la Amazonia, pero incluye, centralmente, a Panamá, entonces parte de Colombia). Le dedica un capítulo entero al triunfo liberal de Peralonso y varios a las batallas en Panamá. Y otro, central en el libro y en esta guerra, sobre la más sangrienta, arrasadora y macabra de nuestras batallas: Palonegro. Pero también narra escaramuzas y luchas de guerrillas menores en Huila, en Pasto, en los Llanos Orientales, en La Guajira.
Con pluma que combina el bisturí con la tinta china, Vélez Cabrera dibuja los perfiles de los protagonistas políticos de la guerra. Y lo hace recurriendo, eficazmente, al humor negro. Por el costado conservador, entre muchos otros, desfilan un José Manuel Marroquín decididamente opaco, entre pusilánime y calculador; un Próspero Pinzón, cruzado conservador y competente militar; y un Aristides Fernández, fanático, sanguinario pero honrado. También los liberales cuentan con su elenco de esplendores, pero sobre todo de miserias. Allí están el Negro Marín, Tulio Varón, Lucas Caballero, Avelino Rosas. El que recibe mayor atención del escritor es Rafael Uribe Uribe. Al igual que Miguel Antonio Caro, pero con más insistencia, el caudillo es desacralizado por Vélez Cabrera. Por sus páginas desfila como un narciso irresponsable que, aunque habitado por una gran energía física e intelectual innegable, es incapaz de cualquier autocrítica. Benjamín Herrera, un personaje fascinante, infortunadamente, le merece menos atención, tal vez en desmedro de una mayor complejidad en el retrato completo de esa esfinge que fue el mando militar liberal durante la guerra, incomunicado y presa de egos y personalismos.
Diálogo bélico global
Los bien logrados retratos de las figuras históricas del conflicto hacen que se eche de menos a los protagonistas anónimos, las voces de los que están en el archivo de otras maneras. En un par de ocasiones Vélez Cabrera trae algunas voces de soldadas, Juanas o rabonas, pero no persevera en el intento. Su bibliografía diversa, que incluye desde memorias de médicos norteamericanos hasta cartas o telegramas que reposan en archivos, está bien aprovechada, pero, intuyo, se prestaba también para incluir visiones distintas a las de los generales, presidentes o jefes guerrilleros.
La lista de figuras militares secundarias, tanto de uno como de otro bando, es muy larga para enumerarla. Muchas de ellas logran mostrar el conflicto como un evento internacional. A través de personajes como Avelino Rosas y Suárez Lacroix se ven conexiones entre la guerra Hispano-americana (Avelino Rosas y Suárez Lacroix lucharon en Cuba), un tema fascinante por explorar a profundidad. Al mostrar innovaciones en las tecnologías de la guerra como el Máuser, se tienden, de manera esclarecedora, conexiones con la Guerra de los Boéres en Suráfrica; de las cínicas pretensiones del presidente Zelaya de Nicaragua por incendiar Panamá para ganar el apoyo norteamericano para el canal en su país, se muestra con claridad la conexión centroamericana con el conflicto colombiano. Lo mismo puede decirse de los proyectos regionales por expandir un proyecto bolivariano en la Venezuela de Cipriano Castro y del radicalismo liberal de Eloy Alfaro. Normalmente no asociamos esta guerra civil con un conflicto internacional, a pesar de que los contrincantes —sobre todo los publicistas conservadores— lo vivieron y representaron como una invasión internacional y una traición a la patria. Ojalá este libro sirva para “desparroquializar” esta guerra de una vez por todas y verla como un evento que se nutrió de un diálogo bélico global.
Al cerrar el libro me quedé al mismo tiempo abismado por el horror leído allí —las cargas de machete son el ruido de fondo de su lectura— y asombrado por el destino político de sus mayores protagonistas. La guerra dejó tantos muertos, en proporción, como los que dejó para Francia la Primera Guerra Mundial, nos cuenta Vélez Cabrera. Muchísimos de ellos a machete, en pequeños pueblos y entre comunidades pequeñas que se conocían. Para el autor, quienes pudieron llevarse los réditos políticos del triunfo en la guerra asumieron con docilidad la irrelevancia que siguió a la paz y se consagraron al silencio y al olvido como a una especie de oscuro premio (o castigo). Tengo mis sospechas sobre esto. Miguel Antonio Caro jugó un papel fundamental en los debates del Congreso que ocasionaron la separación de Panamá del año siguiente al fin de la guerra (un tema, la pérdida de Panamá, acerca del cual me habría gustado leer más en el libro). Lorenzo Marroquín continuó vinculado a los negocios del canal panameño. Aristides Fernández se lanzó al Senado. González Valencia fue presidente tras el exilio de Reyes. Y solo hablo aquí de los conservadores. De los liberales se puede decir otro tanto. No creo, por más atractivo que parezca, que el corte de 1910 —la Presidencia de Carlos E. Restrepo, también veterano de la guerra— fuera un verdadero tratado de paz para los liberales. La década que siguió a ese holocausto de la juventud colombiana que fue la Guerra de los Mil Días se me aparece como un paisaje algo más gris, más complejo, más asediado por los traumas y usos políticos del triunfo (y la derrota) entre quienes lucharon en la guerra, fueran conservadores sectarios (o de sable), como Fernández, o más civilistas, como los hermanos Martínez Silva.
En suma, celebro la aparición de este libro y su audaz propuesta por darnos un fresco de una guerra compleja a través de una prosa rápida y tumultuosa —alimentada por fuentes en varias lenguas—, como lo fue este primer conflicto moderno, el más letal y traumático de nuestra historia republicana.
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Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.
1 comentarios



Parece que los pormenores de ese conflicto son todavía muy desconocidos.
Excelente artículo, Felipe.