Cien años después de Soledad Acosta de Samper - Razón Pública

Cien años después de Soledad Acosta de Samper

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Felipe Martinez Razon Publica

De cómo una escritora colombiana de hace más de un siglo tocó temas que están en el centro de los debates actuales y de cómo la literatura del siglo XIX es un espejo donde todavía podemos mirarnos.

Felipe Martínez Pinzón*

El centenario de “doña Solita”

Este año se cumplen cien años del fallecimiento de la escritora colombiana más importante de nuestro siglo XIX: Soledad Acosta de Samper (1833-1913). El Ministerio de Cultura declaró este el Año Soledad Acosta de Samper y varios han sido los homenajes que se la han rendido. Entre ellos, la Biblioteca Nacional inauguró el pasado 16 de octubre la exposición “Voces y silencios: Soledad Acosta de Samper, 100 años”, en colaboración con el Instituto Caro y Cuervo y la Universidad de los Andes.

Asimismo, estas tres instituciones y otros generosos patrocinadores, de la mano de la profesora Carolina Alzate, unieron esfuerzos para organizar un Simposio Internacional, abierto al público (previa inscripción), que se propone dialogar alrededor de la obra de la escritora durante los días 30 y 31 de este mes.

Sin duda, la vida de Soledad Acosta es una excepción para su época. A diferencia de sus contemporáneas, Acosta fue una mujer que pudo viajar y viajó, una mujer que sabía escribir y publicó, una mujer que educó e intervino en los debates públicos.

Nacida en Guadas de madre inglesa (Carolina Kemble), educada en parte por su abuela en Halifax, Canadá, y en París por su padre, el general y geógrafo colombiano Joaquín Acosta, la vida de Soledad Acosta es el perfecto ejemplo del conflicto de la intelectualidad romántica que escribió nuestra literatura de fundación nacional. Una intelectual con una profunda pasión nacionalista, pero de arraigada sensibilidad europea.

Novelista, historiadora, cuentista, periodista, traductora, fundadora de revistas y representante de Colombia ante España para el Cuarto Centenario del “descubrimiento” en 1892, Soledad Acosta fue en su tiempo una personalidad principalísima de las letras hispanoamericanas. Mantuvo correspondencia con escritores de la talla de Mercedes Cabello de Carbonera, Clorinda Matto de Turner o Marcelino Menéndez y Pelayo, entre otros. Sin embargo, hoy son todavía muchos los colombianos y latinoamericanos que la desconocen.

La nación como conflicto

Foto: Rafael Diaz Picon
Soledad Acosta de Samper.

Toda buena literatura es la elaboración de un conflicto. Soledad Acosta es un momento alto de nuestra cultura precisamente porque hizo arte de ello. Para quienes decidan vencer sus prejuicios sobre nuestra literatura del siglo XIX, los invito a leer novelas como Dolores o Una holandesa en América, ambas de Soledad Acosta. Estas novelas, como otras tantas de ella, elaboran la nación desde lo que está fuera de lugar.

Dolores, por ejemplo, una novela del mismo año de María, 1867, pero raramente leída y nunca incorporada al canon, cuenta la vida de una mujer blanca y rica, llamada Dolores, en tierras calientes de lo que hoy es Tolima.

Su posición y su raza le auguran un perfecto matrimonio que pronto degenera en otra cosa. Dolores sufre de lepra. Su excesiva blancura, aun bajo el sol del trópico, es síntoma, nos cuenta la novela, de que Dolores padece esta enfermedad, que entonces se creía hereditaria.

La lepra la deformará, expulsándola del pueblo hacia la selva e inhabilitándola para contraer matrimonio. Súbitamente, pasamos del clásico planteo de la novela sentimental —la bella mujer de provincia que se enamora del hombre de la capital— a una novela gótica poblada de monstruos, espectros y fantasmas.

Esa es la materia narrativa de Soledad Acosta, una escritora cuyos textos, desde los bordes mismos de la literatura de su época, hacen visible la nuez de los conflictos sociales de la Colombia de entonces (y de hoy): la imposible pureza racial, el mestizaje como conflicto, la selva como destierro o refugio, etcétera. Tal como Dolores hay muchos otros escritos de Soledad Acosta en mora de ser leídos y estudiados.

 

Por otra lectura del siglo XIX

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: Actividad Cultural Banco de la República
Soledad Acosta de Samper.

 

El siglo XX —sobre todo a partir del Boom, que calificó nuestro pasado literario como olvidable o lo inventó como una suerte de infancia— borró nuestra rica tradición literaria decimonónica, siendo en particular Soledad Acosta quien sufriera los mayores embates de la desmemoria y la injusticia.

Tal habrá sido el triunfo de la historiografía literaria del siglo XX que la mayor parte de los colombianos tienen una idea puramente finisecular de todo el siglo XIX: gramáticos y latinistas atrincherados en una apolillada “Atenas Suramericana”. La Colombia del siglo XIX se reduce para muchos lectores a la Santafé de Bogotá de Miguel Antonio Caro. Lo que es decir un triste cuarto colonial de ventanas cerradas con bustos de Virgilio y rosarios de cuentas de bronce.

Nada más errado. La literatura que le antecede a Caro por una generación, es decir, nuestra literatura de fundación nacional —la que inventó el país de regiones, la que concibió el mito de la nación mestiza, la que fue a la vez nacionalista y cosmopolita— como buena literatura romántica creó lo autóctono, salió de la ciudad, fue al encuentro del folclor, celebró el tiple, despreció el currulao y no condenó la chicha.

El buen romanticismo colombiano —el de Acosta, el de Isaacs, el de Eugenio Díaz— muestra un país que el siglo XX enterró: una Colombia rural. Las constantes narraciones de esta época acerca de las dificultades de movilidad por la geografía nacional —la falta de vías, las pésimas trochas, etcétera— muestran, sobre todo, que la gente viajaba, migraba, se movía. Y lo mejor: se detenía a contarlo.

En tiempos anteriores al avión, la experiencia de la geografía colombiana no pasaba solamente por los ojos, como hoy, sino por el olfato, por el tacto y por el oído. Todos ellos sentidos que la disciplina corporal actual ha atrofiado.

En una nota escrita para Razón Pública, Erna Von der Walde mostró cómo el conocimiento del costumbrismo colombiano acerca del trópico —las deliciosas listas de frutas y plantas que narra su literatura— es un saber casi perdido para nuestro actual país-archipiélago urbano.

La literatura romántica colombiana, y como parte de ella, el costumbrismo, fue una escuela de recuperación del trópico a través del lenguaje. Entre más rico sea nuestro lenguaje para nombrar—y esto es algo que alimenta la literatura— más rica será nuestra experiencia de la realidad.

La obra de Soledad Acosta demuestra que nuestro siglo XIX, en literatura, en artes, en historiografía y en ciencia, fue un vivir y contar Colombia a la intemperie: en las fiestas de San Juan en tierra caliente o bajando el Magdalena.

Descubrimientos de grandes mujeres

Los eventos académicos, como el que se realizará esta semana, además de las múltiples notas sobre Soledad Acosta que han aparecido en los medios, están logrando lo que buena parte del siglo XX se empecinó, a través de sus silencios, en impedir: descubrir la rica y todavía poco explorada tradición de nuestra literatura e historiografía decimonónicas.

Paradójicamente, los lectores que hoy se aventuren a explorar esta literatura entrarán al siglo XIX, un siglo tan patriarcal, de la mano de una mujer. Algunos dirán justicia poética. Otros, como yo, pensarán que es una lección de la historia, pues creo que hay que leer la cultura nacional a contrapelo: pensar a Colombia desde las mujeres, desde los afros desde los campesinos. Y también desde los textos de las élites disidentes del proyecto civilizatorio. 

Ese gesto —leer el XIX de la mano de Soledad Acosta— es posible hoy gracias a una generación de académicas que han dedicado sus esfuerzos a conjurar el olvido que hacía mucho tiempo se cernía sobre este período de nuestra historia y en particular sobre Soledad Acosta. Hablo principalmente de la profesora Montserrat Ordóñez (1941-2001), a quien está dedicado el Simposio Internacional.

Desde mediados de los años ochenta, cuando el nombre de Soledad Acosta era el silencio, Montserrat Ordóñez se dio a la tarea de rastrear sus textos en revistas del siglo XIX y en primeras ediciones nunca reeditadas. Suya fue la tarea fundamental de recopilar, anotar y comentar varios de sus textos; un esfuerzo que han retomado sus estudiantes, hoy profesores. Por ejemplo, al cuidado de Carolina Alzate, este año acaban de ser coeditadas por el Instituto Caro y Cuervo y la Universidad de los Andes tres novelas cortas olvidadas de Soledad Acosta: Laura (1870), Constancia (1871) Una venganza (1870). Todavía quedan otros tantos textos por recuperar.

Continuando el esfuerzo de Montserrat Ordóñez y revigorizándolo, además de Carolina Alzate, también académicas como Flor María Rodríguez Arenas, Patricia D’Allemand y Catharina Vallejo, entre otras, han movido las constelaciones de la literatura colombiana para que esta pase a gravitar sobre otros ejes.

Gracias a ellas, Soledad Acosta ha dejado de ser lo que era en los textos de literatura: la hija de Joaquín Acosta y la esposa de José María Samper. Ahora, ellos son su padre y su esposo. Se empieza con ello a hacer justicia a una obra, y a un siglo en literatura, el XIX, donde está el meollo de nuestros esplendores y miserias como nación en formación. Es lugar común decirlo: sirva entonces este centenario de Soledad Acosta para pensar a Colombia desde sus textos de fundación nacional.

*Ph.D. en literatura latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU), profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island  

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Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
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*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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