Biblioteca Banco Popular: un homenaje
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Luis Carlos Adames, el director de la Biblioteca Popular. Foto: Felipe Martínez Pinzón
Uno de los proyectos editoriales más valiosos e interesantes de Colombia permanece incomprensiblemente en el olvido. Esta nota-homenaje de reconocimiento busca ayudar a recuperarlo para la nueva generación.
Felipe Martínez Pinzón*
A Luis Carlos Adames Santos
Una imprenta olvidada
Hace una semana visité la vieja casa sabanera de José Manuel Marroquín. Detrás de ella funciona, desde hace más de medio siglo, la Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo, junto a la cual está su sede campestre de Yerbabuena.
En este conjunto de antiguas máquinas funciona un colectivo de artesanos (linotipistas, correctores, empastadores) que levantan los textos, palabra por palabra, letra por letra, en placas de plomo, para imprimir decenas de copias de poemarios de Rafael Pombo, estudios sobre el Yuruparí o compilaciones sobre la obra de Gabriel García Márquez.
Este esfuerzo pasa desapercibido para el gran público. Ver las gruesas manos callosas de los linotipistas o las ligeras y precisas manos de las mujeres que hacen el armado de los libros es también darnos cuenta de cuánto se ha perdido de la relación corpórea con el conocimiento. A pesar de habernos traído una multitud de beneficios, nuestro contacto con el internet ha opacado las relaciones humanas que crea la manufactura de un libro.
Al igual que la Imprenta Patriótica, hace 45 años existieron otra imprenta y otros linotipistas que hicieron cultura nacional a partir del armado de textos. Esta imprenta se encuentra sepultada doblemente en el olvido. De su rastro no queda una sola nota ni en los archivo ni en el internet por una razón: nunca se ha escrito nada sobre ella.
Se trata de la imprenta del Banco Popular donde se imprimieron, a la par que cheques, sobres, talonarios y extractos bancarios, libros de historia, de literatura, de política y de folklore colombianos.
Banca y literatura
El billete es ficción. Como fetiche (tal vez el más exitoso) este oculta la realidad que representa. Antes representaba un valor en pesos de oro, pero ahora la política especulativa, auspiciada por la banca, no lo ata a ninguna realidad tangible. Creador de burbujas financieras, de paraísos fiscales y demás quimeras, el billete puede ser y ha sido falsificación de la realidad.
![]() Portada del texto “Conferencia dictada en el Liceo Mercantil”, de Francisco de Paula Borda. Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango |
No es este el caso de los papeles que imprimió el Banco Popular para dar forma a su Biblioteca: un conjunto de 200 textos bien cuidados que arrojan luz sobre los procesos de la cultura colombiana.
Desde 1970, el editor, escritor, linotipista y director de la Biblioteca Banco Popular, Luis Carlos Adames Santos, con el auspicio y apoyo de Eduardo Nieto Calderón, entonces director del Banco Popular, hizo uso de la imprenta del banco y de sus insumos para imprimir y poner en circulación literatura e historia.
En extractos de cuentas bancarias o en solapas de los libros de la Biblioteca del Banco Popular, encontramos “el prospecto” (el propósito) de esta colección:
“Con estas publicaciones, el Banco Popular se ha propuesto contribuir, dentro de términos desde luego modestos, a la difusión de nuestra cultura, haciéndola, por su módico precio, asequibles a todos los lectores. Tiene la Institución especial interés en que las gentes jóvenes del país puedan adquirir libros, hoy por entero agotados, para conocer aspectos de la Historia de Colombia, de su literatura y de otras manifestaciones culturales que de otro modo resultaría difícil, acaso imposible lograr (…)”.
En este simple párrafo encontramos todas las tensiones que acompañaron la heroica gesta de Adames y sus linotipistas: difusión y memoria, interés y asequibilidad, pero también “módico precio” y libros “agotados”.
En la diaria refriega por ganarle papel (y papel moneda) al Banco Popular para hacer libros, Adames, a la par que negociaba con las miopes, cuando no mezquinas juntas directivas, rescataba verdaderas joyas de la historia cultural y literaria de Colombia.
Tal es el caso, por poner solo uno, del texto Conversaciones con mis hijos, de Francisco de Paula Borda. En poder de José María Mier, quien los había atesorado a la vez como un documento literario y como reliquia familiar, las memorias manuscritas de Borda vieron la luz por primera y única vez en la Biblioteca del Banco Popular.
En ellas Borda narra, a la vez melancólica y furiosamente, en un gran fresco histórico y literario, la debacle del radicalismo como una traición de Rafael Núñez a los liberales.
Entre muchas otras, la Biblioteca Banco Popular editó joyas como el Compendio general de folklore colombiano, de Guillermo Abadía Morales (que cuenta luego con dos adiciones en dos tomos separados); el Museo de cuadros de costumbres y variedades, de José María Vergara y Vergara y José Joaquín Borda, en cuatro tomos (que incluye, sin decirlo, Cuadros de costumbres y descripciones locales de Colombia del propio Borda) y los Artículos escogidos de Luis Eduardo Nieto Caballero en cinco tomos.
Dentro de la colección del Banco Popular se encuentran también textos fundamentales tales como la reedición facsimilar de Noticias secretas de América, de Jorge Juan y Antonia de Ulloa, al cuidado de Marco Palacios; la Peregrinación de Alpha, de Manuel Ancízar; o las Relaciones e informes de los gobernantes de la Nueva Granada, en edición de Germán Colmenares, además de otros 197 textos cuidadosamente editados y prologados por diferentes autores.
Además, los ejemplares de la Biblioteca Banco Popular fueron los primeros en tener índices onomásticos dentro de nuestra tradición editorial.
Esplendores y miserias
Como toda empresa cultural de alto vuelo, la Biblioteca Banco Popular se vio envuelta en intrigas con los poderosos de su tiempo. Ideada por Eduardo Nieto Calderón en 1970, durante la presidencia de Misael Pastrana la Biblioteca vivió sus años de mayor esplendor.
Sin embargo, tras el ascenso al poder de López Michelsen y la descentralización de varias empresas del Estado (la casa matriz del Banco Popular fue llevada a Cali) la Biblioteca sufrió algunos reveses.
El propio Nieto Calderón debió renunciar ante los conflictos que supuso este traslado de funciones. Al parecer, la macropolítica fue, como siempre, motivada por micropolíticas: entre los López y los Caballero había viejas rencillas heredadas que ponían en disputa a la intelectualidad de cada una de estas familias.
Lucas Caballero, Klim, pocos años después también renuncio al periódico El Tiempo por cuenta de estas disputas a la vez políticas y familiares con los López.
Luis Carlos Adames se pensionó en 1986. Aunque dejó a su asistente a cargo de la imprenta, las presiones económicas y los cambios tecnológicos dieron al traste, lentamente, con la Biblioteca Banco Popular. Los últimos textos fueron producidos por encargo a otras imprentas en 1994.
Doble empresa arqueológica
Al igual que el Banco de la República con el Museo del Oro, el Banco Popular tuvo su museo, el Museo Arqueológico (en la antigua casa del Marqués de San Jorge), que todavía existe como colección permanente de cerámicas y piezas precolombinas.
De manera similar, la Biblioteca Banco Popular fue un esfuerzo por desenterrar viejos tesoros de la cultura nacional. En un país donde la reedición es un bien escaso porque el público lector también lo es, y donde la literatura y la historia nacionales son miradas con sospecha cuando no con desdén, un esfuerzo como el que hicieron Adames, Nieto Calderón y los suyos hace 45 años es digno de un homenaje.
Solo hasta hoy se escribe un artículo sobre la Biblioteca Banco Popular. Las fuentes para la reconstrucción de su historia, más allá de la pura materialidad de sus libros, de la Asociación Colombiana de Linotipistas y del generoso servicio de Luis Carlos Adames, quien me concedió una entrevista, son inexistentes.
Una labor para el futuro
Nadie lo duda: Googlebooks es una herramienta maravillosa que ha cambiado las formas en que hacemos archivo, así como las técnicas pedagógicas que usan los profesores en sus clases.
![]() El Museo Arqueológico funciona en la Casa del Marqués de San Jorge. Foto: Wikimedia Commons |
Entenderemos más lo que significan herramientas como esta si apreciamos los esfuerzos de quienes hoy digitalizan los libros de antes y quienes producen artesanalmente los de ahora.
Igualmente, es necesario valorar a quiénes se ocuparon, hace pocas décadas, de reeditar con rigor libros que de otra manera no podríamos tener tan cerca, en la mesa de noche o en el sillón de lectura.
Hace unos años el periódico El Tiempo construyó una cápsula de la memoria, la llenó de objetos y la enterró en el jardín donde está su imprenta. Dentro de esa cápsula están 23 títulos de la Biblioteca Banco Popular. En el mejor de los casos, estas cápsulas serán desenterradas por nuestros bisnietos. Apocalípticas y a la vez entrañables, estas cápsulas preservan, más allá de los libros (que futuras generaciones encontrarán en plataformas digitales), la pura materialidad de lo humano: el cariño con el que los libros fueron diagramados, maquetados e impresos hace cien años.
Y la relación de cariño o de desdén con las cosas es el verdadero testimonio de una cultura.
*Ph.D. en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU), profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island
@martinezpinzon
Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.
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Uno de los proyectos editoriales más valiosos e interesantes de Colombia permanece incomprensiblemente en el olvido. Esta nota-homenaje de reconocimiento busca ayudar a recuperarlo para la nueva generación.




