Las víctimas como protagonistas: tradición y novela de El Bogotazo - Razón Pública
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Las víctimas como protagonistas: tradición y novela de El Bogotazo

Escrito por Felipe Martínez Pinzón
Felipe Martinez RazonPublica

Felipe Martinez RazonPublicaA propósito de la nueva novela de Miguel  Torres — El Incendio de Abril — se explora la conexión entre memoria y literatura alrededor del trauma que dio comienzo al conflicto colombiano: elaborar el luto por las víctimas puede llevar a la paz.

Felipe Martínez  Pinzón *

Memoria y circulación

Las historias circulan, como circula el dinero. En ninguna parte como en los billetes — en la iconografía que éstos despliegan — se reúnen ambos de forma tan elocuente: el Estado exalta en los billetes una narrativa de los valores nacionales… héroes, poetas, científicos, paisajes.

Sin embargo, ese relato que circula en los billetes no es unívoco ni vertical. Hay una relación entre números y personas que los billetes ponen en evidencia y que escapa a la narrativa estatal aparentemente monolítica de “lo nacional”.

¿No resulta irónico que Jorge Isaacs — el escritor tantas veces arruinado — aparezca en el billete de más alta denominación? ¿O que José Asunción Silva, quien sufrió hasta lo indecible por las deudas, nos observe desde el de cinco mil?  

Es también el caso del billete donde aparece Jorge Eliécer Gaitán: su denominación de mil pesos es la más baja del circulante y hasta tiende a desaparecer frente a la competencia de una moneda recién acuñada, lo cual daría a pensar equivocadamente — si se equipara precio y valor — que tal cifra guarda alguna relación con la baja cotización oficial de Gaitán en el panteón de nuestros mártires.

Esa correlación entre denominación y nombre, entre mil pesos y Gaitán, también lleva a pensar lo contrario: que la memoria de Gaitán circula con la misma frecuencia que el democrático papel de mil pesos, que cruza todos los estratos e incluso las clases más pauperizadas lo han tenido en sus bolsillos.

Novela en tres actos

 

 

3 felipe martnez libro bogotazo destruccion centroFoto: Fotos Antiguas Bogotá

Esa narrativa en torno al nombre “Gaitán” está presente en los mejores textos que se han escrito sobre el Bogotazo. Por ejemplo, el título que adoptó Herbert Braun para su texto sobre el gaitanismo— Mataron a Gaitán— fue la  voz angustiada que corrió de boca en boca el 9 de abril de 1948 después de la una de la tarde, poniendo a circular el nombre del caudillo por todas las clases sociales y por toda la geografía nacional en cuestión de minutos.

En El incendio de abril (2012) — segunda entrega de su trilogía sobre el Bogotazo, Miguel Torres abre las puertas a la bruma social bogotana — para usar una de sus imágenes —  con la contraseña Gaitán.

Si en la primera novela de la serie — El crimen del siglo (2006), base para la reciente película Roa (2013) — Torres se ocupó de hacer de Bogotá una geografía del complot  con túneles, espías internacionales, laberintos y de su protagonista, Juan Roa Sierra, una individualidad irrepetible, en El incendio de abril, Torres reconstruye el Bogotazo desde todas las voces imaginables: la prostituta, el raponero, el político, el médico cirujano, inclusive el muerto que dice: “A eso vine: a matar o a que me mataran. Ya cumplí”.

En El crimen del siglo, Torres ya había definido lo que significó el 9 de abril en la historia nacional: “tres balazos que volvieron añicos la historia colombiana”. Ahora, en su nueva novela, da una visión de totalidad de los eventos ocurridos después de la muerte del caudillo: enfrentamientos armados, linchamientos, quema de edificios, saqueos… una revolución abortada.

Mediante una estructura narrativa cuidadosamente meditada, Torres consigue reconstruir así la historia a partir de sus añicos, sin pretender borrarlos ni fundirlos en una imposible unidad sin fisuras.

En la primera parte de la novela, volviendo sobre la estrategia narrativa de Arturo Alape en su obra seminal El Bogotazo: memorias del olvido, Torres adopta varias voces para contar desde todas las perspectivas la tarde, la noche y el amanecer de ese inacabable día.

A diferencia de Alape, no obstante, Torres convierte el testimonio en ficción. No construye un archivo, se lo inventa. Su talento de dramaturgo brilla en esta sección: la historia nacional está hecha de cuerpos, instrumentos para reflejar un mundo en sus voces. El acento, las pausas, los giros coloquiales, un talento particular para revivir el español bogotano que ha desaparecido.

Esa arqueología fonética — y también la escogencia particular de nombres, apellidos y ocupaciones — acerca y aleja cuerpos; pero al fin y al cabo, nos da esa idea de que la Historia no es sino la algarabía de pequeñas historias. El todo está en saber oírlas. Ya lo dijo Alfredo Molano: oír es una manera olvidada de ver.

La segunda parte de la novela desmarca la narrativa de la inmediatez del testimoniante que da cuenta de un momento particular y se la juega por seguir las evoluciones de una mujer, Ana Barbusse,  quien busca desesperadamente a su pareja en medio del infernal centro de la ciudad  (de hecho, la novela trae un mapa de la Bogotá del 9 de abril).  En lugar de encontrarla, la mujer da con un niño abandonado y se lo lleva a casa.

María Mercedes Andrade dice que las novelas sobre el Bogotazo representan el fracaso del proyecto unificador de las novelas del siglo XIX. En Torres, sin embargo, hay una visión optimista de la comunidad nacional: se logra trascender el linaje de sangre. 

La tercera y última parte de la novela — sin duda una relectura de Los elegidos de López Michelsen— es la más divertida, por cuanto satiriza con fino humor las prácticas y el discurso de las élites bogotanas de entonces.

En ella cuenta, al estilo de Buñuel, las peripecias de los Santamaría, los Umaña, los Urrutia, tratando de escapar de las multitudes enardecidas refugiándose en una casona abandonada y a la venta, que se encuentra aparentemente salvaguardada por la reja y los jardines descuidados, lejos de la calle principal del barrio por la que entraría la “chusma” a lincharlos. La última escena —que no develo a los potenciales lectores del texto— es una promesa donde se conjugan redención y fantasía política.

Elaborando un viejo luto

 

 

2 felipe martnez libro bogotazo cachaco faenzaFoto: Dan Gamboa Bohórquez

Miguel Torres representa lo mejor de una larga y desigual tradición literaria nacional en torno al Bogotazo. Al igual que ilustres precursores suyos — como José Antonio Osorio Lizarazo o Manuel Zapata Olivella — Torres escoge insuflar potencia histórica a la multitud a la vez que restituye todo su relieve histórico al 9 de abril: no se casa ni con la teoría liberal del alelado asesino solitario, ni con la conservadora del complot comunista internacional. Decide, por el contrario, interpelar al Estado y a los partidos como parte responsable de esta tragedia nacional.

Como pocas, el 9 de abril es una fecha que pesa en la psiquis nacional. A pesar de que la violencia partidista de medio siglo había empezado algunos años antes del asesinato de Gaitán, esta fecha simbólica ha sido narrada por buena parte del espectro político como el momento que partió en dos la historia nacional.

La izquierda ha localizado el comienzo del conflicto armado actual en esa aciaga fecha, hoy convertida en el día nacional de las víctimas: una necesidad y un acto de justicia.  Aún más: historizar las formas como ha sido representado el 9 de abril — desde sus más tempranas narrativas hasta hoy — nos da la medida de cómo lentamente, y no sin traumatismos, las víctimas han empezado a protagonizar una historia de la cual han sido siempre el centro reprimido: la multitud que se tomó las calles bogotanas y de todo el país pasó de ser representada como una horda, una chusma, una masa salvaje, para empezar a ser la protagonista de la historia nacional.

La historia literaria del Bogotazo — que va de Hernando Téllez, Felipe González Toledo o Pedro Gómez Corena en los cincuenta, pasando por Arturo Alape y Alfredo Molano en los ochenta, hasta la trilogía en curso de Miguel Torres — ha narrado el proceso de inclusión de la multitud como protagonista de la historia política de la nación. Un acto de restitución que ya había empezado —pero bajo otros signos— con las novelas El día del odio de Osorio Lizarazo y La Calle 10 de Zapata Olivella en los años cincuenta.

Si el 9 de abril fue el comienzo del conflicto armado que hoy parece ir encontrando su fin, en novelas como las de Torres pasa a convertirse en un espacio, no por ser de ficción menos real, para ir elaborando un viejo luto: el que se gestó en la guerra civil no declarada de La Violencia (1946-1958) y que sin duda tiene mucho que ver con que se sigan heredando los odios y con que se perpetúe la actual discordia entre nosotros.

Las dos novelas de Torres  — esperemos que la tercera no le tome seis años más — como toda buena literatura, constituyen una lección sobre saber oír al otro que está en uno mismo. Y de eso tenemos mucho que aprender los colombianos.   

*    Doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU) y   profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island, hace parte del colectivo Crítica Latinoamericana (www.criticalatinoamericana.com).

twitter1-1@martinezpinzon

 

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