La Oculta de Héctor Abad: poética del agua y ética tropical - Razón Pública
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La Oculta de Héctor Abad: poética del agua y ética tropical

Escrito por Felipe Martínez Pinzón
El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince.

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince.

Felipe Martínez PinzónEsta novela no es apenas la historia de una familia y su vínculo con la tierra. También es la deconstrucción del mito colonizador antioqueño, una historia del agua y la consolidación de un lenguaje tropical en nuestra literatura.

Felipe Martínez Pinzón*

Tierra en tiempos de paz

En una entrevista reciente Héctor Abad Faciolince dijo que “lo único bueno que deja la guerra en Colombia es la vuelta a la naturaleza”. El conflicto armado y la falta de oportunidades han empujado a la mayoría de los colombianos fuera del campo y han tensado, de diferentes maneras, las relaciones entre memoria, espacio y violencia en el país.

En su última novela, La oculta (2014), Abad se pregunta por el lugar que ocupa la tierra en la cultura colombiana y, en particular, en la cultura antioqueña. ¿Qué extrañas fuerzas, tras varias generaciones de migraciones a la ciudad, conflictos y horrores, nos siguen llamando a los colombianos citadinos a reclamar nuestros afectos en el campo?

El gesto narrativo más poderoso de la novela es poner en boca de un escritor gay la historia de la colonización antioqueña. 

Para espesar un lenguaje sobre la “vuelta al campo” —un giro simbólico importante en tiempos de diálogos de paz— Abad hace por lo menos tres cosas significativas con su nueva novela. Primero, pone en crisis el modelo de la eterna apertura de la frontera agrícola al criticar las narrativas celebratorias de la colonización antioqueña. Segundo, va más allá de ver en la tierra la clave para hacer inteligible la historia de la violencia en Colombia y propone una poética del agua para hablar de los traumas de nuestra historia. Tercero, Abad propone una ética tropical, una forma de entender la riqueza tropical como una que no está en los recursos naturales sino en el lenguaje que usamos para referirnos a nuestro entorno.

El mito de la colonización antioqueña

En su novela Abad decide escribir la biografía de un pedazo de tierra, la finca La Oculta, a través de las voces de tres hermanos. De varias formas, Antonio, Eva y Pilar Ángel critican la colonización antioqueña como mito que ha sido celebrado por la literatura  colombiana.

Antonio, un violinista gay expatriado en Nueva York, es el historiador de la fundación y colonización de Jericó, un pueblo en las montañas del suroeste antioqueño. El trayecto Nueva York-Jericó-Nueva York, un viaje impensado para los colonos del XIX,  marca una fuga que rompe el molde del colonizador de muchas maneras.

La sexualidad de Antonio, su oficio de violinista y su posición de historiador, cancelan las tres características del colono antioqueño decimonónico: la fertilidad heterosexual, el hacha para “desmontar” y la música celebratoria de las expansión de la frontera agrícola. Antonio es consciente de ser el último hombre en llevar el apellido de los colonos Ángel, de la misma manera que es quien cuenta la historia de Jericó para ponerle punto final. La historia de Jericó, contenida en el libro, es el último hijo que dejan a un mismo tiempo la colonización y el propio Antonio.

A pesar de esto, Abad le hace muchos guiños a las narrativas más tradicionales de la colonización antioqueña. La utopía agraria del minifundio, la horizontalidad de las relaciones sociales (¿y las étnicas?) a que dio lugar la colonización, el origen judío del pueblo antioqueño, y otros temas recurrentes que han contribuido a representar este momento histórico como una “gesta”, no son del todo cuestionados por Abad.

El tópico de la colonización de un pueblo como crisol de la cultura colombiana, presente en textos vertebrales como Cien años de Soledad, debe ser puesto en tela de juicio. Esta es una narrativa que cultiva la imagen de una frontera agrícola que nunca se cierra, de una naturaleza aguardando el hacha colonizadora y de poblaciones no hispanas secularmente hechas invisibles. Debemos dejar atrás el tiempo (y los mitos asociados con él) en que nuestra Historia fue escrita con la h de hacha.

Sin embargo La Oculta también puede ser leída como un intento por narrar el fin de esa forma de ver nuestra historia. El gesto narrativo más poderoso de la novela es poner en boca de un escritor gay la historia de la colonización antioqueña. En un país todavía aplastado por la celebración histérica del tipo del “echao pa’lante”, finquero y frentero, La Oculta le apuesta a escribir una historia de la violencia en Colombia que también pase por la orientación y el género sexuales. Contemporáneos y coterráneos suyos han criticado las hetero-normativas colonizadoras paisas. Por ejemplo, Jorge Franco Ramos lo ha hecho a través de mujeres sicarios (en Rosario Tijeras) y de mundos femeninos, verdaderas femeninotopías habitadas marginalmente por hombres (en Melodrama o en Santa Suerte).

Las otras dos voces que arman el entramado de la novela, las de Eva y Pilar, también cancelan las energías del mito del colono. En una novela llena de nombres bíblicos (como lenguaje de la supuesta hibridez judeo-mestiza antioqueña), con el personaje de Eva, Abad plantea el tópico del trópico como paraíso precisamente para desmontarlo.

Eva se autoexpulsa de la finca La Oculta para vivir una vida trashumante fuera de las montañas antioqueñas e incluso del espacio nacional. Pilar, por su parte, es la mujer anclada a la tierra que hace lo contrario a “desmontar selva” y fundar pueblos. Infatigablemente, conserva la finca y cuida de sus límites. Con sus tres personajes, Abad cuenta las historias de los fugados (Antonio y Eva) y de los quedados (Pilar), en lugar de las usuales narrativas colonizadoras que  celebran la industria y el coraje de internarse en “lo desconocido”.  

El municipio de Jericó en Antioquia.
El municipio de Jericó en Antioquia.
Foto: Iván Erre Jota

Una historia del agua

A primera vista La Oculta propone la historia de Colombia como una historia de la tierra, una visión que entra en sincronía con otras narrativas actuales sobre el conflicto armado en Colombia. Sin embargo, su poder poético no está solo en el tratamiento de la tierra sino en cómo aborda el tema del agua.

El lago artificial donde se bañan los protagonistas es en realidad el receptáculo de la historia de La Oculta, la casa, de la familia de los Ángel y, por contera, del país entero.  La más inescrutable de las imágenes del libro y la más duradera por lo incómoda es este lago que, como la memoria, es humano pero no puede ser controlado por los hombres. Escape y trampa, gracias a él Eva salva su vida, pero ahí también se ahogaron varias personas, en el lago se reúnen las fuerzas primordiales del mundo de la novela, la vida y la muerte, la belleza y el terror, la tierra y su pérdida.

Abad se detiene en la música del lenguaje para hablar del espacio antioqueño. 

Cuando se vacía el lago de la finca, el lugar se desmitifica, se profana, mostrándonos lo oculto: lo que sale del lago (de la tierra del lago) es “un esqueleto blanco como la cal, casi completo, de una mujer joven, que la policía se llevó en un costal, como NN”. Este cuerpo sin cuerpo, vacío pero entero, bruñido por las aguas oscuras del lago, es el momento más poderoso de la novela.

Hay tantas cosas en ese NN recuperado que es imposible no pensar en las desapariciones, en las fosas comunes, en ese mundo enterrado, ahogado, que es la historia de la violencia en Colombia (ver la nota sobre el documental NN de Juan Manuel Echevarría para Razón Pública). Los espectros de la nación son ese lago oscuro que canta, porque también ahí, como nos cuenta Abad, murió un poeta ahogado.

El escritor antioqueño Leon de Greiff.
El escritor antioqueño Leon de Greiff.
Foto: Wikimedia Commons

Ética tropical

Tal como sus contemporáneos Tomás González o Alfredo Molano, a quienes une el gozo de narrar el trópico, Abad se detiene en la música del lenguaje para hablar del espacio antioqueño. La poesía de León de Greiff es la rica pólvora que alumbra el texto de Abad. De Greiff es poseedor de uno de los lenguajes más sutiles, variados y poderosos para dar cuenta de la riqueza de la naturaleza colombiana. Abad lo incorpora a la novela (así como la historia de su familia de ingenieros suecos), convirtiéndolo en uno de sus precursores, y poniéndose a la avanzada de lo que podríamos llamar una ética tropical.

En su libro de poemas Testamento involuntario (2011), Abad muestra una fascinación por los nombres que hacen a las cosas al mismo tiempo propias, comunitarias y eternas; una fascinación que está en nuestra literatura desde Emiro Kastos, pasando por Jaime Jaramillo Escobar hasta el propio Abad, para solo hablar del caso antioqueño.

Por ejemplo, en su poema “El Nuevo Mundo”, que recuerda a varios de De Greiff sobre el Cauca y las hamacas (“oh Río, oh tú Bredunco, oh Cauca”), dice Abad con una música y una historia sobre las cuales sigue escribiendo en La Oculta: “Pero una tarde a orillas del Cartama,/afluente del Cauca, municipio de Támesis, /sin libros en la mano/ni recuerdos de viajes, / mecido en una hamaca y a la sombra/ de los cedros sembrados por su padre,/ pensó que sus abuelos/ o sus tatarabuelos/ habían llegado aquí con ese mismo sueño/ de encontrar otra vida (…)”.

Saber los nombres de los lugares, de las plantas, de las frutas, entenderlos como historia y recitarlos como música (viéndolos como producto de la belleza y del horror, como ese lago)  es una forma de ver más y entender mejor lo que somos y de qué materias estamos hechos. Pienso que entre más diferencias pueda nombrar nuestro lenguaje en nuestro entorno, más difícil nos será destruirlo. La literatura de Abad y de sus precursores construyen esa ética tropical para saber decir el territorio y así hacernos dignos merecedores de su historia. 

 

* Profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island

twitter1-1@martinezpinzon

 

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