Visiones de la costa pacífica en el documental Don Ca - Razón Pública

Visiones de la costa pacífica en el documental Don Ca

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Ben JohnsonFelipe Martínez

Don Ca, de la realizadora colombiana Patricia Ayala Ruiz, presenta una mirada distinta sobre la periferia rural colombiana. Sin embargo, su retrato también muestra cómo todavía pensamos en ella como territorios de misión.

Ben Johnson* – Felipe Martínez Pinzón**

Giro rural

Es evidente un giro actual en la producción artística colombiana: volver la mirada hacia el campo para explorar las zonas que la guerra satanizó para el público citadino. En el cine colombiano esta tendencia ha producido películas como La sirga, Los viajes del viento y Porfirio.

El reciente documental de Patricia Ayala Ruiz, Don Ca (2012), es otro aporte a este esfuerzo por entender, desde otra perspectiva, lo que ha pasado en el Pacífico colombiano. 

Este volver los ojos a lo no urbano parece haberse concentrado notoriamente en la costa pacífica, una región que en la psiquis nacional se ha dado por “olvidada”. Películas como Chocó, El vuelco del cangrejo o La playa D.C. hablan de ello.

A diferencia de la urdimbre de estas producciones, los medios de comunicación suelen producir un retrato que achata las complejidades de este mundo. Sin embargo, esta es una territorialidad rica en cultura, pero también en conflicto, que se obstina en reclamar su cotidianidad en medio del auge minero y la agroexportación a gran escala.

El reciente documental de Patricia Ayala Ruiz, Don Ca (2012), es otro aporte a este esfuerzo por entender, desde otra perspectiva, lo que ha pasado en el Pacífico colombiano, que además le da una vuelta de tuerca a una vieja fantasía de la frontera nacional: el hombre blanco que se fuga hacia la alteridad racial y/o geográfica.


Patricia Ayala, directora del documental.
Foto: Página de facebook Don Ca, La película

Expulsión del paraíso

La primera escena de la película muestra a un hombre blanco entre adolescentes negros, rodeados de diversos animales (micos araña, gatos, perros, loros) contra un fondo de armónica cotidianidad. Este cuadro empieza a definirse con las primeras palabras de la película: una anécdota sobre la abuela de Camilo Arroyo (don Ca), quien lo condenó, cuando era joven, por ponerse de lado de una criada negra, con una frase inolvidable: “tienes condición de negro y entre negros morirás”.

El relato de esa condena como expulsión del paraíso de la aristocracia payanesa —una condena que Camilo vive como bendición— es la entrada a un mundo, el de Guapi, que la directora construye en oposición al “interior del país”, y que es pacífico e idílico, otro paraíso terrenal, pero sin “blancos”.

En la primera parte de la película se retrata la vida diaria de don Ca en su finca en Guapi, atendiendo sus cultivos con la ayuda de varios adolescentes de la zona. Estos muchachos viven con él porque no se llevan bien con sus familias; han llegado a su casa obligados por sus padres o por voluntad propia.

Camilo se encarga de disciplinarlos con firmeza pero también con cariño. De esa mezcla de cualidades se deriva el mote que designa a Camilo Arroyo en la comunidad: don Ca. Su método funciona; los muchachos le corresponden con un trato amoroso. Incluso muchos de ellos deciden quedarse en la finca hasta cumplir los dieciocho años, edad en que don Ca considera que deben independizarse. Según sus cuentas, él ha criado a más de cuarenta muchachos, a quienes se refiere como sus “hijos”.

Sin embargo, este idilio se rompe con la llegada de las Bacrim a Guapi. Unos hombres desconocidos llegan un día a la finca para amenazar a don Ca. Rápidamente el ambiente se carga de desconfianza. Don Ca decide irse de la zona por un par de semanas, aunque teme por sus “hijos”, que se quedan atrás.

Mientras empaca sus cosas, don Ca lamenta que las fuerzas de la destrucción hayan alcanzado Guapi. Con ello, sin embargo, no se refiere solo a las Bacrim, sino también a la violenta historia de Colombia. En sus propias palabras dice: “Colombia se les vino encima”.   

Al creer que se había escapado de la historia, el Don Ca de Ayala Ruiz cayó en su trampa. A pesar de sus nobles intenciones, el protagonista no evita cumplir el trabajo tradicional del misionero: facilitar la expansión del Estado a nuevos territorios.

Don Ca regresa a Popayán, donde su familia lo recibe cálidamente. Es extraño verlo rodeado ya no de las caras negras de sus hijos adoptivos sino de las caras blancas de su familia biológica; de repente, se ha convertido en un señor acomodado.

Esta transformación alcanza su punto máximo la noche que Camilo rige la procesión de Semana Santa. Regir la procesión significa mantener el orden durante el desfile; es un honor reservado para hombres de las familias de la aristocracia payanesa.

Al ver a don Ca vestido de frac y con una cruz de madera en la mano, cuidando de que los espectadores no se desborden de las aceras, es imposible no recordarlo parado frente a la estufa en su finca de Guapi, fritando arepas en calzoncillos.  


Afiche publicitario de “Don Ca”, el documental.
Foto: Página de facebook Don Ca, La película 

Nuevo tipo de misionero

Pero hay que recordar que Camilo Arroyo es descendiente de los Arboleda, una de las familias con dinastía esclavista más grande de Colombia en el siglo XIX, cuyo miembro más ilustre fue el político y poeta conservador Julio Arboleda Pombo.

Los Arboleda debían su fortuna en buena parte al oro que sus esclavos sacaban de sus vastas minas en la costa pacífica. A su vez, mucha de la colonización del Pacífico colombiano, incluyendo Guapi, se hizo por esclavos que lograron escaparse de las minas.

Sin embargo, Ayala Ruiz apenas toca esta historia en su documental. El motivo de su omisión es evidente: al haberla incluido, se habría borrado su imagen de Guapi como un espacio fuera de la historia nacional. La verdad es que desde la época colonial, ya “Colombia” le había caído encima.

Por eso mismo, es una lástima que Ayala Ruiz no se haya detenido en el pasado familiar de Camilo Arroyo. Al ubicar a Guapi en la historia colonial y poscolonial colombiana, la figura de don Ca se vuelve más compleja. Deja de ser un fugitivo blanco en el paraíso de los negros, y se transforma en un misionero iconoclasta.

A los aristócratas colombianos que renegaban de su destino como gamonales o que querían ayudar a los pobres pero sin deshonrar a su familia o traicionar a su clase, les quedaba la opción de volverse curas. Como curas, uno de los trabajos más radicales que podían hacer era ir a predicar a esos territorios donde el Estado todavía no había llegado, que se conocían como “territorios de misión” o “territorios nacionales”.

Don Ca se inserta en esa tradición. De Popayán a Guapi, don Ca recorre el camino que habían practicado sus ancestros pero termina por ser otro el motivo de su viaje. Decide no ver a Guapi como un espacio de enclave para extraer riqueza e irse como lo han hecho tantos otros, sino como un espacio de vida.

Ahora bien, hay diferencias significativas entre don Ca y un misionero tradicional. Para comenzar, habría que poner a don Ca en una tradición radical del cristianismo temprano, perseguido y marginal, con su voto de pobreza y su infinita generosidad.

También es importante reconocer que Camilo es un hombre de su tiempo, producto tanto de las utopías alternativas de los sesenta como del legado de sus ancestros, y que la relación entre Camilo y los adolescentes, animales y el lugar es una de genuino amor,  que no está sujeta a ninguna institución religiosa formal.

Sin embargo, reconocer a don Ca como un misionero iconoclasta nos permite ver no solo contrastes sino también espejos entre sus papeles en Guapi y en Popayán. Por ejemplo, como antes mencionamos, don Ca parece otro hombre cuando hace de regidor en Popayán que cuando está en su finca en Guapi.

A pesar de ello, hay una continuidad de su función en ambos espacios: su ethos disciplinador. Una continuidad escondida que pasa por la disciplina cristiana, a pesar de que sí hay una diferencia importante entre la del regidor (ligada a una tradición reaccionaria católica) y la de Camilo en Guapi.

Del mismo modo, la figura del misionero nos ayuda a comprender la forma peculiar que tiene don Ca de pertenecer a la comunidad en Guapi. Como los misioneros, tiene una vida que lo espera en otra parte. Cuando entran las bacrim a la región, él, a diferencia de los muchachos que adopta, puede siempre regresar a Popayán.

Rescatar pasados pacíficos

Aunque las bacrim son quienes primero amenazan la utopía de don Ca en Guapi, es el Estado colombiano quien la termina arruinando. Después de que Don Ca regresa a Guapi desde Popayán, llegan unos funcionarios de Bogotá. Han venido para determinar donde se colocará una base militar que el Estado ha decido construir en su finca

La película se acaba con la imagen melancólica de los cimientos de la nueva base: hay una gran explanada de cemento donde antes estaba el huerto de Don Ca. Al creer que se había escapado de la historia, el Don Ca de Ayala Ruiz cayó en su trampa. A pesar de sus nobles intenciones, el protagonista no evita cumplir el trabajo tradicional del misionero: facilitar la expansión del Estado a nuevos territorios.

A su vez, Ayala Ruiz se apega demasiado al punto de vista de su protagonista, repitiendo su bien intencionado error de refutar el mito de la barbarie con el del paraíso, sustituyendo una visión atemporal por otra.

Don Ca muestra que la paz en Colombia no es un trabajo que tenga que partir de un punto cero, porque en Colombia hay lugares donde la paz ha existido y existe.

La imposibilidad de pensar la emancipación humana en estos términos, y por tanto el límite de Don Ca como fábula política, se podría encontrar en la imagen de las llaves de la despensa que llevan los adolescentes que viven con don Ca colgadas al cuello. Esta imagen recuerda a los candados que llevaban los esclavos, pero no constituye su opuesto, la libertad, porque quien decide a quién repartir la llave, y cuándo quitársela, sigue siendo un hombre blanco.

De todos modos, Don Ca no deja de ser un ejemplo importante de convivencia armónica en medio de una zona atravesada por el conflicto armado. Es una película llena de bellos momentos entre Camilo, los adolescentes, el territorio y los animales de la finca.

La presencia de esos momentos en el documental es también prueba del fino ojo de Ayala Ruiz, que supo ajustarse a los ritmos de la vida cotidiana de sus sujetos para que su cámara pudiera percibir su belleza. Se negó a ir a la costa pacífica a la simple caza de noticias de guerra, y regresó con algo mucho más rico.

Don Ca muestra que la paz en Colombia no es un trabajo que tenga que partir de un punto cero, porque en Colombia hay lugares donde la paz ha existido y existe. Sin embargo, rescatar estos pasados pacíficos en Colombia para aprender de ellos en el presente debe ser una labor histórica. La paz no podrá implicar el olvido de la historia, aunque sea de una historia que, como la de la dominación racial en el Cauca, preferiríamos dejar atrás. 

 

* Estudiante de posgrado de la Universidad de Columbia, Nueva York.

 

@benjohnson125

** Ph.D. en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU), profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island.

 

@martinezpinzon 

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Felipe Martínez Pinzón

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