Inicio TemasArte y Cultura Murales callejeros que provocan enojo

Murales callejeros que provocan enojo

Escrito por Luisa Naranjo
Mural borrado a los artistas Luisa Poncas y Power Paola

Luisa-Naranjo-Razonpublica.jpg - 5.20 kBEl mural referente a los falsos positivos que fue borrado por miembros del Ejército es una de varias manifestaciones artísticas que por estos días pueden verse en los espacios públicos.

Luisa Naranjo*

Lo ocurrido

¿Quién dio la orden? Hasta ahora no se sabe quién ordenó borrar el mural que estaban elaborando los integrantes de Puro Veneno en cercanías de la Escuela Militar de Cadetes. Lo que sí se sabe es que los militares allí retratados estuvieron implicados en las ejecuciones extrajudiciales durante los dos períodos de gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

El 19 de octubre se difundieron por redes sociales las fotos y vídeos del momento en el que miembros del Ejército en presencia de la policía borraban el mural. No era un mural cualquiera, tenía nombres propios, identidades y datos.

En la pintura aparecieron los rostros reconocibles de los altos mandos militares implicados en los crímenes de Estado que dejaron más de 5.763 jóvenes muertos, todos nacidos en el seno de familias pobres y que fueron presentados como guerrilleros abatidos en combate. Encima de los rostros de los generales aparecía su nombre y el número de víctimas atribuidas.

Esta manifestación artística ha conmocionado la opinión pública y ha revivido la discusión sobre el papel del artista político. Que un grupo de soldados hubiera acudido a borrar el mural provocó una reacción airada en las redes sociales. En los videos que circulan en redes se ve a un soldado borrando los rostros de los militares, entre ellos el del comandante del Ejército, General Nicacio Martínez.

La acción del grupo Puro Veneno logró su cometido:envenenar” y encolerizar a los implicados. Quizás aquí no se trate de establecer si hubo o no censura. El mural no estaba pensado como una pintura en un muro para apreciar el virtuosismo de los creadores o su carácter estético. Pretendía llamar la atención sobre tan dramáticos y dolorosos hechos. Y aunque lo esperado era que permaneciera por un largo tiempo, causó tanta incomodidad y disgusto que no pudo ser acabado.

Puede leer: El ejército en su laberinto: corrupción y falsos positivos.

Del grafiti subversivo al mural decorativo

Este acontecimiento sirve para detenernos sobre la potencialidad del arte público. Los grafitis en el sentido convencional y originario son escasos en Bogotá pues han sido reemplazados por los murales que son aceptados fácilmente porque son concebidos como algo inofensivo, artístico y decorativo.

Sin duda, el carácter del grafiti ha cambiado, pero no solo en la manera en que se concibe, también en su ejecución. Los grafitis siempre fueron un gesto clandestino, riesgoso y anónimo. Eran la mano invisible, el medio para expresar aquello que no se podía decir abiertamente. En Colombia, los militantes de los partidos de izquierda llamaban “pintas” a los grafitis. Hacer una pinta era un acto rápido, osado, subversivo y, por definición, ilícito.

Paralelamente a los grafitis se han ido popularizando los murales que, a diferencia de los grafitis, son elaborados a la vista de los transeúntes y se han hecho parte del paisaje cotidiano.

Los murales de Jaime Garzón son emblemáticos y hacen parte del turismo gráfico.

Foto: Señal Colombia.
Los murales de Jaime Garzón son emblemáticos y hacen parte del turismo gráfico.

El mural envuelve el significado de lo artístico como algo digno de contemplación, algo que es bello y que, por tanto, debe conservarse y nombrarse en términos artísticos.

La costumbre de rayar y dibujar en las paredes es un impulso que surge en la infancia y que está presente en todas las etapas de la humanidad. Los pictogramas del Parque Natural Nacional de Chiribiquete datan de hace más de 19.000 años.

Los grafitis han sido reemplazados por los murales que son aceptados fácilmente porque son concebidos como algo inofensivo.

Los murales se vuelven parte de la cultura no solo como un elemento decorativo, sino que se convierten en testimonio histórico y se aprovechan como bien de uso turístico. Por esta razón están blindados contra la censura y, como sucede en Bogotá con los grafitis de la calle 26 y con otros que hacen parte de un tour de grafitis, su permanencia se garantiza.

Entre ellos está el de Jaime Garzón, personaje que fue un rebelde pero que ya no incomoda y que ahora se ve tan anecdótico como el mural del beso de dos habitantes de calle ubicado en la parte de atrás de un edificio ubicado de la calle 26 con carrera Décima.

Del grafiti subversivo se ha pasado al mural decorativo en corto tiempo. Aparentemente ya no quedaba espacio para una expresión callejera que retomara el sentido del grafiti político, que tiene una larga tradición en la que se cuentan el caricaturista Ricardo Rendón, los grafiteros anónimos que acompañaron la lucha sindical y el surgimiento de los grupos insurgentes en los sesenta, las serigrafías del Taller 4 Rojo, las pinturas de Clemencia Lucena y los afiches y pasquines del grupo artístico del MOIR (Movimiento Obrero Independiente Revolucionario) y de los partidos Comunista y Socialista.

Lea en Razón Pública: Grafiti: el arte de la expresión política y social.

Otros casos

Así como el mural de Puro Veneno, las calles de Bogotá fueron también escenario de la denuncia pública de Raúl Carvajal, padre de un soldado asesinado y presentado como “falso positivo”. Desde Montería, el señor Carvajal trajo hasta la Plaza de Bolívar el cadáver exhumado de su hijo para exigir una investigación que permitiera aclarar su muerte.

En la carrera Séptima con Avenida Jiménez instaló su camión y lo forró con carteles que contaban la dramática historia de una muerte anunciada, pues su hijo le comentó en una llamada telefónica que los militares al mando lo estaban presionando para realizar ejecuciones extrajudiciales.

Días después su padre supo que su hijo había muerto en combate. Sin embargo, la necropsia arrojó resultados que parecen indicar que fue asesinado por negarse a participar en tales ejecuciones.

Del grafiti subversivo se ha pasado al mural decorativo en corto tiempo.

Aunque en el caso de Carvajal no hay paredes pintadas, ni una imagen diseñada para captar la atención de los transeúntes, es difícil que alguien se tope con el camión y pase de largo, a pesar de que pueda confundirse a primera vista con los vendedores ambulantes del Septimazo.

Es imposible no detenerse y sentirse interpelado por esta denuncia y búsqueda de verdad y justicia. Carvajal se vale del tipo de carteleras que hacían los escolares como su propio mural itinerante. Tiene su propia estética y resulta tan potente como el mural de Puro Veneno.

En los últimos meses estos no ha sido los únicos murales que han logrado su cometido. Sería ingenuo pensar que una obra en el espacio público carece de intención. Eso sería dejar de lado el componente más importante; la relación con el lugar y los espectadores.

El otro caso ocurrido recientemente fue el mural realizado por Lucas Ospina (Luisa Poncas) y Paola Gaviria (Power Paola). Estaría ubicado en la sala de exposiciones del Centro Colombo Americano y haría parte de una de las curadurías del 45 Salón Nacional de artistas, que lleva por título Arquitecturas Narrativas.

El curador propuso a los artistas dibujar en uno de los muros exteriores del Colombo. Sin embargo, las directivas de la institución ordenaron borrar antes de que terminaran su ejecución.

Como ocurrió con el mural del colectivo Puro Veneno comenzaron borrando los personajes reconocibles, que son figuras políticas controversiales. Uribe Vélez, Peñalosa y Trump desaparecieron en segundos. Era una reacción predecible si se tiene en cuenta que el Colombo representa a Estados Unidos.

Réplica del mural que miembros del ejército borraron.

Foto: Facebook Puro Veneno
Réplica del mural que miembros del ejército borraron.

Le recomendamos: La búsqueda de la paz con arte: tan lejos pero tan cerca.

Muchos podrían decir que Lucas y Paola “patearon la lonchera” y puede que sea cierto. Aunque no era seguro, era probable y hasta en un punto deseable la censura. Tan deseable y tan común como criticar a Trump y pintar a Duque como un cerdo hoy en día.

Todos estos murales han tenido la intención de levantar polvareda, de provocar el debate y así sucedió. El escándalo y la irreverencia han sido una estrategia común desde las vanguardias artísticas del S. XX. La naturaleza del arte público está en desaparecer y quedar en el anonimato como le sucede a cualquier artista callejero.

Al final, lo importante no es si hubo censura o no, sino cómo los murales dejaron en evidencia el temor de los retratados y la ideología de las instituciones involucradas. Los murales cumplieron su objetivo, pusieron al descubierto la incomodidad y la posición de las instituciones que estaban intentando retratar.

 

*Artista y filósofa de la Universidad de los Andes, especialista en Educación Artística de la Universidad Nacional de Colombia.

 

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

*Al usar este formulario de comentarios, usted acepta el almacenamiento y manejo de sus datos por este sitio web, según nuestro Aviso de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies