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El hispanismo sigue vivo en el siglo XXI

Escrito por Felipe Martínez Pinzón

El escritor colombiano Enrique Serrano.

Felipe Martínez PinzónCrítica de un libro que pretende ser novedoso pero que acaba por explicar la historia de Colombia a partir de los postulados hispanistas del siglo XIX. ¿Qué se puede rescatar y qué es lo discutible de este nuevo intento de explicar nuestra historia?

Felipe Martínez Pinzón*

¿Por qué fracasa Colombia?
Enrique Serrano
Planeta, 2016

Ensayar explicaciones

En Colombia se viven tiempos de tránsito. Ahora que hay un quiebre entre experiencia y expectativa, entre el pasado y el futuro, la firma de la paz con las guerrillas de las FARC pide que la “colombianidad” sea narrada nuevamente.

Sincronizarnos con un futuro de paz —o prepararnos para él— exige buscar en nuestros múltiples pasados formas de encontrar experiencias con las cuáles producir un horizonte sin guerra. Si fuimos pacíficos una vez lo podemos volver a ser. Basta con volver a viejos valores descartados, distorsionados o escamoteados.

Esta es la narrativa implícita de las varias intervenciones de intelectuales que se han encargado de contar, en los últimos años, la historia de Colombia desde la historiografía, la literatura e inclusive la genética.

Eduardo Posada Carbó ha rescatado un pasado civilista colombiano, respetuoso de la legalidad y de las elecciones en el primer siglo republicano. Su apuesta es conjurar la idea prevalente de que nuestro siglo XIX fue uno vivido entre la niebla y el humo, entre los caudillos, los pronunciamientos y las guerras civiles.

El genetista Emilio Yunes, en su best-seller ¿Por qué somos así? ha buscado en el “archivo genético” colombiano las razones por las cuales somos un país de regiones, dotando de razón científica —discutible— los regionalismos y el mestizaje cultural.

Ahora, Enrique Serrano con su provocativo ensayo literario ¿Por qué fracasa Colombia? defiende, no un pasado civilista decimonónico ni una memoria genética del mestizaje, sino la existencia de Colombia como “una nación flotante” —si se me permite la expresión— que viajó desde el sur de España, expulsada por su religión islámica o judía, para vivir “de agache” fuera del control directo de las instituciones españolas inquisitoriales.

Esa nación flotante —básica pero periféricamente hispana— es para Serrano la semilla de la nación colombiana actual.

Para Serrano todas las características que nos definen como colombianos provienen de nuestro ignorado origen mozárabe y de nuestra condición de conversos. El correcto uso del español (vuelve el fantasma de la Atenas Suramericana), la limpieza esmerada en el vestido, el culto a la exageración, la provisionalidad de nuestras obras públicas, el miedo al fracaso, entre otras características indexadas como colombianas, son producto de haber sido un pueblo seminómada que encontró en la entreverada geografía de los Andes del norte de Suramérica un refugio ante el fanatismo de los cristianos viejos del otro lado del Atlántico.

¿Quiénes somos?

Negro cimarrón, grabado del s. XVIII.
Negro cimarrón, grabado del s. XVIII.
Foto: Wikimedia Commons

El proyecto de Enrique Serrano es contar la historia de las mayorías, como lo ha dicho en una entrevista con Juan Carlos Iragorri para El País de España. Y definir las mayorías es precisamente la primera decisión discutible del libro y, en general, de todas las reflexiones en torno a un nosotros nacional.

Todas las características que nos definen como colombianos provienen de nuestro ignorado origen mozárabe.

¿Quiénes somos ese “nosotros” que se iguala con las mayorías? ¿Desde dónde habla y cómo lo hace? ¿De quién se siente portavoz y por qué? Difícilmente se puede hablar en nombre de las mayorías sin caer o bien en el populismo o en el conservadurismo, y Serrano es un conservador.

Siguiendo una vieja tradición del pensamiento civilizador colombiano que comienza con Francisco José de Caldas, pasa por José María Samper y Rafael Reyes, sigue con Laureano Gómez y va hasta su hijo Álvaro, Enrique Serrano localiza la “semilla de Colombia” en la cuenca del Magdalena y, en particular, en las de las tierras templadas y frías andinas.

Para él, como para sus precursores, ese es el “terreno natural” donde se aclimató la civilización europea en el trópico. Sin embargo, Serrano va más allá que los civilizadores de antaño. Para él, “nosotros” seríamos un “pueblo trasplantado” y no un pueblo nuevo, mestizo, como hasta ahora se nos había hecho creer. Somos la hechura de España y poco más.

¿Cómo logra hispanizarnos Enrique Serrano ante tanta evidencia contraria? Basta con salir a la calle, hablar con la gente u oír música colombiana para darnos cuenta de que somos otra cosa que España o que inclusive la España mozárabe del siglo XVI.

Para hispanizar a Colombia Enrique Serrano sostiene en ¿Por qué fracasa Colombia? que hay dos tipos de mestizaje: racial y cultural. Según él, en el caso de Colombia hubo mestizaje racial pero no cultural. Y por una razón: las culturas negras e indígenas, según él, eran débiles frente al poder de absorción de la cultura de los colonos hispanos:

“Algunos descendientes de indígenas empezaron a adoptar algunas de las costumbres de los colonos, que eran muy fuertes y estaban muy sólidamente afincadas, en contraste con el carácter relativamente decreciente y no muy exitoso ni muy militante de las cultura indígenas chibchas en el interior, e incluso de las llamadas culturas caribe”.

En esta lectura de la historia del contacto entre civilizaciones en Colombia —que Serrano también aplica a los afrodescendientes— hay un retorno del pensamiento decimonónico. De acuerdo con él, habría un voluntario “despojarse” de la cultura no hispana por parte de sujetos negros o indígenas quienes —al darse cuenta de que su cultura es inferior— renuncian a ella dócilmente frente al poder absorbente de una cultura superior.

El pensamiento hispanista le hace desagregar a Serrano raza de cultura, como si la primera existiera y no fuera una idea producida por la segunda. El propio Serrano sostiene que ninguna cultura fracasa absolutamente —ni la alemana en el año cero de 1945, ni la coreana en 1953—, pero para él, se concluye, las naciones indígenas chibchas y caribes —ni hablar de las naciones trasplantadas de África— sí parecen haberse rendido de manera total y definitiva.

De vuelta al XIX

Pectoral muisca, parte de la colección del Museo del Oro de Bogotá.
Pectoral muisca, parte de la colección del Museo del Oro de Bogotá.
Foto: Wikimedia Commons

El libro de Enrique Serrano, sostengo, es la versión rediviva del discurso civilizador del siglo XIX, pero que se hace digerible hoy al participar de una narrativa de los desplazados, de los ninguneados y de las minorías en España: los conversos mozárabes.

El pensamiento hispanista le hace desagregar a Serrano raza de cultura.

Es digerible porque Serrano no habla de conquistadores sino de colonos, no habla de hidalgos sino de conversos, no habla de castellanos sino de andaluces o de mozárabes. Esta narrativa de los perdedores —o de los perseguidos— edulcora para el siglo XXI la vieja ideología hispanista del XIX que defendía el poder absorbente de la “sangre blanca” o la superioridad cultural de la lengua española.

No dudo de que es atractivo y provocador pensar que los españoles que llegaron a lo que es hoy Colombia fueron parte de una diáspora de cristianos nuevos que buscaba tierras en “donde no te conozcan” (para usar el título de un buen texto de Serrano).

Sin embargo, pienso que fueron parte —pequeña o mediana, pero parte en todo caso— de un territorio poblado desigualmente por poblaciones muy diversas que opusieron variados grados de resistencia, se mestizaron de múltiples formas (siempre culturalmente), o decidieron huir para fundar las innumerables rochelas donde compartir entre indígenas, afros y blancos fuera de la frontera agrícola y del control administrativo primero del Imperio español y luego del Estado colombiano.

Si hay una historia de Colombia por contar (que Margarita Garrido y Margarita Serje han empezado a narrar) es la historia de esas comunidades transculturadas que existieron en los pliegues de esa geografía nudosa, abigarrada de accidentes y esplendores, que es la geografía de Colombia: las rochelas que produjeron culturas como la llanera en los llanos colombo-venezolanos o que inventaron un refugio para indígenas desplazados, cimarrones y desertores de las guerras en el Alto Caquetá.

Esas culturas producto de la rochela, pienso, sí pueden ser uno de los pasados que debemos habitar para conectarnos y sincronizarnos con un futuro de paz.

 

* Profesor de literatura latinoamericana en Brown University y autor de Una cultura de invernadero: trópico y civilización en Colombia (1808-1928).

twitter1-1@martinezpinzon

 

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