80 años de la Guerra con el Perú: lecciones para la paz - Razón Pública
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80 años de la Guerra con el Perú: lecciones para la paz

Escrito por Felipe Martínez Pinzón

La Guerra contra Perú ayudó a construir el imaginario de la selva como sinónimo de violencia que llega hasta nuestros días. Recordarla nos ayuda a entender la nación en que vivimos y pensar en la que estamos en mora de construir.

Felipe Martínez Pinzón*

Cultura y violencia

No hay que leer las secciones de periódico que se titulan “Cultura y ocio” para acercarse a la cultura de un país. La cultura que pasa en los teatros, dentro de los libros o bajo la mirada de las estatuas en los museos es una versión o un reflejo de lo que pasa o ha pasado en la calle.

Como lo supo Theodor W. Adorno, la cultura es la naturalización de la violencia, es decir, es aquello que aprueba—a través de un consenso aparentemente incuestionado—un repertorio de  prácticas, de sujeciones y de convenciones a expensas de otras.

En tiempos de paz, si queremos conjurar la guerra, es preciso desnaturalizar ciertas violencias que habitan y han hecho nuestra cultura, y esto solo lo podemos lograr a través de un cambio cultural.

Desde finales del XIX y hasta entonces, y por la inveterada desatención del Estado colombiano a sus zonas de frontera, el Putumayo era el feudo del cauchero y genocida peruano Julio César Arana.

Hace ochenta años, como hoy, la nación pensaba su territorio desde el conflicto armado. En particular, lo pensaba desde las dos batallas más importantes de lo que la historiografía posterior ha llamado la Guerra con el Perú (1932-1934): las batallas de  Tarapacá y Güepi, en 1933.

Tal como hoy, aquella guerra haría cierto lo que escribió el famoso viajero inglés Richard Francis Burton en el Paraguay devastado por la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870): “las guerras les enseñan a las naciones su geografía”. ¿Qué lecciones nos dejó la Guerra con el Perú respecto a nuestra forma de concebir el territorio? ¿De qué forma la guerra “hizo hablar” a ese repertorio silente de prácticas que llamamos cultura colombiana?

En esta nota quiero detenerme en una forma en la que la Guerra con el Perú visibilizó la violencia subyacente a la cultura colombiana. Con ello quiero perturbar la existencia silenciosa de nuestra cultura y visibilizarla para que empecemos a cambiarla.

Jose Eustasio Rivera, autor de La Vorágine.
Foto: Wikimedia Commons

Guerra y zona de frontera

La Guerra con el Perú fue el último coletazo del trauma nacional por la pérdida de Panamá y también el epílogo del genocidio de la Casa Arana, desatado por el comercio cauchero de comienzos del siglo XX.

El conflicto se originó en las tensiones y desacuerdos derivados de la firma del Tratado Lozano-Salomón de 1922, en el que ambos Gobiernos se comprometían a aprobar en sus respectivos Congresos los límites convenidos sobre el río Amazonas.

Sin embargo, el presidente del Perú, Augusto Leguía, no pudo negociar con los caucheros peruanos arruinados y los regionalistas de Loreto (región amazónica del Perú) la cabal entrega del territorio al Estado colombiano.

Desde finales del XIX y hasta entonces, y por la inveterada desatención del Estado colombiano a sus zonas de frontera, el Putumayo era el feudo del cauchero y genocida peruano Julio César Arana.

Las presiones políticas del ya arruinado Arana y los suyos, el desprestigio del presidente Leguía y el golpe de Estado que sufriría a manos del militar Sánchez Cerro en 1930, precipitarían las tensiones diplomáticas al campo bélico.

El 1 de septiembre de 1932, Enrique A. Vigil, otro cauchero arruinado, con el apoyo de algunos colonos peruanos, atacaría el frágil destacamento colombiano apostado en el entonces caserío riberano de Leticia. Así estallaba un conflicto del que el gran público urbano solo se enteraría confusamente días después a través de los medios de comunicación.

Para Colombia, el conflicto supondría una tregua en los enfrentamientos partidistas, una galvanización del orgullo nacionalista todavía maltrecho por la pérdida de Panamá y, sobre todo, una importante inyección financiera que le permitió al presidente Enrique Olaya Herrera amortiguar las consecuencias de la depresión mundial del año 29.

La guerra contra la selva

La guerra es otra forma distinta al comercio de imaginar las conexiones entre los espacios y tiempos de la nación. Gracias a la Guerra con el Perú fue posible imaginar conexiones espaciales como Le Havre-Manaos –ruta de la expedición naval del general Vázquez Cobo— o la línea de abastecimiento Bogotá-Leticia, una ruta que aún hoy no se puede salvar sino por vía aérea.

El genocidio cauchero de la primera década del siglo, el infierno verde y la cárcel verde de Rivera, sacados de contexto, entre otros dispositivos culturales, construirían las formas en que este espacio sería decodificado por los lectores urbanos del país.

En una guerra de posiciones, la competencia por saber quién conecta la retaguardia y la vanguardia más velozmente tiene como premio la victoria militar. Para 1933, tanto Perú como Colombia habían construido sus imaginaciones espaciales alrededor de centros geográficos distintos al Amazonas, lo cual había significado un completo abandono de las rutas de conexiones entre las selvas y las ciudades principales.

La cuenca del Magdalena había sido el espacio privilegiado de “lo nacional” en Colombia, mientras la costa del Pacífico lo había sido en el caso peruano. Súbitamente descentrados por el conflicto fronterizo, Colombia y Perú se vieron abocados a reciclar o inventar nuevas narrativas para integrar estos territorios amazónicos.

Igualmente, había que cooptar viejas formas de comunicación interna con estas regiones. Por ejemplo, el ejército colombiano utilizaría las trochas caucheras y los caminos indígenas para movilizarse por esta región.

En el caso colombiano, los textos acerca del genocidio cauchero de comienzos de siglo fueron reeditados para insuflar el odio frente al enemigo peruano. Diez años antes, José Eustasio Rivera, con La vorágine (1924), había reciclado los horrores de las dos primeras décadas del siglo para llevar la atención nacional a esa frontera sur que tanto preocupaba a los intelectuales nacionalistas de entonces que, como él, sospechaban que el Tratado Lozano-Salomón sería un fracaso, lo que terminó por ser cierto. (A propósito, Carlos Guillermo Páramo tiene un texto muy bueno sobre la influencia de La vorágine sobre las memorias y escritos de los militares y periodistas que participaron del conflicto).

Por estas razones, lo que me interesa señalar es que el Amazonas llega a habitar el centro de la nación, no solo empapado por los horrores pasados, sino constituido por ellos. El genocidio cauchero de la primera década del siglo, el infierno verde y la cárcel verde de Rivera, sacados de contexto, entre otros dispositivos culturales, construirían las formas en que este espacio sería decodificado por los lectores urbanos del país.

Este repertorio de imágenes para referirse al Amazonas ha reaparecido en todas las memorias de las víctimas de secuestro en la selva por las FARC.

Monumento a la Batalla de Ayacucho en el sector
de la Candelaria, Bogotá.
Foto:  Luis Alveart

El “extratrópico” y la “tropicofobia”

Por falta de espacio, no quiero detenerme en las memorias de los militares, periodistas y fotógrafos que leían La vorágine en los campamentos donde antes habían estado las barracas caucheras, sino en las percepciones de la selva de los hombres de Estado que, muchas veces sin haber viajado a esos espacios, los “infernalizaron”, reproduciendo las violencias en el presente que habían ya ocurrido en el pasado en una cadena de representaciones que sus textos han contribuido a perpetuar hasta hoy.

Me quiero detener en particular en un texto del primer ministro de Defensa de Olaya Herrera, Carlos Arango Vélez ­—luego reemplazado por el militar Carlos Uribe Gaviria, hijo del general Uribe Uribe— llamado Lo que yo sé de la guerra (1933).

Este texto es un ejemplo, tal vez insuperable para su momento, de cómo el discurso del “país de regiones” puede brindar las condiciones de posibilidad para concebir una sección del territorio nacional como un espacio “natural” para la guerra (o para la “flojera” o para el trabajo o el progreso, etc.).

Arango Vélez, al describir el territorio nacional en su libro, lo parte en varias tajadas, como hace el discurso de regiones que privilegia las divisiones y no las conexiones, las montañas y no los ríos.

Yo pregunto, en un país de ingentes movilizaciones internas: ¿en dónde termina culturalmente Antioquia y comienza Córdoba, por ejemplo? Si ignoramos por una parte la Guajira, al norte, y el trapecio amazónico al sur, el mapa es “un cuadrilátero regular” como lo describe Arango Vélez. Quien luego subdivide este “cuadrilátero” en dos: 550.000 kilómetros cuadrados de civilización y:

“750.000 kilómetros cuadrados que son un llano inmenso, de hidrografía maravillosa, suelo y subsuelo vírgenes y halagadores para el capital, estaciones sinceras y clima cálido. Y sobre ellos, siguen por el camino de la incultura y del estado primitivo 200.000 indios, unos cuantos mestizos y otros cuantos blancos”.

Arango Vélez argumenta que el desarrollo no ha llegado a este territorio debido a lo que él llama la supuesta tropicofobia que, según él, caracteriza a la civilización.

Así define esta fobia: “el horror al trópico que lleva a los pueblos a salirse de él en lo posible y, cuando no es posible, les hace buscar el sustitutivo del extratrópico en las grandes alturas” (énfasis mío).

Una nación enemiga de su territorio

Así se perpetúa en la cultura nacional un pensamiento antitropical que, en una nación totalmente tropical como Colombia, es sin más un pensamiento antinacional que declara al territorio enemigo de la nación.

El extratrópico es evidentemente los Andes (a cierta altura). Así se concibe el territorio como un un espacio cuya relación con la comunidad está mediada por la fobia, fisiologizando una relación que siempre es política.

Arango Vélez crea el territorio de los Llanos y la Amazonía como uno donde no se puede permanecer por mucho tiempo porque ralentiza el movimiento y amenaza la salud, y frente al cual, como dice Arango Vélez, la “fuga es imposible”.

Así se perpetúa en la cultura nacional un pensamiento antitropical que, en una nación totalmente tropical como Colombia, es sin más un pensamiento antinacional que declara al territorio enemigo de la nación.

Es obvio: en Colombia no existe algo así como el extratrópico. Bogotá, Popayán, Tunja, etc., son tropicales, a pesar de que se las ha inventado como invernaderos temperados sobreaguando en medio de una selva “atrasada”.

De estas afirmaciones de Arango Vélez –muy parecidas a las del intelectual liberal Luis Eduardo Nieto Caballero, por no hablar de la imaginación espacial de Laureano Gómez— es que se alimenta una cultura que instala en el propio territorio la razón para hacer la guerra.

Por eso se pueden comprender (que no compartir) afirmaciones como la que hizo en sus memorias sobre la Guerra con el Perú el comandante de la aviación colombiana durante la guerra, el piloto colombo-alemán Herbert Boy: “La guerra [contra el Perú] se hizo no sólo contra el hombre, sino contra la naturaleza, que en el Amazonas es un enemigo más temible que el hombre”.

Pero a Colombia hay que pensarla no desde Bogotá, desde Medellín o desde Cartagena, ni desde el discurso del país de regiones, sino desde los espacios que esos lugares y discursos han producido violentamente: la Amazonía, la altillanura o la Costa Pacífica, precisamente con el fin de desmarcarlos de esas percepciones.

El tercer punto de las negaciones en La Habana —los cultivos ilícitos— tiene que ser un espacio para pensar a Colombia desde sus zonas de frontera agrícola, en este caso de cultivo de coca, no para reeditarlas como espacios de inherente violencia sino para verlas como laboratorios de paz.

Tropicalizar el trópico, nacionalizar la nación, por más obvio que suene, es la forma de imaginar una Colombia diferente, una Colombia en paz. Este es el cambio cultural que tenemos pendiente.

 

* Ph.D. en literatura latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU), profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island 

twitter1-1@martinezpinzon

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