La nueva marca–país: el mito de la abundancia y Agustín Codazzi - Razón Pública
Felipe martinez abundancia Colombia

La nueva marca–país: el mito de la abundancia y Agustín Codazzi

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Detrás del discurso de la megadiversidad se esconde una mirada anacrónica, la mirada de Codazzi, que encierra la misma codicia de Pacific Rubiales. La literatura puede contribuir a imaginar otro país: una Colombia en paz.

Felipe martinez abundancia Colombia
Mapa de 1870: foto de Thejourney 1972 http://www.flickr.com/photos/thejourney1972/3388681827/ 

Marca–país

En septiembre del año pasado, en medio de un partido de fútbol, se lanzó la nueva marca– país  Co Colombia — para reemplazar otra marca: aquella que durante el uribismo (2002–2010) aunó el sufrimiento con el gozo de ser colombianos mediante el mantra “Colombia es pasión”, un relato religioso que pretendía deshistorizar los violentos conflictos sociales y políticos de esos años.

Más allá de debatir lo obvio — que el país, como tal, se someta a patrones de mercadeo y si Francia o China hacen lo mismo — me parece que el discurso subyacente a la marca–país está ligado a las formas como fue conceptualizando el territorio nacional desde comienzos del siglo XIX, es decir, desde su nacimiento como Estado–nación.

El concepto de “megadiversidad” que estructura la nueva campaña publicitaria es otra táctica para retorcer, aún más, el torniquete que el discurso del liberalismo económico ha practicado sobre el espacio nacional desde que nuestros primeros geógrafos — Francisco José de Caldas, Joaquín Acosta y Agustín Codazzi— naturalizaran, es decir, hicieran invisible, la relación entre territorio colombiano y liberalismo económico.

Como lugar de la abundancia — todos los climas, todos los productos, todos los ecosistemas—, la Colombia de la nueva marca país es una criatura del romanticismo decimonónico. La narrativa de la abundancia, a pesar de ser historizable, sigue ocupando un lugar privilegiado a la hora de imaginar el espacio nacional. Uno de sus máximos exponentes — Víctor Hugo — definió el romanticismo como el liberalismo traspuesto a la literatura.

La mirada de Codazzi

Heredero de Humboldt y de Caldas, agricultor italiano, soldado napoleónico, corsario, prócer de nuestra independencia y geógrafo militar, Agustín Codazzi encarna como pocos el romanticismo como discurso liberal.

Sin embargo, a diferencia de otros geógrafos contemporáneos suyos, Codazzi tuvo el privilegio de acometer las primeras empresas geográficas financiadas activamente por Estados nacionales en ciernes: las comisiones corográficas, como resultado de las cuales pudo trazar los mapas de Venezuela (1830–1841) y de Colombia (1850-1859), a la sazón la Nueva Granada y luego la Confederación Neogranadina. Al reducir tal inmensidad territorial a mapas, Codazzi proyectó de muchas maneras el pensamiento económico, social y político de los hombres de su generación.

Las muchas hagiografías que se han escrito sobre Codazzi desde el siglo XIX nos han impedido tomar distancia de la mirada que sus mapas y sus escritos dejaron sobre el espacio de ambas naciones.  A tal punto que hoy seguimos viéndolas a través de esos viejos lentes de contacto codazzianos, sin darnos cuenta de que son un aditamento ideológico, fechable e históricamente construido.

Colombia y Venezuela aparecen ante los ojos de Codazzi como espacios naturales para el comercio y la exportación. La euforia tecnológica heredada de la revolución industrial inglesa disciplinó la mirada de Codazzi para hacerlo soñar con avenidas de barcos a vapor donde veía ríos, enormes puertos costeros para barcos comerciales donde divisó desiertas bahías caribeñas y colonias de agricultores europeos donde sintiera climas “benignos” para la inmigración.  A propósito, Codazzi fundó la famosa Colonia Tovar, la “Alemania del Caribe”, fundada cerca de Caracas y que todavía existe como un pueblo "típico" alemán.

Leyendo a Codazzi, muchas veces he estado tentado a pensar que estas fantasías de la riqueza son el correlato de la pobreza que siguió a las guerras de independencia y que el geógrafo veía por todos los lugares que visitaba. Como cuando uno imagina manjares, teniendo mucha hambre.

El pensamiento espacial de Codazzi creó una Colombia y una Venezuela sólo concebibles desde y para afuera: sintomáticamente, no por casualidad, los mapas y los atlas eran impresos en París y presentados a las sociedades geográficas francesas.

Colombia y Venezuela son lugares cuyo espacio está constituido por maravillosas avenidas naturales que cruzan inmensos territorios para extraer de ellos productos tropicales. Son territorios de tránsito que dan forma a un deseo constante por vaciarlos de su contenido, con la ambición de transformar en dinero su “exuberante” naturaleza: exactamente la misma imagen espacial que encontramos en los anuncios publicitarios de la marca– país.

La fe laica en el progreso como discurso vertebral del siglo XIX, sumada al mito que desde la llegada de Colón inventó al trópico como lo excesivo frente a la norma europea — primaveras eternas, cuatro veranos, dos cosechas al año, ríos de oro — son los ingredientes  de la leyenda moderna de Colombia como el asiento de la promesa de riquezas infinitas: esa “megadiversidad” de la que todavía se hace eco la nueva marca–país.

Así, el romanticismo y el liberalismo se aúnan en Codazzi para racionalizar uno de los mitos fundadores de América para la Europa del siglo XVI y que sobrevive hasta hoy: El Dorado. O como la campaña publicitaria llama al país: “país–solución”, “Colombia es la respuesta”.  Cabe preguntar para quién.

Concepción utilitarista del territorio

A diferencia de El Dorado de Orellana y de Lope de Aguirre o del País de la Canela de Pedro de Ursúa, El Dorado de Codazzi no aparecerá nunca como una ciudad de oro en medio de la selva. Hijo de la Ilustración al fin y al cabo, Codazzi racionaliza el mito de El Dorado al punto de no mencionarlo.

Para Colombia, Codazzi respaldó la idea de Caldas que proponía las alturas andinas como espacios de civilización en contraste con las “tierras calientes” como espacios a ser civilizados, inventando así la frontera agrícola como espacio de colonización industrial y militar.

Siguiendo las orientaciones de Humboldt, Codazzi segmentó el espacio venezolano en zonas: la zona de agricultura, la zona de los pastos y la zona de los bosques, tal como lo ilustra  su mapa físico de Venezuela. 

 Felipe martinez abundancia Venezuela

Mapa Físico de Venezuela: el territorio dividido en zonas
Agustín Codazzi. Impreso en París, 1841. 
 

Esta división en zonas suponía implantar — ortopédicamente — la narrativa temporal del progreso sobre el espacio tropical:

  • las zonas de agricultura son las que corresponden al presente (Caracas y asentamientos de montaña);
  • las zonas de pastos son las más fácilmente incorporables al modelo de explotación propuesto para el futuro (los llanos);
  • las zonas de la selva amazónica son bosques prehistóricos, espacios atados al pasado.

Aquello que no se pliega a la narrativa del progreso usualmente es representado en términos negativos. Cristina Rojas ha encontrado que esta es una práctica de violencia en la representación, que antecede al ejercicio de la violencia real,  justificándola.

Por eso no nos debe sorprender que la selva cuando no es útil al modelo de desarrollo, sea representada como un infierno verde.  Ese es el envés constitutivo de El Dorado. Ambas son metáforas contradictorias que se alimentan la una a la otra, tal como sostiene Candance Slater en Entangled Edens, Visions of the Amazon: al no poder convertir la selva en espacio de agricultura o de colonización, se la reconvierte en un espacio enemigo, antinacional.

Para imaginar el país en paz

Estas narrativas — tanto El Dorado como el infierno verde— han construido a Colombia como una excepción: o bien la excesiva riqueza o el horror y la perdición en la selva. Ambas interpelan a la Nación con el argumento de la amenaza: o te pliegas a mis designios o ejerzo violencia sobre ti.

Aceptar que estos discursos son historizables, entender que surgen de precisas coyunturas políticas y que dan forma a las fantasías de hombres que fueron hijos de una determinada época, ayuda a desmarcarnos del eterno presente que inventa a Colombia naturalmente desde la excepcionalidad: la Colombia megadiversa, la Colombia ultra–rica y desperdiciada, la Colombia en perpetua fiesta, la Colombia como cantera a ser explotada.

Aliviar a Colombia del torniquete del discurso espacial del liberalismo económico es un paso fundamental para imaginarnos otras formas de habitar nuestro territorio. Entre otras cosas, la paz nos pide este acto radical de imaginación.

Toda imaginación pide conocer la historia que la hace posible, porque la imaginación es un acto histórico. Imaginamos desde un ahora, pero también desde un aquí.  Yo propongo ir a otros textos para recuperar formas diferentes de habitar el espacio tropical colombiano. Son textos que a primera vista no son geográficos y que sin duda están en la periferia de un discurso científico que, como tal, se considera a sí mismo muchas veces como pretendidamente neutro y aséptico.

En Colombia contamos con una larga y rica tradición literaria que reclama la cotidianidad como forma de vivir el espacio tropical. Desde Candelario Obeso, pasando por León de Greiff y Meira del Mar, hasta Jaime Jaramillo Escobar, nuestra mejor poesía nos ha enseñado que “la tierra caliente” no es un espacio para la excepción — la mina de riqueza o el antro del cautiverio — sino llanamente el lugar donde se hace la vida, de lunes a domingo:

  • El Bajo Magdalena de los Cantos Populares (1877) de Obeso celebra la indisciplina de no aceptar incorporarse a la fuerza asalariada, sino vivir de lo que da la tierra. 
  • El Bolombolo de León De Greiff es la reivindicación del aburrimiento a orillas del Cauca como valor moderno, como esa conciencia exacerbada del espacio–tiempo en el cual se puede dormir, vivir, hacer el amor, comer, tomar y crear. 
  • Diferentes cuerpos — de hombres afro, de hombres blancos, de mujeres colombo–libanesas– nos dan otra idea de la megadiversidad, que no pasa por desagregar el trópico en productos exportables, sino por vivirlo simplemente como lo que es: nuestra casa.

Por falta de espacio, dejo para otra entrada en Razón Pública la exploración del ocio y del aburrimiento como maneras de recuperar la cotidianidad del trópico colombiano mediante nuestra poesía.

Pensar a Colombia fuera de la excepción, rescatarla como espacio de lo cotidiano, es una contribución a imaginarnos el país en paz. Otra de las tragedias de una guerra tan larga como la nuestra es haber perdido el lenguaje para imaginar una Colombia por fuera de la guerra.  Ese tesoro que debemos recuperar está en nuestra literatura.

 

*    Doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU) y   profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island, hace parte del colectivo Crítica Latinoamericana (www.criticalatinoamericana.com)

@martinezpinzon

 

 

 

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