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Pasados para la paz: Enrique Serrano y Juan Gabriel Vásquez ante la memoria nacional

Escrito por Felipe Martínez Pinzón
Literatura.

Felipe Martinez Pinzon¿Cómo se ha contado la historia de Colombia en la literatura? Y entonces, ¿cómo construir una memoria nacional sin recurrir al complot o a la negación?

Felipe Martínez Pinzón*

La paz como recurso

Para nadie es un secreto que hoy en Colombia los escritores y artistas –sin hablar de los políticos– nutren sus proyectos con la paz.

Varias intervenciones recientes conciben la paz como un momento (y un lugar) de memoria. Ante ella están las quimeras griegas que miran hacia ambos lados (al pasado y al futuro) para construir una memoria del conflicto armado.

Aquí se abordarán dos obras que hacen un performance de esa mirada quimérica para producir dos visiones muy diferentes de la historia nacional. Son Colombia: Historia de un olvido de Enrique Serrano (2018) y La forma de las ruinas de Juan Gabriel Vásquez (2015).

El pueblo hispano-colombiano de Enrique Serrano

Escritor colombiano, Juan Gabriel Vásquez.
Escritor colombiano, Juan Gabriel Vásquez.
Foto: Wikimedia Commons

Como en su libro anterior, ¿Por qué fracasa Colombia?, en Colombia: Historia de un olvido Serrano inventa para el país un pasado colonial de paz. Con ello quiere recuperar una narrativa por fuera de la violencia.

“Tres siglos [coloniales] de un pueblo que surgió sin tirar una piedra”, reza la portada de la primera edición. Esa “pre-historia” pacífica de Colombia la inventa a partir de la producción de un “pueblo colombiano” surgido de una diáspora de conversos españoles que, huyendo de la persecución religiosa en la península, se resguardaron en los bolsillos montañosos de este país tan perfecto para el escape y, también, para el confinamiento.

Este país hipotético reproduce las “fronteras imaginadas” que tanto Alfonso Múnera como Margarita Serje denunciaron como productoras de la violencia en el país. El pueblo-semilla de Serrano se asienta –y esto no debe impresionar porque así es también el mapa del conflicto armado– en la cuenca del Magdalena, y adopta a Popayán como ciudad límite hacia el sur y la cuenca del Amazonas hacia el sureste. Más allá es un territorio sin país.

Ese pueblo ibérico construye la cultura nacional sobre otras poblaciones del territorio, absorbiéndolas pacíficamente. Su pueblo dota de costumbres ibéricas a todos los cuerpos de la nación. No hay mestizaje, sino aculturación. Esta idea de un pueblo hispano-colombiano no es de Serrano, pero sí lo es la edulcoración de revendérnosla como un fenómeno de la diáspora sefardí.

Hoy en Colombia los escritores y artistas –sin hablar de los políticos– nutren sus proyectos con la paz.

En 1865, en plenas reformas liberales, el conservador José Joaquín Ortiz escribió el poema “Los colonos”, donde inventaba –como Serrano– a los conquistadores como pioneros del siglo XIX norteamericano. Otro conservador, José María Vergara y Vergara hizo de su vida un proyecto estético y político por atar la cultura de Colombia a la de España. Miguel Antonio Caro, Guillermo Valencia, Laureano Gómez y hasta Alejandro Ordóñez conforman una genealogía de hombres hispano-colombianos que fantasearon (y fantasean) con Colombia como una república criolla. Esta fantasía se sigue reproduciendo por ubicuos e inesperados conductos (desde lugares como el Parque Nacional del Chicamocha hasta documentales que reencauchan el mito de El Dorado, como Colombia, Magia Salvaje).

No es casualidad que el pueblo hispano-colombiano de Serrano se parezca a quien lo produce. Quien logra inventar un pueblo a su imagen y semejanza usualmente lo inventa a sus órdenes, hace dóciles sus conflictos y se presenta como su heredero, inventando la historia como su patrimonio.

En su fenomenal libro La patria del criollo, Severo Martínez Peláez muestra cómo la idealización de los conquistadores es una invención de sus descendientes para legitimarse. Aunque Serrano desmilitariza estas masculinidades bélicas –o acaso porque lo hace– la idea (sospechosamente) grata de que nuestra historia pueda ser la historia de pacíficos moradores ibéricos en busca de olvido replica lo que Serrano quiere hacer: que olvidemos los conflictos que arman nuestra historia desde el siglo XVI.

La paz que inventa Serrano como un intento de crearnos un pasado al cual volver la mirada para enfrentar un futuro después del conflicto, más que paz es pacificación. Sabemos que Colombia tiene en sí un trozo de la historia de España, pero su historia propia la sobrepasa, no la absorbe cándidamente. Colombia no es solo la historia de una posible diáspora conversa, sino la de las horrorosas conquistas militares, las encomiendas, el forzado mestizaje, el desplazamiento de comunidades indígenas o su reinvención, y la diáspora africana y sus resistencias.

Más allá de su proyecto de hispanizar a Colombia –que deja serias dudas históricas– la pregunta más interesante que dejan estos dos libros de Serrano gravita en torno a las imaginaciones estéticas de la paz. ¿Quién imagina la paz? ¿Para qué? Estas son preguntas que dan indicios de la forma que adopta la memoria e introducen el siguiente texto, uno que reflexiona sobre la memoria como una ruina palpitante.

Puede leer: La guerra inscrita en el cuerpo de las mujeres.

Teoría del complot en Juan Gabriel Vásquez

Paz y literatura.
Paz y literatura.
Foto: Centro de Memoria Histórica

En Teoría del complot Ricardo Piglia hace un mapeo de las maneras como la literatura puede ayudar a ver otros canales a través de los cuales opera la política. Dice: “El complot sería entonces un punto de articulación entre prácticas de construcción de realidad alternativas y una manera de descifrar cierto funcionamiento de la política”.

Como en otras de sus novelas –Historia secreta de Costaguana o Los informantes–, en La forma de las ruinas Vásquez (re)construye un archivo paralelo al del Estado colombiano. Su escritura puede ser leída como un cuestionamiento a las maneras de hacer memoria: ¿qué archivos se canonizan? ¿Por qué ciertos objetos se hacen reliquias patrias (el florero de Llorente) y otras no (el cráneo de Uribe Uribe)? ¿Quién determina esto?

La forma de las ruinas, que le debe tanto a W. G. Sebald como al cronista Felipe González Toledo, a Macedonio Fernández como a Miguel Torres, es una reflexión literaria sobre el museo como espacio de la memoria colectiva. Con una estética que honra al complot, abundan en esta novela las duplicaciones, hasta el punto de que ella misma se construye como un museo paralelo de la historia de Colombia. Vásquez –seguidor de García Márquez, otro de los grandes complotistas colombianos– quiere escribir, como lo hizo el Nobel, una historia alterna de Colombia desde las páginas de su novela.

Por eso Vásquez (como doble del protagonista de la novela) reabre y le hace homenaje al nutrido archivo de novelas sobre El Bogotazo; sus últimas páginas son de las mejores reconstrucciones literarias de ese evento, imposibles sin las de Miguel Torres o los testimonios de Arturo Alape.

Su alucinado personaje e investigador, Carlos Carballo, portador de una historia oral de familia –la de su padre, muerto el 9 de abril– acude para confirmarla no al archivo oficial, sino al literario. Vivir para contarla de García Márquez le presta su voz de autoridad para sostener que un hombre de clase alta azuzaba a la multitud para linchar a Roa Sierra y con ello eliminar todo rastro de verdad. Así, Carballo y Vásquez toman la posta que habían dejado García Márquez y Miguel Torres (y la película Roa) –quienes a su vez la tomaron de Rubiano Vargas y este de González Toledo y Osorio Lizarazo– para abrir un archivo literario de ecos a partir de los cuales pensar el 9 de abril como una cifra borgeana de la historia, no solo colombiana, sino humana.

Si Vásquez se desdobla en su protagonista (y en García Márquez), Gaitán se desdobla en Rafael Uribe Uribe, y Roa se duplica en Galarza y Carvajal, los asesinos de este general liberal. Todo complot es internacional pues las duplicaciones no conocen fronteras, así que Kennedy se duplica en Gaitán y ambos, se sugiere, en Julio César.

Le recomendamos: Roa, la película: ¿la versión de los triunfadores?

Así, la novela de Vásquez –como toda buena novela– se convierte en colcha de retazos donde cuidadosa e ininteligiblemente se tejen materiales muy diversos: una supuesta vértebra de Gaitán, un panfleto de Marco Tulio Anzola, titulado ¿Quiénes fueron?, acerca de los autores intelectuales del magnicidio de Uribe Uribe, o el famoso video de Zapruder que supuestamenta revela que hubo dos asesinos de Kennedy esa tarde en Dallas.

De acuerdo con Carballo, un complot cuidadosamente urdido por la derecha internacional habría dirigido el curso de la historia borrando al mismo tiempo las voces de los disidentes. Como lo sabe la novela –y por eso nos recluta, porque nos seduce– siempre hay otro complot dentro del complot para justificar su redondez.

Colombia tiene en sí un trozo de la historia de España, pero su historia propia la sobrepasa, no la absorbe cándidamente.

Ahora bien, si la historia es un complot de los poderosos, ¿cómo desarticularlo? En una boutade fascinante Piglia propone “construir un complot contra el complot». Pero, más allá de la efectividad narrativa de las tramas complotistas, ¿cómo construir una memoria efectiva que venza el fascinante, pero mentiroso, espejismo de la historia como complot? Vásquez –como sus precursores– propone una salida: reimaginar los museos o proponer otros nuevos, pues los museos son las plataformas desde donde nos propulsamos hacia la historia colectiva.

A propósito, es relevante el contra-monumento colectivo que Doris Salcedo está construyendo como sitio de memoria del conflicto con la guerrilla de las FARC. El piso de la edificación que lo sostendrá, o parte de él, se construirá con las armas derretidas de las FARC. Dice Salcedo: “Parada sobre este piso, cualquier persona se encuentra en una posición equitativa, equilibrada y libre, desde la cual es posible recordar y no olvidar el legado de la Guerra”. Ese piso como forma del pasado nos brinda una mirada distinta de la del falso piso que nos ofrece Serrano o el atractivo, pero evanescente, de Vásquez.

Puede leer: Sumando ausencias de Doris Salcedo: ¿oportuna u oportunista?

* Profesor de literatura latinoamericana en Brown University y autor de Una cultura de invernadero: trópico y civilización en Colombia (1808-1928).

 

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