
De sobremesa: Juan Gil, ópera prima de J. E. Rivera
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Es día de albricias y un justo remate para las fructíferas celebraciones del centenario de La vorágine: La profesora Norma Donato Rodríguez acaba de editar Juan Gil en la nueva y bella colección Espejo de Agua de la Universidad Nacional, con la colaboración de la Biblioteca Nacional de Colombia y el respaldo del Ministerio de Cultura.
El archivo
Hay escritores para quienes es natural, o eso pensamos, que dejen un archivo. Es más, los asociamos, al punto de mimetizarlos, con la idea de archivo. Borges, por ejemplo. Esto tiene que ver con la representación que cultivaron de sí mismos. Con José Eustasio Rivera sucede lo opuesto. Críticos de prestigio como Rafael Maya lo inventaron como un genio “arisco y primitivo, voluntarioso y muy personal”. El “cantor del trópico”, por sus temas –la selva, el paisaje, los animales, los ríos– no podía tener un archivo, esa memoria y esa herramienta con qué hacer la memoria, pues el archivo se asocia con una práctica y una experiencia más sedentarias, más letradas, más resguardadas. Quien escribió el soneto “Soy un hijo del monte” no debía tener un estudio tras el cual cerrar la puerta. Era muy “natural” para tenerlo. Y abracadraba: se creó su borradura como algo natural.
Nada más falso. La Universidad de Caldas tiene buena parte del archivo de Rivera, otra reposa en la Universidad Javeriana y hay muchos materiales por encontrar dispersos en colecciones de familiares, amigos o coleccionistas privados. Tras una pesquisa de varios años, la profesora e investigadora Norma Donato Rodríguez, con tacto y paciencia, obtuvo la entrega de una invaluable parte de este archivo por parte del sobrino nieto de Rivera, Sergio Calderón, a la Biblioteca Nacional de Colombia. Gracias a ella, varias fotografías inéditas, algunos textos y la última versión de la ópera prima del poeta, Juan Gil (1912), son hoy de libre acceso y se encuentran custodiadas en la Biblioteca Nacional. Es decir, son hoy, ni más ni menos, memoria accesible para todos los colombianos y colombianas. Cabe aguardar esperanzas –que hallazgos como este nos las dan– de que aparezcan nuevos materiales perdidos. ¡Quién quita que aparezca Mancha negra, su novela sobre la Tropical Oil Company!
La profesora Donato Rodríguez acaba de editar Juan Gil en la nueva y bella colección Espejo de Agua de la Universidad Nacional, con la colaboración de los archivistas e investigadores de la Biblioteca Nacional de Colombia y el respaldo del Ministerio de Cultura. La ópera prima de Rivera es de libre acceso para todos en una rigurosa y cuidadosa edición genética (es decir, que guarda y anota las variaciones de sus versiones anteriores) a la que acompañan fotografías inéditas y un aparato crítico que nos brinda una faceta desconocida del creador huilense. Es día de albricias y un justo remate para las fructíferas celebraciones del centenario de La vorágine.

La obra
Juan Gil es un hallazgo que permite confirmar mucho de la poética riveriana, pero al mismo tiempo nos la pone en cuestión, al abrir su obra en otras direcciones. Como nos cuenta Donato Rodríguez en la presentación del libro, Juan Gil había sido editada en la década de 1970 por el investigador Luis Carlos Herrera, en una versión cuyo original se desconoce y que presenta una escritura chata, que cede a una trama moralizante, en todo diferente a las que nos tiene acostumbrado el escritor. Pues bien, la edición de la profesora Donato ha recuperado el original, de mano del autor, con correcciones y enmendaduras suyas (el facsimilar también acompaña la edición). Se nota que era su copia de trabajo pues en ella vemos diferentes tintas, incluso escritura a lápiz, lo cual nos hace pensar que esta era la copia con que Rivera, tal vez, hiciera sus famosas lecturas en voz alta de su obra en casa de Luis Eduardo Nieto Caballero y que, como nos cuenta Donato, documenta con predilección de amigo el clásico texto de Ricardo Charria Tobar, José Eustasio Rivera en la intimidad (a propósito, recientemente reeditado por la Universidad del Cauca para el año del centenario).

El argumento
Juan Gil cuenta una historia que debía escandalizar a la pacata sociedad de la Hegemonía Conservadora. Por eso es fácil imaginar que su puesta en escena y con más veras su edición fueran cuestión no peliaguda, sino imposible, para la época. Desde sus 24 años, edad asombrosa para escribir una obra como esta, Rivera era un “aguafiestas”, como lo llama Isaías Peña. La obra cuenta la historia de Pilar, una mujer que promedia la veintena y se ha casado hace unos pocos años con el epónimo protagonista, un hombre mayor que ella, ciego, celoso, inseguro y quien alberga una gran violencia patriarcal. Ella sobrevive en un matrimonio infeliz y juega, de manera no inocente, con otros dos pretendientes que la asedian y que cuentan, para confusión del lector, pero también para su maravilla, con la aquiescencia de ella. Como otras protagonistas de Rivera –el lector piensa en Griselda de La vorágine, pero también en el mismo poeta, con el pelo salvaje con el que aparece en sus fotos en los Llanos de Yavita–, Pilar es una mujer que hace caso omiso a la disciplina de su momento, se sienta en el piso, come con las manos y dice a los cuatro vientos: “Me gusta estar destrenzada” (47). El lenguaje del pelo, tan caro a la estética de sus predecesores (piensen en María, de Isaacs), aquí toma un significado contrario. Las trenzas no son el vínculo, la atadura, el “trenzarse” con alguien, sino el vivir en libertad, ser única, ser “pilar” de ella misma.
Es la ceguera metafórica y real de Juan Gil la que llena de luces y de sombras una obra sobre el saber oír, sobre la vigilancia, la libertad femenina y sobre todo sobre el patriarcado y la violencia contra las mujeres. Hay dos hombres en la obra, aparte de Juan Gil. Primo de este y “hermano” de Pilar, como se autodenomina, Mario es un poeta que usa las palabras para transformarse en don Juan, y Mauricio, un médico en un mundo en donde la indisciplina de las mujeres se medicaliza constantemente. En otra duplicación, pero esta vez de Pilar, aparecen dos mujeres: Tránsito, la criada que, como su nombre lo indica, se mueve entre la confidencia con los hombres y las mujeres, pasando de escena a escena con gran facilidad y sentido del humor. Y Rita, la madre de Juan Gil, una antitránsito que no media, o media falsamente, y que, de manera distinta a Pilar, sufre el “ciego” poder de los hombres en esta obra que ocurre, como La casa de Bernarda Alba, de García Lorca, encerrada dentro de una casa sin escape para las mujeres.
Al lector se le suspende el conocimiento definitivo sobre la posible infidelidad de Pilar, pues esto no importa, en verdad, sino la terrible violencia que se ejerce contra ella, una violencia solamente revelada en la penúltima y las últimas escenas del cuarto acto (que no develaré aquí). El final ya está anunciando en toda su crueldad en sencillos objetos y elementos evocadores de un asedio soterrado: un ajedrez, un hilo para tejer, tijeras, un jardín sin árboles, un balcón, flores cortadas. Aparte de esta utilería, la tragedia final está desde el principio en ese sutil y poderoso lenguaje riveriano que ya a sus 24 años se podía sentir en su futura plenitud. En versos rimados, como los de toda la obra, oímos a Pilar decir sobre Juan Gil, de quien casi siempre habla de forma indirecta, es un: “búho, hiena, murciélago, tirano. Cualquier cosa / siempre el mundo me obliga a llamarme su esposa; ¡La esposa de un murciégalo! ¿Qué opinas de mi suerte? (ríe)”.

Una obra contestaria
Rivera hacía parte del clima de su época, uno en el cual, desde voces contestarias se relacionaba la moral del catolicismo de Estado con su opuesto, lo profano, lo monstruoso, lo abyecto. En algunas de las obras del fin de siglo se trataba de levantar un monumento profano para reflejar esa insaciable monumentalidad católica en la que se celebraba la muerte. Es el caso de la Basílica del Voto Nacional, dedicada a la resurrección de Cristo y la devoción nacional al Sagrado Corazón de Jesús, con la que se pidió el triunfo conservador en la Guerra de los Mil Días (la basílica se comenzó 1901, se concluyó en 1916). A propósito, hay una evocadora coincidencia que tal vez no sea más que eso: el prefecto de los claretianos en Colombia para 1911, la congregación que conduce todavía la Basílica, se llamaba Juan Gil.
Juan Gil puede ser leída de múltiples maneras, pero me parece que una, acaso la más oscura en una obra en donde la oscuridad prima precisamente a través de un lenguaje luminoso, es leerla con la moral de la Hegemonía Conservadora cerca. Esa pléyade profana –búhos, hienas, murciélagos– es la que Rivera usa para construir y hacer visible la vigilancia sobre la mujer y hacerla visible como un monstruo que, como dice Pilar, es una “una fiera hambreada, y que esa fiera/en cada garra enorme tiene ojos” (69). Es ese monstruo ciego, vigilante de la moralidad, el que dice de forma paranoide: “¿En dónde está el pecado? En todas partes”.
Termino con una invitación. Ojalá un grupo de teatro se anime a montar esta obra pronto, pues, aparte de su alta calidad poética, es de una ineludible actualidad.
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Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.
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