Colombia en Le Tour du Monde: el trópico ante la mirada francesa - Razón Pública
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Colombia en Le Tour du Monde: el trópico ante la mirada francesa

Escrito por Felipe Martínez Pinzón

La reciente publicación de un libro de gran formato que recoge las impresiones de los viajeros europeos que recorrieron Colombia hace más de un siglo es una ocasión para recordar qué significó en nuestra construcción como nación la conquista del trópico en el siglo XX.

Felipe Martínez Pinzón*

1914, año cosmopolita

1914 es un año crucial para la civilización occidental. Por una parte, se inicia la Primera Guerra Mundial y, por otra, se abre el Canal de Panamá. La guerra mundial y el comercio transoceánico son dos formas de cantar –en tono elegiaco y celebratorio— ese año como aquel en que se cumplieron a la vez el sueño y la pesadilla de la cosmópolis ilustrada: la mundialización del comercio y de la guerra.

También en 1914 terminó de editarse un semanario importante para la constitución de nuestras literatura e historia decimonónicas: Le Tour du Monde: Nouveau Journal des Voyages.

También en 1914 terminó de editarse un semanario importante para la constitución de nuestras literatura e historia decimonónicas: Le Tour du Monde: Nouveau Journal des Voyages.

Fundado por Edouard Charton en 1857, Le Tour du Monde fue parte de una serie de periódicos que entonces deleitaban al público francés con descripciones de mundos orientalizados donde cundían al igual los caimanes que las sensuales mulatas, los ríos fragorosos y los picos nevados.

Exótica como toda periferia, pintoresca por inofensiva, vitrina del color local por lo pobre, Colombia fue durante el XIX el destino de varios viajeros que escribieron para este semanario francés que desapareció en 1914.


Primer viaje a través del Canal de Panamá, el
15 de agosto de 1914.
Foto: Wikimedia Commons

Colombia en Le Tour du Monde

Hace pocos meses, gracias al esfuerzo conjunto de Villegas Editores, la Universidad de los Andes y Thomas Greg & Sons, salió una bellísima edición en tres tomos, a gran formato y con todas las ilustraciones originales, de los relatos de viajes a Colombia aparecidos en Le Tour du Monde.

En traducción de Roberto Pinzón Galindo y al cuidado académico de un conocedor de nuestro siglo XIX como Pablo Navas Sanz de Santamaría, Colombia en Le Tour du Monde compila relatos de viaje de botánicos, militares, médicos y comerciantes como el médico Charles Saffray, el naturalista Edouard André o el oficial Armand Reclús (hermano de Eliseo), y también exploraciones de la Guajira y Santa Marta del conde Joseph de Brettes en 1896.

De tanta importancia como esta literatura a la hora de entender cómo fuimos vistos en el siglo antepasado, lo es también la labor de reedición de los grabados y fotografías que acompañan estos preciosos tomos.

A quienes hayan frecuentado, así sea superficialmente, la producción cultural del siglo XIX colombiano, les impresionará encontrar puestos en su sitio los dibujos de Edouard Riou (estudiante de Gustave Doré) y de Alphonse de Neuville, que se han convertido en una de las formas privilegiadas con las que hemos consumido visualmente la Colombia decimonónica.

Es un gran aporte de Pablo Navas, al estudiar y compilar con paciencia de entomólogo estos relatos, hacernos entender el lugar específico de estos grabados y fotografías y la forma en que fueron comisionadas en París por los viajeros.

También es apasionante ver cómo –a través de más de cincuenta años de publicación— fue cambiando el estilo literario, la diagramación y el componente visual (grabados de artistas franceses a partir de bocetos de los viajeros) de Le Tour du Monde. Como lectores, en el transcurso de estos tres tomos, somos testigos del surgimiento de la fotografía a expensas de otras técnicas, y del desvanecimiento de la literatura fisiológica o de costumbres tras la consolidación del discurso etnográfíco.


El paisajista y horticulturista Édouard François André.
Foto: Wikimedia Commons 

“Lo tropical” en el cambio de siglo

Para mejor sacarle el jugo a Colombia en el Tour du Monde me parece que hay que concientizarnos sobre el cambio en la concepción de “lo tropical” en el tránsito del siglo XIX al XX.

América Latina, luego de la Guerra hispano-estadounidense de 1898, vio avanzar la frontera imperial de EE.UU. sobre el Caribe gracias al control del mosquito vector de la fiebre amarilla conseguido por Carlos Finlay en Cuba.

Es así que este descubrimiento abriría otra etapa colonial en el “sur global” (y pienso también en sir Patrick Mason en la India inglesa): pasábamos de los miasmas, ese nombre para el horror a las fiebres producidas por los vapores de las aguas estancadas, a la moderna medicina tropical del mosquito house.

Fruto de la disciplina militar y una ruda política colonial, con la construcción del Canal de Panamá en territorio usurpado a la arruinada Colombia de 1904, Estados Unidos capitalizaría los descubrimientos hechos en la Cuba ocupada del cambio de siglo.

Así, la apertura del Canal sería el canto de cisne de Francia en América Latina, pues esta había fracasado estruendosamente, con Ferdinand de Lesseps, en construir el Canal tras dramáticas quiebras y cientos de obreros muertos por fiebre amarilla y malaria. No es casualidad que este semanario con vocación planetaria cerrara al mismo tiempo que el Canal de Panamá abriera.

El poder cautivador de revistas como Le Tour du Monde estribaba precisamente en el misterio que podían brindar rincones inaccesibles al mundo no europeo. De alguna forma, la nuez del misterio se diluyó significativamente en ese año de 1914 en el que el mundo se hizo más plano. Como dice Jorge Orlando Melo, en 1914 “quedaba poco mundo por explorar”.

A partir de entonces, los trópicos dejaron de ser esa fruta envenenada para el hombre blanco —promesa de riqueza pero cuna de enfermedades— y se abrió (para Europa, para EE.UU.) esa frontera climática para una rediviva serie de conquistas.

Asimismo, con la apertura del Canal de Panamá comenzó el relevo definitivo del afrancesamiento decimonónico por la anglofilia actual. Con el Canal se acabaron muchas de las atracciones que acicatearon, obsesivamente, a los viajeros que visitaron a Colombia.

Entre ellas, sobre todo, la fantasía de encontrar el mejor lugar para penetrar las selvas con barcos trasatlánticos. Por eso es clave tener en mente ese mundo pre Canal de Panamá para entender los retratos que dan de Colombia los viajeros decimonónicos.

Aparte de la consabida fascinación europea por las mezclas raciales, la “gigantificación” de la naturaleza tropical, la denigración del clima y la celebración de la flora, lo que más fascinó a estos viajeros fueron las dificultades para transitar por esa Colombia de trochas, recuas de mula y champanes.

Al mismo tiempo que se escandalizaron con el temible retraso que suponía viajar en mula o “a lomo de indio” por los Andes, fueron estas incomodidades las que les prestaron los materiales para narrar su viaje como una épica autocelebratoria frente a la gradería parisina.

Para mejor sacarle el jugo a Colombia en el Tour du Monde me parece que hay que concientizarnos sobre el cambio en la concepción de “lo tropical” en el tránsito del siglo XIX al XX.

De esta manera, paradójicamente, la inexistencia del puente o del tren catapultó estos relatos de viaje. En las ilustraciones, como una premonición de la nueva ola neorromántica del ecoturismo, hay una fascinación con el obstáculo insalvable o con el peligro inminente, que en muchos casos hacen salvables, precisamente, quienes acompañan a los viajeros cosmopolitas: los viajeros locales como los baquianos, los cargueros o los bogas.

Como en otros textos de viaje, la épica europea en el trópico es una celebración de la masculinidad blanca y, con pocas excepciones, un ignorar que esa “geografía-obstáculo” es el paisaje cotidiano para los colombianos que los guían en sus exploraciones.

Otros registros de nuestra historia

Colombia en Le Tour du Monde también permite leer desde otra perspectiva la historia de Colombia en el siglo XIX. Puestos en sucesión, como están presentados en la edición que aquí comentamos, estos relatos de viaje pueden ser leídos como un testimonio de las guerras civiles que asolaron a Colombia.

Charles Saffray se enroló como médico —de forma no tan voluntaria— en el ejército conservador de Julio Arboleda, a quien tomó gran afecto durante la guerra de 1860. Sus descripciones de la condiciones de los soldados presos son aterradoras. Por su parte, el botánico Edouard André se topó con la cruda realidad de la guerra de 1876.

Para el caso de la Amazonía, Carlos Zárate Botía ha mostrado cómo las historias nacionales no son procesos endógenos, sino que se construyen en un juego de espejos con el exterior. Esa conciencia de constituirnos en y por la mirada de otro no es algo reciente desde luego. En un texto de mediados del siglo XIX, uno de nuestros principales escritores románticos —él mismo viajero y geógrafo—, Felipe Pérez, escribió en El Mosaico un texto que respondía a la mercantilización de la literatura de viajes, la proliferación de viajeros franceses y de las estampas “locales” que vendían éstos a las revistas de viajes.

“Los viajeros en Colombia y Sur América” es un texto divertidísimo que construye una caricatura del comerciante francés como un oportunista que se hace viajero y naturalista para recibir prebendas, intimar con los poderosos y expoliar el patrimonio público.

Lo primero que hace el comerciante-viajero es idear un título cosmopolita para la narración de su viaje: “Horacio Molineaux, o viaje fantástico alrededor del mundo” o “Maravillas Árticas y Antártica del Globo”, tras lo cual, nos cuenta Felipe Pérez, empieza a hacer las generalizaciones más extravagantes: “Un día al atravesar nuestro viajero una calle cualquiera de…vio a un hombre de la sierra que llevaba un poncho azul y polainas verdes. Al punto trazó Molineaux [el viajero] en su memorándum: ‘los habitantes de las tierras altas en… visten todos de verde y azul’”.

Como en otros textos de viaje, la épica europea en el trópico es una celebración de la masculinidad blanca y, con pocas excepciones, un ignorar que esa “geografía-obstáculo” es el paisaje cotidiano para los colombianos que los guían en sus exploraciones.

La creación satírica del “tipo del viajero francés” que hace Felipe Pérez quiere devolverle el gesto –como en un espejo deformante- al viajero francés que priva de particularidades y matices la tierra y las gentes que visita, descomponiendo lo colombiano en “tipos”.

Frédéric Martínez ha sostenido en su libro El nacionalismo cosmopolita que los blancos colombianos se nacionalizaron al ser rechazado o ser tenidos por inferiores en sus viajes a la Europa del XIX.

Gracias a esta edición de Colombia en Le Tour du Monde habría que hacerse otra pregunta para complementar esta tesis: ¿cómo ayudó la literatura de viajes francesa a afinar las sensibilidades románticas colombianas y hollar el lugar de la literatura nacional de nuestros escritores del medio siglo XIX?

Para el caso argentino, Adolfo Prieto tiene un libro fundacional: Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina 1820-1850. Trabajar sobre los esfuerzos de Prieto, pero también de Jorge Orlando Melo, Gabriel Giraldo Jaramillo, Beatriz González, Giorgio Antei y del mismo Pablo Navas, entre muchos otros, parece ser un esfuerzo inaplazable para conocernos más como nación en formación.

 

* Ph.D. en literatura latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU), profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island 

twitter1-1@martinezpinzon

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