De sobremesa: La exposición No se puede mirar, de Juan Manuel Echavarría, en la Universidad Nacional
Foto: No se puede mirar de Juan Manuel Echavarría en la U Nacional

De sobremesa: La exposición No se puede mirar, de Juan Manuel Echavarría, en la Universidad Nacional

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Con sus fotografías, el artista nos convida a ver las marcas dejadas por la violencia en los lugares más potentes por insospechados.

Hasta diciembre estará abierta al público, sin costo alguno, en el hermoso edificio de posgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional, la exposición No se puede mirar, del artista Juan Manuel Echavarría (en colaboración con Fernando Grisalez). Ese título sugerente es un guiño para que veamos lo que ha ocurrido en Colombia, lejos de las ciudades, y lo hagamos de soslayo, oblicuamente, porque el artista sabe que vista la violencia directamente puede enceguecer y hacernos arrojar la mirada hacia otro lado. La fotografía elegida como afiche del evento —llamada, como otras de la serie, Testigo— es testimonio de esa mirada. Nos vemos en el ojo del animal enjuto y vemos allí, desplazada, como aquellas poblaciones a las que esa mula vio, la memoria del horror de una masacre o de un destierro. El filósofo Fernando González, paisano de Echavarría, dijo que este país se hizo con mulas y con maíz. Y ahí están todavía las mulas dando testimonio de cómo se deshace. Ojalá puedan enseñarnos, gracias a la mirada de Echavarría, hacia dónde mirar para impedir que esa destrucción continúe.  

Con sus fotografías, el artista nos convida a ver las marcas dejadas por la violencia en los lugares más potentes por insospechados. Por ejemplo, desde hace años Echavarría les ha tomado fotografías a tableros de escuelas abandonadas en los Montes de María. Esa serie, titulada Silencios, hace del tablero otro ojo que nos mira, un pozo de silencio en donde se reflejan a veces las últimas lecciones, a veces el inventario militar de esa escuela hecha base de operaciones, a veces una última inscripción como “lo bonito es estar vivo”. En ese pozo, Echavarría nos convida a buscar lo perdido, a esa Colombia que se desarraigó y que dejó lo más preciado atrás —educación, memoria, habitación, porque todo eso es una escuela— para buscarse la vida en otra parte. Piense el lector en el poder que tienen estas fotografías puestas en un espacio educativo como una universidad. Y en particular una como la Universidad Nacional, centro de la educación pública en Colombia que, como dice el profesor Carlos Páramo, es en donde se ha construido la ciudadanía de generaciones de colombianos. Yo añadiría algo más a esa poderosa reflexión. Para quienes no lo conozcan, el espacio de posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas, diseño de Rogelio Salmona, como todas sus construcciones, es circular y abraza, con la dureza y luminosidad del ladrillo, pozos de agua a la manera mozárabe. Muchas de estas fotografías están dispuestas de manera tal que rodean un espejo de agua en uno de los centros del edificio. Darle la vuelta a esos espejo de agua —con sus connotaciones de reflejo del tiempo— hace que veamos con más poder las maneras como estos desplazamientos —como la obra de Echavarría— no han parado, sino que se han repetido, en la historia de Colombia. Por ello se nos refleja con más fuerza que la serie Silencios  es un producto inacabado. Tras veinte años de haber iniciado el proyecto, el artista sigue hoy tomando fotografías de escuelas abandonadas. 

Foto: La “O”. Escuela Mampuján. Mampuján, María La Baja, Bolívar, 2010.

El edificio en donde está instalada esta exposición es laberíntico y a la vez abierto. Sus paredes ondulan, sus corredores se alargan hasta llegar a patios interiores que nos reúnen, como espectadores, para ver juntos, hablar y aprender como esos estudiantes que pasan todos los días por allí. Y es que cada cuadro es una evocación de la educación y de la destrucción de la misma para tratar de reconstruirla a través del arte y, en este caso, también de la colaboración con las directivas de la Universidad Nacional que hicieron posible esta poderosa exposición. 

Si la serie Silencios nos invita a una introspección acerca de la pérdida y desde allí a reflexionar sobre lo que se destruye cuando se ataca la educación, la serie La guerra que no hemos visto vuelve al arte como forma de la democratización del conocimiento, en este caso, también, sobre la memoria del horror. Las pinturas que componen la serie son producto de los talleres facilitados por Juan Manuel Echavarría y su equipo. En estos talleres, guerrilleros y paramilitares desmovilizados, así como militares discapacitados, se entregaron a pintar sus memorias mientras el equipo de Echavarría, lejos de ser maestros de pintura, se convertía en un simple conducto para que estos excombatientes compartieran sus historias, primero, y luego sus pinturas. Esos enemigos que ahora pintan para no olvidar y que no olvidemos dan testimonio (que en varios casos es confesión) de lo que ocurrió —y en muchos lugares sigue ocurriendo— en un país desconocido por muchos de nosotros. El nivel de detalle de las pinturas —que esta exposición invita a ver de cerca— nos habla del nítido dolor y horror de esa memoria. Y nos invita a que la pensemos también como una más de las maneras, necesariamente poliédricas, de narrar una guerra como la nuestra, en la que muchos victimarios fueron víctimas antes de ser combatientes. Estas pinturas, como ha dicho el crítico Elkin Rubiano Pinilla, son “una activación del habla” en contextos de leyes de justicia transicional. En un reciente documental —Malo pa’pintar muñecos—, Juan Manuel Echavarría indaga, al entrevistar a uno de estos excombatientes pintores, por los orígenes del horror que impulsaron a estos hombres y mujeres a la guerra. En el camino nos encontramos con el origen —uno de los orígenes— de la violencia de Colombia.

Foto: María Lilia. Amargura y sufrimiento los portales del Río Fraguita.

Juan Manuel Echavarría ha sido, tal vez como ningún otro, el artista de las escuelas. Como profesor puedo ser testigo, como tantos otros de mis colegas, de que no hay invitación a hablar en un aula que el artista no acepte. Porque Echavarría es un “enseñador”, esa extraña palabra que le cabe tan bien, de muchas maneras. Señala con su insistente sutileza —a través de tableros, de animales, de árboles testigos— las maneras como el odio se ha ensañado con las personas y lugares más marginalizados del país. Y no enseña a hacerlo como un conferencista más. Al contrario, tras señalar, de manera tangencial, ese horror, nos invita a ver para hablar y aprender en conjunto. Y, por último, como buen profesor, trabaja en equipo, porque sabe que un aula existe en todas partes y está hecha de gente a la que el arte y la palabra dignifica y yergue.  

Alguna vez le dije a Juan Manuel Echavarría que su obra significaba para Colombia lo que los Desastres de la guerra de Goya para España. No quiso detenerse en esta comparación que, supe, arrojaba luz sobre un hombre modesto —verdaderamente modesto. Me habló,en su lugar, de una de sus estampas de Goya llamada “Enterrar y callar”. En ella, me dijo, el pintor hace todo lo contrario: “mostrar para hablar”. Con ello confirmó el paralelo que había trazado entre él y el artista español. Ese título, “mostrar para hablar”, resume su obra. 

No dejen de visitar “No se puede mirar”, de Juan Manuel Echavarría, en el edificio de posgrado de Humanidades de la Universidad Nacional de Colombia.

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Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
felipemartinez@razonpublica.org.co | + posts

*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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