¿Cómo entender las movilizaciones sociales en Brasil durante el Mundial? - Razón Pública

¿Cómo entender las movilizaciones sociales en Brasil durante el Mundial?

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¿Ya no quieren los brasileños al fútbol? ¿Sus manifestaciones recientes son contra el Mundial o la expresión de un descontento más profundo? Análisis esclarecedor sobre las causas de las sonadas protestas contra el fútbol en el “país del fútbol”. 

David Quitián*

Protestas “futbolizadas”

¿Recuerdan ese cuento de García Márquez titulado “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, cuando el anuncio de que algo malo iba a pasar en un pequeño poblado provoca  una verdadera catástrofe? Esa es la mejor descripción de lo que ocurre hoy en Brasil. Sin embargo, puede que ese sentimiento se quede en eso: en mera expectativa.

Nada garantiza que los millones de personas que se tomaron las calles en las protestas de junio de 2013 regresen con antorchas, pancartas y consignas a marchar contra el gobierno, sus políticas y los excesos de todo nivel orquestados con la FIFA por el Mundial que acaba de empezar.

La patria del samba y el pentacampeonato es también finalista al cetro en desigualdad, corrupción y segregación.

Lo acontecido en Brasil tiene antecedentes inmediatos que todos conocemos: también el África magrebí, la España en recesión y el México que no pudo impedir el regreso del PRI, exhibieron un nivel de descontento popular que (con variantes de tiempo, modo y lugar) desafiaron los poderes imperantes con desiguales resultados.

Lo singular de Brasil es su convocatoria principal: el fútbol; máxime cuando este deporte es su más fuerte símbolo de representación nacional. Dicho de otro modo, lo que nos sorprende es que las marchas tengan un lenguaje “futbolizado” y de oposición al máximo ritual nacional: los Mundiales, precisamente en el “país del fútbol”.  


Protestas a las afueras del estadio “Mane” Garrincha
en la ciudad de Brasilia.
Foto: Ninja Midia

¿La Copa para quién?

¿Qué produjo tal grado de infelicidad y por qué el fútbol aparece en esa escena? La respuesta más obvia es la económica: la patria del samba y el pentacampeonato es también finalista al cetro en desigualdad, corrupción y segregación.

Los números de Brasil, a pesar de evidentes repuntes en bienestar social desde el gobierno Lula, son preocupantes. Basta llegar a una ciudad emblemática como Río de Janeiro para chocarse con el contraste entre el lujo desbordado de Copacabana y la miseria de favelas como la Rocinha, que se resiste al programa de pacificación adelantado por la Alcaldía.

Otra cosa que se advierte con la certeza de las cifras es la dificultad histórica para lograr una sociedad más incluyente en lo étnico y racial. De nuevo hay que decir que los progresos son plausibles en lo legal y hasta en lo moral; pero con la estupenda excepción del presidente del Supremo Tribunal Federal, el magistrado Joaquim Barbosa, el establecimiento continúa siendo blanco y ciertamente racista, y el fútbol (además de las artes, en especial la música) es el único nicho donde genuinamente se concretó el mito antropológico de las tres razas que pudo coronar un rey aún vigente: Pelé.

Además, en las pancartas exhibidas en las calles se reclama por las astronómicas cifras invertidas en elefantes blancos como los estadios de Manaos, Brasilia y Cuiabá, que solo albergarán unos pocos juegos de la Copa y después serán casa de equipos de segunda y tercera división.

El caso del Maracaná es de los más protestados: su remodelación costó casi el doble de lo presupuestado (pasó de 600 a 1.100 millones de reales), y superó lo que valieron varios de los estadios construidos para la Copa de Sudáfrica 2010.

Además, en las pancartas exhibidas en las calles se reclama por las astronómicas cifras invertidas en elefantes blancos como los estadios de Manaos, Brasilia y Cuiabá, que solo albergarán unos pocos juegos de la Copa y después serán casa de equipos de segunda y tercera división. 

Y para colmo de males el “Maraca” duró cerrado dos años por su adecuación y después del Mundial será clausurado de nuevo para ajustes con ocasión de los Juegos Olímpicos de 2016.    

Esa época de cierre del principal estadio carioca la sufrieron las hinchadas de Flamengo y Fluminense, principalmente, que fueron castigadas con un nuevo estadio glamoroso, del “patrón de la FIFA”, en el que hasta la forma de alentar se vio afectada.

En este estadio desapareció el anillo superior que comunicaba todas las graderías, se compartimentaron las amplias tribunas, que pasaron a ser múltiples bandejas (localidades) de diferentes tarifas y, al menos en tiempos de Copa, no se podrá acompañar al equipo parado sobre la silla, tal como es la usanza no solo de las “torcidas organizadas” sino de la mayoría de frecuentes asistentes a fútbol que expresan, de pie y bailando, el cariño y fervor por su club en formato de batucada y candomblé. 

Ese inocultable derroche fue y sigue siendo cobrado por los manifestantes que consignan en sus pancartas las cifras de la indignación y rematan con la pregunta lapidaria: “¿cuántas escuelas y hospitales vale un Maracaná?”. Luego agregan un interrogante fulminante que ha sido varias veces tendencia orbital en Twitter: #CopaPraQuem (¿La Copa para quién?).  

Pequeñas grandes victorias

Todavía es prematuro predecir cuáles serán las consecuencias de estas protestas. Lo acontecido en cerca de 500 ciudades en todo el territorio brasilero durante la pasada Copa de las Confederaciones de 2013 aún tiene ecos y es posible que sea el puntapié inicial de lo que puede venir.

Ningún partido político pudo reclamar vocería de ese movimiento y quienes quisieron cobrar representatividad fueron apartados con fiereza masiva. Ante una intentona inicial de los medios de comunicación (en particular las redes O Globo y Band) y del propio estamento político por calificar negativamente las movilizaciones, hubo tal ola de interpelaciones vía redes sociales y gestos en las jornadas callejeras, que estas empresas de comunicación y los políticos tuvieron que moderar sus enfoques y hasta corregir sus declaraciones.   

Pero en las protestas de 2013 sí hubo una victoria que es no menor, como nada en este país de proporciones colosales: las utilidades netas de la empresa oficial de hidrocarburos, Petrobras, serán empleadas con exclusividad en salud y educación.

El fútbol ya fue empleado por regímenes y gobiernos sin pudor alguno para sus propios intereses. Pues bien, aquí el pueblo lo alineó de su lado y por lo menos ganó algo con esa estrategia.

Esa decisión, firmada en Brasilia por el Congreso y sancionada por la presidenta Dilma Rouseff tiene, por su agilidad y consenso, un solo antecedente: la propia “Ley de la Copa”, que suspende transitoriamente leyes penales y tributarias, y que prácticamente no fue discutida en su aprobación.

Algo similar sucederá entre el 12 de junio y el 13 de julio cuando el Estado brasileño sufrirá algo más que un simbólico apagón que delegará el gobierno en la administración de la FIFA.

Este estado de excepcionalidad se vivió también con las marchas de junio del 2013 que derrocaron transitoriamente la majestad del statu quo como acontece, por otros mecanismos menos coercitivos y más placenteros, en tiempos de carnaval. 

Y en esto el fútbol jugó un partido importante: demostró que sigue siendo una “institución cero” (según la antropóloga brasilera Simoni Guedes) al ser funcional a ideologías y demandas de cualquier tenor y, sobre todo, en su comprobada eficacia en la transmisión de mensajes.

El fútbol ya fue empleado por regímenes y gobiernos sin pudor alguno para sus propios intereses. Pues bien, aquí el pueblo lo alineó de su lado y por lo menos ganó algo con esa estrategia.


Uno entre miles de los manifestantes contra la copa
mundo en la ciudad de Sao Paulo.
Foto: Ninja Midia

Un país parado

Las protestas no paran, aunque la gran prensa las haya hecho invisibles, y todos los días hay plantones delante del Maracaná en Río de Janeiro y del ‘Mané’ Garrincha en Brasilia. Con las protestas llegaron también las huelgas, y ya se contabilizan cerca de 70 operaciones de “brazos caídos” en el país.

Estos paros obreros sin duda aprovechan un momento único para negociar: la debilidad temporal del gobierno que da toda prioridad al éxito de la organización del Mundial que ya le ha costado mucho capital político.

No es exagerado decir que buena parte de la reelección de Dilma reposa no solo en el éxito  del campeonato sino en el propio rendimiento de la selección nacional.  

Así las cosas, el panorama del Brasil por estos días es singular: está paralizado, pero no como suele pasar en tiempos de mundial. La pausa obligada viene por el activismo social y sindical.

Sin embargo, esa quietud de lo fabril y educativo (el calendario escolar también se sintonizó con “las ferias del Mundial”) no significa inactividad: hay comunicación por redes sociales, avisos en las ruas y reuniones en sedes sindicales, universitarias y barriales, con convocatorias para bloquear la programación del Mundial; de hecho, el día de la inauguración hubo protestas en varias sedes.

Del otro lado también hay una respuesta: las calles lucen más militarizadas que lo corriente. Hay expectativa, también hay miedo.

¿Se repetirá lo de la Copa de las Confederaciones? ¿Habrá un desarrollo inédito de estas movilizaciones? ¿Se calentará más el ambiente si la Selección “Canarinha” queda por fuera prematuramente?

Lo que sí parece claro es que ya hubo otra pequeña gran victoria: la FIFA se lo tendrá que pensar dos veces antes de proponer una sede en países en vías de desarrollo y con democracias funcionando (como lo admitió sin rubor Jerome Valcke, secretario general de esa entidad) y si lo hace tendrá que variar el modelo de negocio por uno más simétrico en inversión y beneficios.

Si así se consigue, el país del fútbol habrá obtenido otro título. Uno más importante que sus cinco copas hasta ahora sumadas.

 

*Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a doctor en Antropología en la Universidad Federal Fluminense, miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE).    

 

 

Acerca del autor

David Quitián
davidquitian@razonpublica.org.co | + posts

*Sociólogo y Doctor en Antropología. Investigador junior Minciencias. Profesor investigador Unillanos y Fundación Universitaria Compensar.

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