Una campaña en la que perdió el periodismo - Razón Pública

Una campaña en la que perdió el periodismo

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Guerra sucia, pobreza en los argumentos, parcialidad manifiesta, simplificación y tono apocalíptico. Con semejante balance del papel de los medios, ¿cómo podrá gobernar el nuevo presidente en el ambiente turbio que él mismo ayudó a crear? 

Jorge Iván Cuervo R.*

Hablan dos periodistas

En esta campaña presidencial, que fue una verdadera ruina moral, hubo unos grandes perdedores: los medios de comunicación que extraviaron la noción de equilibrio informativo, y los formadores de opinión que, al haber tomado partido por uno u otro candidato, perdimos la distancia que se debe tomar de los acontecimientos para interpretarlos con imparcialidad. Con ello, los ciudadanos vieron vulnerado su derecho a una información veraz y desinteresada.

Cuando salga esta nota ya se sabrá quién es el nuevo presidente de la República, pero sea quien sea, no podrá olvidar que en esta campaña se llevó el agravio y la descalificación a límites insospechados, y que la manera como llegó a la presidencia fue una derrota moral.

Como bien apuntó Yolanda Ruiz, directora de noticias de RCN radio, en entrevista a Camila Zuluaga en El Espectador: “En las campañas hay polarización, es la esencia de las mismas y a veces se nos olvida”; además Ruiz llama la atención sobre cómo las redes sociales intensificaron la polarización. Por otra parte Juan Gossaín señaló que los periodistas acabaron siendo idiotas útiles de las campañas y presos de las fuentes que filtraban informaciones según su conveniencia. 


El periodista Juan Gossain
Foto: Patton

Línea editorial o noticias editorializadas 

Para este debate es necesario hacer varias precisiones.

Ante todo: no es justo generalizar; no todos los medios se alinearon con uno u otro candidato y, además, en un medio es preciso distinguir entre la sección informativa, la línea editorial y, en el caso de los periódicos, entre la línea informativa y los columnistas que expresan su opinión a título individual.

Así mismo, puede establecerse una diferencia entre lo que fue el cubrimiento informativo en los grandes medios escritos y el que se hizo por parte de los de radio y televisión, donde en líneas generales se cubrió el trabajo de las campañas y se difundieron los programas e ideas de gobierno con relativo equilibrio.

Mención aparte merece la revista Semana, dado que su estilo periodístico es editorializante – aun cuando se trata de dar información- y cuando puede decirse que la forma como cubrió esta campaña se inclinó a favorecer al gobierno Santos y a poner el reflector sobre hechos (ciertos, hay que decirlo) que afectaban a la campaña de Zuluaga.

El vínculo de parentesco de su director con el presidente actuó como telón de fondo de este debate (basta ver el número de carátulas dedicadas al presidente Santos en el último año). Tomar esa opción es legítimo en términos de línea editorial, pero en términos de la puesta en escena de la información puede alterar el equilibrio informativo.

Línea editorial o noticias editorializadas

En esta campaña se hizo evidente que los medios y los analistas no entendimos la necesidad de contribuir a configurar una esfera pública fuerte.

Pero más allá de la casuística, para lo cual lo ideal es que cada medio y cada periodista  o analista haga su propia reflexión y autocrítica, quiero llamar la atención sobre cómo la polarización entre los dos candidatos no solo no fue neutralizada por los medios, sino que incluso la animaron y la amplificaron, lo cual dejó al ciudadano sin una instancia de mediación para algo distinto de sumarse a dicha polarización o de buscar un escape incierto hacia el voto en blanco o la abstención activa.

Las ideas de país que lograron consolidar las campañas fueron igual de apocalípticas: una consideró que la continuidad del conflicto armado nos seguirá atrasando en el desarrollo y nos costará infinidad de vidas, y la otra, que darle una oportunidad al proceso de la Habana  es la vía para caer en manos del castrochavismo y hacer de Colombia una tierra de impunidad.

Estas narrativas tan precarias no se corresponden con la realidad, porque de continuar el conflicto armado el Estado ya tiene una ventaja militar que no va a perder, y está más que probado que un presidente como Santos, representante como el que más de las élites tradicionales, no se saldrá de los límites de la agenda económica ortodoxa donde el libre mercado y el papel regulador del Estado con políticas sociales asistencialistas no se tocan.

Las narrativas simplistas sin embargo no fueron confrontadas por los medios, y no se exigió que el debate se saliera de esa dicotomía, lo que impidió al ciudadano valorar de manera integral la diferencia entre una y otra campaña en términos de políticas públicas y de imaginarios sobre temas diferentes de la disyuntiva guerra o paz.

Esta sucia campaña, donde los protagonistas estuvieron por debajo de las exigencias mínimas de la ética discursiva, nos deja una sociedad dividida en tres (institucionalistas, uribistas e indiferentes), una sociedad de enemigos que no se reconoce una en la otra.

En un escenario de esa naturaleza, los medios gravaron  la economía del discurso y las imágenes simplificadas de las campañas, y los equipos programáticos nos quedaron debiendo su trabajo.

Este debate electoral nos puso en un escenario de vida o muerte, y todos quienes de alguna manera estamos en los medios compramos ese tinglado, sin matices. No cumplimos la labor señalada por Friedland de servir de mecanismo de mediación entre las campañas políticas y el ciudadano porque abrazamos una u otra causa, unos con más fervor que otros, seguramente creyendo que es razonable la defensa de unos valores por sobre otros, y que no da lo mismo un candidato que se presume hostigaría a la oposición política a otro que por el tipo de alianzas que lo acompañaron ofrecería todas las garantías y desarrollaría una agenda más liberal y acorde al espíritu de la Constitución de 1991.

En coyunturas críticas para una sociedad, como advirtió César Rodríguez en una columna, parecería no caber el imperativo de la neutralidad.

Pero quienes venimos de la academia y hacemos columnismo de opinión como oficio complementario tenemos una exigencia adicional: rigor en los datos y en las cifras, y cuidado con las categorías analíticas. Si es la emoción la que dicta nuestros escritos, esta exigencia se puede ver relajada.


El Presidente Santos ante la prensa en la segunda
vuelta presidencial.
Foto: Presidencia de la República

Un país sembrado de odios

Fernando Cepeda señaló en El País de Cali: “la contienda que se resolverá el 15 de junio está creando, infortunadamente, una sociedad de enemigos. El odio, el desprecio, la desconfianza y hasta el miedo están caracterizando esta confrontación. Esto va en contravía del espíritu democrático. Ganar o perder no debe constituirse en una amenaza para nadie. El sistema político se mantiene. El juego continúa. Las cosas fundamentales están preservadas”.

No está nada bien que las campañas hayan desarrollado esta narrativa polarizante, pero en gracia de la discusión hay que decir que esta hace parte de las estrategias de la confrontación política. Lo que no es aceptable es que quienes tenemos el deber de defender el pluralismo y la diversidad de la esfera pública y hacer que el desacuerdo y el conflicto se tramiten en los estrictos límites de la política democrática (que supone la alternancia en el poder) hayamos caído en el entramado de polarización y de la simplificación.

Esta sucia campaña, donde los protagonistas estuvieron por debajo de las exigencias mínimas de la ética discursiva, nos deja una sociedad dividida en tres (institucionalistas, uribistas e indiferentes), una sociedad de enemigos que no se reconoce una en la otra, donde se debilitaron esos consensos mínimos de la institucionalidad democrática. Los medios de comunicación, columnistas y analistas teníamos no solo la forma sino el deber de impedirlo, y no lo hicimos.

 

* Profesor e investigador de la Universidad Externado de Colombia, columnista y autor de numerosas publicaciones.

twitter1-1@cuervoji

 

Acerca del autor

Jorge Cuervo

Profesor e investigador de la Facultad de Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, columnista de El Espectador y autor de numerosas publicaciones. @cuervoji.

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Profesor e investigador de la Facultad de Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, columnista de El Espectador y autor de numerosas publicaciones. @cuervoji.

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