Leer Camilo, el cura guerrillero hoy - Razón Pública
Felipe Martinez RazonPublica

Leer Camilo, el cura guerrillero hoy

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Felipe Martinez RazonPublicaLa reedición de la biografía de Camilo Torres por Walter J. Broderick es una ocasión para reconocer la vida de este sacerdote revolucionario como un arquetipo en la historia de Colombia y para preguntarse cómo construir hoy un país mejor.

Felipe Martínez Pinzón*

felipe martinezp biografia camilo torres guerrilla retrato

Foto: marcha.org.ar

Nuevas propuestas editoriales

En Colombia el libro es un bien suntuario. Además, cuando logra venderse y se agota, desaparece por falta de reediciones. Muchas veces ni siquiera los libreros de segunda -esos magos- pueden dar con ciertos textos. Esto ha hecho que los lectores jóvenes crezcan ignorando textos claves de nuestra tradición literaria. 

Sin embargo, en medio de los debates sobre el fin del libro impreso y la embestida de la máquina editorial internacional, han surgido por lo menos dos editoriales pequeñas, independientes y no académicas—Laguna Libros e Icono Editorial—, cuyo cuidadoso trabajo ha ido en dos direcciones con una misma intención: nacionalizar la sensibilidad de una nueva generación de lectores. 

Con reediciones de obras de José Antonio Osorio Lizarazo, descubrimientos como Memoria por correspondencia de Emma Reyes, y apuestas por escritores jóvenes con conciencia de la historia nacional —tal es el caso de Andrés Ospina y su novela sobre el cronista bogotano José Joaquín Jiménez (Ximénez, 2013)—, Laguna Libros ha espulgado el canon y ha empezado a redefinirlo. Con atractivas ediciones, su propuesta no es la novedad sin más, sino reencontrar todo lo bueno que siempre ha estado ahí y nos hemos perdido. 

Otro tanto ha hecho Icono Editorial. Su intervención en la realidad política se ha dado con textos como Dignidad Campesina (2013), de Alfredo Molano, que van a la médula del problema del campo colombiano al historiar las Zonas de Reserva Campesina. 

Así mismo, con reediciones de textos importantes pero de difícil acceso, como El Palacio de Justicia: una tragedia colombiana, de Ana Carrigan, o La guerrilla por dentro, de Jaime Arenas, Icono Editorial ha contribuido a darle profundidad a debates mediáticos como el holocausto del Palacio y el surgimiento del ELN, entre otros. 

Frecuentemente, el insumo para estos debates son clips noticiosos, arrebatos emocionales y ocasionales columnas de opinión que a veces banalizan los que han sido fenómenos estudiados por sus protagonistas o por académicos que interpelan a un público amplio. 

Un acontecimiento político y literario

 

felipe martinezp biografia camilo torres cura retrato

Foto: Marcha Patriótica 
 

Con la reciente reedición de la clásica biografía de Walter J. Broderick, Camilo, el cura guerrillero —la octava desde su primera edición en español hace cuarenta años—, Icono Editorial redobla su apuesta. 

La reaparición del Camilo de Broderick es un acontecimiento a la vez político y literario, en un país que ha empezado hace poco a tratar de escribir una narrativa nacional de paz (por ejemplo, el 24 de julio se presentó el informe del Grupo de Memoria Histórica ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad). 

Ya Antonio Caballero, en su epílogo a la quinta edición de la biografía (1987), sostuvo que el texto de Broderick está construido, más que como una biografía, como una novela. Camilo se devela ante nuestros ojos como si se tratara de un personaje cuya existencia desconociéramos y a la vez cumple un itinerario que canibaliza los grandes tópicos de la literatura universal: 

“Un mesías [dice Caballero sobre Camilo] tan fuera de contexto como podía serlo el caballero andante don Quijote en los peladeros de La Mancha, sin princesas ni dragones: mesías de pipa y sotana en la Universidad Nacional y en la Escuela Superior de Administración Pública, bautizando retoños de oligarcas y confesando beatas en la parroquia de la Veracruz, disputando con cardenales de provincia (Anás, Caifás), enredado en las mezquinas politiquerías de una izquierda casi analfabeta, hundido hasta las orejas en toda la comicidad involuntaria de lo real, que no deja otro escape que la tragedia”.

Pero el Camilo de Broderick es también un personaje que cumple un viejo tópico explorado hasta el hartazgo por la literatura colombiana y confirmado trágicamente por su historia. Se trata del tema romántico del intelectual que escapa de las ciudades y busca en el campo —o en el monte en este caso— un catalizador para sus impulsos políticos. 

Hay un tema literario que es caja de resonancia de una obsesión nacional: la incomprensión de lo rural por parte de lo citadino, que se tensiona al punto de llevar esta incomprensión a la violencia. Desde Demóstenes en Manuela, la novela de Eugenio Díaz que cuenta la historia de un joven gólgota en un pueblo de provincia agitado por el gamonalismo en la década de 1850, pasando por los planes de José Fernández en De sobremesa (1896) de José Asunción Silva para tomarse el poder haciendo una revolución desde el campo hasta la ciudad, siguiendo con el trásfuga Arturo Cova de José Eustasio Rivera en La vorágine (1924) y también con el diarista de Cuatro años a bordo de mí mismo (1934) de Eduardo Zalamea Borda, hasta la pareja de paisas que escapan a Turbo en Primero estaba el mar (1983) de Tomás González. 

Todas estas ficciones terminan con el fracaso o con la muerte,  incluida —trágicamente— la más conmovedora y verdadera de todas: la de Camilo, intelectual bogotano, educado en Europa y muerto en las selvas del Opón, en Patio Cemento, en febrero de 1966, a los 37 años, mientras trataba de ganarse un fusil en medio de una emboscada. 

El país de Camilo y el país de hoy 

Como toda reedición, esta de Camilo, el cura guerrillero actualiza el acto de lectura. Por tanto nos empuja a preguntarnos: ¿qué significa el padre Camilo Torres hoy, luego de casi cincuenta años de su inmolación, en medio de un proceso de paz con las FARC (y posiblemente dentro de poco con el ELN)? 

Ciertamente el país nuestro es muy distinto al que vivió Camilo. Sin embargo a él no le hubiera impresionado tanto. 

Por una parte, lo descorazonaría pero no le extrañaría que sea la misma clase política la que siga conduciendo los destinos de la nación con el mismo proyecto político sordo, ciego y mudo a sus realidades. 

Por otra parte, en un texto visionario, “La Violencia y los cambios socio-culturales en las áreas rurales colombianas” (1963), Camilo Torres entendió cómo la violencia (él hablaba de “La Violencia de los cincuenta”) había modernizado el campo colombiano, una tesis grumosa para digerir entonces, pero que se ha verificado a través de todas las violencias que siguieron a su muerte. 

La acumulación por desposesión de la tierra en zonas de frontera, el vasto flujo migratorio de desplazados del campo a la ciudad, el tráfico de droga y las alianzas entre grupos legales e ilegales, han reconfigurado completamente al país: hoy Colombia es un archipiélago de ciudades monstruosas sobreaguando en un campo dolido y despoblado. Así se ha verificado una modernización a sangre y fuego. 

Ganar la paz significará recuperar el campo y hacerlo el locus privilegiado de la nación. El campo o el monte no son —como lo pregonaba la teoría del foco guevarista — una escala para tomarse las ciudades. Deben ser el lugar de habitación de la nación. 

Un símbolo para nuestros tiempos

 

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Foto: Marcha Patriótica 
 

El texto de Broderick es en sí mismo un documento de su época. Su visión maniquea de la historia nacional, su retrato condescendiente de Fabio Vásquez Castaño y su silencio clerical acerca de las posibles relaciones sentimentales de Camilo Torres con Guitemie Olivieri, no dificultan la lectura del texto, antes bien, lo ambientan en la época —dándole una atmósfera hiperreal si se quiere—, donde el narrador comparte y se identifica con su biografiado, en una mezcla de mesianismo, cristianismo y revolución. 

En lugares del texto sucede lo mismo que con las novelas del Realismo Socialista: la historia está rabiosamente de parte de los protagonistas y sin embargo estos mueren como unos incomprendidos. 

Ese es precisamente el tono perfecto para comunicar la ausencia radical de cinismo que caracterizó a Camilo Torres. A pesar de haber pertenecido a la generación del foquismo, él, a diferencia del Che Guevara, no sufrió de la hybris citadina, esa desconfianza de todo lo que no fuera legible desde el manual de lucha guerrillera. 

Si algo lo mató —pero lo salvó para nosotros, me parece— fue su inocencia (ese rasgo, de los suyos, el más religioso), que le permitió esperar lo mejor de los otros, confiando completamente en ellos.

Al final del documental Camilo, el cura guerrillero (1974), de Francisco Norden, García Márquez dice que a Camilo finalmente lo oyeron cuando ya no importaba. En Colombia estamos acostumbrados a oír a los profetas solo cuando los matan. 

Una consecuencia paradójica de la inocencia de Camilo fue lo original de su pensamiento. Él no fue un hombre de partido, su originalidad rompía todo corsé dogmático, por lo cual fue un pésimo soldado. 

Me parece que reivindicar su fracaso, hacernos dignos de él, es lo que le hará justicia a “una vida hecha con lo mejor que puede haber en un hombre: de voluntad, de amor y de fidelidad a sí mismo” (“Epílogo”, Antonio Caballero).

Si hoy, al leer la biografía, nos parece condenable su inocencia —en estos cincuenta años hemos visto la reproducción de Jojoys, Castaños, Pablos Escobares, etc.— el problema es nuestro y no de él.  

La Colombia recuperable está en nosotros y pasa por su ejemplo. De pésimos soldados, no de héroes, y de personas llenas de amor, de un amor eficaz como diría Camilo, es que se hacen repúblicas justas y en paz. 

* Ph.D. en literatura latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU), profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island.

twitter1-1@martinezpinzon

Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
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*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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