
¿Quién decide lo que piensas?
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Tal vez la libertad de pensamiento no consista en tener siempre ideas originales, sino en conservar la posibilidad de detenernos, dudar, cambiar de rumbo y elegir qué voces dejamos entrar.
La libertad de pensamiento parece algo obvio: ¿Puedo pensar en lo que quiera? ¡Pues claro! Nadie está en mi consciencia diciéndome qué pensar… O eso creemos. Pensar es un derecho humano fundamental: está en tratados internacionales, en constituciones, en discursos de graduación. Casi nadie se detiene a preguntar qué significa, de verdad, tener libertad de pensamiento, ni qué pasa cuando se erosiona, cuando hay censura o autocensura. ¿Cómo pensar con libertad cuando hay trabajo, tareas domésticas, cuentas, deudas y pendientes por hacer? ¿Qué preguntas podemos hacer para fomentar un pensamiento más libre? Pensar libremente va más allá de tener tus propias creencias. Se trata de poder cambiar lo que piensas.
Para entenderlo, vale la pena mirar la libertad de pensamiento desde varios lugares: como raíz de la vida democrática, como espacio íntimo que necesita privacidad, como derecho a cambiar de opinión y como territorio cada vez más disputado por los algoritmos, la prisa y la saturación de información. Solo así aparece la pregunta de fondo: no si pensamos, sino cuánto de lo que pensamos sigue siendo realmente nuestro.
La cadena que sostiene la democracia
Uno de los indicadores para medir la democracia está asociado a la libertad de expresión y la de prensa. Estas no pueden existir sin la libertad de pensar, este derecho va primero. Son afluentes del mismo río.
El filósofo Alexander Meiklejohn defendió que la libertad de expresión permite a los ciudadanos participar en el debate público y tomar decisiones informadas sobre su propio gobierno. Pero antes de eso, las personas pueden pensar en soledad antes de hablar.
La libertad de pensamiento es esencial para la democracia. Pensar te lleva a hacer preguntas. Cuestionar la eficiencia y eficacia de quienes gobiernan. Replantear tus decisiones. En una democracia consolidada, puedes liberarte del miedo a decir lo que piensas y a la persecución y la estigmatización.
Infortunadamente, la cultura de la cancelación también es un mecanismo de silencio. Que algo no se escuche en público no significa que desaparezca de la conciencia de quien lo piensa ni de la de su comunidad; a esto, en el periodismo, se le llama la espiral del silencio. El pensamiento se mantiene sin espacio para debatirse. Callar una idea no la elimina de la cabeza de nadie ni favorece la tolerancia.
La libertad de pensamiento es un derecho humano porque el Estado debe garantizar las condiciones para ejercerla. Castigar el pensamiento clausura el debate, cuestionarlo lo enriquece. Los sistemas políticos de la actualidad nos están quitando agencia y empujan a la gente hacia la división y la otredad. Frente a eso, pensar por uno mismo es un acto de resistencia.
Privacidad para la mente
No todos los pensamientos merecen salir a la luz. Hay ideas guiadas por una emoción del momento, volátiles, que cambian en cuestión de horas. Necesitas un espacio mental que sea únicamente tuyo, donde puedas procesar sin la presión de que cada pensamiento se vuelva público.
Esa privacidad también forma parte del derecho. Pensar libre no significa exponer cada pensamiento. Es tener el control de qué compartes y qué mantienes.
El derecho a cambiar de idea
El artículo 10 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea establece que toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión, y que dicho derecho incluye la posibilidad de cambiar de creencia, tanto en público como en privado.
Cambiar de opinión se considera una falta de carácter. En política es traición y en las redes sociales se usa para desacreditar a las personas. Si algo que antes te parecía cierto ya no te convence, tienes derecho al cambio y al retracto. Reconocer ese derecho es reconocer que los seres humanos no somos máquinas ni seres estáticos. Somos procesos que se expanden, se contraen, avanzan y retroceden.
Como humanos, tenemos la capacidad de pensar, que no equivale a ser brillantes ni a tener la razón. Podemos generar ideas propias, y que nos dan agencia, autonomía, personalidad y, a veces, criterio.
Tenerla en un mundo donde millones de personas dedican cada hora del día a sobrevivir es un privilegio. Quienes contamos con espacio para pensar tenemos la responsabilidad de usarlo. Para cuestionar lo que nos rodea. Para compartir esas ideas con las personas cercanas. Y también, sin más justificación que esa, por el gusto de hacerlo.
¿El algoritmo piensa por ti?
Los expertos en neuromarketing usan las redes sociales, los periódicos y la propaganda para interferir directamente en tu capacidad de pensar. Te muestran intensamente lo que debería resultarte deseable: un producto, una experiencia, una narrativa de vida. Esto no solo crea problemas de salud mental, también hace que dudes de la calidad de tu vida fuera de la pantalla.
Si el algoritmo decide qué mensajes llegan, decide en parte sobre qué estás pensando, marca tu agenda y limita el menú de ideas que te llegan sin que te des cuenta. Lo hace día tras día y se actualiza en tiempo real. La selección predeterminada y las burbujas algorítmicas (cuando los usuarios solo reciben contenido que refuerza sus creencias y perspectivas existentes) son formas de influencia sobre el pensamiento. Dificultan la empatía hacia otras perspectivas.
Hay quienes sostienen que la libertad de pensamiento tiene un tope, porque pensar en ciertas cosas vulnera los derechos de otra persona.
Seis mil pensamientos, ¿en qué se van?
Algunos datos (con su correspondiente debate) indican que las personas adultas tienen al menos 6.000 pensamientos al día. Buena parte de ellos se repite. Ahora resta lo que se va en la cotidianidad: ¿Qué voy a desayunar? ¿Qué debo hacer hoy? ¿Cómo está el clima? ¿Podré comer hoy? Después de todo eso, ¿cuántos te quedan disponibles para pensar en algo nuevo, creativo, relajante o amoroso?
Vivimos en una era en la que pensar se mide por la cantidad, no por la profundidad. Producimos opiniones rápidas, sobre todo, todo el tiempo, y casi nunca nos damos el espacio para sostener una idea lo suficiente como para que madure.
Volver a lo pequeño
¿Cuándo te sientes libre? Para muchas personas, la respuesta empieza con gestos pequeños: tomar un café, una cerveza o un té con alguien cercano. Abrazar. Estar cerca de un árbol, aunque sea el más cercano al parque del barrio, o mirar una flor. Esos momentos son los que devuelven espacio mental.
Hay que tener esperanza y evitar que el dominio de nuestras mentes se vea afectado por los estímulos de la tecnología y del sistema, y por la saturación de información. Este es un buen momento para hacer memoria: ¿Cuándo fue la última vez que pensaste sin que nadie más decidiera por ti el tema? ¿Qué estás dispuesto a hacer con eso que piensas? Sé rebelde. Piensa libremente.
Tal vez la libertad de pensamiento no consista en tener siempre ideas originales, sino en conservar la posibilidad de detenernos, dudar, cambiar de rumbo y elegir qué voces dejamos entrar. En tiempos de ruido, pensar libremente exige algo sencillo y, a la vez, difícil: recuperar el silencio, la atención y el criterio propio. Porque si alguien más decide por nosotros qué mirar, qué temer, qué desear y qué repetir, entonces la libertad empieza a perderse mucho antes de expresar lo que se piensa.
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Acerca del autor

Carolina Barrios Martínez
*Politóloga y periodista de la Universidad del Rosario. Voluntaria en la Campaña Colombiana Contra Minas y varias organizaciones de la sociedad civil.
2 comentarios







Carolina excelente reflexión. Se alinea mucho a las ideas de Chomsky y me gusta que tú le das un sentido más cercano para cada uno de nosotros en nuestro diario vivir como tomar un café con un amigo; reflexionar de nuestra existencia y escapar por pequeños de momentos de nuestras preocupaciones que nos impone la sociedad actual. Debemos ser más abiertos a escuchar a una población de medios más amplia pero nuestra capacidad de crítica o de posturas independientes se ha visto reprimida por los medios fáciles y rápidos sin profundidad. Nada como un café con personas que piensen diferente a uno mismo. Gracias por esas pildoritas que nos llevan a prensar que hoy lo más importante no es la protesta en masa bruta sino Educar de manera crítica desde nuestros colegios, enseñarles a debatir a ver las ideas desde diferentes optica. Las nuevas generaciones que puedan tomar muchas tazas de café con contradictores seguramente podrán vivir con mayor libertad.
Muchas gracias Oscar! Hay que tomar más café.